Entrevistas

Entrevista a Santiago Alba Rico

En su libro más reciente, Última hora, aparecen colores, moscas, flores, tomates, tobillos, cajeras del Carrefour o una familia rescatada después de llevar años atrapada en la M-30.

Santiago Alba Rico: «Como hemos perdido la verdad en el terreno de la política, debemos conservarla en el de la estética»

/una entrevista de Lola Matamala/

 Última hora es el nuevo libro del escritor Santiago Alba Rico, que reúne las reseñas y noticias falsas que locutó en el programa de radio Carne Cruday publicó en el diario Público entre 2010 y 2018. En ellas hay amor, humor o ironía y, por supuesto, crítica social y análisis político. Como dice en su prólogo el director y presentador de Carne Cruda, Javier Gallego, «este libro es un rastro para no perdernos que nos advierte que no hay tiempo que perder». Aprovechamos una de sus visitas a Madrid para conversar con Alba Rico sobre esta recopilación tan esperada.

¿Te ha gustado la idea de recopilar y editar estos textos?

Te confesaré que no era mi prioridad, y que tengo una opinión desigual sobre ellos. Releídos con el paso del tiempo, me han gustado menos los más explícitamente políticos, y más aquellos otros más poéticos, los dedicados al medio ambiente o los que defienden, desde una perspectiva antropológica, la lentitud frente al capitalismo.

En «Otra vez el viento entra y ordena los papeles» aparecen Javier Solana y Angela Merkel temiendo que ese aire ordene papeles o que peine a «sus mendigas». ¿Hay que desordenar todo para que los seres vivos podamos vivir mejor?

Soy una persona de orden, pero no de este orden. Y creo que para comprender algunas de las cosas que están pasando, hay que reordenar el orden en que se presentan ante nosotros. Esa es mi pretensión desde hace mucho tiempo, en mis textos más analíticos pero también en estos otros, de más corto aliento, más lúdicos, satíricos o poéticos.

Me da la impresión de que algunos también te han servido de desahogo, como el de «Felipe González sale del armario», en el que conviertes al expresidente en un jabalí.

¿Cuándo ves a Felipe González no ves siempre a un jabalí? Yo le veo así desde el 82 (risas).

Otra de los textos evoca la prisión de Abu Ghraib, uno de los escenarios de los masivos malos tratos y torturas de las tropas de ocupación norteamericanas en Iraq, cuyas imágenes conmovieron al mundo pero que casi nadie parece recordar ya. Parece que somos muy rápidos olvidando episodios y lugares terribles, que tanto han marcado nuestra historia reciente.

Lo peor que se puede decir de un libro como este es que sea muy actual. Me ocurre con muchos libros cuando, para elogiarlos, alguien dice que «no han perdido actualidad», y uno piensa: pues ojalá la hubieran perdido, porque esa actualidad es la realidad de unos mundos que preferiríamos que no estuvieran ya ahí, que hubiesen cambiado. Goethe decía que «hay que repetir la verdad de palabra, puesto que la falsedad se repite de hecho», y es cierto, aunque repetir esa verdad de palabra no cambie muchas cosas, cuando la mentira es una materialidad que se repite de hecho.

En «Huelga de los colores», ¿has querido evocar cómo sería una huelga ideal, en la que hicieran frente común diferentes partidos de izquierda, ecologismos, feminismos…?

Pensaba más bien en algo más trágico, e inseparable de la política, que es la creciente grisura del mundo en todos sus planos de existencia. Tanto desde el punto de vista ecológico como desde el político, se están perdiendo los colores. Ese texto es un lamento frente a la pérdida de colorido del mundo. Este de los colores es un asunto importante, como explica el historiador francés Michel Pastoureau en su Breve historia de los colores. Nos parece que el mundo siempre ha tenido los mismos colores y que los seres humanos hemos tenido siempre la misma relación con ellos, y eso no es cierto. Por ejemplo, hubo un largo período en el que no había tintes para poder hacer un verdadero color negro, siempre quedaba más cerca de un marrón o de un gris, y cuando se consigue, el negro se convierte en un color de lujo, incluso de alegría. Ahora creemos vivir en el mundo más colorido de la historia, incluso que ha habido una especie de liberación de los colores, que ya no definen nada, salvo a sí mismos. Pero en realidad estamos asistiendo a una creciente decoloración del mundo. En términos ecológicos es bastante evidente. Hay colores que ya no existen en la naturaleza como resultado de la devastación de ecosistemas, paisajes y especies, pero cuya pérdida nos pasa enteramente desapercibida porque son sustituidos por colores sintéticos, como ese color rojo imposible del coche de bomberos de juguete que nos regalaban por Reyes cuando éramos pequeños. Estamos sustituyendo el cromatismo no solo natural, sino también histórico, por un cromatismo artificial falsamente plural.

¿Tiene traducción en el plano político esta «descromatización» del mundo?

Los colores ya no sirven para definir las posiciones políticas. Siempre estuvieron ahí el tradicional enfrentamiento entre el rojo y el azul o entre el rojo y el negro, que creo que ya no existen. Es más, vamos hacia el pardo, el peor de todos los colores. Aparte del pardo del oso pardo, que es un animal admirable, uno de mis favoritos, el pardo es un color que no define nada.

Y sin esos simbólicos enfrentamientos cromáticos que nos ayudaban a describirla, ¿cómo hacemos para hablar ahora de la política?

Lo que llamamos política ya no tiene mucho que ver con la política, y por eso nos sentimos obligados a abandonar el lugar donde tradicionalmente se hacía para buscarla en otra parte. En España han pasado cosas bastante insólitas en los últimos años, de un alcance y una significación global, que han tenido un poder casi de agujero negro para atraer una masa de análisis, debate e intervención como se haya reunido pocas veces antes en nuestra Historia. Pero cuando ese poder de concentración no ha ido acompañado de los resultados que nos apetecían, el curso de los acontecimientos ha adquirido un cierto tinte provinciano. Estamos volviendo a lo provinciano en España, y es un peligro que lo global se convierta en provinciano creyendo que sigue siendo global. Italia ha sido la vanguardia de Europa para lo mejor y lo peor y ahora toca para lo peor, en lo que nos adelanta veinte años. Creo que, para nuestra desgracia, todos acabaremos siendo italianos. España siempre ha tenido la particularidad de ir desacompasada del Europa, como explica muy bien José Luis Villacañas. Ese desacompasamiento sigue existiendo. Que en Europa no haya restos de socialdemocracia y que sí los haya en España indica que no será la socialdemocracia la que vaya a marcar el destino del continente. Hay que prepararse para esta italianización de Europa.

Cuando escribes estos relatos, ¿dejas que el lector decida con qué puede ser real o qué pueda ser fantasía?

Incluso en las sociedades más fanatizadas, ha sido posible la establecer alguna diferencia entre ficción y realidad. Una diferencia que, desde algo más de veinte años, ya no es posible establecer. Y eso nos introduce en un mundo muy inquietante, en el que pueden suceder guerras como la de 2003 contra Iraq, cuando alguien miente, todo el mundo sabe que está mintiendo y aún a pesar de ello, esa mentira se convierte en una invasión con cientos de miles de víctimas. Es a partir de ahí que, no solo la política, sino la antropología cotidiana, no establece una diferencia entre verdad y ficción. Cuando los marines estadounidenses mataron en Iraq al oficial de los servicios secretos italianos Nicola Calipari, hubo una tentativa por parte del gobierno de Berlusconi de camuflar lo sucedido atribuyéndoselo a unos supuestos terroristas, hasta que no tuvo más remedio que aceptar que habían sido sus aliados estadounidenses los que le habían matado. Entonces Berlusconi pronunció una frase que inauguró una época, y que a mí me sigue produciendo escalofríos porque soy un hombre antiguo, del siglo XIX o incluso del XVI: «la verdad no cambia nada».

La experiencia cotidiana que todos tenemos es esa, que «la verdad no cambia nada» pero que, en cambio, la mentira sí cambia cosas, y buena parte de la actual depresión de la izquierda también viene de ahí. Ya sabemos que la verdad no existe en ese terreno de los hechos, cuando hubiera sido muy bueno que los periodistas, los políticos o incluso los vendedores de seguros la hubieran preservado, pero la hemos perdido. Por eso la tenemos que conservar en el campo de la literatura o de la estética, en la ficción, que es donde todavía existe. Muy modestamente, en mis cuentos he querido contribuir a preservar esa verdad que todavía reside en el terreno de la ficción, y a través de la cual podemos comprender el mundo e incluso intervenir en él. Por eso me da miedo cuando cierto pensamiento políticamente correcto, en el que incluyo a ciertos sectores del feminismo, acaba cuestionando o minando la diferencia entre ficción y realidad en el campo de la estética al considerar que incluso en ese campo estético y narrativo hay palabras que no se pueden decir o imágenes que no se deben exhibir. Como hemos perdido la verdad en el terreno de la política, hay que conservarla en la terreno de la estética. Solo desde ahí podemos operar. Se debe exigir a los poderosos, los políticos, los gobernantes y dirigentes de partidos, que sean políticamente correctos, pero a los artistas no. Hoy más que nunca, tiene que ser un imperativo que los artistas no sean políticamente correctos, porque si no le estaremos entregando el mundo entero a los que ya nos han vencido en el terreno de los hechos.

Es decir, que en ese campo de la ficción sí hay que correr riesgos.

Sí. Hay sitios en los que no se deben correr riesgos. Una mujer no debe correr riesgos por caminar sola por la calle, un niño no debe correr riesgos si se ha perdido de sus padres en un parque, pero sí que hay correr riesgos en una novela, en un cuadro o en una sinfonía: ahí es donde nuestra alma tiene que estar en peligro. Conviene, en esos lugares, estar en riesgo, y es bueno reivindicarlo. Muy modestamente, en mis cuentos hago esto, narrando cuestiones verdaderas a través de historias ficticias.

Una de las historias de Ultima hora refiere a la cuestión de Catalunya. A la vista de todo lo acontecido desde que la escribiste, ¿crees que el conflicto político catalán tiene solución?

No, no la tiene. Y eso dice mucho de la propia historia de España, que en cierto modo aún no ha cerrado su siglo XIX. Es muy importante pensar en el siglo XIX para comprender la España de hoy. En los últimos años leo mucho a Galdós y sus Episodios nacionales. Creo que lo que ha ocurrido en estos últimos años supone el amargo final de todas las esperanzas suscitadas desde el 2011 y nos lleva a un retorno al siglo XIX, y lo que hay que esperar es que este nuevo siglo XIX en el que estamos entrando no nos conduzca al trágico siglo XX que ya tuvimos. Ahora mismo no hay ninguna solución para el conflicto catalán porque no hay ninguna esperanza de que el procesismo ofrezca una solución viable de cara ni al conjunto del Estado español ni a Europa, como tampoco se espera que desde el Estado se transforme la relación que tenemos con Catalunya, que en mi opinión debería ser claramente revisada. Son dos impotencias paralelas, que cuando se cruzan solo lo hacen de manera conflictiva: del lado del Estado con la aplicación del artículo 155 y con políticos encarcelados, y del lado procesista con un discurso demagógico, victimista y, lo que es más preocupante, cada vez más identitario.

Sí que pudo haber una solución transformadora. De hecho, una de las tragedias en el último período es que había muy buenas razones para pensar, tanto desde el lado de Podemos ―que era también un proyecto de revisión de la historia de nuestro país― como desde el lado del mejor procesismo, el de las CUP y otras gentes, que era posible romper el Régimen del 78. Ambas partes tenían razón al considerar que cada uno de ellos tenían la oportunidad de impulsar esa ruptura, pero discurriendo en paralelo, han abierto la posibilidad de un retorno de ese Régimen del 78 en sus peores modos, con un discurso como el que vemos en Vox. Un discurso que sería impensable sin el Procés. No es el feminismo ni la inmigración, es Catalunya, y a partir de ahí se cuelan otras cuestiones. Ahí hemos perdido una oportunidad que puede tardar años en volver a producirse.

Háblame de Túnez, el país en el que vives.

Túnez es en estos momentos un país europeo en términos de libertades civiles, que comparte la misma amenaza del destropopulismo que ha hecho que en España, en Italia y en toda Europa en general se esté retrocediendo mucho. Túnez, que acaba de salir de una revolución aparentemente triunfante y encara una frágil transición democrática, ha ido a encontrarse con Europa a gran velocidad, de 1789 a 2019 en 11 años, como si se hubiera metido en un microondas. Hubo una impugnación transversal que cuestionó y derribó a un régimen dictatorial, luego se pasó ―muy a la española― a una confiscación de las instituciones por parte de un consenso de élites, de ahí se va al desencanto radical de los jóvenes que habían vivido aquella revolución, que lleva a un retroceso en posiciones culturales y a una nostalgia del régimen dictatorial. Hay dos fuerzas que se reparten el poder, Al-Nahda, el partido post-islamista, y Nidaa Tounes, que está formado sobre todo por restos del antiguo régimen, y ahora estos partidos se enfrentan a fuerzas populistas muy berlusconianas, como la de Nabil Karoui, que ni siquiera tiene partido pero que ya va ganando en todas las encuestas. Karoui es dueño de una televisión, Nessma TV, que incumple toda la legislación vigente y que está teniendo gran éxito entre la población más desencantada, con el país en una situación económica muy difícil y en un contexto regional muy peligroso. Esta situación genera una gran inestabilidad y muchos retrocesos en libertades y derechos civiles. Ahora mismo no veo ninguna diferencia entre Túnez y España, Italia o Francia.

Decías en 2011 que se estaban privatizando hasta las caricias. ¿Cómo va ese proceso?

No se han privatizado las caricias, pero acariciamos cada vez más a partir de aplicaciones informáticas que sí que son privadas. Mientras seamos cuerpos y no cyborgs, siempre habrá resistencias. Precisamente eso es una cosa que demostró el 15-M, en una España que estaba enteramente formateada por el hedonismo de masas del que hablaba Pasolini en los años 70, con un horizonte mental y conductual enteramente funcional al neoliberalismo, y que de pronto deja de serlo. Hay cosas que no puede soportar un cuerpo, y ahí tanto las caricias como los dolores juegan un papel importante. Los dolores porque todos vamos a necesitar cuidados, y el discurso anticapitalista está muy bien orientado por ese lado. Y sobre las caricias… Porque veo que vivimos en un mundo casi en ruinas, quiero recordar que entre las ruinas siempre se han tendido ropas. En el Berlín destruido por las bombas, lo primero que aparecían eran unas bragas colgadas, unos calzoncillos colgados, una camisa rota colgada, y eso tiene que ver con el amor. El amor en todos los ámbitos no es capaz de transformar el mundo, pero es la única fuerza capaz de conservarlo y mientras haya amor… Creo que el amor es más resistente que las cucarachas e incluso que mi teléfono móvil, pero es trágico porque no podemos hacer depender la supervivencia del mundo de una fuerza fundamentalmente conservadora como es el amor. Además, por el camino va a haber muchas víctimas, porque el amor no transforma sino que conserva. Conserva un fuego encendido, unas ropas colgadas, algunas caricias en un rinconcito entre los escombros, pero no podemos querer escombros confiando en que, en todo caso, desde el amor se pueda reconstruir otra cosa. No podemos confiar en el amor, aunque tenemos que alegrarnos de que exista.


Lola Matamala, activista y periodista madrileña, escribe habitualmente en El Salto, La Marea y otros medios.

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