Filosofía

Dos miradas a la vejez con veinte siglos de intervalo

Francisco Abad Alegría escribe sobre la senectud apoyándose en dos grandes autores que lo hicieron en su tiempo: Cicerón y Santiago Ramón Cajal.

Dos miradas a la vejez con veinte siglos de intervalo

/por Francisco Abad Alegría/

Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris

Protagonistas

Veinte siglos de distancia temporal separan a Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) y Santiago Ramón Cajal (1852-1934).* Creo importante recalcar que nuestros personajes tuvieron vidas y finales muy distintos, pero que en los dos casos no eran personas amargadas por una vida social y profesional fracasada, sino que destacaron por su fecunda y reconocida actividad, lo que da especial valor a sus apreciaciones.

Cicerón, de origen plebeyo, procedía de una familia promocionada al ordo equester, nivel de los caballeros, équites, cuasi-nobles menores. Sus padres le procuraron la educación más exquisita que se podía dar en la época y muchos aceptan que este retórico, cuestor, edil y pretor, llegado tempranamente al Consulado, además de ser uno de los políticos más importantes de la última época republicana de Roma, lo que acabó pagando con su noble cabeza cercenada y posteriormente escarnecida, fue el mayor impulsor de la introducción de las principales escuelas filosóficas griegas, que acabarían trasformando un imperio romano básicamente conquistador y guerrero en el constructor de la gran civilización occidental a cuyo incipiente ocaso parece empujarnos el destino como horrorizados y maniatados espectadores.

Don Santiago, en cambio, se acerca hasta rozar nuestra víspera vital. Nacido navarro (Petilla de Aragón, 1852), hijo del cirujano de segunda don Justo Ramón Casasús, aragonés de Larrés, desde los dos años salió de su pueblo natal, viviendo con su familia en diversos destinos de la comarca, ya en Aragón, para afincarse en Ayerbe (Huesca) desde los ocho años, por lo que él mismo se consideraba más aragonés (la patria es la infancia, dicen dicen) que navarro. Médico, muy pronto profesor de anatomía, tras penosa estancia como capitán médico en la guerra de secesión de Cuba, en Valencia, Zaragoza y Madrid, fue activo pensador social, especialmente influyente como miembro masón desde los tiempos de Zaragoza (logia Caballeros de la Noche, n.º 96, sobrenombre Averroes), patriota español y explícito antirreligioso. Premio Nobel en 1906. Intentó por los medios a su alcance un imposible (como es patente solo con mirar alrededor): que el pueblo español respetase, amase y cultivase, en la medida de sus posibilidades, la cultura y el pensamiento libre, en lugar de poner su ilustre nombre a una calle en la mayoría de los municipios de nuestra nación.

Santiago Ramón Cajal

Las fuentes

Cicerón nos dejó su libro sobre la vejez, o más bien el envejecimiento (Marco Tulio Cicerón: De senectute: acerca de la vejez, Madrid: Triacastela, 2006) con propósito en cierto modo terapéutico o al menos lenitivo de un momento vital pesaroso, de patente declive, del que nadie escapa salvo cuando muere antes de alcanzar la madurez vital. Él mismo lo explica en la dedicatoria al querido amigo Tito Pomponio Ático, procónsul en Grecia entre el 88 y el 65 a. C.: «Mi intención es liberarte a ti, y también a mí, de este peso que tenemos en común, el de la vejez inminente, o por lo menos, próxima» (o. cit., I, 2).

Ramón Cajal es sin embargo, como materialista acérrimo y de afectividad escasamente vibrante, o quizás reprimida, severamente lúcido, cual si de una lección de patología general tratase al hablar de la vejez, y se expresa en una obra relativamente extensa (S. Ramón y Cajal: El mundo visto a los ochenta años, en Obras literarias completas, Madrid: Aguilar, 1961, pp. 283-470) con objetividad severa, no exenta en más de una ocasión de concesiones a la melancolía, como sabemos, escasamente aséptica: «En la presente obra pasaré revista, siquiera sea muy sucintamente, a las decadencias inevitables de los ancianos, singularmente de los octogenarios, agravadas por achaques o enfermedades eventuales» (o. cit., Introducción, p. 286).

Al fin, parece que los dos autores están básicamente de acuerdo en un criterio común, muy alejado de idílicas pamplinas sapienciales, cercano a Jorge Manrique («…y llegamos, al tiempo que fenecemos, así que cuando morimos, descansamos»). La actualidad demográfica, que tantos demagogos y algunos pseudocientíficos reputan triunfo del saber, no oculta algo que un viejo (por viejo y por dilatado en el tiempo) amigo, me decía: «La vejez es lamentable; la extrema vejez, repulsiva». Con todas las excepciones que se quiera. Juzgue cada uno, pero hágalo, si no es gran molestia, a partir de las palabras de Cicerón: «Muchas veces […] suelo admirar, M. Catón, no solo tu excelente y perfecta sabiduría en las demás cosas, sino también y principalmente el que nunca me diste la sensación de que para ti fuese pesada la vejez, cuando para la mayoría de los ancianos es tan odiosa que dicen soportar una carga más pesada que el Etna […] Una vez transcurrida la edad pretérita, por larga que sea, ningún consuelo podría endulzar una vejez necia» (Cicerón: o. cit., II, 4). Repárese, no obstante, en que Marco Tulio contrapone sabiduría a necedad en el enfoque de un hecho biológico ineluctable e ingrato, lo que ya da una pista sobre la posibilidad de endulzar o añadir acíbar a lo que de suyo no parece muy positivo.

Por qué la senectud es enojosa

Cicerón lo sintetiza admirablemente en pocas palabras: «encuentro cuatro motivos por los que la vejez puede parecer miserable. Lo primero porque aparta de las actividades, lo segundo porque debilita el cuerpo, lo tercero porque priva de casi todos los placeres, lo cuarto porque no está lejos de la muerte» (ibídem, V, 15). Aún abunda, aunque nos lo describen sus biógrafos como un otoñal físicamente bien conservado, en la pérdida de las fuerzas físicas, diciendo que «en la vejez no hay fuerzas; no se le pidan fuerzas a la vejez. Por tanto no solo por ley, también por las costumbres, nuestra edad está liberada de las cargas que no pueden ser sobrellevadas sin fuerzas [una piadosa dispensa]. Así, no solo no estamos obligados a lo que no podemos, sino ni siquiera a todo aquello que sí podríamos» (ibídem, XI).

Nuestro don Santiago se explaya detallando punto por punto, con hábito docente largamente cultivado, en las lamentables deficiencias sintetizadas por Cicerón, de la involución, cuyo inicio fija en aproximación cronológica a los setenta o setenta y cinco años (Ramón y Cajal, o. cit., p. 289) en un lamentable elenco de mermas, detalladas en su escrito (ibídem, 1.ª parte, caps. I a IV): sensoriales (presbicia, déficit de agudeza visual, presbiacusia), debilidad muscular, insomnio y déficit de memoria. Además añade factores ambientales que hacen hostil al senescente la vida cotidiana: los cambios importantes del entorno vital, especialmente urbano, del lenguaje y de las costumbres y la irrupción casi tumultuosa de las antes apagadas reivindicaciones femeninas (produce cierto sonrojo, aun situándose en el contexto histórico, leer la descripción del ideal de la mujer del sabio en sus Reglas y consejos sobre investigación científica, que a veces remeda una reivindicación de la estricta sumisión femenina) (ibídem, 2.ª parte, cap I).

Si hasta de un mal libro puede obtenerse alguna lección mínimamente provechosa, del cúmulo de progresivas deficiencias también hay algo que aprender y pulir en el camino que lleva al cese irreversible de la respiración. Una buena educación, respetuosa consigo mismo y con los demás, mitiga aspectos negativos del avance por tan enojoso camino:

Los viejos son pesados, ansiosos, iracundos y difíciles. Si nos empeñamos, son también avariciosos; pero estos son fallos de las costumbres, no de la vejez […] Sin embargo todos estos inconvenientes se dulcifican con una buena educación y buenas costumbres […] Lo que no entiendo es qué pretende la avaricia en los viejos. ¿Puede haber algo más absurdo que cuanto menos camino queda más provisiones se acumulen? (Cicerón, op. cit., XVIII, 65).

Y añade el cónsul:

Los que dicen que la vejez no es apta para gestionar cosas, no aducen nada; se parecen a aquellos que dicen que el piloto no sirve para nada en la navegación, puesto que mientras que unos trepan a los palos, otros corren por el puente, otros vacían la sentina, él se queda sentado en la popa sujetando el timón…Las cosas grandes no se hacen con las fuerzas…sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión… (ibídem, VI, 17).

Y si se me permite, a condición de que los demás acepten la capacidad o autoridad moral del senecto.

Otro aspecto desagradable de la senescencia en la mayoría de ocasiones es la relación con los más jóvenes; lo de los niños es otro mundo. Dice Cicerón que «del mismo modo que los viejos sabios disfrutan con los jóvenes dotados de un buen natural [entiéndase, no hablo de Cármides o las peculiares amistades juveniles socráticas…] y la vejez se les hace más llevadera a los que son amados y motivados por los jóvenes, así también los jóvenes disfrutan con los consejos de los viejos, gracias a los cuales son estimulados al cultivo de las virtudes» (ibídem, VIII, 26). No es fácil mantener esas afirmaciones en la actualidad y tampoco resultaría aquí útil analizar las causas. Pero don Santiago, que ha vivido una intensa y no pocas veces conflictiva trayectoria profesional, tiene algo que matizar al respecto (Ramón y Cajal: o. cit., cap. V, pp. 355-357). Dice nuestro neurobiólogo que el anciano es siempre juzgado por los jóvenes, a veces con benignidad y simpatía, otras con desprecio y en no pocas ocasiones con manifiesta hostilidad espontánea de difícil explicación. Pero añade, matizando este último punto, que «los auténticos adversarios del anciano pertenecen a la generación inmediatamente anterior». Y recuerda como paradigma un caso concreto, cuyo nombre vela cuidadosamente pero que describe con tal lujo de detalles que cualquier contemporáneo podría haber dicho sin error de quién se trataba; una licencia vengativa que se explica bastante bien conociendo la biografía del sabio. Sin el mínimo afán de parangón, imposible humana y científicamente, puedo afirmar por propia experiencia que lo que dice don Santiago es una verdad radical y reiterada, aunque se soslaye a menudo en impúdicas descripciones biográficas.

Dos aspectos a menudo confusamente valorados

El primero de ellos es la vivencia acumulativa del hacer y no haber hecho, que se complementan. Nuestros mentores en esta breve reflexión no la expresan de modo indubitablemente explícito, sino como un vago sentimiento que podría interpretarse al añorar pasadas e irreversibles situaciones posibles o aspiraciones que se quedaron en pura intención o ensoñación intencional. Pero siendo un poco más brutales, podemos decir que la senescencia implica la vaga, inconcreta vivencia, de haber entrevisto un horizonte de posibilidades y velarlo de inmediato con el espeso cortinaje del deber y hacer cotidiano, de los proyectos de corto vuelo, que no excluyen la ambición pero la limitan a terrenos acotados por la situación o el proyecto vital focalizado preferentemente en una dirección. Es la vivencia, que en el duermevela de la reflexión reposada surge a veces con lancinante crudeza: es tarde ya para arrepentirse de los errores (y las maldades), para deshacer lo mal hecho o abortar el viaje por un erróneo sendero recién iniciado, para lamentar el daño hecho o injustamente padecido y, sobre todo, para al menos intentar hacer algo de lo que pudo haber determinado otro camino vital.

Un segundo aspecto, sórdidamente exhibido en tantas plazas públicas, cafeterías o incluso zonas de descanso de grandes hipermercados, pero que no excluye el propio cubil-morada, es el aburrimiento. Blaise Pascal lo expresa con la maestría del genio —refiriéndose a otro ámbito del devenir vital— y parece torpe intentar decirlo con otras palabras cuando él ya nos las ha dejado en herencia: «Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehaceres, sin divertimento, sin aplicación. Siente entonces su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Inmediatamente surgirán del fondo de su alma el aburrimiento, la melancolía, la tristeza, la pena, el despecho, la desesperación» (B. Pascal: Pensamientos, Madrid: Espasa-Calpe (6.ª ed.), 1962, secc. II, 131, p. 35).

Lenitivos de la vejez

Nuestros sabios coinciden totalmente al hablar de los remedios para minimizar los aspectos negativos de la senectud, variando poco en su elenco terapéutico: insistir en la práctica de las virtudes, continuar con las cultivadas en la vida juvenil y madura o esforzadamente introducidas en el otoño vital, no exigir demasiado a la vida ni al prójimo, evitando así el desastre de la desdeñosa negativa, sobriedad y moderación en la actividad y las aspiraciones, rehuyendo profilácticamente el previsible fracaso, renuncia progresiva a la actividad pública y política y cultivo sosegado pero ardoroso del estudio, el pensamiento y todo aquello que signifique aprender, eficaz gimnasia mental para evitar la anquilosis del pensamiento propiamente humano (Cicerón: o. cit., III, 7 y 9, VI, 22, XIV, 50; Ramón y Cajal, op. cit., 4ª parte, p. 433 y ss). Es muy llamativo que los dos pensadores coincidan enfáticamente en un concreto aspecto terapéutico para la vida de la ancianidad: el retorno a la naturaleza, sea en forma de práctica de la domesticada por la jardinería o del contacto con la no domesticada, observando, paladeando aromas, llenando los ojos de luz vegetal y mineral pletórica de vida, expansiva en tiempos cálidos, inquietamente latente en los invernales (Cicerón: o. cit., XV, 51; Ramón y Cajal, op. cit., 4ª parte, p. 448). Si se me permite un símil taurino levemente irrespetuoso, parece que el ocaso acerca al ser humano, partícipe de la esencia biológica con el noble toro, a la zona de chiqueros, al punto de salida al ruedo vital.

Y el memento mori también tiene sus aspectos positivos. El primero de todos, sin duda, haber dejado atrás tanta lucha, fatiga, aspiración frustrada, inseguridad y temor, vividas en distinta medida por los humanos. Cicerón pasa levemente sobre el tema, glosando cómo tanto si existe una forma de subsistencia de distinto orden al de la vida física cotidiana como si no, lo inevitable no debe ser motivo de preocupación ni mucho menos obsesión para quien está empeñado en el simple e inevitable oficio de vivir (ibídem, XX, 74). Añade también que no parece muy sensato empeñarse en luchas, trabajos y conflictos si lo obtenido no se mantiene tras la vida (ibídem, XXII, 82); pero no se refiere a la gloria o la memoria homéricas, sino a un ente que denomina explícitamente alma, porque «la naturaleza del alma es simple y no tiene en sí ninguna fuerza dispar ni diferente, no puede ser dividida. Y porque no puede, tampoco puede morir…» (ibídem, XXI, 78).

Don Santiago, en cambio, es plenamente mecanicista y niega cualquier futura forma de existencia o incluso pervivencia parcial en forma de al,a al ser humano, con expresión indubitable: «Ni la ciencia escapa, no obstante su serena objetividad, a la dolorosa inquietud del no ser […] Ni hay que olvidar que nuestro cuerpo es un agregado de energía cósmica transformada y de enjambres electrónicos complicadísimos, semejantes a sistemas planetarios» (Ramón y Cajal: o. cit., 3.ª parte, p. 404). Muy lejos de cualquier afán apologético, parece que el pesimismo biologicista de Ramón Cajal adolece de un déficit que sin embargo está implícito en su propia expresión: la conciencia. Saber que se sabe, saber que se es, saber que lo otro es. Desde una óptica estrictamente aséptica, la mera existencia de la conciencia, es un problema que supera Cicerón con una palabra, alma, de significado cambiante y también manipulable; pero la conciencia como tal da mucho para reflexionar y sacar consecuencias de ello (J. Arana Cañedo-Argüelles: La conciencia inexplicada, Madrid: Biblioteca Nueva, 2015).

Mas nuestros sabios maestros quizá dejaron una puntada suelta al recoger sus conocimientos sobre la vejez y el envejecimiento, que intentaré rematar para concluir esta breve reflexión: el humor como ayuda más que decisiva en el proceso involutivo. No es muy original referirse a Henri Bergson como iniciador del estudio sistemático del humor en la vida humana (La risa: ensayo sobre la significación de lo cómico, 1900). Y es que por mucho que razonemos sobre el decurso benigno o malhadado de la vida, cualquier discurso más o menos sabio no es más que un razonar que pretende explicar o a menudo justificar un sentimiento previo, surgido de entrañas vivenciales de múltiples y a menudo ignotas motivaciones, que en último término remiten a la limitación vital humana (M. Roca Bennassar [coord.]: Trastornos del humor, Madrid: Panamericana, 1999, p. XX); estados de ánimo persistentes con una tónica existencial, en nuestro caso el envejecimiento propio, acaban determinando el humor, entendido como una actitud que todo lo impregna (ibídem, p. XXI).

Al recoger las lecciones de Bergson, con una perspectiva ya secular, nada pierde su valor y se explica más completamente, creo, qué acontece en la urdimbre afectiva crónica erigida en directriz de la actitud ante la vida (M. Jorge Luis: «El humor y la ironía en la risa de Bergson», Revista de Filosofía UIS, 2011; 10: 143-159). Es bergsoniana la afirmación de que «es cómico todo lo que implica una distracción de la vida» (la teoría sobre el chiste de Freud abunda en ello con otra perspectiva). Y es útil para el propósito conclusivo de esta doble mirada a la vejez la afirmación del mismo autor: «Se obtendrá una frase cómica insertando una idea absurda en el molde de una frase consagrada». Pues bien; siguiendo tal línea argumental, nos topamos con una de las tres leyes bergsonianas sobre el humor: la transposición. La transposición bergsoniana, aplicable pero con matices éticos al humor corrosivo de Tackeray, por ejemplo, que desnuda de su pomposidad a una alta sociedad inglesa en realidad tan villana como la de la sórdida clientela de una taberna portuaria de los muelles londinenses de la época, puede ser auténtica árnica mental en el proceso del envejecimiento. La transposición solemne-familiar, grande-menor, digno-indigno, doloroso-desagradable, puede hacer la vida mucho más llevadera sin grandes esfuerzos psicológicos.

Recuerdo a un anciano colega, padre de numerosa prole, aficionado a la música y clínico de ejemplar dedicación y sabiduría, que cuando comentaba su difícil caminar, consecuencia de una metástasis vertebral que le causaba una ciática paralizante secundaria, aliviaba de peso afectivo a los demás y al tiempo a sí mismo con la sencilla expresión de «solo cojeo cuando camino». En la misma tónica, el maestro literario aragonés Javier Tomeo comenta en un libro la charla de dos octogenarios viudos que se reúnen cada día en el casino para hacerse compañía y han decidido dejar de hablar de política y palpitante actualidad, pasando a leer por turnos una serie de cuentos de Andersen, con las inevitables glosas; don Heriberto y don Servando, que se siguen tratando de usted a pesar de ser compañeros de estudios desde la Facultad, consiguen dar un sesgo mezcla de socarronería, experiencia vital y mordacidad humorística a sus lecturas dialogadas, aportando una visión humorística y no amarga a la inevitable decadencia y limitación vital, que no se aleja de la sabiduría de Cicerón y Ramón Cajal, pero desde el punto de vista estrictamente pragmático, sin discursos ni teorías. Véase un ejemplo en el tono de un comentario de don Servando en el intermedio en la lectura por un acceso de tos de don Heriberto: «Tal vez le convenga descansar un momento —le aconsejo—. Se está usted quedando sin voz –y aprovecho la ocasión para recomendarle una vez más que deje de fumar-. El otro día —le digo— leí que el tabaco, aparte de arruinar la salud del más pintado, afecta mucho al desarrollo del feto» (J. Tomeo: Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes, Barcelona: Cahoba, 2005, p. 94).

 

* Don Santiago firmaba siempre Ramón Cajal con sus apellidos, pero ocasionalmente añadía el y porque algunos destinatarios de sus escritos o palabras pensaban que Santiago Ramón era un nombre compuesto y que Ramón no era su primer apellido. A la inversa procede un publicitado cocinero norteño que une su nombre con el primer apellido para soslayar el origen no navarro de su padre.


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

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