/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
Utilizo para este artículo el título de uno de los epígrafes de Fragmentos de mis memorias de Adolfo Posada, contemporáneo y cercano amigo de Leopoldo Alas Clarín, tanto en sus años estudiantiles en Madrid como durante su época de catedrático en Oviedo. Adolfo Posada no solo era confidente de claustro, sino que compartía con Clarín las lecturas de los novelistas franceses y rusos y de los poetas alemanes. A ambos les unía su compromiso con la Universidad y su pasión docente, por lo que en sus fragmentadas memorias Posada destaca sobre todo —entre otras cualidades de Alas Clarín— sus rasgos como catedrático, del que señala su visión de la enseñanza como «una amistad, un lazo espiritual, una corriente de ideas, y también de afectos, que vaya del profesor al discípulo y vuelva al profesor»; una enseñanza, por lo tanto, que jamás «se reduzca a un puro mecanismo cuya única fuerza motriz sea la autoridad cayendo de lo alto», por lo que Alas Clarín se muestra más partidario de «sugerir hábitos de reflexión que de enseñar una ciencia». Todo un ideario que, sin duda, caracterizaba al egregio elenco de catedráticos que conformaron el Grupo de Oviedo y promovieron pioneramente la Extensión Universitaria. Pero tanto Posada como Alas Clarín eran sesudos estudiosos y eruditos de sus materias académicas, siempre al tanto de las últimas aportaciones, no solo en el ámbito nacional, sino internacional, como demuestra la traducción que del alemán hizo Adolfo Posada de La lucha por el Derecho de Caspar Rudolf von Ihering, prologado magistralmente por Leopoldo Alas.
Adolfo Posada es por ello un testigo fundamental de los avatares padecidos por Alas Clarín a partir de la publicación de La Regenta, por lo que sus escritos sobre el hacedor de Guimarán son una fuente primaria de información insoslayable sobre la que vuelven una y otra vez los investigadores. Téngase en cuenta que Adolfo Posada ejerció durante veinte años su cátedra en Oviedo, desde 1983 hasta 1904, fecha en la que se trasladó a Madrid para incorporarse al Instituto de Reformas Sociales. Veinte años centrales, desde que accedió a la cátedra de Oviedo, tras pasar por un tribunal formado, entre otros, por sus amigos Álvarez Buylla y Alas Clarín, hasta dos años después de la muerte del autor de La Regenta.
Adolfo Posada, en sus Fragmentos de mis memorias, no solo repara en el Alas Clarín catedrático, sino que nos cuenta en uno de sus epígrafes «Cómo se hizo La Regenta», de la que fue «afortunado testigo, en la más grata intimidad, de aquel maravilloso engendrar y de aquel alumbramiento portentoso». Cuenta Posada que Clarín era en el Casino «contertulio de Ronzal, de los tres tipos reales que Ronzal sintetiza; era amigo de Mesía el elegante, Sierra en el mundo; era compañero de Bermúdez, amalgama artística de Ordoñez y Canella, y asimismo era paseante por Cimadevilla con don Pompeyo, ateo titular de Vetusta, lector, según decía, de Darwin». Todo esto lleva a afirmar al insigne catedrático memorialista que «La creación de Alas es Vetusta, el pueblo vetustense».
No es extraño que la novela fuera recibida con cierto desasosiego por muchos ovetenses «que se creían más o menos retratados como vetustenses en las páginas» de la discutida novela. Y que uno de los pocos diarios que dio noticia de ella, «cuyo título no recuerdo [La Cruz de la Victoria]», fuera para lanzar una diatriba firmada por «un tal señor don Dionisio [Menéndez de Luarca]», quien sin recato tildó el libro de «anticatólico, inmoral, impío, despreciable», hasta aseverar estrambóticamente que «yo no he podido terminarlo, y para que nadie se manche utilizando mi ejemplar con lectura tan perniciosa, lo he hecho añicos arrojando los restos al cajón de la basura».
La memoria es caprichosa y tendente en sus azares a mezclar los tiempos, por lo que Adolfo Posada antepone esta diatriba periodística a la pastoral del obispo, cuando La Cruz de la Victoria se fundó en el año 1986, siendo, por lo tanto, necesariamente posterior la invectiva «del aristócrata desgarbado» al anatema obispal. Pero hay que reconocer que esta subversión de tiempos le sirve al amigo catedrático para señalar que el horno no estaba para bollos en «la heroica ciudad que dormía la siesta», y que cabía esperar una reacción, aunque no tan desmesurada, por parte de los guardianes de los valores supremos, en este caso encarnados y representados por el obispo de Oviedo, fray Ramón Martínez Vigil.
La anécdota que ha desencadenado la pastoral es conocida y habitualmente narrada por la mayoría de los investigadores de la compleja recepción de La Regenta, pero lo que sorprende es que la mayoría de ellos no hayan incidido en la compleja relación entre el obispo Fray Ramón Martínez Vigil y Leopoldo Alas. Sobre todo, teniendo en cuenta que este enigmático, inteligente e inquietante obispo se muestra en todo momento como el verdadero agonista de Leopoldo Alas Clarín; siendo su figura en la sombra determinante no solo para la recepción de La Regenta, sino para el subrepticio edicto que declaró la damnatio memoriae del escritor en Oviedo, con directas consecuencias sobre su obra y, lo que es peor, sobre su familia.
Esta alargada sombra obispal que se cierne sobre La Regenta, y en la que tal vez se encuentre la clave de muchos arcanos —y no solo de sociología literaria— de la memorable novela, vuelve a estar en primera línea por las últimas aportaciones realizadas por los eminentes hispanistas y máximos conocedores de la obra clariniana: Yvan Lissorgues y Jean François Botrel. Los dos investigadores han centrado su interés en profundizar en esta compleja relación que transciende los marcos ideológicos y estrictamente literarios, para incidir en la compleja religiosidad de Alas Clarín, desde su anticlericalismo a su acendrada espiritualidad.
Desde un punto de vista político e ideológico parece que hay pocos puntos de encuentro —como resulta evidente entre un pidalino y un republicano— entre el obispo y el escritor; pero su soterrada pugna no solo se explica por estas espinosas y enconadas cuestiones. Conviene recordar que el obispo Martínez Vigil tenía ínfulas de escritor, y cabe imaginar su destructiva fascinación por Leopoldo Alas Clarín. Su morbosa atracción por el autor de La Regenta sometía al hacedor de Guimarán a una vigilancia permanente, como si el obispo manejase impunemente el catalejo del Magistral para leer con animosidad cualquiera de sus escritos.
De los Fragmentos de mis memorias de Adolfo Posada a Leopoldo Alas, La Regenta y el obispo de Yvan Lissorgues y Jean François Botrel hay un largo camino lleno de silencios y también de arduas y apasionadas investigaciones, que parecen encontrar un enfoque definitivo en las últimas indagaciones de estos dos eximios clarinistas
Yvan Lissorgues y Jean François Botrel profundizan en la morbosa relación del obispo de Oviedo con Clarín, iluminando los renglones más ocultos de La Regenta. Tal vez, como una última aportación, para señalar a los futuros investigadores que en los manteos del obispo se encuentran los aviesos pliegues de su sinuosa recepción.

Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.
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