La escritura encubierta

En la Yásnaia Poliana de Yvan Lissorgues y Solange Hibbs

Ricardo Labra evoca la figura del hispanista francés Yvan Lissorgues, nombrado recientemente Hijo Adoptivo de Asturias.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

La crítica en Clarín es, ante todo, acción
Jean-François Botrel

Toulouse es una de las pocas ciudades francesas que conserva con orgullo cierto acento español, renovado por las sucesivas vicisitudes históricas. Sus calles entretejidas en torno al Garonne son como pequeñas ensenadas de acogida, en donde muchas veces han recalado los maltrechos anhelos de los españoles.

Ya sentado en una terraza de la Place du Capitole, y quizá por el efecto del viaje y de la contemplación de los Pirineos, casi como si fueran un estribado horizonte, me vino a la memoria León Tolstói, ese gigante que vivía detrás de los Urales y cuyas barbas blancas sobresalían por encima de sus neveros. Sin embargo, los académicos suecos no lo supieron ver o no lo quisieron reconocer, y otorgaron en 1901 el primer Premio Nobel de Literatura a un poeta francés de segunda fila: Sully Prudhomme.

Pienso que esta evocación de Tolstói en la occitana plaza venía a cuento de la motivación última de mi viaje a la ville rose: la de visitar a otro gigante oculto —y yo diría que también silenciado— entre las cincuenta torres que apaciblemente se reflejan en las aguas del Garonne. Una manera de rendir un sincero tributo a Yvan Lissorgues y a su hercúleo trabajo como hispanista, como estudioso de la literatura española y europea, y como escritor. A Yvan Lissorgues, que junto a Jean-François Botrel es uno de los máximos especialistas en la obra literaria y crítica de Leopoldo Alas Clarín, le sucede algo parecido a lo que aconteció al autor de La Regenta, cuya variedad de registros velaron a sus contemporáneos sus logros creativos, primando la nombradía y la labor del crítico literario sobre su faceta de escritor. Este esquema se repite de manera análoga en Yvan Lissorgues, ya que el intelectual y escritor francés es reconocido sobre todo por su labor investigadora, especialmente alrededor de la figura del hacedor de Guimarán, y no por su sustanciosa obra literaria, mal distribuida y todavía no vertida al español que tanto ama.

Puede que su libro más personal, por su lirismo y por la emotiva evocación de un mundo perdido sea Le «Cahier Noir» de Firmin Coste, dit «Le Poète» (2013), sin olvidar su Lutte finale (2023), novela en la que refleja la crisis de un viejo militante comunista, y sobre la que subyace la querida sombra de su padre: «À Paul, le vrai, mon père, humble lutteur de l’ombre». Pero su obra narrativa no se agota en estas dos significativas narraciones, sino que se prolonga por ficciones sumamente sugestivas como Manuelita (2016), una evocación nostálgica de un tiempo de convivencia y formación de dos jóvenes, casi niños, separados por la guerra, pero cuyo sentimiento sigue vivo «bajo el musgo del tiempo»; Sous la Pierre (2017), cuyo protagonista —el escultor Casimir Couderc—, tras haber pasado veinte años de formación como restaurador de la catedral de Oviedo, se enfrenta, como maestro escultor de la catedral de Rodez, a un reto artístico que transformará su vida y la de las personas que lo ayudan en su monumental tarea; Maurice Collabo (2019), que profundiza en las heridas de la intrahistoria francesa y donde un luchador de la resistencia antifascista busca respuestas; y, finalmente, Moi, Achille, SDF (2020), una revisión novelada sobre los buenos sentimientos en la literatura.

La casa de Yvan Lissorgues se encuentra en un altozano. Una vez abandonada la autopista Toulouse-Albi y pasado el apacible pueblo de Montastruc-la-Conseillère, todavía hay que ascender un trecho por una sinuosa carreterita rural hasta llegar a la comuna de Saint-Jean-Lherm. La casa de Yvan Lissorgues no se deja ver fácilmente, al estar mimetizada con el frondoso paisaje que la preserva de la curiosidad de cualquier paseante. Un breve camino a modo de pórtico, jalonado por dos árboles que trenzan sus ramas configurando una bóveda, nos adentra en los dominios del sabio francés. Fernanda, a la que no se le escapan esos detalles, me señala que los dos árboles abovedados son dos laureles, lo que me lleva inmediatamente al Campo de San Francisco de Oviedo y al monumento de Leopoldo Alas Clarín, que también está circundado por un seto de laurel. La memoria tiene estas caprichosas asociaciones, y tras la breve evocación del Campo de San Francisco me invade la sensación de hallarme en una civilizada Yásnaia Poliana. Clarín y Tolstói no dejan de ser una buena compañía, aunque en esto caso yo sabía que su permanente evocación estaba condicionada por Lissorgues, gran admirador y especialista en los dos escritores.

Solange Hibbs de Lissorgues es la primera que se acerca a nuestro coche, para darnos un abrazo casi antes de abrir la puerta. El sabio francés también nos espera en el porche de su casa con los brazos abiertos y una emoción contenida. Pero este encuentro todavía nos deparaba otra alegría, y es que hasta Saint Jean L’Herm también se habían desplazado los Botrel, Jean-François y Danièle, al enterarse de nuestro viaje —en compañía de Álvaro y Lidia Ruiz de la Peña— a la casa del autor de Clarín, en sus palabras. Sobre Jean-François Botrel y su magna obra me ocuparé en otro artículo.

Fueron muchos e intensos los momentos vividos durante esos días, y las apasionadas conversaciones que mantuvimos en nuestras sobremesas a la española y promenades a la francesa. El adulterio, sin duda, es uno de los grandes temas de las literaturas nacionales de la novela europea del siglo XIX, quizá porque los grandes escritores del realismo europeo buscasen confrontar los valores y los sentimientos de la burguesa sociedad patriarcal de aquella época. En este ámbito temático, argumental y creativo, Leopoldo Alas Clarín se queda solo, como único exponente del panorama literario español; ni tan siquiera el gran Galdós puede oponérsele o hacerle sombra. La Regenta forma parte, por derecho propio, de una selecta pentalogía europea —Madame Bovary, O Primo Basilio, Ana Karenina, Effi Briest y La Regenta— donde la novela del hacedor de Guimarán resiste ventajosamente cualquier comparación. Solo Lissorgues parece dudar entre Ana Karenina y La Regenta, aunque yo le digo con cierto énfasis que creo que todavía asoma, por encima de la novela del gigante ruso, el pináculo de la catedral de Alas Clarín. Otro de los temas que ocuparon nuestra atención es el de la vidriosa relación del obispo fray Ramón Martínez Vigil con Leopoldo Alas Clarín. Una relación compleja de la que todavía no están disipadas muchas dudas, pero en la que todo parece indicar, salvo que aparezca alguna nueva carta o algún nuevo escrito de Clarín que lo contradiga, que el autor de La Regenta fue plenamente consciente de las persistentes tribulaciones del obispo de Oviedo. Jean-François Botrel piensa que, aunque el obispo obrase como obispo, dentro de las funciones y prerrogativas de su cargo, en su acción puede apreciarse cierta animosidad a lo largo del tiempo hacia Leopoldo Alas Clarín, pero que no todo está aclarado y conviene seguir investigando.

En nuestro deambular por un tema y otro, Álvaro Ruiz de la Peña comenta algunos aspectos de la relación de Armando Palacio Valdés con el catedrático de Oviedo, al que el entrialguín guardó cierto resentimiento. También hubo ocasión para hablar de Rosario de Acuña, de la que Solange Hibbs es una de las más consumadas especialistas, y de Xosé Bolado, al que con tanto cariño recuerda la investigadora francesa por su generosidad y desprendimiento. El poeta gijonés (aunque nacido en Oviedo) siempre estuvo atento ante cualquier petición de Solange respecto a Rosario de Acuña.

Tengo que confesar que, al ver el fervor de los allí reunidos, me pregunté en varias ocasiones: ¿qué sería de los escritores españoles sin el trabajo abnegado de los hispanistas? Una estirpe que parece estar en peligro de extinción.

Cuando llegó la hora de la despedida de los Lissorgues —Jean-François y Danièle de Botrel se habían ido unas horas antes, al investigador bretón le esperaba una conferencia en Madrid al día siguiente —, en su abrazo último Yvan me dijo: «¡Qué pena, para mí es tarde, el no habernos conocido antes!».

Descendiendo de la atalaya de la casa de Saint-Jean-Lherm, por la misma carreterita por la que hacía tres días habíamos llegado, un rayo crepuscular transformó el paisaje en una página de oro.

En el despacho de Yvan Lissorgues: Solange Hibbs, Ricardo Labra e Yvan Lissorgues

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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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