Crónica

Pavor y deseo: los cadáveres de la Bastilla y el imaginario gótico de la Revolución

La historiadora Nicole Bauer escribe sobre las conexiones entre la literatura sobre la Bastilla que floreció antes y después de la Revolución francesa, exagerando los horrores de la prisión, y la literatura gótica del siglo XVIII, con su fascinación por el secreto y el misterio.

/ por Nicole Bauer /

Artículo publicado en Age of Revolutions el 10 de abril de 2023, traducido del inglés por Pablo Batalla

En el verano de 1790, un año después de la toma de la Bastilla, la prensa francesa informaba de que se estaba encontrando tal cantidad de cadáveres en las ruinas de la fortaleza que la acumulación de restos comenzaba a interponerse en el camino de los trabajos de demolición. Los operarios de la misma eran sobornados por curiosos, ansiosos por echar un vistazo a las víctimas, ocultas durante tanto tiempo, del despotismo real. El asunto se convirtió en un problema tal que los funcionarios acabaron interviniendo para prohibir la práctica de pagar a los trabajadores para ver los esqueletos. Aquellos, finalmente, reunieron sus ganancias, las donaron a una organización de caridad y los cadáveres fueron recogidos, y se les hizo un funeral.

El acontecimiento se convirtió en una ceremonia solemne y grandiosa, que incluyó un desfile formal de funcionarios del comité a cargo de la demolición, varios clérigos, más de ochocientos trabajadores del derribamiento y un destacamento de la Guardia Nacional. Se pronunciaron asimismo discursos para conmemorar a los muertos, considerados víctimas de la tiranía, asesinados en secreto, pero finalmente honrados en público.

El horror y la fascinación que produjo esta extraña y macabra ceremonia tenían raíces profundas. En el momento de la Revolución francesa, la Bastilla se había convertido en un símbolo odiado del régimen contra el cual los revolucionarios se alzaban. Era, sin embargo, una prisión relativamente cómoda para los estándares del siglo XVIII, en la que los reclusos no eran maltratados; pero en las décadas previas a la Revolución había florecido toda una literatura sobre el penal. Lo que distinguía a la Bastilla de las otras prisiones de la ciudad era el secreto que la rodeaba. Los arrestados por delitos como robo, e incluso asesinato, procesados a través de los canales ordinarios de la justicia, eran enviados a la sede de la policía, el Châtelet, o a veces al manicomio Bicêtre. Los arrestados con arreglo a lettres de cachet, órdenes secretas de encarcelamiento que el rey podía utilizar en cualquier momento —a menudo ovejas negras de una familia que buscaba salvaguardar su honor, o gentes bajo sospecha a quienes la policía deseaba interrogar por extenso— eran enviados a la Bastilla. Hacia el final del reinado de Luis XIV, el jefe de policía había obtenido acceso permanente a la fortaleza y permiso para colocar allí un comisario, encargado de organizar interrogatorios. Pronto se convirtió en la ubicación de los archivos policiales, celosamente guardados. La Bastilla era independiente de las cours de justice en las que los magistrados dictaban sentencias públicas. Con las lettres de cachet, el encarcelamiento era indefinido, y se mantenía en silencio.1 El fortín era, por lo tanto, un lugar envuelto deliberadamente en misterio. Tanto los reclusos como sus carceleros juraban guardar el secreto; un silencio forzado del que la policía creía que le ayudaba a mantener el control sobre una investigación y a preservar el honor de las familias que esperaban ahogar el más mínimo conato de escándalo, y servía como instrumento de intimidación.

Debido a este secreto y a la utilización de la Bastilla como elemento disuasorio para los disidentes alborotadores, muchos de los encarcelados allí publicaron memorias de los abusos que sufrieron. Estas exageraban generalmente los horrores de la Bastilla a fin de acomodarse a las opiniones negativas de su público objetivo acerca del régimen francés. Un ejemplo son las famosas memorias de Constantin de Renneville, escritas a principios del siglo XVIII y que establecieron los trazos elementales de la llamada leyenda negra de la Bastilla con sus descripciones gráficas de tortura.2 A finales de siglo, el goteo de literatura sobre la Bastilla se había convertido en una riada, y figuras célebres como el conde de Mirabeau, el abogado Simon Linguet o el caballero de Latude, estafador y escapista, por no mencionar a Voltaire, escribían poemas, manifiestos o memorias denunciando los abusos del Gobierno en las cárceles, y especialmente en esta. Con arreglo a los principios de la Ilustración, consideraban que el secreto institucionalizado del Gobierno animaba la corrupción y la comisión de abusos.

Algunos historiadores de la Bastilla han estudiado la prisión como emblema de la lucha contra el despotismo y la opresión. Héloïse Bocher o Monique Cottret, entre otros y otras estudiosos, se centran menos en descubrir la realidad de la vivencia de los prisioneros y la validez de las afirmaciones de los revolucionarios sobre sus horrores que en el legado duradero de la Bastilla; en cómo se moldeó su condición de símbolo por excelencia de la tiranía a derrocar.3 Otros como Vincent Denis se interesan por los efectos psicológicos de la reclusión, así como por la relación cambiante entre el Estado y el individuo, y en particular por cómo el uso creciente del control y la vigilancia estatal ayudó a conferir forma a la identidad moderna.4 Pero la cantidad de tratados, panfletos e historias sobre la Bastilla (la leyenda del hombre de la máscara de hierro era una de las más apreciadas) es tan enorme que su popularidad no puede explicarse simplemente como una repulsión patriótica e ilustrada hacia los abusos secretos del Gobierno. Los chismes sobre abuso e injusticia ayudan, ciertamente, a que las revoluciones estallen, pero estas historias de la Bastilla muestran además una similitud notable con un género de prosperidad coetánea: la literatura gótica. Aunque se pregonara la transparencia como salvaguardia contra futuros abusos y marca de honestidad y de probidad, y el secreto fuera demonizado cada vez más, los elementos góticos de la literatura sobre la Bastilla revelan una atracción por aquello que rechazaba y reprimía la nueva cultura de la transparencia: los secretos, las cosas veladas, ocultas, los misterios, lo desconocido.

La prisión sirvió como insignia del despotismo para reforzar los objetivos políticos de la revolución, por supuesto. Pero en el imaginario colectivo, la Bastilla también era un sitio de sigilos, enigmas y hasta prodigios, tal como los castillos ficticios y las ruinas de la literatura gótica. La razón de su pervivencia en la literatura y en la memoria mucho más allá de los tormentosos años finales del siglo XVIII no es solo su preeminencia como icono de la revolución, sino también su capacidad gótica de alimentar el hambre de misterios de los lectores, y tal vez su deseo o su atracción por el secreto ahora reprimido.

Un excelente ejemplo de la mixtura de deseo y temor característica del gótico lo ofrece una de las obras más famosas del género, Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe. Lo jugoso de la novela son sus imprecisamente aterradoras del castillo en el que la heroína, Emily, se ve obligada a vivir. La fortaleza está llena de escaleras sombrías, típicamente góticas, salas vacías y resonantes, y largos pasillos poco iluminados abarrotados de retratos enigmáticamente velados, hornacinas ocultas, enclaves y muchas, muchas puertas cerradas tras las cuales se adivinan horrores que la heroína —pese a su propensión al desmayo— es demasiado curiosa para no prestarles atención. Una de las características distintivas del gótico es presentar un misterio o varios, y a menudo también arcanos oscuros, que van clarificándosele pacientemente al lector a lo largo de la narración.5 En Udolfo, Radcliffe pergeña una atmósfera de terror, misterio y peligro inminente. Emily entra, por ejemplo, en una lóbrega estancia en la que

Comprobó que no había muebles, excepto una silla de hierro, clavada al centro de la cámara, sobre la que, colgando de una cadena desde el techo, pendía un anillo de hierro. Tras contemplar aquello con asombro y terror […] sintió un dolor agudo en la cabeza y casi no tuvo fuerzas para sostener la lámpara. Al buscar un lugar en el que apoyarse se sentó inconscientemente en la silla de hierro. Dándose cuenta de pronto de lo que había hecho, saltó horrorizada […]6

El pavor, el terror, nunca es tan grande como para que la protagonista se abstenga de husmear en lo que está oculto, o de resolver los misterios de un castillo o familia determinados. El deseo siempre acompaña al temor, y el pavor al asombro, en las indagaciones de Emily por toda la fortaleza. La protagonista del libro de Radcliffe ni siquiera se resiste a escudriñar aquella silla y el misterioso anillo de hierro sobre ella, llegando ella misma a sentarse en ella.

Quienes probablemente habían leído sobre los horrores de la Bastilla acudieron en masa de la misma manera a su demolición, a fin de echar un ojo más de cerca. La prohibición, para los ciudadanos comunes, de penetrar en el solar se sorteaba sobornando a los trabajadores para que les mostraran artefactos supuestamente encontrados durante los trabajos de derribo o los guiaran en un recorrido a través de las ruinas. Muchos intentaron pasar, y de hecho pasaron, la noche allí esperando experimentar el pánico de los prisioneros de los días pasados. Héloïse Bocher describe esta práctica como una especie de «turismo emocional».7 Los autores de panfletos y libros sobre la Bastilla se deleitaban en mencionar las llamadas máquinas de muerte o máquinas de tortura. En la introducción de uno de esos libelos, el autor mencionaba las muertes ilegales de reclusos víctimas de «ingenios infernales forjados en la boutique de Satanás, utilizados para eliminar, rauda y secretamente, al malhadado ciudadano que había osado obstaculizar los placeres de un ministro libertino, o un disipado aristócrata».8 Emmanuel Brosselard, presidente del distrito de Minimes, publicó en 1790, para conmemorar el primer aniversario de la toma, un poema en el que describía la fortaleza como un palacio de la venganza, un tenebroso abismo y un monstruo que sonreía al contemplar los tormentos perpetrados contra sus víctimas.9 Algunos publicaron a su vez lo que habían encontrado, o afirmaban haber encontrado, en las entrañas de la Bastilla. Révolutions de Paris, un periódico popular fundado en 1789, incluía descripciones de misteriosos libros de contabilidad y listas de prisioneros hallados en la fortaleza, con todo tipo de información que, con suerte, arrojaría luz sobre los «detalles oscuros de la historia»; así como inscripciones supuestamente talladas en las paredes de las mazmorras.10 Un periodista se recreó en agregar que, junto con las inscripciones, se habían hallado horribles «máquinas de muerte», aún «desconocidas para el hombre».11 Así como el amor a la libertad no podía agotarse, tampoco parecía hacerlo la necesidad de historias de cadáveres y calabozos.

Un grabado de 1789. «Hemos encontrado, en esta pavorosa visita, sobre la escalera A, un esqueleto vuelto del revés y otro acostado sobre su espalda, al fondo, bajo la bóveda B. Allá, a las puertas de París, el desdichado que allí languidecía estaba peor que en medio del desierto más espantoso».

El secreto, a la par que se veía demonizado, despertaba una novedosa fascinación. Por debajo del aparente horror de los cuentos espeluznantes y los secretos ocultos, yacía el hambre de ellos.

Imagen de portada: dibujo del interior de la Bastilla, 1785


1 Vincent Denis: «La Police de Paris et la Bastille au XVIIIème siècle», en Elise Dutray-Lecoin y Danielle Muzerelle (eds.): La Bastille, ou l’enfer des vivants: à travers les archives de la Bastille, París: Bibliothèque Nationale de France, 2010, p. 37.

2 Véase Constantin de Renneville: Souvenirs d’un prisonnier de la Bastille (ed. Albert Savine), París: R. Castells, 1998.

3 Véase Hans-Jürgen Lüsebrink y Rolf Reichardt: The Bastille: a history of a symbol of despotism and freedom, Durham (Estados Unidos): Duke University Press; Monique Cottret: La Bastille à prendre: histoire et mythe de la forteresse royale, París: Presses Universitaires de France, 1986; y Héloïse Bocher: Démolir la Bastille: l’édification d’un lieu de mémoire, París: Vendémiaire, 2012.

4 Vincent Denis: Une histoire de l’identité: France, 1715-1815, Seyssel (Francia): Champ Vallon, 2008.

5 Markman Ellis: The history of the Gothic, Edimburgo (Reino Unido): Edinburgh University Press, 2000, p. 50.

6 Ann Radcliffe: Los misterios de Udolfo (trad. Carlos José Costas Solano), Madrid: Valdemar, 1992, p. 288.

7 Héloïse Bocher: Démolir la Bastille: l’édification d’un lieu de mémoire, París: Vendémiaire, 2012, p. 121.

8 Recueil fidèle de plusieurs manuscrits trouvés à la Bastille, París: Girardon, 1789, p. 10.

9 Emmanuel Brosselard: «Stances pour l’anniversaire de la prise de la Bastille», en Recueil de pièces intéressantes sur la Bastille, París: J. B. Hérault, 1790, p. VII.

10 Révolutions de Paris, 18 al 25 de julio de 1789, p. 11; ídem, 2 al 8 de agosto de 1789, p. 31.

11 Révolutions de Paris, 12 al 17 de julio de 1789, p. 15.


Nicole Bauer es profesora asistente de historia europea en la Universidad de Tulsa (Estados Unidos). Es especialista en historia cultural de la Francia de la primera modernidad y la Revolución francesa. Su último libro es Tracing the shadow of secrecy and Government transparency in eighteenth-century France. Su cuenta de Twitter es @NBauerHistory.

1 comment on “Pavor y deseo: los cadáveres de la Bastilla y el imaginario gótico de la Revolución

  1. Agustín Villalba

    Interesante artículo, en el que sólo falta la información de que Sade estuvo detenido en la Bastille más de 5 años (1784-1889) y que salió de ella para ser internado en el manicomio de Charenton el día que se puso a gritar por la ventana de su celda que estaban degollando a todos los prisioneros de la cárcel.

    Erratas:

    cadávares – cadáveres
    Bicétre – Bicêtre
    los cours de justice en los – las cours [cortes] de justicia en las que
    en ella ella misma – en ella
    en pleno París – a las puertas de París [à la porte de Paris]

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