/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Mi colega y amigo el doctor Joaquín Prats, en un viaje a Roma, compró en una librería de libros antiguos un volumen editado en Milán en enero de 1937 —que me regaló— y cuyo autor era Pietro Badoglio, «mariscal de Italia y duque de Adís Abeba», titulado La guerra de Etiopía, con un amplio prefacio del Duce, Mussolini. Se trata obviamente de un relato de guerra en la que su autor, comandante supremo de las tropas expedicionarias italianas, justifica y explica con cierto detalle el desarrollo de las operaciones militares. Yo, en mis viajes por Italia, he visto en museos, algunas pinturas, imágenes y objetos de esta guerra hoy casi olvidada. Italia no desarrolló un gran imperio colonial en épocas modernas: su unidad, alcanzada en 1870, fue tardía, por lo que su incorporación al club de los colonialistas también lo fue.
Ya en el prólogo, Mussolini resalta que esta guerra fue «una guerra del pueblo», sin ayuda del extranjero. También hace hincapié, apelando a una política de los hechos consumados, en que esta guerra tenía que ser rápida, ya que, de otra forma, la Sociedad de Naciones hubiera podido recabar ayuda para frenarla. Por su parte Badoglio, como militar al servicio del fascismo, explica cómo la guerra de Etiopía fue la respuesta defensiva a una agresión etíope y afirma que la conquista «del imperio negusita» fue rápida, de apenas un año; y destaca las dificultades que tuvo que afrontar el cuerpo expedicionario italiano en un país inhóspito, sin comunicaciones. En este sentido, menciona el esfuerzo que suponía tan solo abastecer al ejército de 500.000 hombres de leña y agua, potabilizarla, transportarla, en un territorio separado por el mar unos cuatro mil kilómetros. Badoglio llama «preventiva» a la primera batalla de esta guerra, en Tembien (21-24 de enero), y comenta que este conflicto bélico carece de precedentes, porque «es una guerra de masas» en un territorio montañoso, de alta montaña, en la que ellos, los italianos, tenían la superioridad moral, espiritual y cultural y también una gran superioridad en armamento moderno. Según él, en esta guerra se demostró la superioridad de los italianos sobre los etíopes. Debido a ella «la Italia Imperial obtendrá nuevos súbditos; el valor, la intrepidez, el poder de nuestra civilización, así como la bondad, la generosidad y la justicia que caracteriza nuestra política cultural, garantizan que, tanto los antiguos súbditos como los nuevos, constituirán en breve tiempo un potente instrumento a la sombra de la bandera tricolor». En su conclusión, el mariscal afirma que «esta guerra fue popular y que en ella ha participado el país entero».
La guerra se inició con la excusa de un incidente fronterizo en Wal Wal en diciembre de 1934. Fue una guerra desigual, en donde al parecer es cierto que Italia utilizó gas mostaza, prohibido por los acuerdos internacionales que el país había firmado. Pero también es cierto que los etíopes castraban a menudo a los prisioneros. Una vez concluida la guerra, se nombró virrey al duque de Aosta, que anunció con gran despliegue de propaganda interna un ambicioso plan de obras para construir tres mil kilómetros de carretera, veinticinco hospitales, oficinas de correos, estaciones telefónicas, acueductos y escuelas. Se prohibió la esclavitud y se eliminaron los derechos feudales. Pero, al mismo tiempo, se prohibió el mestizaje, con una estricta segregación racial.
El costo humano de la guerra por parte etíope fue de unas 300.000 bajas, de las cuales 70.000 fueron muertos, mientras que por parte italiana fueron 50.000, de las cuales 10.000 murieron. La Sociedad de Naciones fue incapaz de detenerla, ello a pesar de que el Imperio etíope y el Reino de Italia eran miembros de la mencionada organización supranacional. Aquel conflicto colonial fue después como un cáncer que destruyó las débiles líneas de convivencia, primero en Europa y despues en el resto del mundo. La guerra colonial afianzó las actitudes racistas y también contribuyó a la popularidad del régimen fascista, y para muchos dirigentes europeos y americanos, el sistema mussoliniano se convirtió en un modelo de eficiencia. Como siempre ocurre, los conflictos mal resueltos, siempre suelen supurar y, a la larga, destruyen a todos: tanto los que están involucrados en ellos como los que se mantienen ajenos.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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