Filosofía

Caldearse con Thoreau

Fermín Herrero reseña 'El gran invierno', una selección de textos invernales del autor de 'Walden' recién publicados por Errata Naturae, escritos a lo largo de su vida.

/ una reseña de Fermín Herrero /

Este 2021 invierno se ha adelantado. Ahora que entramos en la estación propicia, según Jaime Gil de Biedma la que «convida a los estudios nobles», qué mejor, para los impenitentes devotos de Henri David Thoreau, tras prender una buena lumbre, que arrimarnos a un libro que lo aúna con lo invernal mediante una selección de sus diarios correspondiente a los meses de diciembre, enero y febrero de 1837, a sus veinte primaveras, hasta 1861, un año antes de su prematura muerte, agrupando las anotaciones por fechas para conservar la sensación del eterno retorno de las estaciones, «una resurrección natural, una experiencia de inmortalidad», al decir del agrimensor Thoreau. De hecho, a finales de febrero, cuando, como heraldos, se ensanchan los cielos y se afina la calidad del aire, a la espera de las violetas prematuras, el autor se extasía, entusiasmado, ante el inminente, renovado despertar de la vida: «¡Qué poema el de la primavera, tantas veces repetido!».

La feliz iniciativa de esta antología de notas hibernales se debe a los editores de Errata Naturae, incondicionales forofos de Thoreau, pues junto a la reedición de su obra más emblemática, la que registra su retiro en la cabaña junto a la laguna Walden («fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome solo con los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido»), han rescatado otros seis títulos del norteamericano, entre ellos un volumen que agrupa el ensayo Caminar y la caminata Un paseo invernal, de evidentes concomitancias, no formales sino en lo que respecta al contenido, con el que nos ocupa, titulado El gran invierno.

La estancia en Walden flota sobre todos los apuntamientos. En el de la Nochebuena de 1841 confiesa, programático: «Quiero marcharme pronto y retirarme a vivir junto a la laguna, donde sólo oiré el viento suspirar entre los juncos. Será un logro si consigo dejarme atrás a mí mismo. ¡Pero mis amigos preguntan qué haré cuando llegue allí! ¿No será ocupación suficiente contemplar el avance de las estaciones?». No sé si entre los amigos cuenta a Ralph Waldo Emerson, el extraordinario e insoslayable filósofo que fue su vecino y maestro y lo retrató como «una mente de amplias miras, principios rectos, percepciones claras». En el libro aparece episódicamente. Destaca el día en que se le ocurrió hacer una cueva en la nieve a modo de tosco iglú para estudiar el sonido y la luz en su interior. La curiosa iniciativa de Emerson es prueba de su dinamismo especulativo. En su monumental, diríase que definitiva, Thoreau: biografía de un pensador salvaje, Robert Richardson califica la influencia de Emerson, una especie de embrujo, como «catalítica, casi providencial», a tal punto que cambió su vida «de una actitud pasiva a otra activa». También, según el biógrafo, lo azuzó, llamándolo incluso «frío escéptico», para que iniciase sus luego voluminosos, inabarcables diarios, en los que su pulso late al unísono con la naturaleza y al ritmo del paso de las estaciones.

La primera entrada, naturalmente en la fecha del solsticio de diciembre, en este caso de 1851, se centra en la amistad, asunto tan frecuentado por Emerson, cuyo ascendiente a mi juicio se nota, para defenderla a ultranza, como hará más adelante, reiteradamente, en varias anotaciones sobre su quintaesencia, su verdad, su relación con el amor y las dificultades para mantenerla según nos vamos poniendo viejos —y hacia el final del libro, en febrero de 1857, remacha: «de un hombre que no complazca a un amigo no puede decirse que tenga éxito en esta vida»—. Justifica que, aunque no lo aparente, por su carácter frío y alérgico a la camaradería huera y afectada, le concede la máxima importancia.

Y así parece ser, si bien tras esta declaración de principios puede subyacer su vocación de solitario, acorde con el espíritu de lo invernal que gravita sobre el libro. De un solitario algo misántropo: «Yo florezco mejor cuando estoy solo», confiesa, para luego recalcar que cualquier compañía disipa sus días y que «así es como se alza un hombre. Con un claro en derredor y sin compañeros en las colinas». Por eso, cuando en la calma del atardecer escucha el ulular de un búho, exclama: «Qué feliz me hace escucharlo a él en lugar de al hombre más elocuente de nuestros días». Ítem más, el acompañamiento más preciado es el del silencio procedente de la soledad en medio del campo: «Nunca he coincidido con ningún hombre tan alentador y enriquecedor, tan infinitamente sugerente, como el silencio y la soledad del prado de Well Meadow».

 Nos transmite, desde el corazón más que desde el intelecto, embriagado, hechizado —y así nos quedamos sus fervorosos lectores—, como una piedra al borde de la laguna, como una pluma flotando en la atmósfera, el placer de la contemplación gozosa del paisaje, su beatus ille cotidiano, lejos del mundanal ruïdo: «Dichoso aquel que todos los días puede contemplar algo tan puro y sereno como el cielo de poniente al atardecer, mientras las revoluciones afligen el mundo». Así, con frecuencia en pos de pintorescos ventisqueros, describe la hermosura inmaculada de la nieve, «pura y silenciosa», como al principio de la creación, cubriendo las colinas, festoneando su querida laguna de Fair Haven y blanqueando o dejando en un marrón oscuro los robledales bermejos. Otras veces, con una paleta impresionista en las pupilas nos invita a «ver el color de los distintos bosques, el cornejo amarillento, los verdes prinoides y, en las tierras altas, los espléndidos agracejos amarillos». Nos enseña, en definitiva, «qué gloriosas son la perfecta quietud y la paz del paisaje invernal».

Nos adentramos con él, como niños, cautivados, en los bosques vírgenes o aún poco hollados por el hombre, hacia las puestas de sol, hacia lo que sugieren y simbolizan. Nos imaginamos vivamente a un alcaudón despedazando a un escribano nival; la forma y funcionamiento de las antiguas trampas para lobos; una ardilla abriendo, escondida, como en secreto, el zurrón escuchimizado de una castaña o pelando concienzudamente una piña; un halcón lanzándose en picado sobre una pobre perdiz despistada; las delicadas huellas en medio de la nevada o los canales en el hielo de los visones, las ratas almizcleras o las nutrias. No faltan, tampoco, algunas estampas de la vida corriente, que le sale al paso en sus constantes correrías: los tramperos furtivos que comercian con pieles, el chiquillo con gorro de piel de marmota o el niño irlandés en cuya cara se refleja «la probada magnanimidad y grave nobleza de antiguos valores ya difuntos», que la obra y la figura de Thoreau representan como nadie.

Una fiesta, en suma, de los sentidos y del intelecto, incluso, muy goethiano, de los colores, sus matices, sus tonos, en especial de atardecida. En su reciente La vida pequeña (Anagrama) José Ángel González Sainz, que le achaca, con razón, lo relativo de su retiro salvaje de algo más de dos años en Walden, considerando que siempre tuvo a tiro de piedra las comodidades y los primores de la civilización en Concord, aunque con apearse del mundo creo que ya hizo bastante, subraya, entre otras apreciaciones de mucha enjundia, que la actitud, la estatura cívica y ética, en extremo singular, de Thoreau nos alecciona, nos impele a «imitar la sencillez y la inocencia de la naturaleza, el reclamo clásico, el reclamo de los bosques y las leyes sagradas».

En los últimos años, en dos volúmenes, la modélica editorial logroñesa Pepitas de Calabaza ha rescatado, por estaciones, los interesantes diarios de Susan Fenimore Cooper, considerados por algunos, no sé si con argumentos de peso o no, como antecedente y modelo de los de Thoreau. Pero, pese a compartir la devoción por lo silvestre, la fijación meteorológica fruto del arraigo campesino, el afán científico y la atención poética totalmente ajenos a quienes viven de cultivar la tierra, la minuciosidad en la observación de lo pequeño o la afición, el placer de caminar y perderse por los bosques, la curiosa, sugestiva escritura de la hija del autor de El último mohicano, más ceñida a un costumbrismo digamos pionero, no levanta el vuelo como la de Thoreau, siempre dispuesta, y lográndolo, a medir la hondura de su propio ser, por usar una metáfora suya, a mostrarnos «el fruto, no la cáscara de la vida», desde la convicción de que es necesario librarse de uno mismo, de que «debemos salir y volver a aliarnos con la naturaleza todos los días» para buscarnos constantemente «a nosotros mismos en aquello que está por encima de nosotros y es distinto a nosotros. Solo así veremos lo que bien ha dado en llamarse la luz de nuestro propio semblante».

Hace poco he leído La vida en los bosques (Volcano), opera prima del poeta de la guerra británico Edward Thomas, que bien pudiera, a zaga de Richard Jefferies, emparentarse, aproximadamente medio siglo después, con el empeño de Thoreau de exaltar la emoción que provocan las cosas sencillas y la belleza natural, aquí el prodigio de la escarcha en Walden o la carama en los árboles, su blancor de alabastro, de los cielos «entre el esmeralda y el ámbar», de las nubes en desbandada, de los distintos pájaros o de la multitud de plantas que escruta y nos describe este seguidor de Linneo, «botanófilo misceláneo», por seguir su propia taxonomía. En el prólogo del libro de Thomas, bastante más puntilloso y prolijo como observador ornitólogo, botánico y entomólogo que Thoreau, el poeta Ben Clark apunta que los diversos capitulillos del libro, que avanzan al ritmo de las estaciones a partir del verano y cuya parte final es diarística, son escapadas agrestes a los lugares donde, en expresión del propio Thomas, «pudiera sentir, todavía, […] algo que los antiguos consideraban divino». Lo mismo que Thoreau, pues ambos eran conscientes de la segura desaparición, más tarde o más temprano, de ese mundo porque, como concluye Clark, «la muerte de la naturaleza es la muerte del pasado y, en última instancia, la muerte de los dioses y de la humanidad».

En el apuntamiento del 19 de febrero de 1841 refiere Thoreau que «un libro verdaderamente bueno me enseña a hacer cosas mejores que leerlo. Enseguida debo soltarlo y empezar a vivir según su consejo». Pues bien, espero que este aprovechamiento indudable que se desprende de las apreciaciones del autor de Walden me haya servido, me sirva en la vida, como deseo para todos sus lectores. Claro que de seguir al pie de la letra sus recomendaciones, soltaríamos el libro y saldríamos inmediatamente a campo abierto, a empaparnos de naturaleza. En estas fechas, ambas cosas son compatibles, como decíamos al principio, nada como volver a casa después de darse un garbeo revitalizador y arrebujarse al amor y al calorcillo de la chimenea con El gran invierno entre las manos.


El gran invierno
Henry David Thoreau
Errata Naturae, 2021
244 páginas
20 €

Fermín Herrero Redondo (Ausejo de la Sierra [Soria], 1963) es un poeta que circunscribe la mayor parte de su obra al paisaje de su pueblo natal, en torno a la presencia de la naturaleza y sus ciclos unidos a la existencia, la belleza de lo humilde, la recuperación del tiempo pobre y agrícola de los padres, el recordatorio del horror de las ideologías que calcinaron el siglo XX, la lentitud y la espera. Hasta la fecha, ha publicado los libros Anagnórisis (1994), Echarse al monte (1997, Premio Hiperión), Un lugar habitable (1999), Paralaje (2000), El tiempo de los usureros (2003), Endechas del consuelo (2006), Tierras altas (2006), La lengua de las campanas (2006), De la letra menuda (2010), Tempero (2011), De atardecida, cielos (2012, Premio Ciudad de Salamanca de Poesía), La gratitud (2014), Sin ir más lejos (2016, Premio Nacional de la Crítica) y Alrededores (2019). Figura, entre otras, en las antologías Cambio de siglo, Animales distintos y Fuera de campo.

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