Creación

Aquella casa

«Esta es la casa, recuérdalo desde ahora, en la que vivías sin la gratitud debida». José Carlos Díaz escribe sobre un lugar que no llegó a habitarse y que acabó echándose en falta: allá se vivía sin reloj en la muñeca, el cólera no llegaba y la reclusión era imposible.

/ por José Carlos Díaz /

Estaba seguro de haber escrito un poema sobre esa casa. La que nunca se tuvo y se fue idealizando desde el empeño abortado, año tras año, por eso que llaman circunstancias. Lo encontré. Se titulaba Las formas simples. Quizás no merezca reproducirse entero, pero sí acaso extractarse de él algo: «En todo corazón habita/ un lugar añorado/ del que tan sólo se conoce/ la cartografía de su deseo./ Sobre un pliegue soleado de ese mapa/ se levanta un pequeño mundo/ de formas simples  y silencio;/ una reducida tabla periódica/ que urde lo poco imprescindible/ que merece llamarse vida».

Analizada ahora, con la distancia del tiempo, esa sublimación del lugar que no llegó a habitarse, uno le encuentra dos propósitos: huida y reparación. Ambos a través de aquello que Fray Antonio de Guevara llamó menosprecio de corte, que quizás en lo que me atañe lo fuera más de rutina, y alabanza de aldea, a la que no sólo se quería ir por sosiego, sino quizás también por raíces, las que alguien nacido en una ciudad de aluvión nunca llega a echar en el asfalto —o eso cree—. Se huía de lo que se despreciaba, porque nos suponíamos «muriendo de costumbre», que decía César Vallejo, y ansiábamos el reparo a una vida que no era como la habíamos imaginado (¿lo es alguna vez cualquiera de las vidas?), pero a la que, poniéndole la distancia precisa, podrían enderezársele los renglones torcidos con que Dios se empeñaba en escribirla.

Y de repente

«la ciudad entera se sentía atenazada por el invisible fantasma de la gripe. Se dictaron una serie de medidas preventivas: se cerraron las escuelas y los teatros; se suprimieron los paseos dominicales; las empresas funerarias montaron un servicio nocturno permanente para atender el exceso de enterramientos; a los niños nuevos se les imponía el nombre de “Roque” para preservarles de la peste; las fondas y hospedajes cerraban por falta de clientes; los alumnos de la Facultad de Medicina recibieron una autorización especial para tratar casos de urgencia…» (Miguel Delibes: Mi idolatrado hijo Sisí).

Cuanto todo esto ocurrió, volvió a echarse de nuevo en falta aquella casa donde se daba por seguro que no llegaría nunca el cólera, donde cualquier reclusión hubiese sido imposible. Qué dúctiles y acogedores pueden llegar a ser los espejismos.

Se inició entonces un tiempo que empezó a ser como la vida, no se sabía hasta dónde llegaba. Esa incertidumbre ayudó a volver la mirada hacia dentro, a ralentizarla, a fijar casi en la intimidad su alcance. Afuera quedaba lo inaprensible, el mundo fijado al recuerdo con la fragmentación de los viajes que se reconstruyen sobre un puzle de imágenes sin movimiento. Mantenerse adentro obligaba, en cambio, a la exploración insólita, como cuando en las noches sin sueño cesa el ruido, se apagan las luces y la vigilia adquiere una densidad casi abrumadora que se atraviesa, como los fondos de armario en las películas fantásticas, hasta llegar a lo desconocido.

Habitábamos la única casa posible. Se había hecho el silencio a su alrededor. Una amenaza impalpable flotaba en el aire que corría al otro lado de las ventanas. Y llegaba puntual, diariamente, un espantoso repique a difuntos, una contabilidad resonante de muertos que obligaba a poner en sordina la voluntad del conmovido.

Fuimos reconociendo en los espacios habituales dimensiones distintas. Ya no había prisa y era posible descubrir en la luz que filtran las cortinas los pliegues caprichosos del confinamiento. Sobre las sábanas de la mañana, la cartografía inconstante de los sueños. Posada en los alambres del tendal, la confianza desconocida de mirlos y gorriones. Empezamos a vivir sin reloj en la muñeca, orientados, en los mejores días, por el sol que iba alumbrando, primero y muy temprano, los cuadros colgados sobre el sofá del salón (refulgía entonces el casco del viejo mercante rojo pintado al óleo); luego, el ventanal entero que abríamos de par en par cauterizando con calor los átomos infectos; y después del mediodía, los tragaluces, por los que se vertía oblicua la luz como a través de las vidrieras en los templos, convirtiendo la lectura casi en oración y ese momento en la buhardilla, en lo más parecido a estar a salvo y muy lejos. Nunca antes habíamos orbitado sol desde un planeta tan minúsculo.

A aquella casa que no fue se la hubiera deseado visitada a menudo por el hijo, frecuentada por amigos, bendecida por la memoria de los nuestros. A esta casa que está siendo, llega por teléfono la voz firme de un hombre que vive a orillas de un puerto mediterráneo, pero que aquí mantiene todavía, suya siempre, una habitación, algunos libros, no pocos discos, sus guitarras, los dibujos que pintó siendo un niño —ayer casi—, una presencia constante que nos sigue sonriendo muy de cerca, desde las muchas fotos que son el resumen de una vida que le dimos hace poco más de veinte años. Hablar con él todos los días, saberlo sano y en dicha, es tenerlo aquí igual que lo hubiéramos tenido en la casa nunca levantada. Como tenemos, a ratos, la voz de esos amigos que nos detallan en qué ocupan las horas canónicas de su retiro: argumentos, historias o canciones —siempre por medio la palabra—, así intentan entender, entenderse y entendernos. Amigos transparentes en los trances, a los que, como en una radiografía del alma, les hallamos, tristemente de pronto a algunos, una metástasis de odio corroyéndoles el juicio; mientras que, por el contrario, en otros, los más y mejor queridos, reconocemos un pálpito familiar de desconcierto e incertidumbre que les otorga, a nuestros ojos, la humildad de los irremplazables.

«Sólo otros nos salvan,/ aunque la soledad sepa a/ opio», escribió alguna vez Zagajewski. Si nos faltaran ellos… O, aún peor, Si ella me faltara, cantaba Pablo Milanés. Las casas, aquélla y ésta, se han conjugado siempre, como la propia existencia, en un plural muy reducido para los días diarios de puchero; y en un plural de afecto desdoblado cuando se comparte el pan y la risa sobre el mantel festivo de la amistad o la familia.

Ahora, que empezamos a ver la luz al otro lado del túnel, tal vez pueda llegar a antojársenos finalmente hasta escasa esta asepsia de distancia, de perspectiva. Y quizás, en el futuro, repitamos voluntariamente, como con los ayunos ocasionales, el beneficio de su depuración, el expurgo practicado en estos días: de armarios, de alacenas, de libros, de prisa, de papeles, de aborrecidos compromisos; pero ya sin abonar a cambio, así sea, un precio de muerte y miedo colectivo.

Esta es la casa, recuérdalo desde ahora, en la que vivías sin la gratitud debida, donde, en la cautividad impuesta, has ido desempañando el reflejo de lo que ya dabas por espejismo. Y ésta es también la vida, tampoco lo olvides, que siempre puedes transitar con la dignidad que un día le exigiste a la utopía.


José Carlos Díaz Pérez (Gijón, Asturias, 1962) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (1985). En 1984 fue fundador, con Juan Ignacio González, del Grupo Poético Cálamo, que desde entonces, entre otras actividades, viene convocando el Premio de Poesía Cálamo/GESTO. Junto a colaboraciones esporádicas a lo largo del tiempo en distintas publicaciones, es editor desde 2006 la bitácora digital Los diarios de Rayuela y autor de los siguientes títulos de poesía: Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad(2004), Convalecencia en Remior (2015), Cantata de los días tasados (2017). En cuanto a obra narrativa, es autor de los siguientes títulos: Letras canallas (2009), Aunque Blanche no me acompañe (2014) y Vísperas de nada (2017).

1 comment on “Aquella casa

  1. Bellísimo!. Muchas gracias.

A %d blogueros les gusta esto: