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La peor crisis en el peor momento

«La tarea fundamental a día de hoy es organizar unificando, interpelar a lo diverso, conseguir victorias concretas y construir refugios desde los que plantearse nuestros siguientes pasos». Una respuesta de Xan López al '¿qué hacer?' de nuestros días.

/ por Xan López /

I. La crisis climática y ecológica es la transformación medioambiental más profunda de la historia. Historia entendida como historia escrita, unos 10.000 años. También entendida como historia de nuestra especie, unos 350.000 años. Ningún ser humano ha vivido nunca en este planeta con unas concentraciones de GEI en la atmósfera como las de hoy en día (17 de noviembre de 2022: 417 ppm). Ningún ser humano ha vivido nunca una disminución de la biodiversidad tan profunda ni tan acelerada. Ambas crisis, ambos aspectos de la misma crisis, son el resultado de la actividad humana. No de todos los humanos por igual. Tampoco de una actividad abstracta, sino de una actividad históricamente delimitada, específica. Pero humana, al fin y al cabo.

Esta crisis múltiple, policrisis, crisis sobredeterminada, cambia lo que es políticamente imaginable. Lo hace para mal, ya lo sabemos: supone el fin de la «naturaleza barata» (Moore), un pilar de la acumulación capitalista durante siglos; supone un estrés gigantesco sobre las infraestructuras y la vida en el planeta; supone un aumento de las tensiones y la competencia entre los Estados, aumentando también las probabilidades de guerras devastadoras. Pero también lo hace para bien, al menos en el sentido de apertura de oportunidades políticas: vemos la repolitización explícita de ciertas cuestiones que parecían irremediablemente despolitizadas; brechas entre las élites, que pueden supurar hasta conformar verdaderas crisis orgánicas; la posibilidad de aplicar terapias de choque ecosociales en momentos extremos; la necesidad, quizás por primera vez en la historia, de una cooperación mundial efectiva para poder garantizar nuestra supervivencia.


II. También vivimos en el hundimiento de cierto modelo de organización política, lo que podríamos llamar el fin de la política de masas. Es difícil hacer una periodización muy precisa, pero desde aproximadamente la fundación de la Primera Internacional (1864) hasta el big-bang inicial de la era neoliberal (1979) domina una forma de organización que presupone cierta manera de producir y vivir. Como dice Gerbaudo, es la era de los partidos y sindicatos de masas con un núcleo de clase, una burocracia fuerte y una orientación política explícita y clara.

Es también la apoteosis del Estado-nación, del desarrollismo, del aumento de derechos sociales y niveles de vida como contención temporal e inestable de las tensiones volcánicas de la lucha de clases. Con suficiente distancia podríamos decir que, a pesar de sus antagonismos profundos, los proyectos del Occidente capitalista y del Oriente socialista eran también parte de ese gran proyecto de desarrollo y articulación social. Dos formas de hacer cosas parecidas en situaciones muy diferentes. El bloque socialista, simplemente, no pudo adaptarse al fin de época.

Por supuesto ninguna época termina fulminantemente. Todavía persisten los partidos, los sindicatos, las ideologías de clase, los Estados-nación, el desarrollo económico. Todavía persiste en mucha gente, es innegable, el deseo de la política de masas. La cuestión fundamental es que los modelos de organización heredados de esa época, ya agotada, no son capaces hoy en día de movilizar a esas grandes masas de manera sostenida y sistemática. La peor crisis de la historia de la humanidad ocurre en el momento de mayor debilidad política de los últimos 150 años.


III. Al final de la época de la política de masas, a ese larguísimo ciclo, le sucede un periodo de unos treinta o cuarenta años de contrarrevolución capitalista. Una época de despolitización de las apariencias generalmente conocida como neoliberalismo. Es el periodo de la financialización de la economía, la hiperglobalización, la destrucción del tejido asociativo, los partidos con una base pequeña y fluida, estructura ligera, ideología oportunista (de nuevo, Gerbaudo). Es la época del fin de la historia de Fukuyama, un texto tan parodiado como incomprendido. Olvidad por un momento la lucha por el reconocimiento y la victoria histórica de la democracia liberal. Fukuyama también habla de apatía, cierto aburrimiento generalizado, de la vida como una cosa que ocurre después de la otra, de cierta obsesión con el pasado, que se revive nostálgicamente. Es una radiografía perfecta del alma neoliberal, porque su texto no solo predice, sino que transforma. Es un manifiesto de un proyecto victorioso, son instrucciones de combate.

Nuestra primera intuición es revolvernos contra este cierre histórico. Hablar de utopías, de esperanza, de la confianza en que las cosas siempre pueden ser de otra manera. Es necesario hacerlo ahora, quizás más que nunca, pero este siempre ha sido un punto de vista inseparable de la tradición de lucha de la que queremos ser parte. Si tuviésemos que decir una cosa, solo una, sería que nada de lo que existe es eterno, que la realidad siempre está en disputa, y que el propio proceso de lucha antagónica que parece cerrar un ciclo histórico siempre abre inmediatamente la posibilidad de un nuevo comienzo. Nunca podemos demostrar que algo nuevo ocurrirá, eso es una estupidez. Sí que podemos señalar las grietas de lo establecido. Grietas que quizás no sean visibles con la vista cansada, o desde mucha distancia. Como nos recuerda Sacristán, «los fines no se demuestran: se lucha por ellos, después de argumentar que son posibles, no más».


IV. ¿Qué significa hacerse cargo de este momento? Comprender la gravedad de la crisis, y las consecuencias terribles en caso de ser derrotados. Tomarse en serio, por lo tanto, la necesidad de ganar. También es comprender que no luchamos en la época de nuestros ancestros. Un mundo entero desaparece y con él desaparece la fuerza de algunos de sus antagonismos. La oposición total entre reforma y revolución, por ejemplo, responde a un momento de escisión de un gran movimiento de masas, a la elección a vida o muerte entre dos campos hasta entonces amigos. No vivimos un momento así, salvo en nuestros sueños. Se pueden repetir las ideas que una vez animaron esa escisión como conjuros poderosísimos, pero una y otra vez comprobamos que sus efectos no están a la altura de nuestras necesidades.

¿Significa esto que ya no es posible reformar ni revolucionar? ¿Justo en el momento en el que necesitaríamos hacer las dos cosas? Puede que la respuesta sea, precisamente, volver a hacer las dos cosas. O más concretamente, volver a dar los pasos necesarios para en algún momento volver a encontrarnos ante esas dicotomías tan fuertes. La gravedad de la decisión siempre corresponde a la fuerza necesaria para llegar a ella. Hoy en día persiste la idea de que hay un conflicto entre las reformas a corto plazo, urgentísimas, y un proyecto emancipador a largo plazo. Nadie es capaz de desatar ese nudo, así que quizás haya que cortarlo. No hay elección que hacer, porque esa tensión, hoy en día, es un falso dilema. La formación de una clase y de las estructuras organizativas adecuadas a su momento histórico no es un juego de suma cero entre dos proyectos preexistentes, dos ideas eternas. La escalada política que nos llevará a una posición de fuerza será todo lo contrario: un proceso de encuentros y desencuentros en los que la fuerza de una parte crezca al ritmo al que crezcan las otras partes. La tarea fundamental a día de hoy es organizar unificando, interpelar a lo diverso, conseguir victorias concretas y construir refugios desde los que planear nuestros siguientes pasos.

«Todo podría perecer, pero la casa de la humanidad debe permanecer preservada e iluminada en todo su esplendor, para que un día, cuando la destrucción brame a su alrededor, lo que hemos ganado pueda vivir allí, y ayudarnos»

Ernst Bloch: Karl Marx, Muerte y Apocalipsis (1918)


Xan López es miembro del think tank ecologista Contra el Diluvio.

Acerca de El Cuaderno

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