Poéticas

Poema del soldado

Carlos Alcorta reseña «Poema del soldado», de Angelina Gatell, un poemario recién reeditado por Bartleby que, pese a ser un libro muy apegado a la guerra civil española, se lee como un canto universal a la humanidad desfavorecida, a las víctimas de toda contienda, a todos los excluidos.

/ una reseña de Carlos Alcorta /

La serie Lecturas de la editorial Bartleby tiene como objeto reeditar alguno de los títulos más significativos de la poesía contemporánea, pero no se trata solo de editar dichos títulos, sino de ofrecer al lector la mirada poética de la actualidad. Así, títulos como Blues castellano, de Antonio Gamoneda; Puedo escribir los versos más tristes esta noche, de Félix Grande; Como si hubiera muerto un niño, de Carlos Sahagún, o Los trescientos escalones, de Francisca Aguirre, han gozado de una nueva lectura gracias a la mirada crítica de poetas como Elena Medel, Manuel Vilas, Antonio Lucas o Marta Agudo. Ahora le toca el turno a Angelina Gatell (Barcelona, 1926; Madrid, 2017), autora, entre otros, de los libros Esa oscura palabra (1963), Las claudicaciones (1969), Noticia del tiempo, 100 sonetos de ayer y de hoy (2004), Cenizas en los labios (2011), La oscura voz del cisne (2015) y La voz perdida/La veu perduda (2018). Publica Bartleby su Poema del soldado, libro con el que obtuvo el Premio Valencia en 1954 y que publicó al año siguiente, tras apaciguarse la polémica que había causado el que obtuviera dicho galardón una mujer por tercer año consecutivo. A las penosas condiciones sociales de la época había que añadir la marginación que sufría la mujer por el hecho de serlo.

A pesar de que, como afirma Sandra Santana, «la autora resta importancia a las particularidades del género para dirigirse desde su condición de ser humano doliente a sus iguales», un libro como este suponía una ruptura con el ordenamiento preconcebido de las cosas; una ruptura muy elíptica y ambigua, carga de sentidos más o menos ocultos, pues la censura instaurada por la famosa ley de Prensa de 1938, vigente hasta 1975, condicionaba en gran medida la escritura (recordemos, entre otros, las dificultades que hubo de sortear Blas de Otero con su libro Pido la paz y la palabra, editado por ediciones Cantalapiedra en 1955, después de numerosos contratiempos). Gracias a esa indeterminación de carácter universalista, Gatell, como dice Santana, «logra hacer claramente audible a quienes fueron irremediablemente vencidos cuyos nombres y muertes debían guardarse en silencio» (en 1947, José Luis Hidalgo realizó un proceso de similar alcance al titular su libro, publicado póstumamente, Los muertos, que previamente titula La llanura de los muertos, una clara referencia a los muertos caídos en el campo de batalla durante la guerra civil).

Un hombre con un nombre común, Miguel, un campesino, que personifica las circunstancias que rodean a los humildes, a los vencidos. «Miguel es nombre de todos aquellos jóvenes que despertaron tan tempranamente del sueño de la infancia para experimentar la crueldad de la guerra», escribe Santana, un nombre que algunos quisieron identificar con Miguel Hernández (versos como estos: «Señor: yo estaba allí,/ viviendo inclinado en el surco/ con sol en la cintura y en la siembra», han contribuido tal vez a la confusión). La propia Angelina Gatell opina que «esto supuso no haber entendido mi poema y, lo que es mucho más grave, no haber entendido a Miguel Hernández».

No es el único error de interpretación. El otro más flagrante tiene que ver con una intencionada exégesis del carácter religioso del libro, cuando, en realidad, lo que hay, y en esto coincide con algunos de los poetas más celebrados de la posguerra entre los que se encuentran los ya citados José Luis Hidalgo y Blas de Otero y con los poetas sociales —también con Miguel Hernández— es un solapado reproche a la inoperancia divina: «Que ya basta, Señor. Caiga tu mano,/ sus terribles azufres,/ la implacable columna de tu fuego,/ destruye la injusticia del hombre contra el hombre/ y edifica piadoso/ —dicen, Señor, que Tú puede hacerlo—,/ aquella paz hermosa que perdimos», un grito imprecatorio a Dios: «Escúchame, Señor. Y espera./ Espera aún…/ Espera». Angelina lo explica en las páginas iniciales de esta edición: «Mi poema quiso ser una contestación, y una petición de cuentas, digamos, desde la voz más humilde de una de las criaturas más humildes, al Dios que, inexplicablemente permisivo, había consentido el horror».

El horror de la guerra, más cuando esta es cainita, deja a todos los que han sufrido un lastre de desconcierto y desolación imposibles de expulsar de la conciencia: «No es posible que vuelvan indemnes, sin memoria,/ dejando atrás el odio,/ el terror y la sangre/ con que se fue cubriendo l atierra que pisaron./ No es posible que olviden/ tantas fuentes abiertas de improviso, en los pechos…» Una poeta como ella, siendo como era parte de ese inmenso grupo de desheredados, comprometida con los vencidos, con los humillados, no podía refugiarse en la fe para mitigar el sufrimiento. De acuerdo, otros lo han hecho, pero el compromiso social desentona con la aceptación de los hechos y con la oración como modo de cambiarlos. La ineficacia de este método es proverbial. La palabra poética —una palabra sencilla y cotidiana, pero cargada de doble sentido—, la herramienta que poseen los poetas comprometidos socialmente para denunciar la injusticia y el oprobio, no aspira a comunicarse con Dios, sino a reivindicar la condición humana. Por eso, desde el primer poema del libro, «Dedicatoria», el objetivo del libro está perfectamente trazado: «cuando tantos millones de hombres,/ perdida su fe y su esperanza,/ caminan si rumbo, cansados,/ buscando un incierto mañana,/ yo quiero cantarte, hijo mío,/ soldado en la tierra quemada,/ soldado en las tierras vencidas del mundo,/ vejadas, amargas;/ a ti solo, soldado, hijo mío…».  Pese a ser un libro apegado a una realidad muy concreta, Poema del soldado se lee como un canto universal a esa parte de la humanidad más desfavorecida, a las víctimas de la contienda, pero también a todos los excluidos por una u otra causa. A pesar de estar escrito hace casi setenta años, lamentablemente, su núcleo argumental está más vigente que nunca.


Selección de poemas

Dedicatoria

Escucha, hijo mío, soldado:
aunque un hombre no puede importarle a un poeta
cuando el mundo naufraga;
aunque un hombre es tan sólo una chispa ligera
que apaga una ráfaga;
aunque un hombre, hijo mío,
no es nada,
cuando tantos millones de hombres,
perdida su fe y su esperanza,
caminan sin rumbo, cansados,
buscando un incierto mañana,
yo quiero cantarte, hijo mío,
soldado en la tierra quemada,
soldado en las tierras vencidas del mundo,
vejadas, amargas;
a ti sólo, soldado, hijo mío,
(la voz no me alcanza
para hablar a los hombres del mundo,
a los hombres en masa,
que tampoco escuchan la voz del poeta
que siempre desgarra…).
A ti sólo, uno a uno, dirijo mi canto
como algo muy leve que toca y que cala
y tal vez, como lluvia ligera
se quede en tu alma.
A ti sólo, soldado, hijo mío,
soldado de tierras distintas, lejanas,
soldado en las tierras del mundo,
un poeta te canta.

I

Señor, no sé si me recuerdas.
Yo me llamo Miguel. «¡Miguel!» me llaman
gritando mis amigos.
«Miguel…», murmura Marta súbitamente mínima.
Y hasta el viento me grita
«¡Miguel!» por los caminos.

Debes de haberlo oído, Señor, en la naranja
viva de un ocaso cualquiera,
monte arriba
mi nombre en caravana de sonidos.

No sé si me recuerdas. Tú me diste
menesteres sencillos,
eternos menesteres de los hombres,
arar las tierras o segar el trigo…

Debes de haberme visto,
tan cerca
del cósmico latido
de tus pulsos inmensos, desbordados,
bajo el arco dorado que en los montes
multiplica el fulgor último y frío.

Lo sé, Señor, no te hablé nunca,
pero tampoco fue preciso.
Estabas en la rosa y en el alba,
en la luz del estío,
en la esteva, en mi mano,
en la flor del tomillo…

Latías en la tierra como un hondo
corazón serenísimo;
bajabas con la lluvia y esparcías
sobre mí tus racimos…
¿Para qué decir «Dios», si todo era
sustancia de Ti mismo?
Si yo decía “siembra” te nombraba,
y te nombraba también diciendo «río»…

Pero ahora, Señor, cuando la furia
tiende como una araña sus poderosos hilos
desde un hombre a otro hombre;
cuando en la orilla verde del olivo
se desata la ira y en las hoces despierta
no sé qué extraño brillo,
acudo a Ti para decirte:
«Necesito que vengas y me expliques
el porqué de este viento en los caminos
como una espesa vaharada
de donde emerge el grito
de esos hombre de pronto tan distintos,
con los ojos colmados
de odios antiquísimos…

Explícame por qué se niegan
a la paz; qué misteriosos sonidos
desordenan la música
que arde en sus gargantas. Necesito
saber qué ansias los empujan,
qué secretas razones, qué misteriosos signos
les crecen en la sangre
como las verdes llamas de los pinos
subiendo por el viento…

Tengo miedo, Señor. Y necesito
hablar contigo largamente,
como viejos amigos».


Poema del soldado
Angelina Gatell
Bartleby, 2020
76 páginas
14€

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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