Diario de Tierra Santa

Diario de Tierra Santa (6): Jerusalén de oro

Pablo Batalla Cueto retoma su 'Diario de Tierra Santa' con una nueva entrega sobre Jerusalén, relatando de la Ciudad Santa la historia de su Explanada de las Mezquitas, su Ciudadela y las variopintas y sorprendentes iglesias del Monte de los Olivos.

Diario de Tierra Santa /6
Martes, 12 de marzo de 2019

Jerusalén de oro

/por Pablo Batalla Cueto/

Recordé a Fernando Romero cuando, franqueada la pasarela de madera que conecta el Muro de las Lamentaciones con la Explanada de las Mezquitas, emergió ante nuestros ojos, rotunda y perfecta, la Cúpula de la Roca. Y no las explicaciones concretas de mi profesor de historia del arte del instituto, pero sí la viva impresión que en mí había producido la vetusta diapositiva en que se apoyó para hacerlas. Tenía —recuerdo bien que me dije entonces— que visitar Jerusalén algún día. Y lo había cumplido sólo cuatro años después, en 2009, aprovechando la proximidad del Chipre a que me condujo mi beca Erasmus; pero no pude visitar la Cúpula en aquel viaje de cuatro días debido a unos disturbios que habían conducido a las autoridades a clausurar el acceso a ella, y de los que hoy encuentro fácilmente la crónica en Internet:

Nuevos enfrentamientos entre fieles musulmanes y policías israelíes se produjeron este domingo en la Explanada de las Mezquitas, sitio sagrado para el islam y el judaísmo, en la Ciudad Vieja de Jerusalén. Quince manifestantes fueron detenidos y la explanada «está cerrada hasta nueva orden», informó la policía, mientras que la radio israelí daba cuenta de «tres policías heridos». Más de un centenar de jóvenes se encuentran atrincherados en el interior de una de las mezquitas de la explanada, indicó la policía, que exhortó a los ocupantes a retirarse del lugar. Desde finales de septiembre, la situación es explosiva en la Explanada y en algunos barrios árabes de Jerusalén, donde casi diariamente se producen enfrentamientos entre jóvenes palestinos y policías. […]

Así es la vida en este rincón del mundo, pero yo me prometí entonces que volvería a Jerusalén y visitaría la Cúpula; y lo así dicho ha sido hecho. Hoy, a las siete de la mañana, hora a la que se inicia el primer turno de visitas para no musulmanes (que se cierra a las diez y media, abriéndose luego otro entre las doce y media y la una y media) ya estábamos haciendo cola ante la boca de la pasarela para contarnos entre sus primeros visitantes del día. Allí, un curioso «announcement and warning» del Gran Rabinato de Israel, dirigido a los judíos: «according to Torah Law, entering the Temple Mount area is strictly forbidden due to the holiness of the site».

La Explanada de las Mezquitas —la Cúpula en un extremo, la mezquita de al-Aqsa en el otro— se extiende sobre lo que un día fue el Templo judío, y en consecuencia, acceder a ella puede significar caminar sobre el espacio que entonces ocupaba el Kodesh haKodashim, esto es, el sanctasanctórum, al que sólo el sumo sacerdote tenía permitido el acceso y sólo una vez al año, por el Día de la Expiación, cuando penetraba en la cámara sagrada para ofrecer a Yavé el sacrificio de un toro, expiación de sus propios pecados, y el de una cabra, expiación de los del pueblo. Hoy, aun sin Templo, el Día de la Expiación sigue siendo el más sagrado del calendario judío: se trata del Yom Kipur que hiciera famoso una de las guerras araboisraelíes, la de 1973, en la que los países árabes aprovecharon la guardia baja de esa jornada festiva para invadir sorpresivamente el Estado hebreo, que nunca ha bordeado la derrota tanto como entonces. Y uno comprende bien, a la vista de ese anuncio del Rabinato que nosotros ignoraremos sin el menor problema —con cierta delectación blasfema incluso— por qué es un irredento polvorín esta tierra, convertida por las grandes religiones que se la disputan desde hace siglos en una inextricable maraña de sacrilegios cruzados; en un nudo gordiano de intercambiadas profanaciones.

La Explanada de las Mezquitas que nosotros nos encontramos es, en cambio, un remanso de paz. A estas horas intempestivas de la mañana, somos todavía muy pocos los turistas, sobrepasados en número por apacibles palomas que se posan aquí y allá sin llegar a formar estorbosa bandada, y el día está despejado, y el Sol hermosea ya la Cúpula en destellos gualdos, y la Explanada, inmensa y sobria en medio y por encima del termitero de la ciudad vieja, parece ciertamente el otro mundo que aspira a reflejar arquitectónicamente, y hace que uno entienda, aunque sea injusto, que los musulmanes, cuando la Cúpula se construyó, pasaran a llamar kumamah, «montón de estiércol», a la kayamah («iglesia») del Santo Sepulcro, para superar al cual en hermosura y relegarla como símbolo de la ciudad la había proyectado el sultán Abdelmalik. La Cúpula, dice bien Simon Sebag Montefiore en Jerusalén: la biografía, el libro que me acompaña en este viaje,

constituye una obra maestra atemporal de la arquitectura; su brillo es el centro de atención de todas las miradas dondequiera que uno se encuentre en Jerusalén. Resplandece como un místico palacio que sobresale del espacio despejado y sereno de la explanada, que se convirtió de inmediato en una inmensa mezquita al aire libre, santificando todo el espacio a su alrededor. La Explanada de las Mezquitas se erigió en seguida en un espacio de recreo y de relajación, y todavía lo es hoy en día. La Cúpula, indudablemente, creó un paraíso terrenal que combinaba la tranquilidad y la sensualidad de este mundo con la santidad del más allá, y en eso consistía su genialidad. Incluso en sus primeros años, escribiría Ibn Asakir, no había mayor placer que el de «comerse un plátano a la sombra de la Cúpula de la Roca».

Abdelmalik quería superar, parece, incluso a la Kaaba de La Meca, donde el sultán había nacido, pero que, tomada por rebeldes acaudillados por Ibn Zubayr, escapaba en aquel momento a su control. Como explica Montefiore, el mensaje de la Cúpula «también era imperial: puesto que no había recuperado La Meca, todavía en poder de los rebeldes, Abdelmalik proclamaba a todo el mundo musulmán la grandeza y la permanencia de su dinastía, y es posible que si no hubiera reconquistado la Kaaba, hubiera hecho de este lugar su nueva Meca. La cúpula de oro proyectaba su gloria como emperador islámico».

En cualquier caso, de impresionar e, idealmente, convertir a los cristianos se trataba sobre todo: toda la base de la Cúpula está recorrida por inscripciones que dicen, por ejemplo, que «por supuesto, el mesías Jesús, hijo de María, no era más que un mensajero de Dios, así que cree en dios y en sus mensajeros y no digas “tres”. No es cosa de Dios llevarse a un hijo». Pero también de ponérselo fácil: tal y como explica Montefiore, «las inscripciones parecen más un ataque al trinitarismo que al cristianismo en su totalidad». Y a fe nuestra que esta mercadotecnia total, dirigida a las emociones a la vez que a la razón, tuvo que funcionar: en la medida en que nosotros mismos somos cristianos —los ateos católicos de los que Gustavo Bueno decía, creo que juiciosamente, que eran distintos de los ateos musulmanes o de los ateos judíos—, somos ciertamente cristianos impresionados que no llegan a convertirse, pero sí a experimentar el estremecimiento epifánico que debe de preceder al arrodillamiento de la conversión. Quiere uno formar parte de este sueño.

Montefiore hace una divertida semblanza del sultán Abdelmalik:

Abdelmalik no soportaba bien a los necios. A un adulador que le dirigió elogios, le cortó secamente: «No me adules, me conozco mejor que tú». Según la efigie que aparece en las escasas monedas que acuñó, era severo, delgado, tenía la nariz aguileña, el cabello rizado y largo hasta los hombros, vestía largas túnicas de brocado y llevaba una espada al cinto. Sus críticos afirmarían más tarde que tenía los ojos grandes, las cejas tan espesas que estaban unidas por el centro, una nariz prominente, un labio leporino y una halitosis tan nociva que le dieron el apodo de el matamoscas. Y sin embargo, era otro regio amante a quien le gustaba reflexionar sobre el erotismo: «que aquel que desee una esclava para el placer, tome una berebere, si lo que quiere es hacer un hijo, que tome una persa, y si quiere una sirvienta doméstica, que sea una bizantina». Abdelmalik se formó en una dura escuela. A los dieciséis años se puso al mando de un ejército contra los bizantinos, presenció el asesinato de su primo, el Comendador de los Creyentes Othman, y maduró hasta convertirse en un monarca sagrado que nunca tuvo miedo de ensuciarse las manos. Empezó por reconquistar Iraq e Irán. Cuando capturaba a un cabecilla rebelde, lo torturaba públicamente ante la multitud en Damasco, le colocaba un collar de plata al cuello y lo paseaba atado como a un perro antes de «aplastarle el pecho, descuartizarlo y arrojar la cabeza a sus seguidores».

A este sanguinario sátrapa halitótico debe el mundo semejante maravilla; y uno llega a preguntarse si mereció la pena; si el imperialismo brutal del que procedió el dinero que la pagó queda justificado por esta maravilla sencilla y grácil. Es no la respuesta, por supuesto, pero uno alcanza a dudar cuando encuentra todos los matices del azul en los azulejos vidriados que cubren la estructura octogonal que sostiene la Cúpula o la ve enmarcada por el arco central de los tres que componen las Balanzas de las Almas, donde creen los mahometanos que algún día se pesará a las almas de los muertos, en el Juicio Final que ellos también creen que tendrá lugar en Jerusalén, cuando las ciudades santas de La Meca y Medina se levantarán «cual sumisas sirvientas» y volarán a Jerusalén a rendir homenaje al Señor del Universo. «Verdaderamente Makkah (La Meca) y al-Madinah (Medina) son superiores debido a la Kaaba y al Profeta —la bendición de Alá sea sobre él y sobre su familia—, pero en el Día del Juicio ambos vendrán a Jerusalén, donde unirán sus excelencias», escribió en el siglo X el geógrafo Al-Mukadasi. Jerusalén fue, de hecho, la primera alquibla, es decir, la orientación original del rezo islámico, que pasó a mirar a La Meca cuando los judíos se negaron a aceptar a Mahoma como profeta.

Cúpula de la Roca
Cúpula de la Roca y, al lado, la Cúpula de la Cadena , más pequeña
La Cúpula de la Roca tras las Balanzas de las Almas

Al lado de la Cúpula, también al-Aqsa parece un poco un kumamah, pero también sería injusto llamárselo a esta mezquita grande y venerable, de larga y rica historia, que fue durante un tiempo —y para entonces ya había sido reconstruida dos veces, tras sendos terremotos— el palacio de los reyes cruzados de Jerusalén. Construida en el siglo VIII, bajo el califato de Walid I, al-Aqsa se levanta en el lugar en que la tradición cristiana ubica la famosa expulsión de los mercaderes por Jesús, precoz anticapitalista. A manos cruzadas pasó en 1099, con la conquista de la ciudad; y treinta años después, en 1131, a la muerte de Balduino II, fue cedida a una nueva orden de monjes-soldados fundada un decenio antes y que entonces pasaría a conocerse como de los templarios. Estos ampliaron la estructura con un refectorio que aún se conserva en la pared sur del recinto. El resto de construcciones de los cruzados fue destruido por Saladino, que añadió a la mezquita un mihrab ricamente decorado. Desde entonces permanece en manos musulmanas, pero su historia no ha dejado de ser convulsa, y no sólo debido a la tensión judeo-islámica. En 1969, un cristiano extremista australiano, Denis Michael Rohan, le prendió fuego tras entrar solo al templo sobornando a un guardia que creía que sólo quería hacer fotos; fuego que, cebado con queroseno, se extendió rápidamente y llegó a ser bastante devastador: consumió, entre otros tesoros, un minbar del siglo XII.

Rohan creía que incendiando la mezquita aceleraría la segunda venida de Cristo, y es considerado el caso más extremo del famoso síndrome de Jerusalén, un trastorno psíquico documentado que se despliega de diversas formas, pero suele consistir en una autoidentificación con algún personaje bíblico y el convencimiento de que ha de producirse una próxima redención de la humanidad que tendrá lugar en Jerusalén y para anunciar la cual uno mismo ha sido escogido como profeta. La cosa no es ninguna broma: afecta a entre ochenta y cien personas cada año. El primer caso documentado se produjo en los años treinta del siglo XX y afectó a una cristiana inglesa que estaba tan convencida de la Segunda Venida que subía cada día al monte Scopus para recibirle con una taza de té. Hoy, la mayoría de los pacientes son tratados en el hospital de Kfar Shaul, en las afueras de Jerusalén oeste: se les hace un seguimiento y se los envía a casa. El síndrome dura normalmente una semana tras la cual el paciente se siente tan profundamente avergonzado que prefiere no hablar del incidente.

Mezquita de al-Aqsa

Ciudad especial, ésta. Sólo hay otra que tenga su propio síndrome: París, pero el suyo consiste en una decepción poderosa y depresiva al visitar la ciudad y encontrarse con que no es lo que, influido por el arte y la literatura, esperaba encontrarse.

Nosotros seguimos en nuestros cabales cuando salimos de la Explanada de las Mezquitas y regresamos al casco viejo por Bab al-Hutta, un distrito del barrio musulmán, y nos dirigimos entonces hacia otro de los grandes atractivos jerosolimitanos: la Ciudadela o Torre de David, un conjunto arqueológico que alberga el Museo de Historia de Jerusalén, y cuya historia, tan procelosa como la de la propia ciudad,  abrevia así de meritoriamente nuestra guía:

Sobre un promontorio que domina la ciudad vieja, la ciudadela empezó con el palacio de Herodes el Grande. Utilizada también como palacio por cristianos y cruzados, la estructura fue muy remodelada por los mamelucos y los otomanos. […]

Megalómano en cuestión de construcciones, Herodes dotó al palacio de tres enormes torres y, al parecer, para la mayor de ellas se inspiró en el Faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Los restos de bloques cincelados de una de las torres más pequeñas aún sirven de base a la principal torre del homenaje de la ciudadela. A la muerte de Herodes el palacio fue ocupado por el procurador romano. Se dice que fue aquí donde Poncio Pilatos juzgó a Jesús. El edificio sufrió una gran destrucción durante la rebelión judía del 66 d. C., y los bizantinos, 250 años más tarde, que confundieron sus ruinas con el monte Sión, supusieron que había sido el palacio de David; de ahí el nombre de Torre de David. En el mismo lugar construyeron una fortaleza.

Jerusalén pasó a manos de los ejércitos musulmanes, al igual que la ciudadela, y después a las de los cruzados, que añadieron el foso. Adquirió gran parte de su forma actual en 1310, gracias al sultán mameluco Malik an-Nasir, y Solimán el Magnífico hizo nuevos añadidos entre 1531 y 1538. Este último erigió la puerta por la que hoy se accede a la ciudadela y en su escalera el general [británico] Allenby aceptó la rendición de la ciudad el 9 de diciembre de 1917, tras 400 años de gobierno otomano.

Recorremos el museo con premura, no tanto porque nos azuce la prisa como porque en realidad no alberga piezas arqueológicas de interés, sino que consiste en una sucesión de dioramas y paneles explicativos, más bien un espacio pedagógico, apto para visitas escolares, que un museo propiamente dicho. De hecho, nos topamos, en dos de las estancias de la exposición, con sendos grupos de niñas musulmanas (llevan velo) que, sentadas en el suelo, y bloqueando el paso, reciben explicaciones de sus maestras. También con sucesivos turistas idiotas que, bloqueando también el paso, pero no justificablemente en este caso, toman fotografías de los paneles y gruñen cuando uno pasa por delante de ellos. Ello trae a mi memoria una de las magníficas sátiras surrealistas del polaco Paweł Kuczynski: un turista que vacía un paisaje con un aspirador cuya caja es una cámara de fotos. Nos hemos vuelto así. Todos somos hoy aquel turista japonés del que en tiempos nos burlábamos, la cámara siempre al cuello, capturando obsesivas fotos de todo lo que vemos, cuyo destino, para mayor escarnio, suele ser un polvoriento disco duro y no mirarlas jamás, y no ya el álbum de fotos que en tiempos se tenía y se hojeaba de tanto en tanto, convertido en relicario venerable de la memoria familiar. Yo llevo tiempo queriendo escribir algo sobre todo esto, pues tengo alguna intuición sobre la explicación profunda del fenómeno. Veamos: vivimos, ya se sabe, en lo que Zygmunt Bauman, otro polaco genial, llamara sociedad líquida. Todo fluye, nada permanece, no nos bañamos dos veces en el mismo río, nada es ya vitalicio, como sí eran las cosas antes, y todo se ha vuelto en cambio una intermitencia vertiginosa que escapa por completo a nuestro control. Como resume César Rendueles, la actualidad «premia la fragmentación y castiga las narraciones continuas y coherentes», haciéndonos vernos como «una concatenación incoherente de vivencias heterogéneas, relaciones sentimentales esporádicas, trabajos incongruentes, lugares de residencia cambiantes, valores en conflicto…». Y tal vez sea esa captura frenética de fotos un intento inconsciente y frustrado de hacer fijo lo volátil, de aprehenderlo, de imposiblemente pisarle algún freno a esta modernidad enloquecidamente acelerada; un como querer apresar, como con un salabardo para cazar mariposas, las estrellas fugaces que cintilan, efímeras e inasibles, en el cosmos de nuestra vida, pero, precisamente porque vivimos aceleradamente, no tenemos tiempo, después, de pararnos a mirarlas. Simplemente las amontonamos como hacemos también con todo en la era del consumismo, extractivistas de nosotros mismos.

Nosotros, ya digo, recorremos rápidamente el museo. Nos interesan más las ruinas del patio de la Ciudadela, musealizadas con gusto, con un arco destacando entre ellas, y románticamente entreveradas de olivos. Bancos dispuestos aquí y allá invitan a la meditación recogida o la charla sosegada, y nosotros no estamos todavía especialmente cansados, pero el día va a ser largo: a las doce, el tour gratuito Sandeman’s, dos horas caminando por la ciudad; y después, dedicar las horas de luz que le queden al día al Monte de los Olivos y sus varias iglesias, que pretendemos recorrer andando. No será mala cosa sentarnos un rato, decidimos; y escogemos para ello un banco especialmente recogido, a la vera de un acebuche cuya grata sombra anima nuestra conversación y parece impulsarnos a tenerla sesuda en lugar de banal. Pronto nos encontramos charlando sobre la figura religiosa del sacrificio, conducidos a ello por las referencias, que hemos visto en uno de los paneles del museo, a los que en tiempos se hacían en el Templo de los judíos. Yo he leído recientemente sobre ello en los libros de Walter Burkert, experto alemán en historia de las religiones, cuya obra viene publicando en español la editorial Acantilado, y me esfuerzo por transmitirle torpemente a Raquel lo aprendido en ellos.

Patio de la Ciudadela

Sobre los sacrificios, significativamente presentes de un modo u otro en todas las religiones del globo, Burkert sostenía la tesis de que eran una suerte de resto simbólico de la angustia del animal perseguido que el ser humano —presa todavía, no aún depredador— había sido en el Paleolítico. Tal como a veces los animales renuncian a una porción de su cuerpo físico a fin de escapar, pars pro toto, de una amenaza (la araña una pata, el zorro una de las suyas arrancada a mordiscos, la lagartija su cola, etcétera), así también las sociedades humanas, en tiempo en que personalizaban, creyéndolas deidades maliciosas, las amenazas meteorológicas y de otro tipo que se cernían sobre ellos, sacrificaban algo que les resultaba valioso a fin de aplacar aquéllas: una parte de su hacienda, un dedo, a un miembro de la tribu incluso, dependiendo de la magnitud del peligro que deseaban conjurar, y llegaba a no haber nada que no estuvieran dispuestas a sacrificar. En yacimientos prehistóricos en turberas del norte de Europa, ha sido frecuente encontrar, gracias a las condiciones excepcionales de conservación propias de esos entornos anaeróbicos, doncellas sacrificadas de origen noble, lo que se deduce de la tersura de sus manos, no ajadas por el trabajo agrícola. La parte valiosa de la sociedad por el todo social. Incluso hoy observamos restos pintorescos de aquella lógica: fanáticos futboleros que prometen raparse el cabello si su club de fútbol gana la liga o asciende a primera división. Yo mismo conocí a un tipo que no se afeitó la barba, habiendo prometido hacerlo sólo cuando el Sporting de Gijón ascendiera de nuevo a primera división, durante los diez años que, entre 1998 y 2008, el club permaneció en segunda.

Sobre por qué a medida que las sociedades fueron evolucionando, los sacrificios humanos fueron desapareciendo, pero se mantuvieron y consagraron como un ritual regular los animales, Burkert también hacía un razonamiento interesante: esos sacrificios expresaban —y esto es un resumen de Martha C. Nussbaum de la tesis de Burkert—

el temor de una comunidad humana ante sus propias posibilidades homicidas. Inmolando un animal en lugar de una víctima humana, rodeando además la acción de un ritual que pone de manifiesto tanto la inocencia de los matadores como su respeto por la vida, los actores de esta «comedia de la inocencia» (Unschuldkomodie), al mismo tiempo que reconocen las posibilidades homicidas que guarda la naturaleza humana, se distancian de ellas. Expresando su actitud ambivalente y su remordimiento por el sacrificio del animal, humanizando a éste y preocupándose por su «voluntad», alejan de sí la posibilidad más terrible: el homicidio despiadado y su propia transformación en seres bestiales. Los ritos afirman la condición humana y, a la vez, el miedo a perderla.

El sacrificio ritual llegó a ser casi una industria en la Jerusalén del Templo. Tal como cuenta Adolfo D. Roitman en Del Tabernáculo al Templo: el espacio sagrado en el judaísmo, el servicio sacrificial en el Templo era diario, tanto por la mañana como por la tarde. En ambos turnos se sacrificaba un cordero en nombre de todo el pueblo de Israel y también se realizaban sacrificios personales, ya fuera para la condonación de los pecados o la purificación de leprosos y parturientas (y qué significativa de la terrible misoginia de aquel tiempo es esta dupla). No todos los sacrificios eran, eso sí, cruentos: también existían ritos de oblación (minjah) consistentes en ofrecer productos provenientes del cultivo de la tierra, habitualmente una flor de harina amasada con aceite. Pero la masacre de corderos y otras bestias, criadas en el propio Templo, era diaria y se incrementaba sangrientamente en las ocasiones especiales. De la propia construcción del Primer Templo, el libro de Esdras cuenta que

En el año primero del rey Ciro, el mismo rey Ciro dio orden acerca de la casa de Dios, la cual estaba en Jerusalén, para que fuese la casa reedificada como lugar para ofrecer sacrificios […] Entonces los hijos de Israel, los sacerdotes, los levitas y los demás que habían venido de la cautividad, hicieron la dedicación de esta casa de Dios con gozo. Y ofrecieron en la dedicación de esta casa de Dios cien becerros, doscientos carneros y cuatrocientos corderos; y doce machos cabríos en expiación por todo Israel, conforme al número de las tribus de Israel. […]

Tratamos de imaginarnos aquella Jerusalén, transformando en ella la que vemos, desde lo alto de una de las torres de la Ciudadela, donde hay dispuesto un amplio mirador que ofrece una vista espléndida tanto de la ciudad vieja como de la nueva. De la vieja, el campanario del Santo Sepulcro se ofrece casi a la mano, la Cúpula de la Roca refulge, inconfundible, mas atrás y el Monte de los Olivos se adueña del horizonte, el campanario de la iglesia ortodoxa rusa de la Ascensión descollando en su alto, las doradas cúpulas bulbosas de la iglesia, también rusa, de santa María Magdalena, brillando en su falda. En cuanto a la ciudad nueva, un edificio concreto atrae, entre lo que de ella se aprecia, mi atención: el Hotel Rey David. Lo he contado ya en páginas anteriores de este diario: fue allá donde el Irgún dirigido por el futuro Premio Nobel de la Paz Menájem Beguin perpetró, en 1946, una de las peores matanzas de la historia del terrorismo mundial; 91 muertos entre soldados británicos, trabajadores del hotel y transeúntes. El atentado del Hipercor de Barcelona, el más sangriento de la historia de ETA, tuvo 21 víctimas que habría que multiplicar por más de cuatro para alcanzar el saldo de aquella carnicería que alfombró el camino de la independencia israelí, pues hizo que el establishment británico comenzara a considerar demasiado costosa la ocupación de Palestina, y que, muy consecuentemente, el Estado de Israel ha llegado a conmemorar más o menos oficialmente. En 2006, un acto organizado por el Centro Menájem Beguin justamente en conmemoración del sexagésimo aniversario de la matanza, con asistencia del actual primer ministro Benjamin Netanyahu y varios exmiembros del Irgún, despertó la indignación del embajador británico en Israel y del cónsul general en Jerusalén al inaugurar una placa que —excusatio non petita— sostiene (¡igual que ETA de lo de Hipercor!), que los muertos se produjeron porque los británicos no hicieron caso de las llamadas de alerta: «Por razones conocidas sólo por los británicos, el hotel no fue evacuado».

Panorámica de la ciudad vieja

Entregándome me hallo a la imaginación socarrona de un Domingo Troitiño recibiendo un Nobel como presidente de una Euskal Herria independiente por algún tratado de paz con España cuando dan las doce menos diez, hora de allegarnos a la cercana Puerta de Jaffa para participar en el afamado tour gratuito Sandeman’s. Allá nos encontramos que una chica joven y bajita, ataviada con el uniforme rojo de la casa, organiza ya, alzando trabajosamente la voz, a una pequeña muchedumbre a la que reparte unos números como de rifa de los que se sirve después para configurar cuatro grupos asignados a otros tantos guías. El nuestro da en ser un tipo jovial y de aspecto estrafalario (pantalones vaqueros muy anchos, chanclas de playa, una raída chupa motera con imperdibles) que se presenta como Philip Gordon Lavine, Phil, y que más tarde nos contará su historia: judío estadounidense, oriundo de Chicago, lleva dieciséis años viviendo en Jerusalén.

Phil comienza por congregarnos en una recogida esquina exterior de la muralla del casco viejo para hacernos una breve introducción a la ciudad, incluidos algunos consejos útiles y, por ejemplo, el de que en el insoslayable regateo en el zoco consideremos un precio justo no más de la mitad de la primera cifra que nos propongan. Phil se revela ya en esa primera charla como un excelente guía, divertido y ameno, siendo además que yo —que soy bueno en idiomas pero tengo un oído de madera para los listenings, y el inglés se me hace ininteligible a poco que el acento de mi interlocutor se sale mínimamente del estándar de la BBC— le entiendo perfectamente.

Nuestro primer destino es el Santo Sepulcro, pero Phil se detiene aquí y allá, en las calles y callejuelas por las que nos conduce, para invitarnos a reparar —y he ahí el interés de esta clase de tours— en pequeñas curiosidades que de otro modo nos pasarían desapercibidas. Nos señala, por ejemplo, el enigmático símbolo, algo así como una o y una te mayúsculas superpuestas, que, cuando uno se fija, aparece grabado o pintado por doquier: se trata del taphos, consistente en las letras griegas tau y phi intercaladas y símbolo del Patriarcado de Jerusalén, vinculado a la Iglesia ortodoxa griega. Y también nos indica Phil una no menos omnipresente cruz quíntuple (una grande, griega; cuatro más pequeñas en cada uno de los cuadrantes formados por los brazos de aquélla): se trata —nos explica— de la Cruz de Jerusalén o de los Cruzados, y es símbolo de la Custodia de Tierra Santa, provincia de la orden franciscana, que es la que representa casi exclusivamente a la Iglesia católica en estas tierras. La cosa se remonta al mismo Francisco de Asís: al Poverello le fascinaban estas tierras que no llegó a conocer aunque estuvo cerca, en Egipto, donde mantuvo un famoso encuentro con el sultán Melek al-Kamil en plena quinta cruzada; y la orden por él fundada instituyó ya en vida suya, en el capítulo general que en 1217 demarcó sus provincias, y para cumplir sus deseos, una provincia de Tierra Santa a la que a partir de entonces comenzaron a afluir los frailes franciscanos. En 1263, un nuevo capítulo general celebrado en Pisa confirmó la demarcación aprobada en 1217 pero dividió esa provincia primigenia de Tierra Santa —que abarcaba también Siria y Chipre— en entidades más pequeñas llamadas custodias, a fin de agilizar y facilitar el trabajo de la orden. Ésta, a partir de entonces, fue adquiriendo sucesivamente numerosas propiedades no sólo en Jerusalén, sino también, entre otros lugares, en Belén, Nazaret, el monte Tabor o Ain Karem, lugar mítico de nacimiento de san Juan Bautista. Actualmente, la Custodia de Tierra Santa se encarga de la guarda de 49 lugares considerados bíblicos, del ejercicio pastoral en 29 parroquias y 79 iglesias y capillas, de la dirección de 16 escuelas con unos diez mil alumnos y cuatrocientos profesores, de cuatro casas de hospedaje para peregrinos, tres residencias de la tercera edad y dos orfanatos; y posee, además, un Instituto Bíblico Franciscano, un Centro de Estudios Orientales Cristianos, la casa editorial Franciscan Printing Press y otra serie de instituciones consagradas a la acción ecuménica, cultural y científica. Decir Iglesia católica y decir orden franciscana sigue siendo prácticamente lo mismo en Tierra Santa.

Arribamos al Santo Sepulcro por la calle Santa Elena, pero una vez allí, en la pequeña plaza que se extiende ante la iglesia, Phil, tras una explicación casi gore sobre la forma en que se realizaban las crucifixiones en tiempo de Jesús, nos explica, con derroche de comercial gracejo, que la visita guiada al templo no va incluida en el tour gratuito, sino sólo en el de pago, cuyo precio es de treinta euros. A nadie en nuetsro grupo molesta ese anuncio; todo el mundo lo considera lógico, pero sí es una sorpresa fastidiosa para mí: yo sí visité el Santo Sepulcro con el tour gratuito Sandeman’s que realicé en 2009, guiado por otro dicharachero judío estadounidense. Y me doy rápida cuenta de lo que sucede: los tours Sandeman’s debían de acabar de inaugurarse en aquel entonces, y seguramente comenzaron por ofrecer uno gratuito asombrosamente completo a fin de consolidar rápidamente una imagen de marca asociada a una inmejorable relación calidad/precio: yo mismo me he pasado estos diez años, suerte de hombre anuncio voluntario, recomendándolos a cuantos amigos y conocidos viajaban a Jerusalén. Una vez consolidada esa imagen mercadotécnica, en cambio, Sandeman’s pudo permitirse adelgazar el tour gratuito (que no lo es en realidad: al final del tour, se le paga al guía la voluntad), conservándolo como una forma de publicitar el de pago. Así se levantan, en fin, los imperios comerciales. Como dejara dicho Rodrigo Rato, ¡es el mercado, amigo! Qué se le va a hacer. El tour es interesante de todas formas.

Del Santo Sepulcro, Phil nos encamina —y esto vuelve a ser un punto a favor del tour— a un lugar recóndito al que accedemos caminando sobre tejados: el punto exacto en el que interseccionan los cuatro barrios de la ciudad (cristiano, musulmán, judío y armenio). Allá, Phil comienza a desgranarnos algunos datos de interés sobre cada uno de ellos, tales como su población (unos 27.500 habitantes el musulmán, que abarca la mitad de la ciudad vieja; 5700 el cristiano; 3000 el judío y 800 el armenio) o las principales actividades económicas de sus residentes; pero de pronto, las no lejanas campanas del Sepulcro prorrumpen en un tañido estentóreo que ahoga su voz. Nos guía entonces hacia un nuevo lugar, apartado también y ya en el barrio judío, pero allí cambia de tema para relatarnos la legendaria ascensión de Mahoma a los cielos desde Jerusalén.

Así fue la cosa. Mahoma dormía cerca de la Kaaba, en la habitación de Umm Hani, cuando apareció el arcángel Gabriel y lo hizo montar sobre al-Buraq, misterioso ser «rápido como el relámpago, de tamaño intermedio entre el caballo y la mula, con cabeza de mujer. A través de visiones favorables o funestas, pasando por Hebrón y Belén, llegaron a Jerusalén, donde Mahoma hizo la Plegaria». Mahoma, entonces, comenzó a ascender. Fue primero recibido por los porteros de los siete pisos del cielo, y accede seguidamente a un primer piso en el que encuentra a Adán entre dos grupos de seres. Ríe Mahoma —cuenta la tradición— cuando mira a los que están a su derecha; llora, en cambio, al mirar a los que están en su izquierda: son los huéspedes futuros del paraíso y del infierno. Después, sigue subiendo. En el segundo cielo encuentra a Juan y a Jesús; en el tercero, a José; en el cuarto, a Idris; en el quinto, a Aarón; en el sexto, a Moisés; en el séptimo, a Abraham. Y por último, sube tan arriba que oye el rasguear de los cálamos de los ángeles que escriben las acciones de los hombres, y se encuentra con Alá. Éste le imparte entonces una orden: sus adeptos deberán realizar cincuenta plegarias al día. Mahoma, osado, regatea entonces, aconsejado a ello por Moisés; y tras un habilidoso tira y afloja con el dios único, consigue reducir el número de plegarias a cinco. Y entonces, asciende un piso más. ¿Qué encuentra allá? Así lo cuenta Maurice Gaudefroy-Demombynes en su biografía del Profeta:

En el punto extremo de su ascensión, Mahoma llega al sadrat al-muntahā, el Loto del Término Supremo, que los comentarios interpretan en sentido propio como un árbol de loto nabaq capaz de embalsamar el universo. La leyenda le atribuye una sombra inmensa; de su tronco salen cuatro ríos, dos de los cuales son visibles, el Nilo y el Éufrates; otros dos, el Salsabil y el Kauthar, tienen una existencia supraterrestre. A su sombra, las almas de los mártires del Islam chuhadā, y quizás los de todos los creyentes, irán a esperar el día de la resurrección. Más allá está lo incognoscible que Alá no abre a nadie. […]

Tiene gracia que la mitología islámica sancione el regateo, pienso mientras Phil nos cuenta toda esta historia. Y pienso también en un compañero de piso turcoalemán que tuve en Chipre: se llamaba Burak. ¿Sería por el caballo del Profeta? A estas cogitaciones me entrego cuando echamos de nuevo a caminar. Nos adentramos entonces en el barrio judío; y en un momento dado sucede algo curioso: pasa a nuestro lado un grupo extraño en el que hay monjas, frailes, lo que parece una sacerdotisa (¿anglicana quizás?) y otros tipos que me parecen vestidos al modo musulmán. Y por alguna razón, me acuerdo entonces de un famoso debate medieval sobre el que he leído recientemente: la disputa de Barcelona, que durante varios días del verano de 1263 enfrentó en el Palacio Real Mayor de la ciudad catalana, a instancias del rey Jaime I el Conquistador y por petición de los dominicos aragoneses, a Pablo Cristiano, miembro de esa orden —y, curiosamente, un judío converso— y al ilustre rabino judío Nahmánides, oriundo de Gerona. Sobre el papel, se trataba de discutir libremente sobre cuál de las dos creencias, la cristiana o la judía, era superior, aunque el público era casi exclusivamente cristiano y a Nahmánides, aunque se le concedió la oportunidad de expresarse libremente, sólo se le permitió hacerlo en respuesta a lo que afirmara el fraile dominico: no podía preguntar, sino sólo contestar. Así, en realidad, la disputa consistió más bien en un juicio al judaísmo; y, de hecho, Nahmánides acabó exiliándose a Tierra Santa poco después del debate, que todo indica que ganó por más que —como sigue siendo normal en todo debate—, ambos, cristianos y judíos, consideraran y consignaran en crónicas enfrentadas haberlo ganado.

Cristiano, buen conocedor, como antiguo judío, de la tradición hebrea (y uno se acuerda de algunos antiguos izquierdistas que, convertidos de facto en derechistas, siguen diciéndose progresistas y revistiendo con habilidad sus nuevos posicionamientos con la palabrería de los viejos), creía ingenuamente que podía probar la superioridad cristiana tan abrumadoramente que las masas de judíos que vivían en los reinos hispánicos se convertirían a la fe de Cristo. Su gran baza eran unas supuestas hagadot —esto es, tradiciones orales hebreas— de las que consideraba que, correctamente interpretadas, demostraban que los sabios fariseos sabían que el Mesías ya había advenido, pero lo habían ocultado. Nahmánides replicó con habilidad que, aun si esas hagadot fueran ciertas, lo que ponía en duda, debían interpretarse de otro modo, pues para el judaísmo, el advenimiento mesiánico no podía haberse producido al no haberse cumplido los parámetros que señalaban las profecías. En primer lugar, los judíos no habían sido llamados a la tierra prometida; en segundo, no se había reconstruido el Templo de Salomón; y en tercero y principal, ¿cómo podía ser Jesús el Mesías —preguntó Nahmánides a su interlocutor— si seguía habiendo guerras entre las naciones, cuando del advenimiento mesiánico aseguraba la tradición que había de señalar una era de paz y bienaventuranza? Parece que el rey Jaime dijo lo siguiente a Nahmánides al terminar la disputa: «Jamás había visto a un hombre equivocado razonar tan bien como tú lo has hecho».

El lugar concreto del barrio judío al que Phil nos conduce en primer lugar es la plaza Hurva, un espacio amplio al que se asoman, en curioso contraste, joyerías lujosas y puestos de comida rápida, y que se extiende ante una sinagoga muy especial, de interesantísima historia que Phil nos relata espléndidamente, echando mano de todas sus dotes teatrales. Se trata de la sinagoga Hurva, la anteriormente conocida como sinagoga en ruinas, porque lo estuvo durante setenta años desde su destrucción en 1948. Su origen data del siglo XVIII y está vinculado a una peculiar y desventurada comunidad judía: los perushim, que habían arribado a Jerusalén siguiendo a un carismático rabino, Judah He-Hasid, convencidos —¿cuánta gente lo ha estado a lo largo de la historia?— de que el advenimiento del Mesías era inminente y su emigración a Tierra Santa había de acelerarlo. Así lo había pregonado el rabino por toda Polonia, Moravia y Alemania, saltando de comunidad judía en comunidad judía urgiendo a sus habitantes al arrepentimiento, el ascetismo, la mortificación física y la aliyá. Había reunido de aquel modo a unos mil quinientos seguidores de los que, después, acaudilló un accidentado peregrinaje que primero los condujo a Italia, y durante el cual muchos fallecieron y todos contrajeron deudas cuantiosas sobornando a las autoridades otomanas para que les dejaran pasar. El 14 de octubre de 1700, los supervivientes arribaron a Jerusalén. Y las deudas les daban igual, pues el advenimiento mesiánico inminente volvería irrelevante el dinero igual que todas las mezquindades humanas… Pero muy pocos días después de su llegada, el rabino falleció repentinamente, sin que el prometido advenimiento del Mesías se hubiera producido.

Los perushim se sumieron entonces en la desesperación, siendo además que se habían encontrado con el desprecio de la comunidad judía autóctona. Ésta se componía, a su llegada, de unos doscientos askenazíes y unos mil sefardíes; y la amenaza de sorpasso de los primeros sobre los segundos que la llegada de entre quinientos y mil askenazíes significaba provocó el recelo de los sefardíes, que les negaron toda ayuda. Sospechaban, además, que se trataba de sabateos, una secta mesiánica anterior a la que los judíos locales veían con hostilidad. Con todo, los perushim, inasequibles al desaliento, no desfallecieron: contrajeron deudas aún mayores y con el dinero reunido erigieron una pequeña sinagoga.

Sic transit gloria mundi: veinte años después de la construcción del templo, los iracundos acreedores de los perushim le prendieron fuego. Y las autoridades otomanas, entonces, no hicieron distingos: culparon a todos los judíos askenazíes, viejos o nuevos, de las deudas, y decretaron la expulsión de Jerusalén de la comunidad askenazí al completo. Algunos de los askenazíes se trasladaron a otras ciudades: Hebrón, Tiberíades o Safed, fundamentalmente. Otros comenzaron a vestirse como sefardíes. Pero los perushim siguieron obstinados en levantar una sinagoga en Jerusalén. Terminaron por hacerlo en 1864; y aquella nueva sinagoga adquirió renombre como la más bella e importante de Israel y pasó a albergar también la yeshiva (escuela judía) más grande de Jerusalén. Pero tampoco estaba llamada a perdurar. En 1948, durante la batalla de la Ciudad Vieja de la guerra de independencia israelí, la Haganá hebrea se encastilló en el templo; y el comandante de la Legión Árabe jordana, Abdulá el-Tell, escribió a la Cruz Roja para advertir que, si la Haganá no abandonaba sus posiciones, se vería obligado a atacar el templo. La Haganá ignoró esta amenaza y, expirado un ultimátum final de doce horas, los jordanos atacaron la sinagoga con explosivos que les permitieron abrir un butrón, tomarla y colocar la bandera árabe en su cúspide. Después, concluida la toma de Jerusalén Este, lo que quedaba del templo fue derruido con minas, junto con otras 57 sinagogas.

En 1968, sabido es, Jerusalén Este volvió a cambiar de manos. Y ya entonces comenzó a debatirse sobre la reconstrucción de la sinagoga Hurva, pero, nuevamente en lo que respecta a este templo malhadado, no fue nada fácil acometerla. La campaña por la reconstrucción era liderada por Ya’acov Salomon, descendiente del rabino Shlomo Zalman Tzoref, que había acaudillado la reconstrucción de la comunidad askenazí de Jerusalén a principios del siglo XIX; y Salomon encomendó el proyecto al renombrado arquitecto Louis Kahn, pero cuando Teddy Kollek, alcalde laborista de la ciudad, escuchó que Kahn planeaba una Hurva que compitiera en tamaño con la Cúpula de la Roca, mostró su rechazo, y cuando Kahn falleció en 1974, su proyecto quedó archivado. Tres años después, en 1977,  y ante la falta de acuerdo, se acometió la solución simbólica de levantar un gran arco conmemorativo en el solar de la antigua sinagoga. Pero los partidarios de la reconstrucción no desfallecieron. Liderados ahora por el británico Charles Clore, encargaron a otro arquitecto, Denys Lasdun, nuevos planos que se parecían más a los de la Hurva original. Pero el entonces primer ministro Menájem Beguin rechazó también esos proyectos. Y Clore falleció tiempo después.

Las cosas sólo cambiaron, como tantas cosas en el cada vez más conservador Israel, con el tornasiglo. En el año 2000, el gobierno israelí aprobó de pronto la reconstrucción, de la que se encargó el proyecto al arquitecto jerosolimitano Nahum Meltzer y que duró diez años. Y el 15 de marzo de 2010, la nueva sinagoga Hurva fue inaugurada con gran fanfarria, vista por los judíos como —dirá un editorial del Jerusalem Post— «un símbolo de la tenaz insistencia del pueblo judío de regresar a su legítima tierra, contra todo pronóstico», de la negativa de los hebreos «a ser disuadidos por los reveses» y de la «inquebrantable esperanza de redención —ya sea física o espiritual— [que] es el secreto del milagro que el Estado judío».

No incomprensiblemente a tenor de proclamaciones como ésta, la reconstrucción también ha despertado las iras de todo el orbe musulmán, que la considera expresiva de la creciente judeización del, teóricamente laico, Estado de Israel que puede terminar por redundar en otra reconstrucción que algunos sectores reclaman con insistencia: la del Templo de Salomón, que pasaría por destruir la Explanada de las Mezquitas. En el centro de la propia plaza Hurva, hay una gran menorá dorada protegida por una campana de metacrilato. Una placa explica de qué se trata: una recreación de la que en tiempos hubo en el Templo de Herodes, realizada a través de minuciosos estudios auspiciados por el Instituto del Templo. Fundado en 1987 por el rabino Yisrael Ariel, dicha institución vertebra la vindicación de la reconstrucción del Tercer Templo. Su sede, en el barrio judío, exhibe una maqueta del proyecto e incluso las ropas sacerdotales de quienes oficiarán los sacrificios, tejidas ya; y tales sacerdotes ya han sido seleccionados y entrenados de acuerdo a los requisitos explicados en la Torá. En diciembre del año pasado, activistas del instituto sacrificaron un cordero en un altar portátil en el Monte de los Olivos. Y de momento, el proyecto del Tercer Templo sigue resultando estrambótico y sin contar con apoyo alguno a nivel oficial —y el propio Phil se refiere a él, en sus explicaciones en la plaza Hurva, de manera burlesca, refiriéndose a los predicadores callejeros que promueven la reconstrucción—, pero quién sabe. La demografía israelí se transforma estos días a ritmo vertiginoso debido a la estratosférica tasa reproductiva de los judíos ultraortodoxos, entre los que son habituales las familias de seis, siete, ocho, nueve hijos, lo que contribuye a explicar el viraje conservador que la política de Israel ha ido experimentando en los últimos treinta años; y no es ninguna quimera que tres o cuatro décadas más hayan consolidado una abrumadora mayoría poblacional ortodoxa que inevitablemente tendrá correlato político en forma de predominios parlamentarios ultraconservadores o incluso teocráticos. Y el Tercer Templo podrá entonces ser perfectamente posible.

Menorá dorada

Phil también nos cuenta, en sus explicaciones en la plaza Hurva, algo que ya intuía, pero que me resulta desolador: la mayor parte de los turistas religiosos que visitan Jerusalén, visitan tan sólo los lugares sagrados de su fe, desentendiéndose por completo de las grandes obras de otros credos: cristianos, por ejemplo, que no visitan la Cúpula de la Roca o el Muro de las Lamentaciones. También nos invita el guía a ser críticos con cualquier cosa que se nos cuente sobre Israel: cualquiera va a estar siempre, nos dice, inevitablemente «biased»; cualquiera va a ser parcial, injusta. Y seguidamente nos sugiere —porque tampoco su visita va incluida en el tour gratuito— que visitemos el Muro de las Lamentaciones por la tarde, que es cuando más se parece, nos dice, a la Jerusalén de oro de cierta canción famosa de historia curiosísima.  La compuso en 1967 la israelí Naomi Shemer, que se basó para hacerlo en una canción de cuna tradicional vasca, Peio Joxepe, que había escuchado en un concierto de Paco Ibáñez en Israel en 1962. E hizo rápida fortuna: los soldados israelíes la cantaron durante su entrada en la ciudad vieja de Jerusalén durante la guerra de los Seis Días, y hoy funge como himno extraoficial de Israel.

Es al barrio armenio que nos dirigimos ahora, recorriendo callejuelas del barrio judío que nos hacen pasar por delante de un curioso restaurante coreano certificado como kosher, donde Phil nos explica cómo se obtienen tales certificados. Y al llegar a los dominios armenios, se nos conduce primeramente hasta la iglesia de san Marcos, siria ortodoxa, construida en el lugar en el que tal confesión cree que estuvo la casa de María, madre de san Marcos Evangelista, y tuvo lugar la Última Cena. Luego, Phil nos allega a la catedral de Santiago, centro de la comunidad armenia, de la que nos explica entonces su curioso origen y el motivo de que exista un barrio armenio —fuertemente fortificado además, lo que representa la extravagancia de un barrio fortificado dentro de otro barrio fortificado— distinto del cristiano. Tiene ello que ver con las cruzadas: cuando los cruzados tomaron y se asentaron en la ciudad, hombres solteros como eran, buscaron matrimonio en la comunidad cristiana más próxima, que era precisamente la armenia del aliado reino de Cilicia. Hasta seis reinas del Jerusalén cruzado fueron armenias o de ancestros armenios, lo que significó para este pueblo una cercanía al poder que le permitió ir obteniendo prebendas y privilegios y, entre ellos, las murallas, sucesivamente acrecidas. Después, cuando los cruzados fueron expulsados de Tierra Santa, aquellos muros permitieron a los armenios atrincherarse y negociar con los nuevos señores desde una posición de fuerza que blindó su independencia. Pasaron a convertirse entonces en una especie de Suiza jerosolimitana: cada vez que se producía una invasión, los armenios se encastillaban y se desentendían, de tal modo que no se indisponían con nadie.

La catedral de Santiago, donde nos encontramos, data del siglo XII y, consagrada a los dos grandes Santiagos del Nuevo Testamento, el Justo —hermano de Jesús— y el Zebedeo, y se ubica en el lugar en que la tradición armenia ubica la casa jerosolimitana del segundo (que es el de Compostela). Ella misma es una pequeña fortificación: durante la guerra de 1948, la catedral, cuyos muros tienen un grosor de más de un metro, sirvió de refugio antiaéreo a los armenios de Jerusalén. En las calles aledañas, banderas de Armenia por doquier y también carteles en conmemoración del genocidio armenio, así como anuncios de la afamada cerámica que tradicionalmente se produce en el barrio. Phil nos señala además dos curiosidades: la primera, los sombreros puntiagudos que portan los sacerdotes armenios, y que lo son para remedar el monte Ararat, emblema de Armenia y el lugar en el que la tradición cree que se posó el Arca de Noé cuando descendieron las aguas del diluvio. Segunda curiosidad: las extrañas abombaduras que hay en algunas esquinas de los muros en las calles más estrechas. Phil nos explica de qué se trata y es tan prosaico como lo que sigue: sirve, sencillamente, para evitar que viandantes incívicos orinen.

Regresamos seguidamente al entorno de la Puerta de Jaffa; el tour finaliza ya. Y Phil lo cierra contándonos un bonito cuento; cierta fábula de los dos hermanos atribuida al rey Salomón y que ahora, mientras escribo estas líneas, encuentro así de bellamente relatada en una página web:

*

HACE MUCHOS, MUCHOS AÑOS, había un valle surcado por un río que se abría camino dando vueltas y más vueltas por entre las montañas, al este, dirigiéndose después hacia el mar, al oeste. Bordeaban el valle pronunciadas pendientes cubiertas de olivos y almendros. Cerca del fondo del valle, donde el río trazaba un recodo siguiendo la falda de una rocosa montaña, había dos pueblos, formados por un puñado de apiñadas cabañas de piedra, tiendas negras y corrales para los animales. Dos hermanos cultivaban unos campos situados en el valle, a medio camino entre ambos pueblos, cuyo suelo era rico y profundo, perfecto para la labranza.

El hermano mayor vivía en un pueblo a uno de los lados del valle, un poco más arriba de los campos que compartían. El más joven vivía en el otro pueblo, un poco más abajo de la tierra que cultivaban. Un par de caminos conectaban los dos pueblos: uno pasaba por encima de la montaña que los separaba, el otro atravesaba el valle y pasaba junto a los campos.

Todos los otoños, tras las primeras lluvias, los dos hermanos agarraban su burro y juntos araban la tierra y hacían la siembra. Todos los inviernos, las semillas germinaban e iban creciendo hasta la primavera. Entonces, la cabecita que coronaba los tallos se hinchaba y maduraba hasta que a principios del verano adquiría un color dorado. Era el momento en que los dos hermanos segaban el trigo con sus hoces, lo trillaban y guardaban el grano en sacos.

Una vez terminaban todas estas labores, los hermanos contaban los sacos y los repartían a partes iguales, la mitad para cada uno. Les tocaba la misma cantidad de paja para los animales y de trigo para molerlo, convertirlo en harina y después hacer el pan con él.

Luego llegaba el otoño y, con él, el momento de empezar a labrar la tierra otra vez. Y así iban pasando los años.

El hermano mayor se casó y no tardó en tener la casa llena de niños que alimentar. Por suerte, la parte de la cosecha que le tocaba le duraba siempre hasta el final del invierno. Estaba contento. El hermano más joven nunca llegó a casarse. Algunos decían que no había encontrado a la mujer que le convenía, otros que le gustaba la vida tranquila. Fuera como fuese, también él estaba satisfecho con su suerte.

Un verano, la cosecha fue excelente, mejor que todas las demás. Los dos hermanos apilaron los pesados sacos de grano: veinte para cada uno. Cuando el hermano mayor los tuvo todos bien amontonados, pensó en su hermano pequeño.

—Qué suerte tengo de tener una familia —se dijo—. Cuando sea viejo, me cuidarán. En cambio, mi pobre hermano no tiene a nadie. Tendrá que ahorrar para cuando sea mayor. Él necesitará este grano más que yo.

Y decidió hacerle un regalo por sorpresa. Cuando se hizo de noche, cargó tres sacos de grano en su burro y subió con él montaña arriba, por detrás de su casa, y después bajó por el otro lado hasta llegar al pueblo de su hermano. Era una noche muy oscura, nublada, sin luna ni estrellas que iluminaran el camino, pero él conocía tan bien el trayecto que hubiera podido llegar con los ojos vendados. Sin hacer ningún ruido, fue de puntillas hasta el cobertizo donde su hermano guardaba el grano y dejó los tres sacos al lado de los que ya estaban apilados. Después regresó para casa, sonriendo al pensar en la cara que pondría su hermano a la mañana siguiente cuando lo viera.

Al día siguiente, después de desayunar, su esposa le preguntó cómo había ido la cosecha.

—Este año sólo diecisiete sacos —le dijo—, pero si no los malgastamos, tendremos suficiente.

Su mujer lo miró con sorpresa.

—¿Solo diecisiete sacos? Si parecía una buena cosecha.

Su marido tan sólo se encogió de hombros y sonrió. Mientras la familia acababa de desayunar, su mujer fue adonde guardaban el grano sin que nadie la vera y volvió al cabo de un momento.

—Marido mío, ¿estás tan cansado que no has sabido ni contar los sacos?

—¿Qué quieres decir? —le preguntó él.

—He ido al almacén y he contado veinte sacos, no diecisiete.

—¡No puede ser!

Pero cuando fue él, se dio cuenta de que así era. ¡Había veinte sacos de grano!

—¿Cómo es posible? —se preguntó—. Debo de haberlo soñado todo.

Aquella noche, después de la puesta de sol, volvió a coger tres sacos y los llevó al cobertizo de su hermano. Esta vez, para que el burro no se cansara, tomó el camino que pasaba por el valle. A la mañana siguiente, después de desayunar, le contó a su mujer que, al final, sólo tenían diecisiete sacos ya que había regalado tres. Se puso un dedo en los labios:

—Es un secreto —dijo susurrando.

Su mujer le miró con suspicacia.

—¿Estás seguro? —le preguntó.

—Pues claro que lo estoy. Ven, te lo enseñaré.

Pero cuando fueron a contarlos, vieron que volvía a haber veinte sacos.

A su mujer no le hizo ninguna gracia.

—¿Por qué me tomas el pelo de esta manera? —le preguntó—. Deberías decirme la verdad.

—¿Será acaso un milagro? —se preguntó el hombre—, ¿o será que me hago viejo y ya no me acuerdo de nada?

La tercera noche, después de la puesta de sol, volvió a salir con tres sacos más, decidido a hacerle el regalo a su hermano costara lo que costara.

Tres días antes, el hermano más joven, justo cuando acababa de descargar el último saco, pensó en todas las bocas que su hermano mayor tenía que alimentar.

«Necesita el grano más que yo —pensó—. Ya sé lo que haré. Sin que lo sepa, le dejaré tres sacos de los míos al lado de los suyos, y por la mañana se llevará una buena sorpresa».

Cuando hubo oscurecido, cargó tres sacos en su burro y, bajo un cielo sin estrellas, tomó el camino del valle para ir al pueblo de su hermano y, una vez allí, entró en el almacén donde se guardaba el grano.

Al otro día, el hermano más joven notó algo extraño. En su cobertizo había demasiados sacos de grano. Los contó… y había veinte. Si había regalado tres, sólo tendrían que quedar diecisiete. ¿Cómo era posible que hubiese veinte? ¿Lo habría soñado?

Se pasó todo el día dándole vueltas y cuando se hizo de noche volvió a cargar tres sacos de grano sobre su burro, decidido a ayudar a su hermano. Esta vez, tomó el camino más corto que subía montaña arriba, volvió a dejar tres sacos en el almacén de su hermano y sin que nadie le viera regresó a casa.

A la mañana siguiente, volvió a contar los sacos que ten nuevo contó hasta veinte. «¿Pero cómo puede ser? Deben de ser imaginaciones mías —pensó—. Esta noche, de todos modos, se los llevaré de verdad».

Aquella noche, por tercera vez, volvió a recorrer el camino de la montaña para ir al pueblo de su hermano. Esta vez había luna llena y la noche era muy clara. Cuando llegó a lo más alto de la montaña, vio a su hermano que se dirigía hacia él con su burro. Era como si estuviera caminando en dirección a su propio reflejo.

Sin decirse una palabra, los dos entendieron por qué se habían encontrado en el camino. Y sus corazones se llenaron de alegría al darse cuenta del amor fraternal que les unía. Aquella montaña, entre los dos pueblos, fue el lugar donde se fundó la ciudad de Jerusalén. En el mismo sitio en el que se encontraron los dos hermanos, un lugar santo, se construyó el templo sagrado.

Con estas palabras, Salomón terminó la historia. Los dos hombres se quedaron en silencio, y todos los que estaban en la sala esperaron a oír qué dirían. Al cabo de mucho rato, el mayor levantó la mirada.

—Hermano —dijo—, lo que una vez fue de nuestro padre ahora es nuestro. Ni tuyo ni mío, sino nuestro, y tenemos que compartirlo.

Los dos hermanos se abrazaron y abandonaron la sala cogidos del brazo. Desde entonces, ellos y sus familias vivieron felices juntos. Y no había historia que sus hijos escucharan con más atención e interés que la de los dos hermanos, la historia que el sabio rey Salomón les había contado a sus padres.

*

El tour ha estado ciertamente bien. Son las dos y media; tenemos tiempo aún para encaminarnos al Monte de los Olivos y ver con calma los diversos puntos de interés que sus faldas acogen. Salimos del recinto del casco viejo por la Puerta de San Esteban, desde donde se desciende levemente; y no tardamos en dar con el primero de los atractivos que nuestra guía aconseja visitar: nada menos que la Tumba de la Virgen María. Un lugar curioso. Ortodoxo, es una ancha cripta descendente, con escaleras, a la que da acceso una fachada gótica, de tiempo de los cruzados. Dentro, decenas y decenas de lámparas de metal colgantes y, tal y como dice nuestra guía, «moho milenario» confieren al lugar un algo cautivador y enigmático. Una tradición inusualmente común a los distintos credos cristianos ubica allá la inhumación de la madre de Jesús por sus discípulos a mediados del siglo I. Y abajo, el supuesto sarcófago de María se entreve bajo un altar, repleto de billetes ofrendados por los devotos. Una mujer besuquea un icono de San Nicolás; vemos también a un hombre deformado por espantosos tumores.

Fachada de la Tumba de María
Tumba de María
Lámparas de metal en la Tumba de María

Nuestro siguiente destino es el jardín de Getsemaní, de tanta resonancia neotestamentaria: fue allá, entre sus olivos (y hoy los hay que tienen certificadamente más de dos mil años, ¡ah, quién pudiera hacerlos hablar…!) donde el Evangelio cuenta que Jesús fue apresado por los romanos. Los olivos son impresionantes; lo es sobre todo el más cercano a la iglesia franciscana de Todas las Naciones, contigua al huerto. Rodeado por una verja protectora de la que deduzco el motivo (los devotos debían de arrancar astillitas del tronco a modo de recuerdo, acabando por poner en peligro la integridad del árbol: muchos árboles famosos han llegado a perecer así), vemos sus vigorosas raíces repletas de papelitos con peticiones piadosas en todos los idiomas.

Jardín de Getsemaní

El templo franciscano es bonito, con sus mosaicos dorados recubriéndole la fachada con una representación de Jesús asumiendo el sufrimiento del mundo. Pero tiene menos de un siglo: fue consagrado en 1924. Dentro, encontramos una misa católica en curso, dirigida por un joven sacerdote de rasgos orientales. Recorremos el interior con discreción y rapidez, fijándonos en una curiosidad de la que nuestra guía da esta cuenta: «Pese a su nombre, no todas las naciones del mundo están representadas: en el techo del templo se localizan los 12 países que la financiaron, pero ninguno más». Se nos cuenta también que la iglesia sucede a otros dos lugares anteriores de culto cristiano: una iglesia del siglo IV, destruida durante un terremoto en la década de 740, y un oratorio cruzado posterior que se abandonó en 1345 por razones desconocidas.

Visitada la iglesia franciscana, toca comenzar a subir por las callejas empinadísimas que surcan el Monte de los Olivos, pues, de entre los templos que se erigen en su base, no podemos visitar la cercana, pero ya cerrada, iglesia rusa de María Magdalena y sus afamados coros, aunque sí ver desde fuera sus relucientes cúpulas bulbosas, del tipo de las del Kremlin moscovita. En esa subida, nuestro primer objetivo sob las Tumbas de los Profetas, una visita que nos resultará muy curiosa: se trata de una gruta con oquedades en las que la tradición judía sitúa el enterramiento de los profetas Ageo, Zacarías y Malaquías, del siglo V a. C., aunque los arqueólogos modernos suelen negarlo. Y la visitamos sosteniendo velas que un entrañable anciano nos proporciona en la puerta, y que apenas si mitigan muy levemente la espesa oscuridad. Caminamos a tientas, palpando las paredes; en un silencio lúgubre que de súbito rompe un gallo que arranca a cantar fuera y cuyo quiquiriquí nos alcanza sordo o como amortiguado.

Nuestra siguiente parada es la mezquita/capilla de la Ascensión. Pequeño templete octogonal construido para señalar el lugar de la ascensión de Jesús, data de la época bizantina, fue retocada por los cruzados y posteriormente convertida en mezquita por Saladino, y alberga una supuesta huella, tremendamente desgastada, del Nazareno. La guía nos cuenta —y con ello doy por tangencialmente confirmada mi sospecha sobre la verja protectora del olivo de Getsemaní— que «quizá su aspecto actual se deba a que durante el período bizantino los peregrinos podían llevarse fragmentos». En tiempos hubo dos huellas, pero hoy sólo es visible la derecha, pues la izquierda fue trasladada a la mezquita de al-Aqsa durante la Edad Media.

Capilla de la Ascensión
Supuesta huella de Jesús

De allí nos dirigimos hacia el último templo que visitaremos: la peculiar iglesia del Pater Noster, del siglo XIX pero erigida en un lugar en el que siempre ha habido iglesias desde el siglo IV, cuando se construyó la primera sobre una cueva en la que se cree que Jesús habló a sus discípulos, y donde los cruzados construyeron una nueva añadiendo a la mitología sobre la gruta su convicción de que Jesús había transmitido allí a sus prosélitos la oración del Padre Nuestro. En la actual, decenas y decenas de murales de azulejo encastrados por doquier muestran el padrenuestro en diversos idiomas; tantos como ciento cincuenta según leeremos después. Y al entrar en ella y toparme tales paneles, a mí me asalta una súbita remembranza. Yo he visto alguna vez, en alguna parte, una fotografía de un mural igual que éstos, con el padrenuestro escrito en asturiano.

 

 

 

Trato de hacer memoria, y acabo por elucidar que pudo ser en mi parroquia, cuando era pequeño: recuerdo bien que un día, por Pentecostés, don Manuel Fueyo impartió una misa completa en nuestra lengua vernácula; y creo evocar que para el momento de rezar el padrenuestro, repartió a la feligresía unos papelitos, no con el padrenuestro bable meramente escrito, sino con la foto en blanco y negro que yo he recordado al entrar aquí. Tiene que ser aquí donde se encuentre ese mural, me digo, y me pongo a buscarlo frenéticamente, saltando del náhuatl al tailandés y del coreano al corso. Hay dos tipos de murales; dos tamaños: uno grande, compuesto por sesenta azulejos, y otro pequeño, formado sólo por seis; y tardo en encontrar el que busco porque —ay— a mi lengua materna dieron en asignarle el tamaño pequeño. La encuentro compartiendo un muro con el bisiàc, el jerriais, el mallorquín, el papiamento y el furlan: no precisamente un lugar de honor como la lengua de pleno derecho que el asturiano es, sino lo que parece el cajón de sastre de los dialectos. El bisiaco es un dialecto de la lengua véneta; el jerseyés, de la normanda; y el mallorquín, de la catalana, aunque sí son lenguas, al menos, el friulano y el papiamento, hablado en las Antillas neerlandesas. Y lo cierto es que, al menos, el padrenuestro asturiano está perfectamente bien escrito: con demasiada frecuencia se encargan traducciones a gente bienintencionada pero no propiamente conocedora del idioma y que propina varias patadas al diccionario de la Academia de la Llingua. Ésta dice así: «Padre nuesu, que tas en cielu: santificáu seya’l to nome, amiye’l to reinu, fáigase la to voluntá lo mesmo na tierra qu’en cielu. El nuesu pan de tolos díes dánoslo güei, perdónamos les nueses ofienses lo mesmo que nós facemos colos que mos faltaren; nun mos dexes cayer na tentación y llíbramos del mal. Amén». Todo bien: incluso la apostrofación, que, caprichosa como ciertamente es esa parte de la ortografía del asturiano, suele no manejarse correctamente.

Fotografío el mural y lo cuelgo en Friquillingüismu, un grupo de Facebook sobre la lengua asturiana, suponiendo que sus miembros podrán ya conocerlo, pero por si les fuera desconocido y se llevaran una sorpresa al descubrir nuestro idioma presente en una iglesia del Monte de los Olivos. Algunos, efectivamente, no lo conocían; pero otros sí, y me cuentan que el mural fue fruto de la labor de Federico Fierro Botas y del colectivo Manuel Fernández de Castro. Fierro era un tipo singular: sacerdote jesuita, fue uno de los pioneros, en Asturias, del movimiento de los curas obreros, sindicalista (escribiría un manual de formación sindial en los noventa) y un enamorado de Rusia y de la cultura rusa, interés que había adquirido en sucesivos viajes a la Unión Soviética: fallecería, de hecho, en 2002 en un accidente de tráfico en Vladivostok. El colectivo Manuel Fernández de Castro, fundado por él mismo en 1986, reúne a los sacerdotes asturianos favorables a la normalización y la oficialidad de la llingua y ha promovido iniciativas como la traducción al asturiano el Nuevo Testamento y otros textos religiosos.

La iglesia del Pater Noster concluye su horario de visitas poco después de nuestra llegada, justo cuando salimos de una capilla en la que reposa Aurélie de Bossi, la aristócrata francesa que impulsó la construcción del templo en el siglo XIX. Son las cuatro de la tarde, y hemos hecho ya todo lo que queríamos hacer a lo largo del día. Nos dirigimos, entonces, hacia unos bancos cercanos, todavía en lo alto del Monte de los Olivos, desde los que se aprecia una vista fastuosa de la ciudad vieja, con la idea de ver atardecer. Debajo nuestro se extiende un gigantesco cementerio judío al que nos hemos ido asomando ya durante nuestra subida al Monte; una aglomeración de entre setenta mil y ciento cincuenta mil tumbas de distintas épocas que comenzó a formarse hace más de tres mil años, en la época del Primer Templo, y hoy pasa por ser el cementerio de uso continuado más antiguo del mundo. Todo judío piadoso desea enterrarse en él, y de ahí su tamaño: según el libro de Zacarías, será allí donde Dios redima a los muertos cuando el Mesías regrese para el Juicio Final. Y por así decir, y como en los conciertos, todo el mundo desea una fila preferente para cuando llegue el momento.

Desde donde nosotros nos encontramos, vemos a un grupo de judíos ultraortodoxos rezando en torno a una tumba algo más alta que otras, y con más piedras sobre ella. Es tradición judía que, siempre que se visita la tumba de un ser querido, se deje una encima, costumbre en realidad no muy distinta de la cristiana de dejar flores cuya frescura simboliza la del recuerdo del finado por los seres queridos que no han dejado de visitarlo. En el caso de los judíos, más piedras significa más visitas al sepulcro; más intenso el recuerdo por lo tanto, y la piedra es también símbolo de eternidad y por lo tanto del alma. El cuerpo humano es frágil y su paso por la Tierra, fugaz y transitorio, y eso, para los judíos, sí lo simboliza bien la flor; pero el alma es eterna, como las rocas.

De pronto me sucede algo que me suele ocurrir en un momento dado en todos mis viajes: me siento lejos de casa, extranjero; experimento mi extranjería como un sentimiento intenso, vasto, evidente, corpóreo. Me cuesta describirlo. No se trata de un sentimiento angustioso, tampoco en realidad de uno placentero, sino simplemente de uno vivo, potente, que me conduce, no voluntariamente, pero tampoco a regañadientes, sino como un niño dócil llevado de la mano por su padre, a una introspección extraña; a un como descender por la escalinata de la Tumba de María, sólo que la cripta en este caso soy yo mismo, y la pregunta no es quién soy, sino de dónde, o, por mejor decir, si existe algún lugar que pueda llamar verdaderamente mío; cuál es la oriundez total opuesta a la forastería total que ahora experimento; mi último y más rotundo Dasein. Y en ese descenso, como Mahoma en su recorrer los pisos del cielo islámico, voy atravesando estancias sucesivas que me hacen contemplar todos los lugares en que alguna vez viví o fui feliz, y esos lugares son cada vez menos extensos, más concretos, y el último fotograma siempre es el mismo, y siempre me sorprende que ése sea, que lo sea invariablemente: la pequeña huerta que mis abuelos maternos poseían, cuando yo era niño, en la aldea de mi abuela. ¿Por qué ese lugar concreto? ¿Por qué no mi barrio de Gijón; por qué no el parque en el que jugaba cada día con mis amigos cuando era niño y sí aquella huertita que visitaba sólo muy esporádicamente? Mi vinculación con el agro, con el trabajo agrícola, ha sido más que tenue. Si tuviera que sobrevivir a un holocausto nuclear labrando alguna tierra, no sabría ni por dónde empezar. Y aquella huerta se vendió hace un montón de años. Aquélla a la que me conduce esa introspección mía, además, no es la de los últimos tiempos, cuando mi abuela ya era viuda y yo adolescente, sembrada tan sólo de manzanos cuyo fruto copioso acudíamos a recoger una vez al año, sino la de mi primerísima infancia, cuando aún vivían mis dos abuelos, y en ella plantaban patatas, alubias, judías, calabazas, puerros y otras hortalizas de las que recuerdo con pasmosa nitidez, cerca de treinta años después, la exacta disposición, igual que la ubicación de una rozagante pescal que también había y un banquito de madera que mi abuelo me había tallado. Que resulte ser aquella huerta el sanctasanctórum de mi identidad, ¿tiene algo que ver con la tierra, con que el ser busque acomodo, como la semilla, en una tierra nutricia; con que tienda a ella como las limaduras de hierro hacia un imán, y se apegue a cualquier brizna biográfica que de ella encuentre en el escaneado de una vida?

Quedan sin respuesta estas preguntas mientras contemplamos el atardecer jerosolimitano en toda su hierática gloria antigua. Jerusalem of gold. Verdaderamente lo es. Y cuando ese espectáculo concluye, caminamos morosamente de vuelta hacia el casco viejo, y concretamente al Muro de las Lamentaciones. Allá, me demoro en fijarme en las bandadas de pájaros que sobrevuelan el lugar y la diversidad de tipos humanos que ofrece: un hombre camina con los ojos cerrados mientras entona una especie de cántico; dos chavales provistos de sendos atriles comentan en inglés pasajes de un voluminoso libro; un tipo que no parece ultraortodoxo, sino que va vestido con ropas normales que resaltan entre las omnipresentes levitas negras, ora compungido en una silla sin dejar de mirar un teléfono móvil con la foto de una familia en la pantalla; otro lo hace apoyado en el Muro con una bolsa de la compra en una mano.

Cerramos el día cenando sendas sopas de lentejas en Hemo, la coqueta tetería marroquí en la que estuvimos ya ayer. Ha sido un día largo y maravilloso. Suena Julio Iglesias en alguna parte mientras sorbemos el caldo satisfechos, felices.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

1 comment on “Diario de Tierra Santa (6): Jerusalén de oro

  1. Francisco A

    ¡Muy bien, por fin! Me espera una agradable sobremesa. Ya te comentaré.

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