Cuaderno de espiral

Las tardes

«Las tardes son los hilos descosidos de cada una de nuestras jornadas. Los ovillos de luz restante tras ser filtrada por el cedazo de la mañana, desenredados en el pasillo hacia la noche. Lo hemos recorrido antes abriendo habitaciones soleadas donde abundaba un maná inaugural y promisorio, que después se ha agrupado en cestas de mimbre melancólico». Un artículo de Pablo Luque Pinilla.

/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /

Las tardes son los hilos descosidos de cada una de nuestras jornadas. Los ovillos de luz restante tras ser filtrada por el cedazo de la mañana, desenredados en el pasillo hacia la noche. Lo hemos recorrido antes abriendo habitaciones soleadas donde abundaba un maná inaugural y promisorio, que después se ha agrupado en cestas de mimbre melancólico. Ya que el rostro vespertino es de madera envejecida, como las tallas de los santos. Sus gestos de cuenca acompañan más que dan y sus manos reciben más que entregan. De esta manera, la proa de la tarde nos surca el pecho ofreciendo fotogramas con aroma de daguerrotipo, de aquello cuanto fue un escenario de luz temprana. Tal vez, tras el sueño reparador de después de la comida, consigamos rescatar parte de la inercia primera navegando con nosotros al comienzo, en la madrugada. Esa túnica emergente al principiar el día, permitiéndonos estrenar el alma cada jornada, como en un adviento diario. Lo que el ámbar de la tarde impide contemplar, mostrándonos una estampa de espigas peinadas por el aire anticipado del estío. El templarse del espíritu expresándose con menor intensidad y en el tono propio de las voces graves. Porque la tarde es la trayectoria de regreso de astros alejándose a la velocidad del deseo al alborear de cada una de las fechas de la geografía de nuestra existencia. La aventura a mitad del camino de la vida, mientras llegamos al pie de las colinas donde se halla el límite de muchos valles cotidianos. La salida de la selva oscura en la que puede haberse convertido la rutina matinal. En el camino, nos aguarda un periplo ―como el de este cuaderno― de descensos y ascensos espirales, y hasta de vuelos celestes, guiado, quizás, por la mano de un poeta o el rostro inolvidable de un ser amado. Así, nuestro habitar el mundo hace siempre recuento con lo respirado en las alturas y con la salvación de tantos errores al doblar hacia la noche de cualquier día. Y, si la conciencia se forjó en las habitaciones mejor custodiadas de la lucidez, se nos brinda una palestra donde recomenzar plenamente influenciados por la añoranza de intensidad que rugía al despertarnos. De esta forma, la última pendiente del día es la fecundidad recobrada para gozar de una segunda oportunidad, cíclicamente. Nos lo enseñó Dante en relación con la purificación de los malos actos, y su empeño traspasó el Trecento hasta hoy. Nos lo enseña el ajetreo de los afanes comunes. Y, puesto que la tarde es un segundo nacimiento al emerger de las primeras intenciones, es un momento de redención en plena inflexión de lo diurno. Esto voy a necesitar tenerlo más presente ahora, cuando veo cómo me adentro en una deriva laboral que me obliga a levantarme a horas intempestivas, incluso antes que las aurorales horas de Eos. Por lo que estos momentos, al inicio del atardecer, serán los disponibles para poder afanarme en amasar el pan de las letras, que es el alimento de los espíritus y almas quebradizas, como lo son el espíritu y el alma de cada uno de nosotros, pese a que aún no lo hayamos descubierto. Hoy es uno de los primeros días de este nuevo marco, asunto nada baladí, pues tenía previsto otro tipo de artículo, pero mis manos, bailando a su antojo, decidieron emprender una danza febril y convulsa para reflexionar sobre este reciente entramado de exploración alfabética. También es la fecha en la que ando concluyendo edificios líricos que, sin necesidad de prescindir de mi natural querencia por las mareas celebrativas poblando los versos, entiendo han de conducirme en lo sucesivo por los vericuetos de sendas metafóricas más directas, oscuras y meditativas, como corresponde a los horarios crepusculares. Puedo aprovechar, en cualquier caso, que esto llega en el mejor momento para ello, cuando la experiencia se ha compactado hasta conformar un tejido que invita a explorarse poco a poco para entresacar sus mejores hilos. Un destilado que refleje cuanto la memoria pueda recuperar. Cuanto queda de tantas vicisitudes reventando por contarse en páginas que recojan la esencia, a veces fecunda, a veces agria, de lo que ha sido hasta ahora lo transcurrido.

[EN PORTADA: Poetas clásicos en una orilla iluminada por la Luna en la Antigua Grecia, de Ivan Aivazovsky (1886)]


Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Cero (2014), SFO (2013) y Los ojos de tu nombre (2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (2009). Ha publicado poemas, críticas, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas y el poemario bilingüe inglés-español SFO: pictures and poetry about San Francisco en Tolsun Books (2019). Asimismo, fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna. Participa de la poesía a través de encuentros y recitales, habiendo intervenido, entre otros, en el festival de poesía Amobologna, que organiza el Centro de Poesía Contemporánea de la Universidad de Bolonia; el festival poético hispano-irlandés The Well, que se celebra en Madrid; o el ciclo El Latido, que organizara el Instituto Cervantes de Roma.

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