Poéticas

El don de nombrar

Álvaro Valverde reseña 'La imperfección de la belleza', de Carlos Medrano. poeta parco, conciso, sutil y preciso, de regusto clásico y amor por el paisaje.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Los que seguimos la guadianesca trayectoria literaria de Carlos Medrano (Salamanca, 1961) llevábamos tiempo esperando un nuevo libro de poemas que acompañara a Corro (1987) y Las horas próximas (1989), que junto a las plaquettes A lo breve (1990) e Imágenes, encuentros (1996), constituía el sucinto corpus su poesía édita. Es verdad que en 2021 rompió un silencio de años y dio a la imprenta Entorno claro, un conjunto bien ideado de haikus y jaiquillas; así y todo, ya digo, quienes frecuentamos su blog Isla de lápices éramos conscientes de que los poemas que allí venía publicando desde 2016 (con independencia de su fecha de escritura) merecían ser ordenados y recogidos en uno o más volúmenes y, en consecuencia, ser trasladados al papel. Por suerte, una parte sustancial de ese material inédito conforma La imperfección de la belleza, hermoso título para una obra bien impresa y de diseño tan sobrio como elegante que una oportuna llamada de Antonio Piedra, director de la colección de poesía de la Fundación Jorge Guillén (e inventor, por cierto, de la jaiquilla), logró al cabo propiciar.

Carlos Medrano

«Brota la mies donde la soledad habita,/ hay una cicatriz que cura/ y la vida, ilegible, nos sucede:/ la imperfección de la belleza». Con estos versos se abre este libro dividido en tres partes. «Mirar qué nada», leemos. Desde el principio, parquedad, concisión, un ir a más con menos, de manera sutil y precisa. Eso y un regusto clásico de fondo, de asentadas lecturas de los maestros españoles del Siglo de Oro (Garcilaso ante todo) marcan el tono, definen la voz poética de Medrano, apellido de un poeta de aquella gloriosa época, sevillano y barroco por más señas. La naturaleza civilizada, la del parque y el jardín, entona con esa manera de decir arraigada en la tradición.

Pronto, el paisaje y los lugares desde los que meditar sobre el paso del tiempo, desde los que contemplar la vida. El Campo Grande de su ciudad por excelencia, la Covaleda de su juventud, Jaraíz de la Vera y el Cementerio Alemán de Yuste, Castilla, las portuguesas Sesimbra y Évora (visita que origina un precioso poema) y, cómo no, la isla donde reside desde hace décadas, Mallorca y, ya allí, Artá. «Soy un hombre que se confunde con su isla», ha escrito. Y: «De donde hemos querido, nunca nos vamos del todo».

Del ritmo que inspira su métrica poco cabe decir salvo que adopta formas clásicas también, aunque a veces se quiebren gracias al oportuno uso del encabalgamiento. En ocasiones, escoge el poema en prosa para expresarse. «La nota más vibrante/ reside en lo sencillo», anota. Sin olvidar que «la belleza se arraiga en lo difícil». Versos que me llevan a subrayar lo que de aforístico y sentencioso tienen a veces los versos reflexivos de Medrano.

Esa música callada a la que aludo se adecúa bien al intimismo y la melancolía («Saudade», «Rompimiento») que subyace en estos versos donde priman la sensibilidad y la sugerencia. Más la aceptación, digna de ser celebrada, que el descontento y la amargura que toda existencia lleva, mal que nos pese, aparejados. Tan inevitable como la muerte, que asoma sin remedio: «La muerte no es morir, es lo que pierdes». «En tu boca la vida da la mano a la muerte». «Soy el superviviente de mí mismo», concluye.

Estamos, según creo, ante una poesía que cabe calificar de limpia (no se me ocurre un adjetivo mejor), por transparente y por honesta. Lenta y luminosa. Que huye del artificio, tanto literario como moral. La de «la luz que nombra el mundo». Léase, por ejemplo, «Vasijas».

Medrano es un poeta detallista, meticuloso. Se ve en cada palabra, en cada verso, en cada poema. Todo está perfectamente calibrado: «Tuve fe en las palabras más hermosas/ que con amor brotaron de mis labios». De ahí que transmita sosiego. Y silencio, paradójicamente, por más que esté lejos de participar de manidos presupuestos de tendencia o escuela. Para empezar, porque huye del hermetismo gratuito y de la elipsis arbitraria.

Lo cotidiano («Nada es en vano ni pasa inútilmente») suele ser motivo bastante para llevarlo al poema: «busco la claridad de lo inmediato». En medio de un paseo, pongo por caso: «A veces, toda la sabiduría que requiere un poeta/ desciende de un paseo descalzo por la naturaleza». Ante la visión del mar, un motivo constante. «Cualquier lugar conduce al universo», escribe.

La mirada es esencial aquí. Cada poema, un punto de vista. Y la lectura, por eso hay poemas dialogados, diría, a modo de homenaje incluso, con personas a las que trata o trató y a las que admira como lector: Francisco Pino, Ángel Campos Pámpano, F. J. Irazoki (título de un poema), Fernando Aramburu, José Jiménez Lozano, Tomás Sánchez Santiago… «Cuatro emblemas» da buena cuenta de su concepto de la amistad, línea fundamental de su poética. Véase la tabla de dedicatorias.

La identidad y el yo, además de los otros (léase «El laberinto transparente», sobre su vecino enfermo), ocupan su espacio en esta poesía introspectiva («Ánfora»). En poemas como «De lo adverso», «Desierto», «Claro de alquimia» y «Del presente».

Los poemas de «La muerte tranquila», tercera parte del libro, «van dirigidos a mi madre». «Yo soy también lo que tú eras». «Casa deshabitada» es paradigma de que la contención se impone, incluso en temas tan delicados como este, a lo meramente emocional; a la búsqueda de un equilibrio y una armonía que solo la poesía tal vez pueda ofrecernos.

«Percibir la memoria/ tranquila de las cosas./ Ese espacio apacible/ al paso de la vida,/ el del don de nombrar/ con bondad las palabras».


Poemas de La imperfección de la belleza

Vasijas

En la memoria
reposan
huellas como vasijas
del resto de la vida.
¡Si la vida cupiera
en ánforas más limpias y sin forma!
Haz de una red
mirada con hilos de inocencia.
Que en ti quede la dicha
o una brisa ligera.
Que no atrapes ya nada.
Como un zorzal que cruza,
mira la tarde sostenerse
en la luz que tú creas.

Évora

De nuevo en la ciudad de cal y piedra,
Évora amurallada y cadenciosa,
debo pedir perdón a la rosa que llora.
Sostuvo el pétalo no sólo la ternura
sino su magnitud de aroma en una reja.
El toro en la dehesa pace, inclina
su libertad solar, su calma intacta.

Saudade

Un día más que pasa y se adelgaza,
como el perfil interno que te invade
de una canción que viene y se disuelve
igual que fluye un río y lo conoces
si tocas el frescor de su corriente
y queda luego su rumor y nombre.
De una ciudad con calles que se mueven
resuena un carrusel de mil edades
prendidas de un azúcar de colores
y charcos para pasos que se hunden.
El niño que salió solo a la fiesta
retorna sin reír y antes que nadie.
Entiende que encontrara en las palabras
todo lo que en la vida no sucede.
Si escuchas mi sentir, ven a mirarlo;
para unos ojos lo llené de soles.

De lo adverso
(evocación desde Bellver)

La vida no me ha dado,
como a Tántalo,
otro don que el de la perspectiva
por siempre en la distancia
de los seres amados,
y el sueño de una tierra
más benéfica
o sin el sinsentido de mis pasos.
Detrás de estas ventanas
cada tarde
hago de este destierro
mi clemencia
e invoco la razón
de lo negado.

Claro de alquimia

Detrás de las murallas,
esa necesidad de estar a salvo:
Así, quien limpia heridas
con la dulce memoria
de la flor del cantueso y el eneldo.

El laberinto transparente

He regado las plantas del vecino enfermo.
Sus manos amarillas sobre la manta que le cubre
quieren dejar en orden todo,
apartan unas motas del mantel estirado,
mueve con persistencia suave sus enseres de nuevo,
y me cede de ellos una parte ya extraña
para sus ojos viejos. Casi en total silencio
el tiempo pasa lento en gestos circulares y continuos.
Lo que alcanza su brazo quiere cuidar del mundo
cuando ya su organismo se dispone vencido.
Hay horas invisibles y espacios hacia adentro,
al aliento del cuerpo que resiste al vacío.
Tras el cristal del patio mueve el aire las flores
al temblor de su pulso,
o tal vez acontece, perdida la memoria,
lo que no conocimos y ahora mismo conduce
al tiempo transparente,
a la emoción que apresa un disuelto laberinto.

Casa deshabitada

I

Vaciar una casa.
Llenar cajas, maletas.
Desnudar las paredes
de un interior que todavía acoge
obligado por lo que ya no está
y una distancia, por cierto, inevitable.
Sagrada ceremonia
es despedirse consciente.
Mas no es posible envolver
lo que no asoma
ni quedó tras la marcha
de esa lenta presencia
que sin embargo fuera tan cálida columna
cardinal de este hogar y mis días
hasta ahora. ¡Quién pensara!
A la que hoy
levanto esta fogata
sobre señales mudas, desvestidas
y poderosamente ciertas
que me acompañarán
a donde vaya.


La imperfección de la belleza
Carlos Medrano
Fundación Jorge Guillén, 2024
128 páginas
10 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.


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1 comment on “El don de nombrar

  1. LUIS FERNANDO Sáenz de Miera - Pastor

    «Tuve fe en las palabras más hermosas, que con amor brotaron de mis labios». Las palabras «el vehículo» más importante que tenemos los seres humanos, en las muchas comunicaciones… para entendernos nosotros mismos y a los demás, cuando salen de esa gran sensibilidad de matices de valores humanos, y de una gran riqueza de altruismo, consenso… y espíritu conciliador… la poesía, el arte, la literatura… siempre será el mejor regalo que podemos hacernos entre todos…

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