Mirar al retrovisor

¿Se puede pervertir una democracia?

Un artículo de Joan Santacana sobre el advenimiento de dictaduras por medios no violentos sino pacíficos, incluso democráticos.

Mirar al retrovisor

¿Se puede pervertir una democracia?

/por Joan Santacana Mestre/

¿Se puede pervertir una democracia? ¿Cuál es el proceso que conduce a la transformación de una democracia en una dictadura? No, no me refiero a los procesos violentos, a los golpes de Estado o a las ocupaciones militares en periodos de guerra. Estos casos son sobradamente conocidos: fue el de Pinochet en Chile, el de Franco en España y el de tantos otros. Yo me refiero a procesos pacíficos, incluso democráticos; al complejo proceso que conduce a la perversión del sistema. En estos casos es evidente que el primer paso consiste en desprestigiar el sistema; en reducirlo a un conjunto de normas absurdas en las cuales la elección popular carece de sentido: da igual votar a Julio Cesar que a Julián Cerezas; el resultado, será el mismo. El desprestigio de la democracia debe ir acompañado del engaño masivo; los ciudadanos no suelen equivocarse sobre sus intereses si estuvieren bien informados, pero sí que es relativamente fácil engañarlos cuando los sistemas de información han sido previamente maniatados, destruidos. Esta es la segunda conditio sine qua non.

La tercera acción que hay que emprender para corromper la democracia tiene mucho que ver con el sistema judicial. Se trata de que el aparato judicial se ponga a trabajar para fortalecer al Gobierno y no a los ciudadanos, al Estado. Claro está que en primer lugar hay que diluir los tres poderes, dar primacía al ejecutivo y controlar desde el ejecutivo al sistema judicial. Liquidar la independencia de la justicia es la tercera conditio sine qua non.

En este proceso de destrucción de la democracia hay un elemento que a menudo se olvida. Me refiero a la perversión del lenguaje: es absolutamente necesario cambiar el sentido de las palabras. Términos tales como democracia, elecciones libres, nación, etcétera, tienen que cambiar de sentido. Sin manipular el lenguaje, el engaño es siempre más difícil. Esta es pues una condición necesaria; es la cuarta condición.

La quinta y última es el apoderarse del pasado; adaptarlo a las necesidades del futuro Estado totalitario y cambiar la historia. La historia es un arma poderosa si se utiliza bien y ningún proyecto de destrucción del sistema democrático puede triunfar si, al mismo tiempo que quiere imponer el futuro, no tuerce el pasado. Normalmente, para apoderarse del pasado el mejor instrumento suele ser instrumentalizar el sentimiento nacional. Cuando un grupo se apodera del concepto de nación, adquiere el poder suficiente para controlar el sistema emocional de la ciudadanía. Es cuando te dicen: «¡Tú no amas a tu país!». Cuando esto ocurre, el ciudadano coloca el sentimiento nacional, el nacionalismo, por encima de cualquier otra circunstancia y valor. Las personas pierden la perspectiva de lo que es justo e injusto y no caen en la cuenta de que no se justifica cualquier amor. El amor ciego conduce a perpetrar monstruosidades. Albert Camus, en una carta a un amigo alemán, durante la segunda guerra mundial, afirmó con contundencia respecto esto: «¡Amo demasiado a mi país para ser nacionalista!». Sí: esta es la última arma que utilizan los demagogos para destruir las democracias.

Y no lo olviden: para hacer esto se necesita dinero, mucho dinero. Así, Hitler, con su partido nazi, al principio marginal, logró aumentar el apoyo popular hasta conseguir casi una quinta parte del total de los electores de 1930.  Claro está que tuvo el apoyo financiero de Fritz Thyssen, el multimillonario alemán del periodo de entreguerras, y también de Alfred Hugenberg, el magnate de la prensa que también disponía de agencia de noticias y de cinematógrafos, ambos enemigos de la democrática República de Weimar.  Ejemplos históricos hay muchos más, y basta contemplar el mapa de Europa de los años veinte y compararlo con el de los años treinta del siglo XX; las dictaduras habían sustituido a las democracias o estaban a punto de hacerlo y el proceso siempre fue el mismo: se dieron las cinco condiciones antes mencionadas… Ahora, en este primer tercio del siglo XXI, sabemos que los mismos volverán a intentar lo mismo. ¡Sabemos que volverán!


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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