Poéticas

La joven que le dio una bofetada a Jean Genet

«La noche espiritual», el hiriente poema en prosa en el que Lydie Dattas crucifica la misoginia, se traduce al fin al castellano. Una reseña de Eugenio Fuentes.

/ El norte / Eugenio Fuentes /

Hacia 1977, cuando la poeta francesa Lydie Dattas tenía unos 28 años, Jean Genet le infligió una dolorosa herida. La víspera, Dattas, que adoraba sus textos, había tenido la oportunidad de hablar con él por vez primera. Encendida de fervor juvenil —Genet rozaba ya la setentena—, y sin duda deseosa de impresionarle, le expuso cuantos desacuerdos le suscitaba su obra. Al parecer logró sacar de sus casillas al maestro, quien al día siguiente dictó su sentencia: «No quiero volver a verla, me lleva la contraria todo el rato. Además, Lydie es una mujer y yo detesto a las mujeres». A Dattas se le abrió la tierra bajo los pies: «Estas palabras, que me arrojaban a la noche de mi sexo, me desesperaron», había de escribir años después en su prólogo a La noche espiritual, que ahora edita por primera vez en castellano Errata Naturae en espléndida traducción de Regina López Muñoz.

La poeta, que por entonces solo había publicado un libro (Noone, 1970), encontró en su orgullo la cura para la herida. Sabedora de que los textos eran lo único que le importaba a Genet, decidió escribir uno tan bello que lo obligara a disculparse ante ella. Pretendía «herirlo tan radicalmente como había hecho él, pagándole muerte con muerte». Así que durante semanas, sonámbula y sonada, buscó un punto de ataque. No bien lo hubo encontrado, escribió en trance, y casi de un tirón, las veintidós breves prosas poéticas que componen La noche espiritual. Un ensayo poético, tan doloroso como la herida, que no sería publicado hasta 1996, casi veinte años después de ser plasmado en el papel, y que casi medio siglo después de su concepción mantiene toda la desafiante lozanía que distingue a las obras maestras.

Una vieja herida

En realidad, si la misoginia de Genet hendió como un cuchillo la piel de Dattas no fue solo por la afrenta de verse despreciada como interlocutora por su condición de mujer. No. Sin saberlo, el apóstol de la redención por el mal había hurgado en una vieja herida, ya que la poeta, tras constatar hacia los doce o trece años la escasez de las contribuciones femeninas a la literatura, la música o la pintura, llevaba años reflexionando sobre la relación entre la mujer y las artes. Dattas no se preguntaba solo acerca del por qué, cuestión con todo de más oscura respuesta hace medio siglo que ahora, sino que, yendo más allá, le daba vueltas a aspectos como la «legitimidad de la escritura femenina» o la posibilidad de que escribir siguiendo moldes establecidos por hombres fuese una traición a las más íntimas esencias femeninas, que relacionaba con la carnalidad propia de quienes tienen capacidad para engendrar vida. Así lo recordaría al menos, muchos años después, en una entrevista de 2014 donde exponía sus conclusiones sobre el asunto.

Volvamos a 1977. Dattas todavía nadaba en la fiebre de escribir «el bloque nocturno» de su poema, concebido, según explica en el prólogo a la pieza, para «resplandecer» frente al «odio de Genet por las mujeres». La poeta parisina, haciendo de herida enseña, decide asumir que la mujer carece de cualquier capacidad para apreciar la Belleza o hacer uso de la Razón. En consecuencia, la mujer está encerrada en una noche negra que, al ser su conciencia misma, no tiene final. Una noche que la condena a vivir «el reverso de toda espiritualidad», a «vestir eternamente el luto de la razón» y a subsistir tan solo de los desechos «que expulsa el entendimiento», privilegio del varón. La noche fue, pues, el punto de ataque a Genet hallado tras una búsqueda de semanas. Un hallazgo finísimo que, además de negar implícitamente todas las tesis autodenigratorias que construirá a partir de él, le permite enlazar con la ancestral tradición de la noche oscura, a menudo conocida en francés como noche negra.

La «noche oscura» evoca de inmediato, en cualquier lengua occidental, las cumbres líricas de san Juan de la Cruz. Esas «canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual». Hay ahí ya, en esa frase liminar que suele acompañar al poema del místico abulense, una seria pista sobre la intencionalidad de Dattas al situar la vida de la mujer en «el reverso de toda espiritualidad». Pero, además y sobre todo, la noche oscura designa ese estado pasajero de desolación del ánimo, frecuente en los procesos de ascesis mística y descrito en numerosas tradiciones espirituales, en el que Dios queda oculto y la fe vacila, pero que, de superarlo, refuerza al buscador de la unión divina. Dattas, que reemplazará a Dios por la Belleza, la Razón o la Bondad, no cita en ningún momento a san Juan de la Cruz, a quien tampoco imita en lo formal. Simplemente da a su texto un título inequívoco que le permite evitar explicaciones o alusiones y convierte su sutilísimo canto desolado en un cuchillo para devolverle a Genet la puñalada. Porque en ese ejercicio literario que identifica la conciencia de la mujer con la oscuridad, la autora arroja una espléndida luz que, décadas después, sigue brillando con esplendor inmarcesible.

¿Quién es Lydie Dattas? La vida en un circo gitano

Pese a la peculiaridad y fuerza de sus textos, Lydie Dattas (París, 1949), también cuentista y ensayista, es apenas conocida en España, donde toda su obra permanecía hasta ahora sin traducir. Hija de una actriz teatral y un organista de Notre-Dame, catedral cuyas vidrieras y rosetones se infiltran sin apellidos en las páginas de La noche espiritual, comenzó a escribir poesía en la más temprana adolescencia. Pronto fue detectada por el poeta místico cristiano Jean Grosjean (1912-2006), quien trabajaba como lector en la editorial Gallimard y ha sido junto con Genet uno de sus grandes faros. Grosjean consiguió que publicara Noone a los veinte años. A los veintitrés se casó con el domador de fieras gitano Alexandre Romanès, perteneciente a una famosa dinastía circense, la de los Bouglione. «Tenían una manera de vivir arcaica y me daban la impresión de saber mucho más que todos los profesores que yo había tenido», declaró hace pocos años. Una manera de vivir, añadió, en la que el Otro es muy importante, para bien o para mal. «La relación con el otro, que es lo real, es clave para ellos, no hacen trampa con ella», concluía Dattas.

Precisamente, Dattas conoció a Genet, apasionado del mundo circense, a través de su marido, con quien vivió un cuarto de siglo en el que participó en la fundación de un circo que llevaba su nombre, el Lydia Bouglione, más tarde Romanès, apadrinado por Yehudi Menuhin. Esta larga inmersión en el mundo de las carpas explica sin duda que hasta 1996 no se imprimiera La noche espiritual, acogida por la crítica con invocaciones a Lautréamont y a las Iluminaciones de Rimbaud, y jaleada por su «audacia» y «valentía» espirituales. Después vinieron títulos como Les amants lumineux (2001), Le livre des anges (2003, considerado su obra mayor), La chaste vie de Jean Genet (2006), La foudre (2010) o Carnet d’une allumeuse (2017). En todos ellos destaca la impronta de un misticismo enfurecido y sensualista que reivindica la feminidad y que, pese al frecuente recurso a conceptos e imágenes de raíz cristiana, no se confina en los límites de ninguna observancia, pues intenta beber en fuentes de sabiduría ancestrales previas a la filosofía.

Defensora de un lenguaje desnudo, que a sus ojos se quintaesencia en los Evangelios, y que es deudor del «distanciamiento de las cosas» aprendido de los gitanos, Dattas aseguraba en 2010 haber tardado muchos años en entender del todo lo que había escrito en La noche espiritual, poema que, más allá de su finalidad vengativa, se abre en su final hacia lo que la autora ha llamado el reino femenino. Es una más de las sorpresas, no siempre detectables en una primera lectura, que podría reservar al lector cándido un texto de apariencia cristalina cuyo decurso, dado su aliento ensayístico, es susceptible de ser sometido a un ejercicio de sinopsis que revela la maestría de su concepción.

Escalera al cadalso

Los veintidós escalones de La noche espiritual, que conducen a salvaguardar una Belleza vedada a la mujer, pueden ser agrupados en tres tramos. El de apertura, que comprende los ocho primeros fragmentos, describe la maldición constituyente de la conciencia femenina, reverso de toda espiritualidad, hez del haz, noche sin fin, luto de la razón. El pensamiento femenino no es sino huella humillada de una miseria espiritual tan grande que ni siquiera conoce su esencia: la ignorancia de su propia maldición. En la conciencia femenina nunca ha soplado la razón. Es la nada espiritual, un reino desierto, como el placer, donde todo está muerto. La mujer, la igual del placer y de la nada, ha sido expulsada del paraíso intelectual y, por esa vía, exiliada de la Belleza, que solo puede ser moral.

Las resonancias bíblicas se alían, pues, a la condena de un sujeto femenino reducido a objeto de los impulsos masculinos menos espirituales, aunque irónicamente no sea el caso del homosexual Genet. Llegados a este punto, es fácil aceptar que toda trascendencia muere en la carne de la mujer, nacida tan solo para ser receptáculo de esperma. Maldición irredimible y, por tanto, eterna, ya que estriba en el hecho mismo de ser mujer, esto es, ser humano con capacidad de engendrar vida. Pero también maldición abyecta que genera un sufrimiento estéril: el dolor nunca desembocará en la redención, ya que la mujer no puede prescindir de la conciencia de su fracaso; solo tiene conciencia para conocer su fracaso. Su sufrimiento no supone espiritualidad sino mero conocimiento de su ausencia.

La mujer está condenada así a no experimentar la Belleza sino como carencia. La mujer profana la Belleza cuando afirma admirarla, ya que es la propia Belleza quien la rechaza y le cierra el paso, obligándola a retroceder al rincón más humillado de su ser. En suma, y de este modo se cierra el primer tramo de esta particular escalera al cadalso, la mujer solo existe para que, fuera de ella y por contraste, la espiritualidad brille más pura, la inteligencia luzca más elevada y la bondad refulja más luminosa.

Este planteamiento de partida resulta estremecedor al menos por dos razones. La primera es que su hiriente desmesura se afila aún más al pasar de la sinopsis al texto madre. La segunda, que, lejos de ser el delirio de un espíritu femenino herido por el desprecio, bebe con fidelidad el destilado de siglos de delirios misóginos. Delirios alimentados tanto por el miedo de los heteropatriarcas a su fuente de placer y vida como por su determinación de mantener esclavizada a más de la mitad de la humanidad.

Ahora bien, si el arranque duele y estremece, el segundo y el tercer tramo pueden desatar aullidos de dolor y de placer. Aunque para no incurrir en el desatino de dibujar un mapa igual en extensión al territorio, convendrá limitarse a apuntar que, en los ocho escalones intermedios, Dattas incuba la amenaza de que su canto negro, nacido del reverso de la razón y del lenguaje, y ajeno a cualquier iluminación espiritual, aniquile la Belleza. Sin embargo, en los seis finales, la autora esboza un sumiso, aunque engañoso, ademán de plegar velas y anuncia la voluntad de ennegrecerse cuanto pueda para que, por contraste, la Belleza adorada y vedada brille con la mayor intensidad. Su vida, y este es el filo del señuelo, se convierte en una aceptación de su muerte a la razón y a la sensibilidad. Con un solo objetivo: que la Belleza se salve de la amenaza de ser aniquilada. Ahora bien, siendo esa muerte de la espiritualidad la eterna condición de supervivencia de la Belleza, el principio femenino ha de pervivir por toda la eternidad para que también lo haga la propia Belleza. A la curiosidad y pericia de quien lea quedará vestir bien la muñeca y descubrirle las fintas a su enrevesado baile.

El reino femenino

Años después de publicar La noche espiritual, la autora apuntó en una entrevista cómo, con el correr del tiempo, fue entendiendo que el final del poema se abre a un territorio que apenas veía entonces como una vela mínima en el horizonte. Un reino femenino, explorado en obras posteriores, donde la mujer es engrandecida, precisamente por ser receptáculo de esperma o, dicho con menos crudeza, por su capacidad para engendrar vida, a la vez que se postula la necesidad de que se defienda de las embestidas del macho. En el prólogo a una reciente edición conjunta de La noche espiritual y El libro de los ángeles (Gallimard, 2020), el escritor Christian Bobin, pareja de Dattas desde hace dos décadas, resalta cómo en su poesía posterior a La noche… aparece la figura del macho como un depredador del que hay que huir para preservar una feminidad pura. «El bien se opone al macho», escribe Bobin, jugando con la homofonía francesa entre mal y macho (mâle).

Frases como «yo era la perla que hacía morir a los hombres» o «el cuerpo de las chicas no es solo su cuerpo, es también su pensamiento» enlazan en los textos de Dattas con un «mujeres, cuando cojáis el sol no os olvidéis de devolverlo a su sitio». La línea de fuga hacia la que todas ellas apuntan no es sino un amor absoluto, universal, que enlaza con el misticismo de La noche espiritual y desemboca, ya en la madurez de Dattas, en una idea que hoy tiene plena vigencia polémica: la lucha por la igualdad entre la mujer y el hombre no puede consistir, como ha consistido, en una imitación del hombre que implique la renuncia por la mujer a rasgos que le son propios. La mujer debe preservar y difundir una especificidad intuitiva ligada a su capacidad de engendrar vida y a la necesidad de cuidarla.

Epílogo: la derrota de Genet

En cuanto a Genet, que siempre permaneció ajeno a esas preocupaciones, no pudo manifestarse insensible al dolor que irradia La noche espiritual. Como anexo a su traducción castellana se publican tres cartas de respuesta al manuscrito. En la primera, Ernst Jünger revela a Dattas haber tenido «buenos sueños» tras la lectura («no hablo de sueños agradables sino de esos que arrojan la sonda a gran profundidad») y asegura que su texto prolonga una vía abierta en el seno de la modernidad por Novalis y el romántico francés Maurice de Guérin, antes de admitir que «acaso la fuente concreta de su tristeza sea patrimonio de las mujeres». La segunda misiva es del mentor de Dattas, Jean Grosjean, quien destaca entusiasmado que La noche… «no encarna principios ni fórmulas sino la absoluta violencia desgarradora del alma», y resalta que «atrapa como un rapto, contiene lo más íntimo de la vida».

En la tercera carta es, al fin, Genet, impresionado por un texto «distinto» e «hiriente», quien comparece: «Perdone que se lo diga de una forma tan abrupta, pero lo que ha hecho es muy, muy hermoso. Es a un tiempo desesperado y trasciende la desesperación. Es como si su palabra se proyectara mediante un rayo de luz venido de muy lejos, y con un lenguaje magnífico». No se había equivocado Dattas al suponer que solo mediante la escritura podría ganarse a Genet, tan reticente ante las mujeres literatas: «Yo también, cuando escribía», le confiesa el sublime escritor canalla, «tenía que transmitir la vibración de cada frase a la siguiente. Era más que un problema estético, era un problema metafísico. Un problema gravísimo, importantísimo para mí. No entiendo cómo ha podido construir frases tan plenas». Y prosigue: «Suena como mis preferidos, Baudelaire, Nerval».

Dattas y Genet, a quien ella veía como «un monje», fueron amigos cercanos hasta la muerte del escritor en 1986. De hecho una de las obras mayores de la parisina es La casta vida de Jean Genet. Pero antes, mucho antes, él había rematado su carta con un acuse de recibo de la cuchillada que, con pleno éxito, le había devuelto Dattas: «He recibido una bofetada. Jean Genet».


Veintidós escalones al cadalso

(Espinas de Lydie Dattas en La noche espiritual)

Primer tramo: Exposición

«Vestir eternamente el luto de la razón»

«Una miseria espiritual hecha de la ignorancia de su propia maldición»

«Expulsada del paraíso espiritual y exiliada de la belleza»

«Saber que solo existo para recibir el esperma»

«Solo tengo conciencia para conocer mi fracaso»

«He de quedarme en el umbral de la belleza»

«La belleza me ha condenado de manera inapelable»

«Solo existo para que la espiritualidad sea fuera de mí más pura, la inteligencia más elevada y la bondad más luminosa»

Segundo tramo: Amenaza

«Quienquiera que asista en estas páginas al eclipse de la belleza quedará eternamente ensombrecido»

«Al estar vuestra luz hecha de mi noche, vuestra gloria de mi degradación y vuestra magnificencia de mi pobreza, este canto es el reverso de la razón»

«Si este canto posee virtud, es solo porque condena a la mujer»

«Mi razón solo es bella porque intercepta la luz e instaura las tinieblas»

«Mi canto es el eclipse espiritual en el que perece toda visión»

«La única revelación es la de mi propia noche»

«Todo cuanto constituía la gloria de vuestros cantos más magníficos expirará en la belleza agonizante de estas páginas»

«No podré pronunciar una palabra sin que caiga sobre ella la sombra de la maldición»

Tercer tramo: Resignación y fuga

«Proscrita de la razón, no mendigaré las migajas de una espiritualidad negada desde siempre»

«Solo cuando acepta vivir su terrible condición puede la mujer pretender ser moral y reivindicar cierta grandeza»

«Proscrita de la razón, no mendigaré las migajas de una espiritualidad negada desde siempre»

«Solo cuando acepta vivir su terrible condición puede la mujer pretender ser moral y reivindicar cierta grandeza»

«Concentraré en mí las tinieblas para que, habiendo bebido mi alma toda la sombra, la belleza se purifique y resplandezca aún más»

«Si no me hubiesen inculcado unos conocimientos y una moral que me impedían resignarme, habría abrazado sin murmurar mi condición de noche y nada»

«Utilizaré el lenguaje, que no puedo usar para acceder a la luz, para hacer brillar las tinieblas, pero a cualquier precio alcanzaré la belleza»

«Será la noche que por contraste resalta las rosas de luz de la belleza y que hace que canten sus colores, sin los que ella no existiría»


La noche espiritual
Lydie Dattas
Errata Naturae, 2021
40 páginas
8 euros

Eugenio Fuentes nació en Londres, en el hospital de St. Mary Abbot’s, donde doce años después fallecería  el legendario guitarrista Jimi Hendrix. Licenciado en historia y especializado en relaciones internacionales contemporáneas, ejerció la docencia y la investigación en la Universidad de Rennes 2 Alta Bretaña durante cuatro años. En 1988 se integró en la redacción del diario La Nueva España, del que durante casi tres décadas fue responsable de información internacional, analista político, columnista y crítico literario. Fruto de una insana pasión por los libros mantuvo durante 31 años en el suplemento Cultura la sección de novedades «La brújula», alimentada sobre todo por volúmenes huidizos publicados por pequeñas editoriales. Entre 2000 y 2004 quedó embrujado por el pintor Luis Fernández, a quien dedicó numerosos artículos y el documental Los mundos de Luis Fernández.

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