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¿Qué está sucediendo en Chile?

Publicamos una pequeña selección de análisis concisos sobre el estallido social que está conmoviendo Chile, escritos por chilenos y sucesivamente publicados en la revista chilena 'Crítica', amiga de EL CUADERNO; y que, comprensivos todos ellos con los motivos de los que consideran que han hecho inevitables las protestas, formulan en todo caso algunas críticas a sus derivas más desorganizadamente violentas.

Arde Chile, barrido por el estallido social más dramático desde la recuperación de la democracia en aquel país, en el momento en que publicamos esta pequeña selección de artículos que, escritos por analistas de aquel país, fueron publicados en la revista chilena Crítica, hermana de EL CUADERNO, y ayudan a comprender lo que está sucediendo en esa nación hispana a la que los Chicago Boys convirtieron, bajo la dictadura de Pinochet, en la «Cuba neoliberal». Nos explicará Alejandro Lavquén que «no existe nada más violento y vandálico que un país con un presidente multimillonario y gente viviendo en condición de calle»; Alejo Gajardo, que «izquierdas y derechas han sido literalmente barridas por el sistema plutocrático». Jaime Vieyra-Poseck disecciona la letra chica del sólo aparentemente exitoso sistema neoliberal; Adolfo Pardo carga por igual contra «una derecha deslegitimada» y «una izquierda fragmentada, desorientada y sin ideas nuevas»; Edmundo Moure carga contra un parlamento alejado de la gente y se pregunta si acaso existe otra opción y Enrique Winter cita al capitán de la selección chilena de fútbol, que ha dejado dicho lo siguiente: «Vendieron a los privados nuestra agua, luz, gas, educación, salud, jubilación, medicamentos, nuestros caminos, bosques, el salar de Atacama, los glaciares, el transporte. ¿Algo más? ¿No será mucho? No queremos un Chile de algunos pocos. Queremos un Chile de todos. Basta». Pero se abordan también en estos textos críticas duras a las derivas más violentas y caóticas de las protestas, por más justas que sean sus motivaciones. En conjunto, creemos que estos artículos ofrecen un panorama bastante completo de la situación chilena.

Veintinueve años de falsa democracia en llamas

Un microartículo sobre una macroinjusticia

/por Alejandro Lavquén/

No existe nada más violento y vandálico que un país con un presidente multimillonario y gente viviendo en condición de calle. El presidente Piñera y sus ministros no pueden permanecer impunes tras la imposición del estado de emergencia y los baleos, torturas y muertes cometidas por los militares contra el pueblo movilizado en legítima rebeldía. Y no se trata de justificar los saqueos y quemas de supermercados, micros, tiendas y estaciones del metro. El pueblo no aguantó más la explotación, porque el sistema neoliberal no consiste en aplicar simples abusos: se trata de explotar a más no poder a los trabajadores. Hoy ya se huele la estrategia del Gobierno de hacer borrón y cuenta nueva y aquí no ha pasado nada y todo sigue el rumbo anterior a las protestas. El Gobierno está en conversaciones con la Democracia Cristiana, el Partido Socialista, Partido por la Democracia y algunos desubicados del Frente Amplio para llegar a un acuerdo nacional y legitimarlo vía Parlamento, y así pasar gato por liebre con las ofertas anunciadas en la tramposa agenda social de Piñera. Pero el pueblo no quiere migajas: quiere lo que le pertenece, que no es más ni menos que la riqueza que producen con su trabajo y hoy se la esquilman las AFP, Isapres, farmacias, bancos, inmobilarias, grandes tiendas; agua, luz, educación y salud privatizadas, y los idiotas de la televisión con sus llamados permanentes a la ciudadanía para que se endeude. Piñera y los empresarios son unos tramposos profesionales: no se les debe dar ni un centímetro de reposo. ¿El Parlamento? Del Parlamento no se puede esperar mucho. Desde el momento en que se encuentran legislando migajas con los militares en la calle, están dándole, una vez más, la espalda al pueblo. ¡Asamblea Constituyente ahora! Una verdadera democracia es un «gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo», no lo que hoy existe en Chile.

Originalmente publicado en Crítica.cl el 27 de octubre de 2019.


¿Plutocracia o democracia?

/por Alejo Gajardo/

Chile es un estado plutocrático desde sus orígenes como nación independiente. Esta característica esencial, que fue ratificada por la Constitución de la década de los ochenta, establece el fundamento jurídico para un sistema político económico donde las personas más adineradas ejercen el poder y «sólo el efecto de sus acciones» es moderado por la población, democráticamente, a través del parlamento. Esto ha sido así desde el origen de la democracia a fines del siglo XVIII, cuando aquella inició el reemplazo de las monarquías —que eran gobiernos de castas familiares propietarias de enormes feudos— por las nacientes burguesías europeas, grupo social de los recién enriquecidos militares en las guerras de apropiación colonial, comerciantes, prestamistas y dueños de talleres artesanales, radicados en las pequeñas ciudades de entonces.

Existen cero posibilidades de comprender qué estamos viviendo en nuestro país hoy, para resolver la situación político-social, si no se hace un esfuerzo de cabeza que permita entender primero qué queremos cambiar. La primera acepción de la RAE para plutocracia es: «situación en la que los ricos ejercen preponderancia en el gobierno del Estado». Desde cualquier ángulo, nuestro sistema de gobierno es una plutocracia, lo cual no es precisamente sinónimo de democracia, sino todo lo contrario.

Dos son los temas que deben ponerse en tabla: primero, más allá de las reivindicaciones puntuales, ¿qué le está pidiendo al país este movimiento social masivo, espontáneo? Y lo segundo: si los liderazgos políticos están cuestionados, ¿qué los reemplaza?

Pienso que lo que se pide es establecer ahora un sistema político democrático, descentralizado, del tipo de los que conocemos en las sociales democracias noreuropeas. ¿Por qué? Porque la población estima que están dadas las condiciones económicas y la madurez mental, social, como para dar un salto cualitativo en numerosas políticas públicas que permitan transitar, en breve, en la dirección deseada.

Los movimientos sociales del nuevo milenio no tienen líderes políticos porque las ideologías de izquierdas y derechas han sido literalmente barridas por el sistema plutocrático, porque cuando uno de sus miembros no ha estado en el poder, con dinero han corrompido la voluntad de los que estaban de turno en el poder, y así, siempre, han pautado el desplazamiento de la sociedad al antojo de sus bolsillos, de sus visiones. Esta imitación burlesca de democracia es lo que debe llegar a fin. ¿Y cómo se reemplaza?

Creo que la única posibilidad pasa por exigir una Asamblea Constituyente que en un período de tiempo acotado establezca las normas para conducir sin mayores traumas la transición hacia un sistema democrático profundo. ¿Qué quiero decir con sistema democrático profundo? Éste será el tema de fondo que debe resolver la nueva constitución política del país.

Originalmente publicado en Crítica.cl el 26 de octubre de 2019.


La letra chica del neoliberalismo chileno (y global)

/por Jaime Vieyra-Poseck/

El caso chileno es paradigmático. Fue el primer país que impuso, manu militari, el neoliberalismo al comienzo de la dictadura (1973-1990). Monitoreado in situ por su creador, Milton Friedman, se expande al mundo hasta ser lo que es hoy: global y hegemónico.

En democracia, el neoliberalismo chileno es gestionado ininterrumpidamente por la centroizquierda durante veinte años con una simbiosis híbrida entre economía de mercado y programas sociales estructurales; se cuadruplica el poder económico logrando disminuir la pobreza (de 45% en 1990 a 18% en 2010; 11,7% en 2019). Globalmente, «en los últimos 25 años, mil millones de personas salen de la pobreza extrema». No obstante, al analizar cinco sistemas del neoliberalismo chileno se puede diseccionar su letra chica.

  • Sistema de pensiones: La dictadura elimina el público de reparto solidario por las privadas oligopólicas Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), que gestionan el ahorro individual de los asalariados. Las AFPs se convierten en una fuente de acumulación de capital privado en pocos conglomerados económicos, dueños de las acciones. Las ganancias con el ahorro de los asalariados son siderales y superan las cuentas del Estado. En 2018 adquieren  481.673 dólares, 821,773 de utilidades netas, mientras el gasto público fue de 70.725.172,482 dólares y, entre tanto, nueve de cada diez pensionados reciben menos de 150.000 pesos al mes (250 dólares). El sueldo mínimo en 2019 es de 422,723 dólares.
  • Sistema educacional: La Constitución de la dictadura, aún vigente, originalmente la define como un bien de consumo, no un derecho y, en la práctica, continúa siéndolo: es uno de los más caros y segregados del mundo; un apartheid educacional.
  • Sistema sindical: Dinamitado por la dictadura, la negociación colectiva con titularidad de los sindicatos aún no es plenamente factible.
  • Sistema financiero: Conexionado con el sistema educacional, sanitario, etcétera, está presente en la vida cotidiana de todos.
  • Sistema tributario: Es uno de los más inequitativas del mundo: el 50% con menos recursos paga un 16% de sus ingresos totales, mientras el 10% más rico tributa un 11,8%.

La letra chica del neoliberalismo chileno

Estos cinco sistemas están interrelacionados y son interdependientes. En efecto, el neoliberalismo chileno exige educación pública apartheid. Si no lo fuese, dejaría sin clientes a la privada, que hegemoniza la educación de calidad. Esto va unido a la incapacidad negociadora sindical para conseguir justicia salarial (la línea de pobreza por ingresos es de $417.348/mes [2017] y el 50,6% gana $380.000/mes: a pesar de tener un trabajo, se es pobre). La injusticia salarial obliga acudir al sistema financiero privado —dueños también del educacional, sanitario y de las AFPs— para financiar alimentación, educación, etcétera. Un informe del Banco Central (2018) notifica: «Los hogares registraron […] deuda equivalente al 73,3% del ingreso disponible». Y, la pieza clave del neoliberalismo es vaciar de poder tributario al Estado para destruir su poder político como garante del bien común, dejando al ciudadano una sola alternativa: pagar su protección social individualmente en la esfera privada de la economía.

Así, en el neoliberalismo chileno (y global) operan puertas giratorias donde la acumulación de capital privado circula siempre a más y sólo pasando por las manos de los asalariados, para regresar multiplicado a la caja del 1,12% de la población: los milmillonarios que en Chile reciben un 52,5% del ingreso económico total del país, mientras el 98,88% se reparten un 47,5%. Globalmente desde 2015, el Fondo Monetario Internacional (FMI) informa que el 1% más rico del planeta concentra el 50% de la riqueza global; advirtiendo que el déficit sindical crea brecha entre ricos y pobres lastrando el PIB mundial ya que la desigualdad social atrofia el crecimiento económico.

El neoliberalismo erosiona la democracia representativa creando una nueva administración del aparato público, la mercadocracia: el poder de facto de la clase empresarial que se apodera del poder político para sus intereses corporativistas en detrimento del bien común de las mayorías, poniendo en peligro de muerte la democracia y sus instituciones al descapitalizarlas dejándolas sin margen de maniobra política y, con ello, destruye la cohesión y la paz social.

Los estallidos sociales violentos, como el que acaba de estremecer Chile, y el auge de la ultraderecha son la consecuencia del fracaso del centro-derecha y la izquierda de acabar con la desigualdad social. Es más: el neoliberalismo amenaza la vida al sobreexplotar los recursos naturales por su sistema de producción salvaje sin control político ni jurídico reales.

El neoliberalismo como lo conocemos hasta ahora, a pesar de la enorme riqueza que ha creado, o por eso, es inviable.

Originalmente publicado en Crítica.cl el 20 de octubre de 2019.


Cuando un sistema enseña a saquear

/por Enrique Winter/

Como millones me entusiasmé con la rabia legítima de quienes volvieron a manifestarse. Con una claridad abrumadora, el capitán de la selección de fútbol se refirió el sábado a la excesiva apropiación de plusvalía detrás de esta rabia: «Vendieron a los privados nuestra agua, luz, gas, educación, salud, jubilación, medicamentos, nuestros caminos, bosques, el salar de Atacama, los glaciares, el transporte. ¿Algo más? ¿No será mucho? No queremos un Chile de algunos pocos. Queremos un Chile de todos. Basta». Agrego aquí una asimetría sencilla que había de explotar: tenemos un país con tarifas del primer mundo y sueldos del tercero.

El detonante fue un alza en el pasaje del metro que apenas supera el valor de un euro y que ya fue revocada. Si uno compara esta tarifa con la de otros países y considerando la calidad del servicio, dista de ser un alza inaceptable, pero en los demás existen descuentos semanales, mensuales y de grupos desprotegidos. Sorprende que nadie haya trasladado el problema desde el boleto unitario al saqueo acumulado del trabajador que debe cruzar la ciudad todos los días, o al componente sexista de una tarifa que perjudica a la trabajadora una segunda vez al no ofrecer el pase diario que le evitaría pagar el doble y el triple que los hombres por cada pasada al consultorio, escuela y mercado de las labores de la crianza comúnmente cargadas por ellas.

Las empresas privadas proveen el transporte, la electricidad y otros servicios de muchos países, pero con una regulación extensiva en protección de los usuarios, pues se reconoce que tratan con derechos humanos básicos. En Chile, en cambio, conocemos los saqueos con los cuales se arreglaron las ventas de las empresas estatales, y en varios de ellos —recuerden el caso Chispas o el banco de Talca— participó el actual presidente de la República. En los últimos años han procesado a varios de sus ministros por situaciones similares. Se trata de un Gobierno que ha llegado ahí, entre otros factores, gracias a una suma de saqueos profusamente documentados y permitidos por el sistema. A sus votantes les prometieron más riqueza sin decirles cómo se logra honradamente y han hecho lo posible porque ni siquiera se enteren eliminando las cátedras escolares de filosofía, educación cívica e historia. Si no es ahí, ¿dónde enseñará el Estado a no robar a sus ciudadanos?

Duele reconocer que hay menos pueblo del que creímos ver con las evasiones de la semana pasada; que esta vez queda corta la tesis de los montajes del Gobierno o de la prensa. He caminado por el barrio puerto, el más pobre del plan de Valparaíso, viendo cómo las turbas saquean uno a uno los locales de sus también pobres vecinos. He caminado rumbo a Playa Ancha viendo el saqueo hasta de los quioscos de galletas. Y luego he recibido los videos de los incendios del resto de la ciudad y del país. No perjudican a los grandes supermercados, cuyos seguros cubren todo, ni se trata de un pueblo consciente. En el cerro Alegre de Valparaíso no vuela una mosca, tal como en Las Condes o en cualquier acceso por metro o por bus a la riqueza. Las familias saqueadas viven en Puente Alto y responden con palos a sus vecinos. Se ha desarmado el último bastión de un cierto tejido social y de la honradez detrás de la lucha de clases. Fuera de los feudos intelectuales y de las admirables marchas existe un único discurso y es el del consumo.

Con la promesa de ampliarlo salió electo este Gobierno y los hijos y nietos de lo que antes constituyó un pueblo lo quieren gratis. No me alegra ver a cientos de personas entrar a mansalva a robar todos los bienes de consumo a su alcance. Me alegraría lo contrario: que les ofrecieran esos mismos bienes trasnacionales vendidos por grandes conglomerados y que prefirieran no tomarlos, porque optan por participar de una economía que no los destruya a ellos mismos y al planeta. Pero en estos saqueos no hay ideología; la perdimos tal como la seguridad. Luego del impresionante error de decretar un estado de emergencia y un toque de queda en un país en el que se torturaba y desaparecía gente hace muy poco con el mismo mecanismo, aumentando naturalmente la ira de la población al ver a los militares en las calles, sorprende no verlos después. El centro de Valparaíso es pequeño y en el barrio puerto no había un solo policía. Están la mayoría cuidando a los pocos ricos, y eso también dice mucho del modelo propuesto. Ni qué decir que hasta militantes y diputados de la derecha como Bellolio llamaron el domingo a dialogar reconociendo las flaquezas de la estructura social en búsqueda de acuerdos y Piñera, por el contrario, amenazó después de los incendios y saqueos, la represión y los muertos, con que estamos en guerra.

Ganaron ellos aun antes de que empiece esa batalla de bandos organizados sólo en la imaginación de un presidente de inagotable irresponsabilidad: en poco más de cuarenta años desde la visita con que Friedman convenció a Pinochet de abrazar el neoliberalismo, el egoísmo que lleva a obtener cualquier ventaja posible cada vez que se presente, en desmedro de toda ética y de todas las demás personas como lo han enseñado Piñera en su carrera como empresario (podría seguir con las fusiones de Lan, por ejemplo) y sus ministros con una asombrosa y ofensiva desconexión de la realidad social, ese violento egoísmo se ha asentado como el sentido común de los chilenos y no es motivo alguno para celebrar. Aunque hayamos despertado.

Originalmente publicado en Crítica.cl el 24 de octubre de 2019.

 

Santiago en llamas: días y noches de furia en Chile

/por Adolfo Pardo/

Anoche, viernes 18 de octubre de 2019, en Chile, o por lo menos en su gran capital, Santiago, los chilenos dejamos de ser los ingleses de Sudamérica o los suizos de América Latina; el país que miraba por encima del hombro a sus pobres e incivilizados vecinos.
Anoche vimos aparecer nuestra cara más obscura; el lumpen que si le suben el pasaje del metro destruye el metro; un metro que, por cierto, hasta ayer debió de ser sin duda uno de los más lujosos y eficientes no sólo de América Latina. Y muchos que anoche llegamos tarde y a pie a nuestras casas amanecimos deprimidos.

Está más que claro que la desigualdaden Chile es algo innegable y que, si se agudiza, a la larga, como se ha visto hoy, despierta la lucha de clases; el concepto de Marx que por mucho que se lo quiera negar sigue plenamente vigente, por la sencilla razón de que describe una realidad. Se puede estar en contra de las políticas de inspiración marxista, pero lo que no puede negarse son los lúcidos análisis y conceptos clave de Carlos Marx, muchos de ellos adoptados transversalmente.

«Power to the people», pedía John Lennon, y por fin acá en Santiago y en todo Chile la gente ha entendido cómo se consigue: cuestión de coordinarse mediante el celular, que todo el mundo tiene uno, ultramoderno. Ahora el tema es cómo se administra ese poder, qué se hace con él. Acá en Chile lo que hemos hecho es destrozarlo todo, empezando por el tren metropolitano de Santiago, al que se supone se quería acceder con una tarifa reducida y cuya alza de los pasajes fue el detonante de esta estampida. Y después continuar destruyendo todo lo que se encuentre a la mano. Para empezar, la propiedad pública, y a continuación la propiedad privada, ajena: saquear las tiendas y supermercados para robarse y llevarse para la casa todo lo que se pueda; comida, televisores, máquinas de lavar, etcétera. Incluso una java de cerveza, para celebrar. Y después incendiar las instalaciones.

El Gobierno, un gobierno de derecha que evidentemente ejerce el poder con un criterio cien por cien economicista, de libre mercado, heredado de los tiempos de Pinochet, declara estado de emergencia. No podía hacer otra cosa, porque eso exactamente es lo que está ocurriendo, y entrega el restablecimiento del orden público a las Fuerzas Armadas, al Ejército de Chile, un ejército que desde el 11 de septiembre de 1973 no había tenido nada que hacer y que su mantenimiento a los chilenos nos cuesta un ojo de la cara y cuya autoridad también está en entredicho por graves casos de corrupción. Y más encima su presencia en la calle no ha servido de nada. Es que están preparados para la guerra, no para combatir el vandalismo.

En fin, es evidente que este estallido social obedece a razones muy razonables, que no vamos a enumerar (salud, pensiones, etcétera). El problema ahora es cómo vamos a salir de esta. Quién se va a hacer cargo de la conducción de este país. Por una parte, una derecha deslegitimada y por la otra una izquierda fragmentada, desorientada y sin ideas nuevas. Prueba de ello es que durante todos estos días no hemos visto a ningún dirigente de sus filas tomar la palabra.

Colapsado, Chile se encuentra en el caos. Seguramente los millones de inmigrantes que llegaron aquí con la esperanza de trabajar y vivir en un país ordenado y próspero estarán pensando en hacer las maletas y regresar a sus tierras natales. Harían bien: la cuestión puede empeorar.

Nosotros, los chilenos, que creímos estar tan bien y a quienes sólo nos quedaba por resolver el problema medioambiental, regresamos a los años sesenta, o al año veintinueve, y ahora no sé de dónde vamos a sacar los recursos para dejar contentos a todos. Mi receta ya la dije: reducir al mínimo las Fuerzas Armadas para dedicar esos recursos a cuestiones más urgentes. Y lo antes posible prohibir el automóvil: no se puede seguir llevando una guagua al jardín infantil en un camión 4×4, sobre todo cuando éste queda a dos o tres cuadras. Yo lo veo todos los días aquí al frente de mi casa.

Originalmente publicado en Crítica.cl el 20 de octubre de 2019.


Arde Chile

/por Edmundo Moure/

En menos de una semana se derrumbó el mejor ejemplo de la política ultraneoliberal en América Latina. El oasis chileno se quedó sin agua; la perla capitalista del Cono Sur se disgregó entre los dedos del presidente magnate, Sebastián Piñera. Frases broncíneas se viralizaron en las redes sociales: «Sabíamos que existían las diferencias, pero nunca pensamos que molestaran tanto»; «estábamos haciendo las cosas bien, pero fuerzas oscuras y externas nos están desestabilizando»; «el comunismo internacional, liderado por Venezuela, complota para que fracasemos», etcétera.

La ceguera de la clase social y económica que aún gobierna Chile es endémica; emana desde una visión feudal de la historia que estos grupos no han podido superar en esta isla del fin del mundo, que sigue imperando incluso entre sus profesionales universitarios: médicos, abogados, ingenieros; qué decir entre los empresarios, convencidos de que el manejo de la economía es un simple ejercicio de ingresar y sacar dinero de la faltriquera de un hacendado del siglo XVIII, pagándoles a sus peones con las migajas que caen de su mesa, pidiéndoles que se encomienden a la Virgen María, si tienen hambre…

En menos de cuarenta y ocho horas, la bomba social estalló, extendiéndose desde Santiago del Nuevo Extremo, hacia el norte y hacia el sur, en este largo pétalo no solo de «mar y vino y nieve», como escribe Neruda, sino de lava ardiente, flujo de las erupciones provocadas por reiterados abusos, injusticias, latrocinios y corrupciones. En estas últimas, se han visto involucradas, hasta sus cimientos, las instituciones respetables de la sociedad chilena: Iglesia, Fuerzas Armadas, Carabineros…

Ni siquiera los jueces han escapado de esta lacra que permea los organismos del Estado y también la actividad privada. No hay pan que rebanar, como decían nuestras abuelas.

El escándalo de las pensiones miserables, sustentado por el sistema previsional inicuo de las AFP, creado por los expertos de la dictadura (entre ellos, el siniestro lacayo de Pinochet José Piñera, hermano mayor de Sebastián el Breve); la destrucción concertada de la educación pública en beneficio del lucro privado, a través de la proliferación de universidades espurias y sin acreditación académica rigurosa; el negocio impune de la salud, administrada por inescrupulosos mercaderes como el actual ministro de la cartera, doctor Sergio Mañalich, dueño de una de las mayores clínicas-hoteles, como se conocen entre nosotros; el sistema de subcontratación de servicios y tareas productivas, que perjudica aún más los bajos salarios y deja a miles de trabajadores sin protección social; la apropiación del agua por particulares y empresas mineras, cuyos manejos venales han ido destruyendo la actividad de los pequeños propietarios agrícolas y crianceros de la zona central de Chile, hoy asolada por la peor sequía de los últimos cincuenta años; la tala de los bosques nativos y su reemplazo por especies de rápida productividad, favoreciendo a las grandes forestales que, en la zona de la Araucanía, usurpan los territorios mapuches y ahogan su cultura; la contaminación de ríos, lagos y mares, mediante un manejo abusivo de los recursos pesqueros… La lista de iniquidades y trapacerías resulta interminable y no cabe en una simple crónica. Sin embargo, su extensión y hondura en el tiempo han provocado el incendio civil cuyas llamas amenazan tanto a los poderes fácticos como a los instituidos. Los canales de la televisión abierta y los periódicos de mayor tiraje, todos al servicio incondicional del poder, hacen gala de su hipocresía desinformativa, poniendo el acento en los saqueos, desmanes y quemas de supermercados, farmacias y tiendas; destrozos y sabotajes en la red del metro, algunos de ellos de sospechosa ocurrencia… Omiten la fuerza y extensión de las protestas sociales en contra del gobierno derechista; asimismo, los asesinatos y vejámenes contra civiles, por parte de la policía y la soldadesca drogada, esgrimiendo la manida coartada de supuestas provocaciones. Es decir, la amenaza de una olla que se golpea versus una AK6 manejada por un energúmeno acorazado.

Cincuenta muertos, cientos de torturados, miles de heridos que no figuran en las informaciones de la gran prensa amarilla. Se ha impedido al director del Instituto de Derechos Humanos el ingreso a los centros asistenciales de salud, negándole toda información fehaciente sobre muertos y lesionados. Menos mal que contamos con las redes sociales y medios no vendidos al sistema para informarnos de la realidad que estamos viviendo, que supera con mucho las febles y erráticas respuestas del poder ejecutivo y sus ridículas medidas de mitigación ante la conmoción nacional. Porque un incendio de esta magnitud no se apaga con gasolina, ni con tanquetas ni con la más despiadada de las represiones, invocando, como hace la derecha extrema, al fantasma de Augusto Pinochet.

Por su parte, el parlamento chileno está dando un triste espectáculo, alejado de la gente, como ha sido su tónica durante veinte años, enfrascados sus miembros a sueldo en descalificaciones e insultos mutuos, ignorando las reales aspiraciones y necesidades del pueblo.

Y aunque «Carlos Marx esté muerto y enterrado», hoy en día, Sebastián Piñera, exhausto y aterrado ante la amenaza de las hordas marxistas, parece repetir lo cantado por Serrat en un tema memorable: «Amo, se nos está llenando de pobres el recibidor». «Diles que el señor no está, que anda de viaje y que no sabes cuándo va a regresar».

Mientras tanto, Chile seguirá ardiendo. ¿Hasta cuándo?

Originalmente publicado en Crítica.cl el 24 de octubre de 2019.


¿Acaso existe otra opción?

/por Edmundo Moure/

Esta pregunta suelen lanzártela derechistas acérrimos o centroderecha, según eufemismo al uso; democratacristianos guatones, como calificamos en Chile a los especímenes que bailan en la cuerda floja de las ideologías; los tibios o amarillos de corazón y asimismo esos «chicha ni limoná» que zahería el gran Víctor Jara.

Por supuesto que es viable otro modelo, no el soviético, fallecido de muerte natural, ni el venezolano tambaleante; ni siquiera el cubano, a pesar de sus indesmentibles logros en educación y salud, teniendo en cuenta —cómo si no— la incidencia del despiadado bloqueo estadounidense de medio siglo sobre la débil economía isleña. La opción debiera ser un sistema mixto, que posibilite el desarrollo de pequeñas y medianas empresas, más cerca del cooperativismo que del lucro individual o corporativo, con un Estado fuerte, de estructura técnica y moderna, que pueda ejercer la supervisión de la economía orientada al bienestar social, mediante la recuperación de las riquezas básicas y la administración de los servicios esenciales. En él no tendrían cabida los grandes empresarios ni las corporaciones multinacionales.

Mi buen amigo ingeniero, aquí a mi lado cuando esto escribo, me dice que la última frase del párrafo precedente invalida de inmediato mi propuesta, pues en un mundo de economía global no se puede nadar a contracorriente sin ahogarse. Es el punto esencial de esta disyuntiva, es decir, de qué manera las poderosísimas fuerzas que sustentan el sistema mundial imperante se opondrán a todo cambio estructural. El quince o veinte o veinticinco por ciento —cuando mucho— que se beneficia del modelo en boga defenderá sus prebendas con todo lo que tiene a mano; si es necesario, apelará a hechos y acciones en apariencia atentatorios contra su propio estatus, como lo han estado haciendo ahora en nuestro país, mediante la planificación de algunos precisos atentados contra la propiedad, para atribuírselos al anarquismo, a los violentistas o al terrorismo internacional incitado por… Venezuela; están saliendo a la luz testimonios de ello, a pesar del control mediático del Ministerio del Interior.

Cito a un lúcido pensador —no marxista, para no ofender ni alterar a mi amigo—, Isaiah Berlin en su biografía crítica sobre Karl Marx, quien, a pesar de lo que dice una canción de Serrat, «que Carlos Marx está muerto y enterrado», buena parte de su pensamiento no ha perdido vigencia, según interpreta Berlin, y viene muy a cuento en nuestra realidad chilena, hoy:

Una sociedad es reaccionaria cuando avanza inevitablemente hacia un punto muerto, es incapaz de evitar el caos interno y el desmoronamiento final a despecho de los más desesperados esfuerzos por sobrevivir, esfuerzos que crean por sí mismos una fe irracional en su propia y postrera estabilidad, propósito con el que todos los órdenes moribundos se engañan a sí mismos acerca de los síntomas de su propia condición. No obstante, lo que la historia ha condenado, ha de ser necesariamente barrido.

El actual modelo neoliberal que impera en Chile, de capitalismo salvaje y no de economía social de mercado, como pretenden quienes manipulan hoy la cosa pública en su particular beneficio, está sufriendo un estruendoso colapso. El argumento agonizante de sus defensores ya lo conocemos de sobra: «cualquier cambio podría resultar peor». Pobre raciocinio, pero eficaz cuando se alza con el fantasma del miedo, arma preferida de la derecha económica. Entonces, a quien recibe 240 mil pesos líquidos (sueldo mínimo) y osa pedir un aumento, se le responde: «Si no te gusta, búscate otra pega [traducible como el curro del argot español]. Hay cincuenta huevones esperando esta misma oportunidad que aquí te brindamos».

Para muchos, quinientos años de capitalismo expoliador, que tienen a la humanidad al borde de una catástrofe ecológica y colectiva inimaginable, no son suficientes para cambiar de rumbo. Continúan en la porfía suicida del «aumento sostenido de la producción», a toda costa, mientras la naturaleza —o la Madre Tierra— padece los terribles daños de la codicia como una colosal fiera herida.

Mientras esta larga y estrecha isla del fin del mundo se debate en una crisis sin precedentes, los Nerones y Calígulas que ocupan La Moneda preparan la APEC y la COP25, citas globales totalmente inútiles, cuyos dignatarios y apoderados son incapaces, por voluntad de intereses y también por limitación mental, de cambiar nada en las actuales estructuras.

Sí, debemos ser capaces de articular otra opción. De lo contrario, nuestros descendientes heredarán los escombros y las cenizas —si es que algo queda— de un edificio social construido sobre la arena, aunque hayamos pintado sus granos con los chillones colores de la farándula feliz.

Originalmente publicado en Crítica.cl el 27 de octubre de 2019.

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