Laberinto con vistas

Arterias y venas

Antonio Monterrubio escribe sobre los impulsos combinados de artistas y médicos renacentistas y el proceso que culminaría en el conocimiento profundo de la estructura orgánica del hombre.

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Cuanto más cerca del equilibrio está un sistema, mayor es su predictibilidad. Según se va alejando, ya no responde a mecanismos matemáticos simples, y hay que echar mano de ecuaciones no lineales. Esto supone multiplicidad de soluciones posibles. La aleatoriedad aumenta al aproximarse a un punto de bifurcación. No cabe pronosticar cuál de los caminos tomará el sistema. Y sin embargo su decisión no es arbitraria. «El comportamiento de una estructura disipativa alejada del equilibrio no sigue ninguna ley universal […]. Cerca del equilibrio podemos encontrar fenómenos repetitivos y leyes universales. A medida que nos alejamos de él nos desplazamos de lo universal a lo único, hacia la riqueza y la variedad. Esta, sin duda, es una característica bien conocida de la vida» (Capra: La trama de la vida). Solo en la efervescencia y el frenesí de un sistema dinámico y abierto puede crecer algo nuevo y vivificante.

Hace tiempo que Kuhn probó que en los periodos de ciencia normal el paradigma reinante tiende a encorsetar las investigaciones. La innovación exige apartarse de esa situación estable, apta para suministrar a las revistas especializadas cataratas de artículos que no hacen sino redemostrar lo ya demostrado. Es necesario rebelarse contra el método, que diría Feyerabend. Solo así es factible elaborar nuevas teorías que sustituyan ventajosamente a las anteriores. Es el momento de las revoluciones científicas, las cuales cambian las soluciones a los problemas a la vez que aportan otros. El panorama se enriquece y se abren innumerables vías al trabajo teórico y práctico. Se trata de auténticos puntos de bifurcación en el sistema-ciencia cuyas salidas no podían ser previstas de antemano, pero que dependen de su historia anterior.

Incluso una actividad tan individual e idiosincrásica como el arte ofrece testimonios similares. Sin adherirse a las teorías que otorgan a los estilos una vida orgánica con su nacimiento, desarrollo, apogeo, decadencia y muerte, hay que reconocerles cierto tino. El auge de una escuela da lugar con frecuencia a un adocenamiento de la producción. Las obras comienzan a estandarizarse, se asemejan cada vez más y dan la impresión de ser fabricadas en serie. Esto también ocurre en el caso de artistas que terminan por plagiarse indefinidamente. Es en los puntos de bifurcación donde surge el gran arte, donde el creador de fuste se encuentra a sí mismo o se reinventa. Dispuesto a probar nuevas aventuras, se aleja del equilibrio para aproximarse al genio. «Algunos artistas, o algunos críticos […] han tratado de formular las leyes de su arte; pero inevitablemente resulta que los artistas mediocres no consiguen nada cuando tratan de aplicarlas, mientras los grandes maestros prescinden de ellas y sin embargo logran una nueva armonía como nadie imaginó anteriormente»(Gombrich: Historia del arte). Ellos sabían que uno debe huir del mercado y de la crítica rutinaria para asomarse al borde exterior y encontrar lo que necesita. En carta a Mette-Sophie Gad escribe Gauguin:«Lo que me entristece no es la miseria, sino los obstáculos continuos a mi arte […]. Me dices que me equivoco al alejarme del centro artístico. No, yo tengo razón. […] sé lo que hago y por qué […]. Mi centro artístico está en mi mente y no en otra parte». En resumidas cuentas, en arte, ciencia, política o vida cotidiana es harto conveniente atenerse al consejo de Baudelaire « Au fond de l’inconnu pour trouver du nouveau!» (Le voyage).

Los impulsos combinados de artistas y médicos renacentistas fueron fundamentales a la hora de lanzar el proceso que culminaría en el conocimiento profundo de la estructura orgánica del hombre. La preocupación de pintores y escultores por acercarse al máximo a una representación de la verdad corporal se coaligó con los esfuerzos de los anatomistas italianos por elevar el nivel de su disciplina. A pesar de las dificultades que autoridades religiosas y civiles oponían a la disección de cadáveres, estas tuvieron lugar. En el Manuscrito Anatómico A de Leonardo Da Vinci se habla, por ejemplo, del examen post mortem de un anciano. Esta obra incluye 240 de los dibujos más perfectos jamás contemplados. Abundantes glosas completan la información gráfica. Realizada hacia 1510, permaneció inédita durante siglos. Ojos que no ven, corazón que no siente, pero también ignorancia que no se esfuma. Otros artistas llevaron a cabo investigaciones anatómicas y funcionales encaminadas a desarrollar su arte. Algunos pusieron sus habilidades a disposición de los científicos. La Fabrica de Vesalio contiene más de 200 ilustraciones magníficas, la mayoría firmadas por Van Calcar, destacado alumno de Tiziano. En ellas, precisión y belleza concluyen una feliz alianza. Un aspecto importante es el dinamismo de los cuerpos, siempre de pie y en movimiento, incluso reducidos a esqueleto o musculatura. Ciertas láminas son de extremado dramatismo, con una estudiada puesta en escena. El autor cumple con creces la divisa de los anfiteatros anatómicos: «Aquí es donde la muerte sirve a la vida». La impresión de este libro en Basilea supuso una hazaña editorial de primer orden. Algo posterior es el muy hermoso De formatio foetus liber singularis de Van der Spiegel, con nueve grabados en placa de cobre de Casseri, artista y anatomista formado en la Universidad de Padua, como era de rigor en la época. En uno se muestra, espléndidamente dibujado en un paisaje, un cuerpo de mujer en cuyo vientre brota una flor con el feto en el centro. Los pétalos, lejos de ser un ornato, están constituidos por los planos corporales que habría que levantar. En los albores de la modernidad, belleza y ciencia van de la mano. Arte y experimentación, letras y ciencias, convivían en armonía, complementándose y fortaleciéndose mutuamente. Comentando lo bajo que ha caído la civilización y la actitud que se ha de tomar en consecuencia, Raoul Vaneigen escribe: «Cada cual es ahora llamado a redescubrir, con su especificidad de ser humano, un potencial de creación que la creencia en su estatuto de esclavo le disuadía de reivindicar» (De la destinée). Ese era el más precioso legado de la Edad Moderna, el ansia por liberarse de toda clase de cadenas. Hoy se hace imprescindible reclamarlo de nuevo, a imagen de este veterano de la Internacional Situacionista.

En la actualidad disponemos de numerosos atlas de anatomía primorosamente ilustrados. Planchas a todo color informan a estudiantes, médicos y cirujanos de cuanto es necesario saber para la práctica del quehacer sanador. Nuestra época de acelerada innovación tecnológica, con sus imágenes de realismo apabullante obtenidas a través de los ingenios más sofisticados, presume de haber dejado atrás aquellas sencillas estampas. Sin embargo, no tienen el poder de devolvernos la belleza que desprenden. Tiempo ha, me contaron de un profesor de neuroanatomía que apoyaba sus conferencias con un conjunto de láminas gigantes realizadas por él mismo. Procedía por acumulación progresiva, comenzando por la fontanería y el mobiliario. Encima colocaba el armazón de la casa, y más allá el revestimiento térmico y acústico de los músculos. Coronando la obra, una última lámina mostraba un espléndido rostro femenino. La mujer tenía un parecido más que razonable con la Ingrid Bergman de Stromboli. Si el Fabrizio de Bertolucci afirma que «no se puede vivir sin Rossellini», el buen doctor no conseguía apartar de la mente a su protagonista. Los sueños de juventud dejan huella aun cuando la nieve platea ya las sienes. He aquí una parábola sobre la dignidad del hombre. Es capaz de elevarse desde la materialidad del conglomerado de venas, arterias o nervios que lo mantiene vivo hasta las alturas de la imaginación y el espíritu. Pero también de volver a descender, pertrechado de su lucidez intelectual, a la busca y captura de los secretos que anidan en su interior. Y consagrar su incansable exploración a cuantas cosas llenan el cielo y la tierra.


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Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

1 comment on “Arterias y venas

  1. Agustín Villalba

    «Es en los puntos de bifurcación donde surge el gran arte, donde el creador de fuste se encuentra a sí mismo o se reinventa. Dispuesto a probar nuevas aventuras, se aleja del equilibrio para aproximarse al genio.»

    Eso es falso en muchos casos. La mayoría de los genios de la música, de la pintura o de la literatura no rompen nada, no hacen más que llevar a su apogeo el arte de sus épocas. El caso de un Beethoven, que revolucionó (relativamente) la música (con la ayuda de Haydn), es casi una excepción. Ni Bach, ni Mozart, por ejemplo, revolucionaron nada, ni inventaron ninguna forma musical (Beethoven tampoco, por cierto – Haydn fue más innovador que él en ese sentido). Lo que hicieron fue desarrollar hasta el límite ciertas formas (como Bach la fuga). Cuando se lee una Historia de la música, una Historia de la pintura o una Historia de la literatura, se da uno cuenta de que esos artes evolucionaron con una lógica muy clara, hasta los momentos de ruptura total en el siglo XX, en el que una parte de ellos se transformó en otra cosa que no tiene nada que ver con el Arte.

    «Raoul Vaneigen escribe»: VaneigeM

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