Mirar al retrovisor

1833

Joan Santacana escribe sobre un momento crítico de la historia de España y las fuerzas que pugnaban aquel año por liderar la construcción del porvenir.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Explica el historiador José Luis Comellas en su famosa tesis doctoral sobre el reinado de Isabel II que cuando Fernando VII, a los 45 años, quedó viudo, sin hijos, tras la muerte de su esposa Josefa Amalia de Sajonia, ordenó casi inmediatamente la búsqueda de otra esposa. Él sabía que podía tener hijos —ya que tenia alguno ilegítimo— y que, por lo tanto, el problema era de la esposa difunta. La elección recayó en la jovencísima María Cristina de Borbón, napolitana de veintitrés años, hija de Francisco I de Nápoles, y de María Isabel, que a su vez era hija de Carlos IV, el padre de Fernando VII y, por lo tanto, hermana suya. Se repetía la historia de los Borbones, que se casaban entre ellos. Las imágenes que tenemos de la joven princesa en esta época eran las de una chica agradable, aun cuando la corte de donde procedía era de las más conservadoras y retrógradas de Europa.

Todo el mundo sabía que si el rey moría sin descendencia, el trono, por línea sucesoria, pasaba a su hermano Carlos. Este príncipe, por aquel entonces, viendo al rey enfermo, sin descendencia y con graves achaques, estaba convencido que más temprano que tarde asumiría la corona española. Por ello, la perspectiva de que el monarca tuviera descendencia era un grave impedimento para sus ambiciones reales. A su vez, un posible descendiente de María Cristina y Fernando alentaba las esperanzas de las élites liberales que sabían que Carlos tenia una mentalidad muy alejada de un posible sistema liberal; que era un católico ultra fervoroso, que imaginaba la monarquía como un don divino, sin concesiones de ningún tipo. Hoy, salvadas las distancias, lo calificaríamos como un hombre de la más cerrada ultraderecha.

La idea de la nueva boda del rey era para Carlos una demostración que su hermano intentaba por todos los medios impedirle el acceso al trono. De hecho, Fernando VII estaba convencido probablemente, desde hacía algún tiempo, de que su régimen debería abrirse un poco hacia algunas ideas del creciente liberalismo. Además, cuando Fernando VII decidió aprobar la abolición de la ley sálica que impedía que las mujeres ascendieran al trono de España, Carlos se enojó profundamente; sabía que España era un país en donde la mayoría aceptaba la monarquía absoluta; tenía claro que el alto clero estaba con él; sabía que incluso los mandos militares y la nobleza le apoyaban en su mayor parte y, en el caso de que se aboliera la ley sálica, y que el rey tuviera una hija, esta reforma exprés no se podría aplicar retroactivamente.

Fernando VII, desde 1827, había comprendido que una cierta reforma política era necesaria y que era preciso aliarse con la burguesía para obtener créditos (el Estado estaba en bancarrota) y fomentar la economía industrial; Vicens Vives creía, y es posible que tuviera razón, que el cambio de posición de Fernando VII en este tema se produjo despues de la visita que hizo a la Comisión de Fábricas de Barcelona en aquel año de 1827, cuando los burgueses catalanes, que estaban inmersos en la primera revolución industrial, y el propio monarca se hicieron promesas mutuas. Sea por esta razón u otra, el deseo de que su hermano no pudiera gobernar fue la causa de la abolición de la ley sálica con la esperanza de que la joven napolitana de diera descendencia, como en realidad ocurrió, aun cuando fueron hembras y, como es bien sabido, a la primera en nacer la bautizaron como Isabel, no por casualidad, sino para que, en caso de reinar como pretendían, fuera la sucesora de la gran Isabel I la Católica. Si ella reinaba, se la conocería como Isabel II. Cierto que Fernando no hubiera querido aplicar la ley reformada y hubiera preferido un varón, con lo cual no hubiera habido discusión alguna; pero las cosas salieron de forma distinta a sus deseos. Muchos se olían el fantasma de la guerra civil en cuanto el rey muriera, y se sabía que estaba muy enfermo.

En estas circunstancias ocurrieron los llamados sucesos de La Granja, cuando el rey tuvo una serie de ataques que parecía que lo iban a hacer morir en cuestión de horas o día. Era el mes de septiembre de 1832. Entonces, Carlos y sus partidarios actuaron con rapidez y contundencia, sabedores que el ejército estaba con él. Con ayuda del ultramontano ministro de Justicia, Calomarde, hizo firmar al rey moribundo la derogación del derecho de las mujeres a reinar. El general Zambrano, ministro de la guerra, explicó a la joven reina Cristina, que no era prudente mantener los derechos de su hija Isabel, con tan solo tres años, ya que ello requería una larga y compleja regencia, teniendo todos los elementos de poder en contra. Cristina se rindió a las presiones.

Parecía que la reacción de los partidarios de Carlos había funcionado. El rey moría, Cristina renunciaba a los derechos de su hijita y la ley sálica era restablecida. La Monarquía española sería la más reaccionaria de Europa; la alianza de los absolutistas —el Trono— con los clérigos —el Altar— iban a impedir cualquier cambio.

Pero entonces ocurrió la inesperado. Contra todo pronóstico, Fernando VII se recuperó por un poco tiempo; los liberales formaron una junta —mejor una camarilla— acudieron al palacio de La Granja, y empezaron a vociferar el grito de «viva Isabel II», «viva Cristina», se entrevistaron con la reina María Cristina, que Fernando su marido había nombrado gobernadora, y le convencieron que si seguía sus consejos, la niña de tres años sería reina. De esta forma se cesó a la mayoría de los ministros, se sustituyó a casi todos los capitanes generales, se hizo una política de atracción de militares adictos a la causa de la reina niña, con ascensos, otorgamiento de títulos nobiliarios, y se promulgó una gran amnistía política, que se publicó el 15 de octubre de 1832. Con ello, los exiliados liberales retornaron rápidamente. Fue el caso de Agustín Argüelles, Gómez BecerraEspoz y Mina, Alcalá Galiano, Pascual Madoz y otros muchos que llegaron prestos a la Corte e incluso algunos salieron de los penales y de la cárcel. Otra medida importante fue que se suspendieron las elecciones municipales que estaba previsto celebrarse en diciembre de aquel año, ya que, si se hubieran celebrado, los carlistas hubieran ganado la mayoría de los municipios. Fernando VII mantuvo todos estos cambios, ya que probablemente él era del parecer que si su hermano gobernaba, el trono y el país se iba al garete.

El 20 de junio de 1833 Isabel, con apenas tres años, fue jurada como heredera con el nombre de Isabel II. Cuando en septiembre de aquel año Fernando VII murió de verdad, la sucesión estaba asegurada, con una reina que estaba todavía en la cuna y una regente de veinticinco años, que no hablaba español, no tenía ninguna experiencia política y tenia una de las mentalidades mas opuestas al liberalismo y de las más conservadoras de su tiempo. La causa de la nueva reina-niña evidentemente necesitaba apoyos, pero si finalmente se impuso, no fue precisamente por el fervor monárquico de sus defensores, sino por el miedo a que Carlos y los suyos, absolutistas, apostólicos y ultramontanos, ascendieran al trono. La alianza que se fraguó para ocupar el poder fue una cuestión de conveniencia; los liberales necesitaban legitimarse y la reina les dio lo que necesitaban, pero ella, a su vez, pudo hacer reina a su hija porque los liberales la apoyaron.

Una vez más, recuerden que en este capítulo de la historia de España todo parecido con la actualidad puede que sea pura coincidencia, pero van ustedes a saber.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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1 comment on “1833

  1. Lo de la pura coincidencia con la realidad está bien para el comienzo de los novelones o los telefilmes, pero parece que en España la realidad repetida se impone ¿Será genético?

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