De rerum natura

Vivir de espaldas

Pedro Luis Menéndez escribe sobre la desoladora ignorancia mutua que ha ido ahondándose entre las distintas lenguas y literaturas peninsulares.

De rerum natura

Vivir de espaldas

/por Pedro Luis Menéndez/

Una idea recurrente y con cierta tradición, pero que discurre por un cauce tan mínimo que casi resulta marginal, es la del iberismo, definido por la RAE como una «doctrina que propugna la unión política o el mayor acercamiento de Portugal y España». Si dejamos a un lado la cuestión política para reducir esta idea a un concepto cultural, podríamos aprovechar las palabras del gran escritor portugués Miguel Torga: «Soy un portugués hispánico. Nací en una aldea tramontana, pero respiro todo el aire peninsular… Celoso de mi patria cívica, de su independencia, de su historia, de su singularidad cultural, me gusta, sin embargo, sentirme gallego, castellano, andaluz, catalán, vasco».

No obstante, la evidencia de que los españoles (y no al contrario) vivimos de espaldas totalmente a la lengua y a la cultura portuguesas, cuando no las miramos por encima del hombro, «fanáticos y altivos» (también en palabras de Torga), es un hecho que en nuestros planes de estudios nunca ha sido afrontado, porque no interesa a nadie. Si cualquier político sin escrúpulos quisiera convertir esa ignorancia en enemistad, no debería hacer grandes esfuerzos para conseguirlo.

Pero si todo esto es grave y produce un desconocimiento absoluto de las relaciones entre las literaturas española y portuguesa, más lo es aún comprobar en el sistema educativo cómo vivimos también en la ignorancia completa de las literaturas en otras lenguas españolas que no sean el castellano. Como de nacionalista me ha tocado poco, reitero con frecuencia que las lenguas de España son españolas (puede que lo parezca, pero no es una redundancia).

Lo curioso (no sé si lo terrible) es que en los libros de texto de los años ochenta del siglo pasado, en el BUP previo a las reformas educativas, aparecían, aunque fuera de un modo testimonial, poemas en gallego de Celso Emilio Ferreiro, en catalán de Salvador Espriu y en euskera de Gabriel Aresti, más las referencias correspondientes en la literatura medieval, y por supuesto Rosalía de Castro (que por algunas razones misteriosas siempre ha estado ahí), además de la presencia y el estudio en cierta profundidad de la literatura hispanoamericana, al menos en el COU.

Pues bien, todo esto ha ido desapareciendo desde entonces en las leyes educativas de tal modo que la ignorancia de los castellanoparlantes como lengua materna con respecto a las otras lenguas de España es absoluta. Un síntoma de esta ignorancia muy evidente, y que refuerza la idea de nuestro cada vez mayor vivir de espaldas, es que no existe en el mercado (al menos que yo conozca, y desearía equivocarme) ninguna antología de poesía que recoja autores en las distintas lenguas de nuestro país. Ya sé que la poesía es un asunto que no le importa a nadie, pero es que poco a poco ha ido desapareciendo también la literatura hispanoamericana o, lo que es lo mismo, la mayor producción en cualquier género que hoy se está realizando en castellano (aunque algunas antologías empiezan a incluir a sor Juana Inés de la Cruz, por aquello de la cuota femenina, lo que resulta más vergonzoso si cabe).

Ya en el año 1999, Manuel Vicent firmaba una columna que no ha perdido nada de su vigencia:

Un gran rey español sería el que supiera hablar a la perfección las cuatro lenguas de España. Durante las visitas al territorio donde cada uno de esos idiomas germina naturalmente y constituye un patrimonio milenario, un gran rey debería expresarse siempre en catalán en Cataluña, con sus variantes en Valencia y en las Baleares; en gallego en Galicia; en euskera en el País Vasco y en castellano al dirigirse desde el Estado al conjunto de los españoles y a las naciones hispanoamericanas. Llamar idioma español a la lengua castellana, tomando una parte por el todo, es una sinécdoque patriotera, excluyente y totalmente acientífica.

Así las cosas, no resulta tan extraño observar que en los objetivos generales del bachillerato en España la única referencia a la literatura en general aparece en el objetivo duodécimo, entre uno dedicado al espíritu emprendedor y otro dedicado a la educación física y al deporte: «Desarrollar la sensibilidad artística y literaria, así como el criterio estético, como fuentes de formación y enriquecimiento cultural» (mejor no analizamos ni siquiera la pobreza en la redacción del objetivo mismo).

Supongo que en algunos feudos nacionalistas también se encuentra el fenómeno contrario, pero, cuando ocurre y es detectado por alguien, siempre acabamos concluyendo que «ellos se lo pierden» y nos llenamos la boca con afirmaciones del estilo «no serán capaces de leer a Cervantes sin traducir» o «están perdiendo el conocimiento de uno de los idiomas más importantes del mundo» (por supuesto, quienes aseveran tales cosas leen a Cervantes todos los días entre la merienda y la cena, y sobre todo cuidan el castellano, lo pulen y le dan esplendor en cualquiera de sus usos, incluidos mensajes de móvil, ortografía y chorraditas varias de esa gente de letras). Pues bien, si ellos se lo pierden y le damos la vuelta al argumento, también nosotros nos lo perdemos. Cada vez más reducidos, cada vez más ignorantes, cada vez más de espaldas.

3 comments on “Vivir de espaldas

  1. Excelente. Totalmente de acuerdo.

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  2. Paloma A. González Loché

    Bastante de acuerdo

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  3. Pingback: No hay nada más bello que lo que nunca ha existido – El Cuaderno

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