Entrevistas

«No soy una muñeca»: entrevista a Aida Sandoval

Pedro Luis Menéndez entrevista a la autora de 'La muñeca', cuarta novela de una escritura que, en sus propias palabras, «si con 'Animales hambrientAs metía un pie en el charco», ahora se ve «chapoteando descalza en medio del agua».

/ una entrevista de Pedro Luis Menéndez /

Acaba de aparecer en las librerías la cuarta novela de Aida Sandoval, que, con el título de La muñeca, edita la vallisoletana Difácil, quienes siguen siendo sus editores de referencia y que desde provincias realizan una labor inestimable, resistiendo los embates de los grandes grupos mediáticos que reparten el pastel de esto que seguimos llamando «literatura». Sandoval, en la línea arriesgada de sus Animales hambrientAs, que reseñamos hace unos meses aquí en EL CUADERNO, vuelve a sorprendernos con su prosa solo en apariencia sencilla y con su facilidad para construir personajes y situaciones que nos interpelan con cargas de profundidad encajadas en las capas múltiples de la lectura. Decíamos a propósito de su obra anterior: «un relato de capas superpuestas e interpuestas que se deja leer de un tirón por su prosa intencionalmente dinámica, pero que quizás no resulte el modo más conveniente de acercarnos a ella, porque tal lectura correría el riesgo de quedarse en la capa más superficial, una capa resbaladiza, a veces jocosa, otras hiriente, que nos situaría en el plano más fácil».

Aida, a estas alturas parece claro que te encuentras cómoda en la novela…

La muñeca es mi cuarta novela y, como bien dices, juego en casa. Si con Animales hambrientAs metía un pie en el charco, ahora me veo chapoteando descalza en medio del agua, atreviéndome a narrar lo que todos llevamos dentro, aunque rara vez lo plasmemos en palabras, supongo que por temor. Desciendo a los sótanos de los que nos habla Murakami en un intento de que mis personajes crezcan y el lector empatice con ellos, porque en el fondo no son más que el reflejo de la sociedad en la que convivimos, y eso asusta. Vernos en un espejo a veces puede aterrar. Por tanto, sí, me siento muy cómoda en la novela porque me permite reafirmarme en la convicción de que un libro no debe dejar indiferente y para ello el autor tiene que arriesgar.

¿Nunca has sentido la tentación de la poesía o de los cuentos?

Tentaciones tengo muchas… Sin embargo, debemos ser conscientes de que no todo se puede y yo le tengo un respeto máximo a la poesía; me parece algo casi innato que se apodera de ti, no al revés. Los cuentos se me quedan cortos; confieso que alguna vez lo he intentado y me acaba saliendo una novela… Y aunque tengo alma de guionista de Cuéntame, este chiste lo usé mucho al escribir mi segunda novela, Golpes de memoria, que abarca ochenta años de los personajes, pues me gusta alargar, pero sin caer en el exceso. Me declaro devota de la novela corta, cada vez más. Tenemos poco tiempo, muchos frentes abiertos y «lo bueno bien contado, si breve, dos veces bueno».

Aida, las camisetas promocionales de La muñeca que reproducen la portada del libro rotulan en la espalda un «No soy una muñeca», que nos lleva a una pregunta casi obligada. ¿Necesitáis las mujeres o las mujeres escritoras seguir señalando esas advertencias, por llamarlas de algún modo?

Imprimir esta frase en la espalda comenzó en mi cabeza como un juego; uno de esos que te sacan una sonrisa, y ya ves: al final salió adelante. Si con mi anterior libro, Animales hambrientAs, la pregunta más repetida fue si era yo la protagonista, pensé que si contestaba de antemano que no soy una muñeca estaría respondiendo a varios temas a la vez. Ninguna mujer ni hombre es una muñeca; sin embargo, el siglo que viene está tardando mucho en llegar y todavía los comportamientos heredados rigen nuestros días. Yo me he sentido tratada demasiadas veces así; dudo que haya alguna mujer que pueda negarlo, porque es lo aprendido a lo largo de demasiadas décadas. «Ya lo hago yo, que tú no sabes; estate callada, ¿qué sabrás tú?, te vas a hacer daño, hablas demasiado…». Por desgracia, esta advertencia, y más si eres escritora, está a la orden del día, ahora que a veces se comenta que publican solo a mujeres guapas, obviando el trabajo invertido en la novela. También podíamos haber escrito «Trátame con respeto», pero no venía a cuento con el título.

La muñeca transcurre en una comunidad de vecinos. En tus presentaciones has mencionado El diablo cojuelo, pero también 13, rue del percebe. ¿En qué territorio nos movemos en tu obra?

Me gusta asegurar, siempre que tengo ocasión en las entrevistas, que soy de la idea de que está todo escrito e inventado y lo único que se puede innovar es el modo de hacerlo. El vecindario de La muñeca, la caja de muñecas donde vemos el interior de los hogares, ya estaba escrito en El diablo cojuelo por Luis Vélez de Guevara en 1600, reinventado por Buero Vallejo, humorizado por Rue del percebe… Si es que los vecindarios son una fuente inagotable de historias. En este libro vamos un paso más allá barajando clases sociales, distintas vertientes del sexo, problemática social con respecto a personas con síndrome de Down, la necesidad de sobrevivir pese a todo y la necesidad de afecto, de buscar consuelo. Vamos a bucear en los entresijos del ser humano para calarnos hasta los huesos. Aviso: cuando llegues al final, quizás el principio ya no te parezca igual.

Lo hablamos hace ya tiempo, porque sigo viendo unos personajes femeninos que presentan una fortaleza, a veces disimulada en debilidad, que no aparece en los masculinos. No sé si resulta intencionado de tu parte. De hecho, el título de La muñeca produce en el lector esa contradicción ambigua que luego recorre sus páginas.¿Cómo ves tú todo esto?

El término mujer siempre ha ido asociado a debilidad, a muñecas débiles y rotas, a necesidad de protección. Incluso las matriarcas con un carácter rígido que organizaban la vida diaria, pues se identificaban con el sexo débil por ser emotivas y el único modo que aprendieron para ser valoradas era imitar los roles masculinos: los gritos, la falta de empatía, el no llorar. Nada de todo esto es real, ni para halago ni para desprecio. Me llaman mucho la atención los textos que corren por redes sociales que intentan defender al género femenino de agresiones físicas asegurando que damos vida, que somos madres, esposas… Y me irrita pensar en esta asociación: si yo no tengo hijos ni quiero casarme, ¿soy menos válida? ¿merezco que me traten distinto? Por favor, que ya hemos avanzado mucho, aunque a veces me sigo sintiendo en la generación de mi abuela. La muñeca es un juego, una trampa, desde su portada de piernas de bailarina, que te lleva a pensar en fragilidad cuando en verdad son deportistas con una fuerza que roza lo sobrenatural, hasta el título, que parece hacer referencia a una en singular. Nada es lo que parece, al igual que en la vida diaria.  

La muñeca es una novela coral en la que se diluyen los protagonismos. Supongo que esto te permitía más libertad a la hora de mover las piezas…

En realidad, quise hacer algo distinto y, como la anterior novela estaba narrada en primera persona, focalizando todo el protagonismo en un solo personaje, se me ocurrió jugar con el cambio, construir lo totalmente opuesto. Un hormiguero de personajes en donde cada lector elegirá el suyo propio. Si tienes curiosidad y me preguntas mi opinión, yo te diría que el perro que aparece durante toda la historia juega un papel de columna vertebral, al igual que el edificio. Con respecto a tener más libertad para construir los escenarios, lo pongo en duda; a mí me resulta muchísimo más fácil contar algo con un solo protagonista, vivir en su piel, ver la vida desde su punto de vista, antes que barajar múltiples haciendo magia para que el hilo de los capítulos quede bien cosido y nadie se despiste.

Aida, tus novelas son duras, a veces implacables. ¿Mostrar las debilidades propias (en este caso, de tus personajes) en el teatro social conduce sin remedio a las heridas, a la destrucción personal?

Yo quiero pensar que no; de hecho, insisto en que se sana a través de la palabra. Dar visibilidad a las heridas en absoluto te hace más frágil, sino que al aceptarlas es cuando comienzan a airearse y a sanar. Además, todos nos parecemos mucho más de lo que pensamos. Como asevera uno de los personajes, todo está escrito, tanto en el amor como en el desamor, solo cambian los sujetos que lo viven. Y ahí radica la ilusión, en disfrutar lo que te toca. Para mí La muñeca no es una historia triste. Dura puede que sí, pero triste no. Insisto en que desprende fogonazos de optimismo, gritando en voz baja que hasta en los peores momentos hay esperanza. ¿Qué haríamos si no fuera así?

Otra característica de tu obra es que introduces con soltura escenas de sexo explícito, aunque se apreciaba más en tu novela anterior. ¿No corres el peligro de que los lectores se queden en la capa más superficial y etiqueten tu novela como «erótica»? Te lo digo por la comodidad que supone poner etiquetas y despachar así con una visión superficial la hondura real de La muñeca.

Publicar un libro es todo un riesgo, y lo digo en serio: es una aventura extrema en donde te expones como si tu novela desvelase secretos propios. Siempre se han confundido autor y obra; no voy yo ahora a pelearme con ello. En absoluto escribo novelas eróticas, sino reales, y en la vida diaria, a no ser que vivas en celibato, el sexo existe. Yo lo utilizo como un recurso para contar la necesidad de cariño, de consuelo, para evitar la soledad; es el camino, a veces empedrado, que utilizan muchas personas para sentirse queridas.  

También quería preguntarte por los diálogos, la facilidad al menos aparente con que eres capaz de introducirlos en la narración. No es algo nuevo en tu obra. ¿Se te presentan cuando escribes con esa naturalidad que luego muestran?

A mí los diálogos siempre me han gustado mucho en la narración porque amenizan, dan aire a la página y al lector, así que me satisface mucho que gusten. Los escribo sobre la marcha, quizá sea lo que menos retoco y creo que el truco de ello está en la naturalidad, en que podrían ser conversaciones que escucharas por la calle o con tus amigos más íntimos. Son creíbles. Es más fácil transmitirle a un lector un estado de ánimo así que describiéndolo en narración. Por ejemplo, si alguien está enfadado abraza muy bien alguna expresión malsonante, que en otra parte de la historia podría ofender, o los puntos suspensivos ante quedar sin palabras…

Otra cuestión que me resulta interesante va sobre la carpintería de cualquier novela. ¿Eres una autora de las que planifica hasta el último detalle cuando empieza la primera página o te dejas llevar por las intuiciones que puedan ir surgiendo? De otro modo, ¿conoces el final antes de empezar?

Me sorprenden los escritores que tienen un plano desde la página uno hasta la palabra fin, y no quiero decir que los admire, sino más bien que me parece aburridísimo. Supongo que es como construir una casa, que se necesita una idea clara; sin embargo, a mí me gusta más dejarme llevar por las palabras, soy más de ellas que de los números. Ignoro cómo va a terminar el libro hasta poco antes de llegar el momento de escribirlo, de hecho, cambia varias veces de final durante su desarrollo. Para mí esa es la magia de la creación, la sorpresa, el dejarte guiar sin tener muy claro hacia dónde vas. Depende tanto de lo que hayas vivido esa semana, de tu estado de ánimo, de la visión que te apetezca darle al conjunto, que es una verdadera incógnita y un regalo diario ver cómo se llena una página de frases.

Por último, parece un poco prematuro preguntarte por proyectos nuevos ahora que estás metida en la promoción de La muñeca, pero ¿tienes algo en algún cajón, o al menos una intuición de futuro como escritora?

Yo no puedo dejar de escribir; es una especie de terapia que hago fundamentalmente para mí. Quiero decir que necesito crear, aunque luego se quede en un cajón, que ya empieza a cerrar mal de los manuscritos acumulados. Escribes, lo dejas en barbecho y, muchas veces, al repasarlo, ves que ya no es lo que lo querías contar, que has cambiado tú y lo escrito debe quedar en el olvido. Es así, en absoluto frustra, que es lo que me preguntan muchas veces. Todo lo hecho merece la pena porque sirve para escribir algo nuevo, mejor… Ante todo, lo primordial es sentirme orgullosa y satisfecha de los títulos que saco al mercado.


La muñeca
Aida Sandoval
Difácil, 2023
162 páginas
17 €

Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Cofundador de la histórica colección de poesía Aeda en 1978, ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986). En 2018 retoma una actividad literaria más continuada que se inicia con el libro de prosas cortas Postales desde el balcón. Recientemente ha dado a la luz en Trea el libro de poemas La vida menguante (2019), el poema-libro Ciudad varada (2020) en los cuadernos Heracles y nosotros, y Cantos (1979-2022), este último una recopilación de sus poemas extensos. Ha obtenido hace unos meses el premio José Luis Hidalgo de poesía con su libro La madriguera (2023). Desde 2017 colabora de modo asiduo en El Cuaderno y mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias.


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