Estudios literarios

De la consolación por la escritura

«Sin duda, "varios tragos es la vida/ y un solo trago la muerte", en verso manriqueño de Hernández. Y tal dolor precisa un consuelo que empieza por el hecho mismo de su concienciación mediante la escritura», escribe Antonio Gracia.

De la consolación por la escritura

/por Antonio Gracia/

Sin duda, «varios tragos es la vida/ y un solo trago la muerte», en verso manriqueño de Hernández. Y tal dolor precisa un consuelo que empieza por el hecho mismo de su concienciación mediante la escritura.

De muchas cosas nos descansa o libera la escritura (la pintura, la música). La carne metafísica y doliente de la que está hecho el hombre se sosiega reconociéndose, confesándose a sí misma. Escribir es indagar en los misterios de la existencia, enumerar las dichas y desdichas —los anhelos y desengaños— del vivir. Constatación y, por eso, dolor; conocimiento y, por ello, sosiego, puesto que a la razón le repugna lo incomprendido.

Rubén Darío expone, en el conocido poema «Yo soy aquel que ayer no más decía», esa virtud consoladora de las artes:

Fue el dulce y tierno
corazón mío henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.
Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.

Byron dice que escribía «para pasar las horas con menos tristeza». Y anota José Martí:

¿Qué importa que este dolor
seque el mar y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
nace alado del dolor.

Blas de Otero se consuela así:

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra («En el principio»).

Ildefonso Manuel Gil escribe en «Ahora»:

Ahora […]
aprendo que mi alma es la alondra cautiva
que ciegamente quiere liberarse en mi canto.

Carlos Bousoño:

A esta casa de incertidumbre que llamamos poema…
viniste a vivir tú
para ser más («Llegada a la ambigüedad.- El poema»).

Francisco Pino, en «Un paseo con mi hijo», ostenta la escritura como salvaguardia de la memoria, de lo que somos:

Porque
nunca más sentiré este pasado
[…]
me he venido a escribir.
[…]
Porque
se irá esta dicha
me he venido a escribir.

¿Por qué escribe el admirable Robinson Crusoe un diario? ¿Por qué dice el viajero del tiempo (Wells, La máquina del tiempo, 2) «necesito contar la historia, solo entonces dormiré», sino para tomar conciencia de su identidad, ordenar y sosegar, con ello, su insólita experiencia —como Crusoe— y Paul Auster (La habitación cerrada, 3) «sé que escribir es la única posibilidad que tengo de salvarme»? Porque, por ejemplo, conocido es el poder curativo que la escritura de Werther ejerció sobre su autor. Aunque tal vez sea Dostoyevski el máximo exponente de ese desvío del dolor suicida al plano literario. ¿No escribe Juan Pablo Castel sus memorias para purgar su corazón o, más exactamente, el corazón de Ernesto Sábato?

De repente, como si, agotado el azar, estuviese esperándome, encuentro en una entrevista de un periódico atrasado esta afirmación de A. Muñoz Molina: «Escribir sobre uno mismo es difícil, pero tiene un efecto benéfico». Tal vez por tal motivo afirma el Vigny de La Musa: «un dulce nombre me pusieron: Consoladora» («La noche de octubre»). No es extraño que tanto Góngora como Quevedo se refugiaran en los libros («Con pocos libros libres…»; «Retirado en la paz de estos desiertos…»). Ni que Rebecca West se pregunte, tras leer a Shakespeare: «¿Qué emoción es esta que siento? ¿Qué relación tienen que ver con mi vida las grandes obras de arte que me hacen sentir tan feliz?».

En fin: bien claro lo expone José Hernández al comienzo de Martín Fierro:

Aquí me pongo a cantar
al compás de la vihuela,
que al hombre que lo desvela
una pena extraordinaria,
como el ave solitaria,
con el cantar se consuela.

Cierto que él acude tanto a la música como a la palabra, utilizando el placer de aquella para consolar las penas que refiere esta. Por el contrario, la inefabilidad es una falta de identidad. Por eso se lamenta Lamartine:

Mi pensamiento entra absorto en el infinito;
y allí, rey del espacio y de la eternidad,
[…]
recorre la existencia y concibe la esencia.
Mas, cuando quiero pintar lo que siento,
mi voz expira… («Dios»).

Que compartir lo que sentimos nos descansa, desahoga y alienta lo demuestra el simple y cotidiano hecho del cotilleo banal, del trasiego sentimentaloide, de la pseudoinformación de nuestros aconteceres, tan trivial como necesaria para limpiar los afectos y conflictos. Ese diálogo puede ser tan detestable como imprescindible, porque libera del soliloquio existencial. El molino del cerebro necesita moler continuamente, y rumia lo ajeno o lo propio con independencia del daño que produzca.

Ya en El libro de la almohada, título significativo de Sei Shonagon —coetánea de Musaraki Shikibu— leemos: «Cosa corriente es escribir cartas; pero qué cosa tan magnífica… Es un gran consuelo haber expresado nuestros sentimientos en una carta… incluso sabiendo que aún no ha llegado a su destinatario». Y Plinio el Joven escribió: «Vuelvo indignado… y me pongo a escribirte de inmediato, ya que no te lo puedo contar de viva voz».

Por lo tanto: si no escribimos pensando en otro, sí lo hacemos sintiéndonos otro, un otro nuestro o ajeno que nos comprende y que nos reconoce, que confirma nuestra identidad. La tradicional carta, el teléfono o el email son muestras de la curación de nuestros conflictos mediante la autodelación en otro. Por eso Carlos Sahagún se detiene en su autoconfidencia considerándola absurda si no hay quien la comparta: «Pero/ ¿me escuchas, me comprendes, vas conmigo?» («Renuncio a morir»), dice; y también: «Nada tiene sentido en soledad».

Quizá por este motivo sea la forma epistolar uno de los recursos más frecuentes: aunque nos escribimos a nosotros mismos, el yo al que nos dirigimos adquiere la apariencia de un o un él: «Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería…» (A. Machado); «Un sueño soñaba anoche…» (romance de «El enamorado y la muerte»).

«Estudia para alcanzar el sosiego», se lee en una vidriera cerca de la Catedral de Winchester. Es decir: el aprendizaje —la sabiduría— da la paz. Aprendemos leyendo: pero no podríamos acercarnos a la sabiduría y acariciar la paz si no existiera quien escribe sus aprendizajes, sus sosiegos.

No es exclusiva del lenguaje verbal esta pulsión. Lizst titula «Consolaciones» algunas de sus partituras más íntimas. No creo que Van Gogh tuviese otro motivo para pintar que esa necesidad: ama su arte porque es la única identidad que puede darle un rostro, y al no encontrarlo busca la muerte. ¿Y por qué abandona Gauguin cuanto confort le rodeaba sino por lo mismo? ¿No encontró Lautrec en sus dibujos el movimiento que no podía practicar su cuerpo? Chaikovski afirma sobre su patética sinfonía núm. 6: «La veo claramente en mi cabeza. Siento felicidad al poder trabajar todavía. He puesto en ella tanto de mí…». Abandonó Vivaldi el altar para escribir las notas que le rondaban durante una misa. ¿No demuestra ese arrebato que la música ya era una divinidad superior a Dios y que la religión del arte iba imponiéndose? ¿Por qué esa adoración sino por su poder identificativo y curativo? Escribe Wagner: «Creo en Dios, en Mozart, en Beethoven… Creo que quien ha gozado una vez los sublimes placeres del arte se entrega a él para siempre». Incluso un escritor que tanto me disgusta, como Cela, repite, sin declararlo, al frente de Oficio de tinieblas, 5, título de raíz musical: «Naturalmente, esto no es una novela, sino la purga de mi corazón». Y así tantos otros que se enfrentaron a adversidades para seguir su camino literario, pictórico, musical… Sin duda: escribir nos prolonga, nos descubre, nos acerca a ese que queremos ser.

Tal vez esa tradición, aunque no conociera entonces todos sus arbotantes, actuó sobre mí —porque somos hijos del arte— al proclamar mi necesidad de darle la vuelta al confesionalismo poético para que la escritura no copiase la vida al reflejar al que somos, sino al que anhelamos ser. De ahí el poema «Divisa»: 

Basta ya de entender que sea la pluma
savia para el dolor:
Otra es la misión de la escritura:
sosegar, transformar la muerte en vida
y convertir en himno la elegía.

Y así, se me cayeron de las manos estos versos, en los que se dan cita cuantas trincheras, consolaciones y bellezas pueden producir las creaciones del hombre:

El secreto

Para A. L. Prieto de Paula

Cuando sientas que el mundo te derrota
no intentes combatirlo.
Edifica un castillo en tu interior
y cuelga terciopelos y templanza
en sus muros. Dispón un fuego manso
junto a la mesa de la biblioteca.
Mira el cielo brillar entre las llamas
y los libros. Embriágate de luz
en la frágil belleza de los cuadros.
Escucha el clavecín mientras tu pluma
persigue en la escritura algún sosiego.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

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