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Vectores de modernidad

Mario Martínez Zauner escribe sobre cómo el presente asiste a una crisis de la modernidad en la que «despotismo y emancipación no alcanzan a diseñar una estrategia coherente como proyecto social que articule demandas y descontentos frente a la inestabilidad económica, ecológica y moral, de tal manera que solo queda un manto de estupefacción e incertidumbre».

Vectores de modernidad

/por Mario Martínez Zauner/

Con la caída de Constantinopla, tan bellamente narrada por Stefan Zweig en su Momentos estelares de la humanidad, se inicia en Europa la época moderna, un período de tránsito entre la sociedad feudal del Medievo y la estructura de clases contemporánea. Son siglos muy convulsos en los que los Estados se refuerzan, las revueltas se amplifican al punto de precipitar revoluciones y el capitalismo vive una progresiva expansión. En general, hay un tránsito desde formas de gobierno absolutistas a otras más liberales, pasando por un período intermedio de ilustrado despotismo. Racionalismo y desarrollo tecnológico se dan la mano mirando hacia el futuro, mientras que el socialismo alcanza una formulación acabada que la clase trabajadora incorpora a sus reivindicaciones, y finalmente todo estalla en dos guerras mundiales inclementes en las que surgen vectores secundarios que se tornan protagonistas: fascismo y comunismo. La sociedad de consumo, el globalismo político y la posmodernidad cultural de la segunda mitad del siglo XX cierran el ciclo moderno y con su crisis abren hoy otra etapa, todavía incierta.

La tensión entre el vector autoritario y el liberal perdura a lo largo de todo el período, y en torno a ella se distribuyen diferentes tendencias contrapuestas: monarquía y república, absolutismo y nacionalismo, reacción y revolución, etcétera. En paralelo a estas tensiones, y en cierta forma ajeno a ellas, el capitalismo se desarrolla con fuerza desde el siglo XVII,  con el surgimiento de las primeras sociedades mercantiles y la banca europea para conformar una estructura financiera que sirve de soporte a las expediciones comerciales y las guerras entre estados. La economía se autonomiza progresivamente de la política en el tránsito desde el mercantilismo hacia formas mucho más liberalizadas, mientras que la sociedad evoluciona desde los estamentos hacia las clases y el relato nacional se presenta como soporte de legitimidad para el parlamentarismo y el constitucionalismo. La soberanía no residirá ya en un monarca sancionado por Dios, sino en la cámara representativa refrendada por el pueblo.

Todo este tránsito de más de cinco siglos es algo que en España se produce de manera peculiar. La vertiente liberal no logra vencer del todo a la tradición monárquica en la disputa por el Estado, que hace suyo el concepto de la patria para no tener que ceder ante el de ciudadanía. Mientras que en Francia el Estado y la nación alcanzan una síntesis perfecta (tras descabezar al Rey), y en Estados Unidos patria y ciudadanía se anudan sin fisuras (tras una guerra civil), en España no se completa ninguno de los dos procesos: el Estado ha de apañárselas sin concepto unívoco de nación, mientras que el ciudadano y el patriota no alcanzan a fusionarse. Eso explica que los nacionalismos periféricos, construidos precisamente frente al Estado español, logren florecer y progresar.

Este cuadro de la modernidad europea, con las especificidades del caso español, se hace aún más complejo cuando al circuito histórico se incorporan los vectores comunista y fascista, aunque el socialismo y el autoritarismo tengan también especificidades en España, en sus vertientes anarquista y franquista. En el siglo XX se vive una guerra civil europea entre todas esas tendencias con participaciones ambiguas del liberalismo, que se alía a conveniencia con uno y otro bando, aunque finalmente se vea obligado a defender la democracia del fascismo. Las tensiones y conflictos vienen azuzados por la cuestión nacional y por las crisis cíclicas de los mercados, que tras la segunda guerra mundial acaban derivando en Occidente hacia el globalismo político, la sociedad de consumo y la cultura de la posmodernidad.

Pero en España de nuevo es diferente. En nuestro país la gran guerra civil europea la gana el vector reaccionario, imponiendo un solo Estado a varias naciones y el fascismo sobre el socialismo y el liberalismo. Aunque ya en los años sesenta se produzca cierta evolución hacia una sociedad de consumo, el salto hacia la posmodernidad cultural solo se realiza a partir de la transición y dejando por el camino tres problemas sin resolver: nacionalismo periférico, capitalismo monopolista y anarquismo irreverente. El llamado régimen del 78 es un intento de resolver las dificultades democráticas planteadas por el nudo franquista, pero sucesivamente le irán fallando los distintos vectores nacional, liberal y socialista, poniendo al Estado y su formulación constitucional en un aprieto.

Hoy vemos en Cataluña la intersección de todos esos vectores de modernidad, con el factor añadido de una hipermodernidad tecnopolítica. Independentismo separatista y constitucionalismo autoritario, corruptelas liberales de uno y otro lado, fascismo explícito y socialismo subversivo, manipulaciones mediáticas y  discursos vacíos, son todo expresiones de los distintos vectores de modernidad que hoy se dan cita en territorio catalán, pero que desde una perspectiva más amplia ponen de manifiesto las contradicciones que acompañan la construcción del Estado español moderno, así como la limitación de sus mecanismos constitucionales a la hora de encontrar un arreglo satisfactorio para sus vectores constitutivos. Hay varias tendencias en conflicto y los mecanismos de arreglo no ofrecen nada más allá de la excepcionalidad contenida en los artículos 55, 116 y 155, que amenazan con convertirse en norma y deslegitimar con ello al Estado democrático y liberal.

Estas dificultades se enmarcan en procesos globales actuales más amplios y también en crisis, que se manifiesta en todos los vectores de la modernidad. Alrededor del mundo se observa el retorno de un signo autoritario, incluso absolutista, que se expresa en figuras como las de Donald Trump, Vladímir Putin o Xi Jinping y en la puesta en práctica de un capitalismo proteccionista de Estado, duras guerras comerciales y un aplastamiento general del resto de vectores liberal-socialistas que se sirve del nacionalismo para legitimarse. La tendencia apunta a un fracaso del capitalismo globalista y un retorno al mercantilismo, mientras que la posmodernidad cultural se ve consumida por el revisionismo, la sociedad de consumo se ahoga en la precaridad y el socialismo trata de retomar impulso con líderes como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn.

Falto de futuro, el mapa del siglo XXI mira hacia el pasado y se encuentra ante una disyuntiva: o el retorno a la modernidad despótica o la reformulación de una hipermodernidad socialista, feminista y ecologista. Por el camino, la tradición liberal queda en entredicho, tras haberse plegado al dictado de los mercados y haber olvidado su fundamentación política. Sin más guía que la pura racionalidad, el liberalismo se ve reducido a mera gestión, a pura técnica economicista, jurídica y algorítmica, perdiendo con ello su elemento ético en la defensa de los derechos individuales. Y produce con ello movimientos paradójicos en la apropiación de su concepto, tanto por parte del neoliberalismo que la priva de su aspecto emancipatorio y la reduce a pura libertad de mercado como por la del vector fascista, que hace un uso espurio de dicho concepto para poner de manifiesto la paradoja de la tolerancia, llegando a exigir públicamente la libertad de ser un reaccionario. Con ello se pierde el vector romántico de la modernidad y se ingresa en una esfera puramente tecnopolítica donde la imagen y el discurso, lo material y lo simbólico, se ven completamente desgajados en favor del pragmatismo y la funcionalidad. Y ni siquiera el populismo es capaz de recuperar ese vector que ponga el significado por encima del significante, que exprese un exceso de sentido y sea capaz de hallar poesía en las llamas. De tal forma que la violencia aparece de manera desnuda, incomprensible y brutal.

Quizá estemos ante la última gran crisis de la modernidad, en la que sus vectores no logran reagruparse para ofrecer un marco de referencia suficiente. Despotismo y emancipación no alcanzan a diseñar una estrategia coherente como proyecto social que articule demandas y descontentos frente a la inestabilidad económica, ecológica y moral, de tal manera que solo queda un manto de estupefacción e incertidumbre. Y por todo ello estos días se multiplican los análisis e interpretaciones, mientras se aprietan las filas en lugares tan distintos como Cataluña, Chile o Hong Kong.


Mario Martínez Zauner es escritor, divulgador y doctor en antropología social y cultural por la UAM tras realizar su investigación en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, así como máster en big data y analytics en Datahack.

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