Crónica

Stanisław Lem: un talento invencible

Manuel Fernández Labrada reseña una biografía monumental que hace comprensible para el lector el aparente milagro de que un autor como Lem, radicado en un país aislado y sin tradición en el género, lograra colocarse a la cabeza de la ciencia-ficción internacional.

/ por Manuel Fernández Labrada /

Aunque la obra del escritor polaco Stanisław Lem (1921-2006) es conocida en España desde los años ochenta del pasado siglo, todavía faltaba un estudio biográfico que nos permitiera aproximarnos en profundidad a su compleja figura literaria: un imperdonable olvido que viene a remediar, con todos los honores, este estupendo libro que hoy reseñamos: Lem: una vida que no es de este mundo, de Wojciech Orliński. El aparente milagro de que un autor como Lem, radicado en un país aislado y sin tradición en el género, lograra colocarse a la cabeza de la ciencia-ficción internacional se entenderá mucho mejor tras la lectura de esta monumental y reciente biografía (la edición polaca es de 2017), que da cuenta, con extraordinaria solvencia y viveza, de los grandes obstáculos que debió vencer el autor polaco en el desarrollo de su carrera literaria. Impedimenta añade así un componente de enorme valor a su «Biblioteca Lem»: un admirable proyecto editorial que, con ocasión del centenario del autor, nos está brindado nuevas traducciones de muchos de sus textos, algunos inéditos hasta la fecha. Una galería de atractivas novelas, bellamente editadas, que adquirirán un nuevo significado iluminadas por esta monografía de Wojciech Orliński, que sin duda marcará un antes y un después en la recepción de Lem en España.

Además de ensayista y experto mundial en la obra de Lem, Wojciech Orliński (1969) es también un escritor de relatos de ciencia-ficción, algo que ya se percibe en el imaginativo prólogo que encabeza su libro, donde nos ofrece una divertida estampa en la que se recrea el inicio de una jornada de trabajo de Lem en la helada Cracovia de los años sesenta. Por lo demás, Lem: una vida que no es de este mundo se nos presenta como un estudio profundamente documentado, fruto de una concienzuda labor de investigación, que tiene en cuenta no solo los escritos autobiográficos de Lem (como El castillo alto, 1966), sino también su abundante correspondencia, testimonios de familiares y amigos, entrevistas y otros documentos diversos —muchos inéditos—, así como los estudios anteriores publicados sobre el autor. Esta portentosa erudición (sabiamente armonizada y dosificada por Orliński, que no duda en someterla al tamiz de la crítica cuando es preciso) no le quita un ápice de vivacidad a su libro; y así, en el primer capítulo, nos llevará de la mano a visitar la ciudad natal de Lem, Leópolis (la Lwów polaca), a la búsqueda del ambiente que respiraba el autor en sus años de infancia, y del que todavía quedan testimonios en el paisaje urbano. Se nos dibuja la imagen de un niño consentido y aburrido, poco atendido por sus atareados progenitores; pero también la de un lector precoz, dotado de una gran imaginación a la hora de inventar juegos. Una feliz etapa que pronto se vería interrumpida por la guerra.

Un elemento crucial en la indagación de Orliński es su propósito de relacionar cada obra del autor con sus propias experiencias vitales: una correspondencia no siempre fácil de ver en un mundo de ficción tan imaginativo como el de Lem, que muchas veces las recoge desfiguradas, en clave o con un importante desfase temporal (es el caso de las peripecias paternas reflejadas en Vacío perfecto, 1971). Según señala Orliński, Lem fue siempre muy discreto al referirse a determinados sucesos o períodos de su vida, los más dolorosos o delicados, manifestándose en ocasiones ambiguo o inexacto. Esto no quiere decir que su obra no pueda decirnos mucho del autor. Su experiencia analizando la obra y la vida del autor polaco le ha enseñado a Orliński que muchas veces Lem, «en un contexto que no intenta ser autobiográfico, busca, sin embargo, decirnos algo sobre sí mismo». Esta ambigüedad desentrañada, que llena las páginas de esta estupenda monografía, pone aún más en valor el minucioso trabajo de Wojciech Orliński, que aporta a los lectores españoles de Lem claves esenciales para una renovada y más completa comprensión de sus obras.

Pero la biografía de Orliński no atañe únicamente a la figura de Lem y a su obra literaria. Como era de esperar en un estudio que pretende situar al autor en su contexto, también nos va a facilitar la impronta de un período muy significativo en la historia de Polonia. Un buen ejemplo de ello es el segundo capítulo del libro, «De entre los muertos»: una estremecedora pintura de los horrores sufridos por los habitantes de Leópolis durante la segunda guerra mundial. El autor, que solo tenía dieciocho años cuando se produjo la capitulación de la ciudad ante los rusos (1939), será testigo de los terribles sufrimientos de su población, que en el caso particular de los judíos fueron especialmente cruentos, sobre todo durante la ocupación alemana. Lem, perteneciente a una familia judía, fue testigo del genocidio de su pueblo: una atroz experiencia de la que nunca quiso hablar, pero que constituye el fundamento de algunas de sus novelas, como El hospital de la transfiguración (1948) y De entre los muertos (1949), publicadas años después. Terminada la contienda, la atención de Orliński se centra en las relaciones de Lem con la recién nacida República Popular de Polonia. El análisis pormenorizado de la correspondencia de Lem durante los años cincuenta demuestra su preocupación por el tema político, por lo que él denominaba «el experimento socialista». Orliński nos ofrece un resumen de la opinión que le merecían a Lem muchos conceptos relativos al marxismo, y más concretamente, su aplicación: un punto en el que se manifiesta muy crítico, no dudando en hablar de «un experimento fallido». Para Lem, este fracaso evidente del sistema exigiría recomenzar el experimento desde cero: una aventura que ningún poder político se atreve siquiera a plantearse. Según nos refiere Orliński, Lem halló en el campo de la cibernética (concretamente, en el concepto de feedback) una justificación científica a su crítica de los regímenes totalitarios, fatalmente condenados a la ineficacia y al colapso. Faltos de la necesaria retroalimentación, los autócratas solo reciben impresiones positivas de su labor, por muy mal que marchen las cosas. Las variables relaciones de Lem con el régimen de su país tuvieron su punto de mayor tensión durante sus años de autoexilio en Viena, entre 1982 y 1988. Pero ni tan siquiera en esos difíciles años se produjo ruptura alguna. Su ausencia de Polonia se presentaba como una exigencia de la tarea de escritor, y Lem renovaba todos los años su pasaporte en la embajada polaca.

No fueron pocos los obstáculos que debió superar Lem en el desarrollo de su carrera literaria. Como botón de muestra, señala Orliński las grandes dificultades que debía vencer para acceder a las revistas científicas occidentales, como Nature o Scientific American, imprescindibles para escribir una ciencia ficción actualizada; mientras que otros escritores, como Arthur C. Clarke o Asimov, podían comprarlas sin ningún problema en el quiosco de la esquina. Pero uno de los obstáculos más peligrosos con los que debió lidiar Lem fue el de la censura: una condición inevitable en la Polonia de su tiempo, a la que siempre tuvo que amoldarse, sobre todo en sus inicios como escritor. Aunque las quejas de Lem son constantes, sus encontronazos con los censores nunca llegaron a comprometer su carrera como escritor, aunque sí retrasaron la publicación de algunas de sus obras. También le provocaban una gran inseguridad, pues muchas veces los censores malinterpretaban sus textos, de tal manera que una parodia del deshielo se entendía en sentido contrario y era censurada; mientras que una crítica, en apariencia evidente, pasaba desapercibida. En cualquier caso, en los últimos años, con su crecimiento como escritor y la progresiva apertura del régimen, la censura comenzó a tratarlo mucho mejor. Era considerado ya una de las mejores caras del régimen con vistas al exterior, y hasta se maniobró para intentar granjearle el premio Nobel de Literatura. La buena recepción de sus escritos en la URSS le había dado a Lem también una cierta autoridad frente a los censores de su país. Otra importante dificultad que debió vencer Lem fue la que le planteaban las traducciones y publicaciones de sus obras en el extranjero, que se inician ya en 1954 con la edición alemana de Astronautas. Ante la imposibilidad de cobrar en su país los derechos de autor procedentes del exterior, Lem se veía obligado a viajar en persona al país en cuestión, cobrar en metálico y gastarse allí el dinero con su familia antes de regresar.

También nos ofrece el libro de Orliński un interesante panorama del mundo literario polaco, en el que Lem jugó un papel de primera figura, aunque sufriera en un principio el menosprecio por el género que cultivaba. Así parece recogerlo el autor de la biografía en su prólogo, en las palabras que pone en boca de Janek Błoński: «ningún académico de Polonia toma en serio la literatura fantástica». Es verdad que Lem no tuvo mucha capacidad de elección. Desde 1956 lo que se le reclama son aventuras espaciales (como Astronautas, título que le concedió el estatus de escritor en su país), no que escribiera análisis históricos o sociológicos, como él en un principio prefería (es el caso de Summa technologiae, 1964). Según el propio Lem, las revistas polacas de los años cincuenta solo le pedían «bobadas futuristas», y no opiniones de mayor calado. Esta situación cambiaría, según Orliński, con la invención de los sepulcas (1956). A partir de este punto, Lem logrará elevar el género de la ciencia-ficción a la más alta categoría literaria, de tal manera que la fantasía, en muchas ocasiones satírica, se convierte en un verdadero disfraz de indagaciones más trascendentes. A lo largo de su estudio, Orliński nos dibuja la figura de un escritor sencillo, sin pose alguna, dotado de la inaudita virtud de criticar sus propias obras. También la de un escritor muy relacionado con sus colegas, de sólidas amistades literarias (como la que le unió con Sławomir Mrożek), nada parecido a la figura del artista que trabaja en solitario. Esta relación de camaradería, que venía determinada por el carácter cuasigremial que tenía la profesión de escritor en la Polonia socialista, animaba a los autores a intercambiarse las obras recién terminadas para conocer la opinión de los otros colegas. Lem no solo aceptaba como buena cualquier crítica, sino que tampoco temía expresar juicios negativos sobre sus propios textos. Las opiniones de Lem acerca de algunas de sus novelas (como las que vierte sobre El invencible, aunque sin citar el título) sorprenderán a más de un lector. Lem y sus compañeros no parecían ser conscientes del alcance de sus propias obras, ni de que estuvieran protagonizando una verdadera Edad de Oro de la cultura polaca. Relacionado también con el modo de trabajar de Lem (y determinado, claro está, por el creciente éxito de sus obras y sus apetencias pecuniarias) está el hecho de que muchas veces firmara contratos que luego apenas era capaz de atender. De esta manera surgieron, hacia 1959, tres de sus obras más admirables: Solaris, Memorias encontradas en una bañera y Retorno de las estrellas, escritas con la urgencia de cumplir con un contrato casi expirado, que había firmado sin saber siquiera de qué irían las historias. A quien pueda escandalizarle esta conducta, no estará mal recordarle que el propio Mozart compuso su obertura de La flauta mágica unos días antes del estreno.

Los viajes de Lem al extranjero, de los que nos rinde pormenorizada cuenta Orliński, nos dan también importantes pistas para comprender de qué manera la figura de Lem se fue internacionalizando poco a poco. Su recelo ante alemanes y austríacos contrasta con lo mucho que le agradaban los viajes a la URSS (1965 y 1968), donde era calurosamente acogido por oleadas de jóvenes estudiantes, científicos de renombre o, incluso, por los propios astronautas soviéticos. Este prestigio exterior le daba también un capital importante para hacerse valer ante las autoridades de su país. Fue precisamente gracias a las editoriales de la Alemania del Este y de la URSS como la obra de Lem comenzó a ser conocida y valorada fuera de Polonia, mucho antes de hacerse plenamente internacional. En esta progresiva difusión de la obra de Lem tuvo también mucho que ver el cine, pues de varias de sus novelas se hicieron adaptaciones cinematográficas (o estuvieron a punto de hacerse), algunas de extraordinario renombre. Una fructífera relación analizada con gran detalle por Orliński, pero que tuvo también su lado conflictivo. Es el caso de la famosa disputa de Lem con Tarkovski. Al parecer, al novelista polaco no le gustó nada la adaptación de Solaris (1972) hecha por el célebre cineasta ruso, de la que aseguró haber visto solo la primera parte, confesándose «incapaz de aguantar hasta el final».

En fin, es difícil enumerar siquiera la amplia variedad de temas interesantes que toca el libro de Orliński. Hasta asuntos tan aparentemente secundarios como la afición de Lem por los automóviles o las grandes dificultades que debió vencer para hacerse con su primera casa de Kliny, a finales de los sesenta, sirven para completar el retrato de una época difícil y precaria. Los últimos años de Lem nos lo muestran voluntariamente apartado de la escena literaria internacional, rechazando hacer los viajes que hubieran impulsado aún más su carrera (como la visita a los Estados Unidos, a la que siempre dio largas). Después de su última novela (Fiasco, 1985), Lem se dedicará casi en exclusiva a la escritura de textos de índole teórica. El autor era ya consciente, quizás, de que su enorme aportación a la literatura del siglo XX estaba hecha. Ahora tocaba descansar y hacer vida de familia, con la tranquilidad que le daba el haber cumplido ampliamente con su vocación de escritor. Era el tiempo de los lectores y del callado trabajo de la Fama.


Extractos

«Como sabes, la situación general se podría describir como si estuviéramos sentados sobre un barril de pólvora enriquecido con hidrógeno, en el barril hay una mecha, y esa mecha lleva más de una decena de años ardiendo. A veces alguien sopla sobre la mecha, a veces la apagan un rato, luego la vuelven a encender, y así seguimos. A esas fluctuaciones, como a todo, el animal que es el ser humano ya se ha acostumbrado. Pero en mi profesión, eso lo convierte a uno en un idiota, porque, en definitiva, ya no sabe sobre qué escribir, sobre todo cuando los censores completamente paranoicos olfatean en cada palabra alusiones peligrosas.»

«Puesto que eso es precisamente lo que ha sucedido con todos los inventos a lo largo de la historia ―la pólvora, la máquina a vapor, el automóvil, el avión―, ¿por qué no iba a suceder lo mismo con Internet? Así, Lem enumeraba, con bastante exactitud, todo lo que nos depararía la red de ordenadores: una nueva clase de delincuencia frente a la cual la policía y el derecho serían impotentes; nuevos métodos de ataque entre potencias, que permitirían paralizar las instalaciones computarizadas del país atacado de modo que ni siquiera se pudiese detectar al agresor; y una estupidización general, porque en el mar de información que se generaría sería cada vez más difícil separar la paja del trigo.»

(Traducción de Bárbara Gil)


Lem: una vida que no es de este mundo
Wojciech Orliński
Impedimenta, 2021
480 páginas
23,95 €

Manuel Fernández Labrada es doctor en filología hispánica. Ha colaborado con la Universidad de Granada en el estudio y edición del Teatro completo de Mira de Amescua. Es autor de diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro. Entre sus últimos libros de narrativa publicados figuran: El refugio (2014), La mano de nieve (2015) y Ciervos en África (Trea, 2018). También escribe en su blog de literatura, Saltus Altus (http://saltusaltus.com).

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