Almacén de ambigüedades

El eterno retorno del chivo expiatorio

«En su día fueron de rigor credenciales de cristiano viejo para circular seguro o vivir con cierta tranquilidad, y no hace tanto lo eran las de afecto al Régimen. Hoy lo que no lleve el marchamo de constituconalista está condenado al infierno». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /

Desde el momento mismo del Decreto de Expulsión en 1492, ya no quedaban en España judíos, sino en todo caso judeoconversos. «Los judíos en España fueron una minoría religiosa, no étnica. […] una microsociedad […] paralela a la macrosociedad cristiana. La maduración de ésta última acabó haciendo intolerable la disidencia confesional. Y trató de acabar con ella» (Bel Bravo: Sefarad). Puestos en el dilema terrible de tener que elegir entre su fe y su tierra natal, una parte de los españoles emprendió el duro camino del exilio. Ya que su patria los echó, se llevaron con ellos el genuino corazón de la identidad.

En una entrevista con Günter Gauss, tras muchos años viviendo en los EE.UU., a la pregunta sobre lo que subsistía en ella del mundo anterior a Hitler, Hannah Arendt responde: «Queda la lengua. […] la lengua alemana […] es lo esencial que me ha quedado y que he preservado siempre conscientemente […] oír hablar en alemán por la calle […] me produjo una alegría indescriptible». Durante siglos, los sefarditas esparcidos por el globo conservaron entre algodones el castellano, cuyas suaves cadencias podemos escuchar abundantemente en los recuerdos infantiles de Canetti, en el primer volumen de su autobiografía, La lengua absuelta. Como señala Edgar Morin, «el sefardismo […] vive […] en el alma y en el espíritu de aquellos que guardan en la memoria la presencia amada de sus padres y abuelos que hablaban entre sí la lengua española, cocinaban a la sefardí y celebraban la Pascua sefardí» (prólogo a la obra colectiva Los judíos de España). Permítanme que les diga, señoras y señores del jurado, que eso sí que es amor a las raíces, y no el lucir pulseritas con la bandera.

La nostalgia de los desterrados no admitía cataplasmas ni medida. Recordemos a ese Ricote, antiguo vecino con el que se tropieza Sancho Panza en la segunda parte del Quijote. Expulsado de España, al igual que los demás moriscos en 1609, no ha podido resistir la tentación de regresar. «Es el deseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a España», dice, que no parece reparar en el riesgo que corre en esta tierra en la que «si te cogen y conocen tendrás hasta mala ventura», como puntualiza el escudero. El encabezamiento de este capítulo LIV, que se dedica exclusivamente a este encuentro, reza «Que trata de cosas tocantes a esta historia y no a otra alguna». Sabiendo de la habilidad ilimitada para la ironía de nuestro ilustre autor, es de rigor deducir todo lo contrario. En los capítulos siguientes desarrolla las andanzas de Ricote y de doña Ana Félix. El relato está presidido por la empatía que Sancho, y a través suyo Cervantes, sienten con las tribulaciones del proscrito y su hija, y más allá con quienes sufrían por causas similares.

Muchos otros judíos españoles optaron por quedarse, probablemente con gran dolor de su corazón, aunque debieron renunciar al menos nominalmente a la religión de sus padres. La triste realidad es que, como los sefarditas, conservaron su idioma pero perdieron su tierra, y no solo ellos, sino sus descendientes. Porque la casta mayoritaria, asentada en el poder más absoluto, la declaró propiedad privada suya a perpetuidad. Y surge la gran pregunta. Si el último judío público había salido de España en 1492 y, tras la definitiva expulsión de los moriscos, toda la población española era cristiana, ¿por qué esos estatutos vinculan la idoneidad para ocupar ciertos puestos a la filiación, a ascendencias lejanas, reales o inventadas? Ya estaba la omnipresente y brutal Inquisición, con su séquito de mercenarios, familiares y malsines (delatores) para perseguir, encerrar o mandar relajar (exterminar) a los responsables de cualquier desviación doctrinal, bien religiosa, bien social o política. Y a fe que hacía su execrable trabajo con una saña notable. Entonces, ¿a qué santo investigar a generaciones previas, escudriñando la existencia de antepasados judíos o, en su caso, moriscos? La alusión a la sangre y a su higiene no sabría ser más transparente.

La Sentencia Estatuto promulgada en Toledo el 5 de junio de 1449 puede considerarse por su minuciosidad y completitud como la madre de todas las leyes raciales que enlodarían la posterior historia europea. Por supuesto, estipula el cierre total de cargos, oficios y funciones a quienes no tengan pruebas de orígenes puros, de «cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo por los cuatro costados». Hete aquí el embrión de ese hábito de grupos muy españoles y mucho españoles de reivindicar su derecho natural al poder, las prebendas, los privilegios y, naturalmente, las decisiones. Notorio es que todos los que no comparten su visión de lo que es España son purrela, gentes de mal vivir y peor obrar, y si se tercia, lo cual desgraciadamente ocurre con frecuencia, carne de hoguera. Pero ese infame documento va aún más lejos, implantando la exigencia de precauciones a fin de evitar cualquier posible contagio, como si la presunta estirpe judaica fuera un virus contra el cual hay que pertrecharse a toda costa. «La pureza de sangre se volvió más importante que la pureza de la fe. El criterio para ser españoles de verdad fue la limpieza de sangre. […] De Toledo a Núremberg no hay más que un paso» (Di Cesare: Marranos: el otro del otro).

Por duro que pueda parecer el último enunciado, no deja de ser cierto a pesar del ímprobo empeño de nuestras fuerzas vivas en omitir estos hechos y sepultarlos en un oscuro pasado hace mucho tiempo fenecido. Recientemente una voz interesada los recordaba, sí, pero solo para marcar una imaginaria distinción entre Cataluña y España. La buena señora olvidaba el pequeño detalle de que en los salvajes pogromos desatados en la península a partir de 1391, las matanzas en los barrios judíos de Barcelona y Gerona alcanzaron cimas inauditas de crueldad. Y eso cuando formaban parte de la Corona de Aragón, entidad política perfectamente independiente. Casi tan terrible como la escueta frase final del parágrafo de Donatella Di Cesare es un concepto que aparece en la anterior, el muy temible sintagma españoles de verdad. Pues una de las señas de identidad de nuestra historia, tan fecunda en tragedias, es esa pasión discriminatoria, excluyente y a menudo homicida que se detecta sin necesidad de escarbar mucho en los anales. No hace falta minería profunda; puede verse a ras de tierra, a cielo abierto, en cualquier época de nuestra existencia como Estado. Y ahí sigue.

En 1934, en medio de la campaña contra la República progresista, las Juventudes de Acción Popular, organización juvenil de la muy derechista CEDA, montaron un mitin de masas en El Escorial. Ya la elección del lugar era harto significativa. En este encuentro Gil Robles fue saludado entusiásticamente por la multitud congregada al grito de «¡Jefe, jefe, jefe!», traducción castiza del «¡Duce, duce, duce!» característico del delirio fascista mussoliniano. Entre los vehementes discursos, retendremos el de un diputado por Valladolid que enumera detenidamente a aquellos que no tienen derecho a llamarse españoles. Prestemos oído: «judíos, heresiarcas, protestantes, comuneros, moriscos, enciclopedistas, afrancesados, masones, krausistas, liberales, marxistas» (cit. en Preston: Un pueblo traicionado). Obsérvese, de pasada, quiénes seguían encabezando la lista, 442 años después de la expulsión. Como vemos al comparar este catálogo de réprobos con el de San Ildefonso, la diferencia consiste en la adición de nuevos personajes a la nómina cada vez más poblada de los enemigos de la nación.

«¡Bueno, hombre, qué agonías, siempre viendo el vaso medio vacío! ¡Eso fue hace 80 años! Ahora, tras la modélica Transición que se nos envidia por doquier, vivimos días de tolerancia, vino y rosas». Sí hombre, sí, lo que tú digas. Basta con encender la radio o la televisión, consultar la prensa o navegar por Internet para oír a políticos y comunicadores varios excretando un sinfín de improperios. Resuenan constantemente los bramidos contra todo lo que no sea tragar a pies juntillas su indigesta sarta de esperpentos. Vuelan, con prisa pero sin pausa, las acusaciones más aberrantes: rompepatrias, golpistas, separatistas, terroristas, feminazis, bolivarianos, comeniños, fasciocomunistas (?), quemaiglesias y demás basura tóxica. Los cargos por trocear España, desear su destrucción o ser nocivos para la salud física, mental y sobre todo moral de los desprevenidos españolitos de a pie se atropellan en boca de los portavoces del Apocalipsis hasta volverse un guirigay indistinguible. Estamos ante la versión actualizada, es un decir, de la conjura judeo-masónica y el contubernio satánico-marxista machaconamente repetidos durante aquellos cuarenta años de travesía del desierto.

En su día fueron de rigor credenciales de cristiano viejo para circular seguro o vivir con cierta tranquilidad, y no hace tanto lo eran las de afecto al Régimen. Hoy lo que no lleve el marchamo de constitucionalista está condenado al infierno. Muy curiosamente lo otorga un tribunal de jueces y partes elegidos al parecer explícitamente por Dios para tal misión, integrado por sujetos que ni creen ni han creído nunca en la Carta Magna, y que combinan las labores de policía, fiscal y verdugo. La han reducido a dos o tres eslóganes que a ellos les convienen, y el resto se ha volatilizado. Han convertido el texto en la dedicatoria de un anillo, que diría Hamlet. Un semáforo con colores azul, naranja y verde permite o prohíbe entrar en la Tierra Prometida, la plaza de la Constitución, de su constitucionalismo, y los que no estamos dispuestos a bailarles el agua pasamos a engrosar la lista. Por supuesto los artículos relacionados con los derechos humanos, civiles, sociales o políticos o bien les resbalan, o directamente los abolirían si tuvieran ocasión. Y de fecha inmemorial, su fanatismo y su obsesiva ansia de eliminar toda discrepancia están lejos de ser desinteresados y meramente ideológicos:

«Sorprende la extraña y cruelmente fría facilidad con que los tribunales del Santo Oficio condenaban a exilio, a galeras, a largos años de prisión, dejando sin recursos a toda la familia; pero mucho más, las enormes multas, las pingües confiscaciones de todos los bienes familiares y las escandalosas «composiciones», perdón o disminución de las mismas mediante cantidades onerosas que arbitrariamente se señalaban» (Alcalá: Los judeoconversos en la cultura y sociedad españolas).

Incontables son los que recuerdan los aciagos sucesos posteriores a la guerra civil, las expropiaciones, sanciones, robos y exacciones llevadas a cabo por los vencedores elevados, para variar, a verdaderos españoles. Recientes están en la mente de todos —o así debería ser— la corrupción generalizada en medios políticos, empresariales, policiales y demás, amparada por la impunidad que a unos y otros les procuraba ser los expendedores exclusivos de esa esencia quimérica llamada españolidad. Inasequibles al paso del tiempo, los depositarios del destino de la piel de toro siempre han creído que pueden hacer y deshacer en ella a su guisa. No cabe duda de que aún tienen la sartén por el mango, de que como dejó escrito León Felipe, suyas siguen siendo la hacienda, la casa, el caballo y la pistola, pero nuestra es la voz antigua de la tierra y, desde luego, la canción (Español del éxodo y del llanto).


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

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