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La derecha siempre ha sido radical

Matthew McManus argumenta contra la idea del trumpismo como una radicalización inédita de la derecha mainstream, incidiendo en el corazón antiigualitario del conservadurismo y su perenne disposición a asegurar la desigualdad social por los medios que sea.

/ por Matthew McManus /

Artículo originalmente publicado en The Unpopulist el 18 de mayo de 2024, traducido del inglés por Pablo Batalla

A muchos les ha desconcertado, en estos últimos años, la aparición de una derecha radical y activista en Estados Unidos. Durante décadas había operado un consenso alrededor de la idea de que, a diferencia de los progresistas, la derecha política abogaba por la cautela, la moderación y las reformas lentas. Era emblemática la ocurrencia de Edmund Burke de que hay que reformar para conservar, al igual que la insistencia, más reciente, de Bill Buckley en que el conservadurismo es ponerse delante de la historia para gritar «¡alto!». Aún hoy, algunos true believers permanecen fieles a esta idea. En The conservative sensibility («La sensibilidad conservadora»), George Will dedica casi seiscientas páginas a razonar que el conservadurismo estadounidense es y debe ser ante todo la defensa de la tradición liberal clásica de respeto a una libertad moderada y ordenada.

Y sin embargo, las cosas han cambiado desde el día en que Donald Trump descendió por una escalera mecánica dorada para hablar de los violadores mexicanos que invaden el país. El conservadurismo estadounidense se asocia hoy lo mismo a los chamanes de QAnon que a los mítines y manifestaciones del supremacismo blanco, pasando por las salas de juntas resplandecientes y las respetables madres de familia conocidas como soccer moms. El tono de muchos medios conservadores es iracundo, paranoico e incluso abiertamente insurreccional. Los llamamientos a la «contrarrevolución» frente a la hegemonía progre, la «invasión» y el «reemplazo» se han convertido en parte del paisaje. Políticos trumpizados como Marjorie Taylor Greene se identifican con el nacionalismo cristiano mientras se pasea por la alfombra roja de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) a autoritarios de pacotilla como Viktor Orbán.

Incluso el tenor de los principales intelectuales conservadores parece haber cambiado. En un libro reciente, America’s cultural revolution: how the radical left conquered everything [«La revolución cultural en Estados Unidos: cómo la izquierda radical lo ha conquistado todo»], Chris Rufo abunda en la trillada especie de una revolución cultural provocada por oscuros intelectuales de izquierda (sin las ejecuciones masivas). En su mayor parte, el libro sigue el conocido modelo conservador de leer superficialmente a los autores de izquierda para poder sobredimensionar su influencia más allá de cualquier parecido con la realidad, y sugerir, por ejemplo, que la filósofa marxista y feminista Angela Davis es culpable de los problemas de animosidad racial. A continuación, elude hacerse cargo de sus reivindicaciones patologizándolas en gran medida, atribuyéndolas al resentimiento. He aquí un ejemplo:

«El auténtico corazón de la búsqueda de la liberación, la fuerza motriz detrás de su teoría y praxis, es el nihilismo. [Eldridge] Cleaver creía que violar a las mujeres blancas era “libertad”. Angela Davis pensaba que apuntar con una escopeta al cuello de un juez del condado era “justicia”. Los activistas de Black Lives Matter consideraban que saquear e incendiar centros comerciales era “reparación”. Pero todo esto es, en verdad, puro resentimiento».

El libro de Rufo concluye con un apasionado llamamiento a la «contrarrevolución» a fin de recomponer el país y con la sugerencia de que su objetivo no es tanto conservar como cambiar drásticamente. Glenn Ellmers, del Instituto Claremont, un think tank derechista, hace un énfasis aún más explícito en esto cuando dice: «El conservadurismo ya no es suficiente». Arremente contra el «Conservadurismo Sociedad Anónima» por no hacer lo suficiente para parar los pies al progresismo y admite que los auténticos valores de derechas solo atraen a una «minoría» de los estadounidenses. Pero no se resigna a la ralentización de lo inexorable, porque, a su juicio, «en términos prácticos, no queda casi nada que conservar». Lo que desea en cambio es una «recuperación, o incluso una refundación, de Estados Unidos tal y como fue entendido durante mucho tiempo y originariamente, pero que ahora solo existe en los corazones y las mentes de una minoría de ciudadanos».

Estos puntos de vista no se limitan, por otro lado, a los intelectuales pop. Figuras más de nicho como Patrick Deneen piden un «cambio de régimen» y Yoram Hazony insiste en que «el progresismo lo destruye todo». Eso por no hablar de figuras como Bronze Age Pervert, un influencer anónimo educado en universidades de la Ivy League, considerablemente influyente sobre los jóvenes intelectuales conservadores de posibles y que se autodefine como «fascista o algo peor». En muchos aspectos, los puntos de vista de estas gentes sobre lo que ha de reemplazar al progresismo varían enormemente, tanto en sus detalles como en su radicalidad. La propuesta aristopopulista de Deneen de una aristocracia redistributiva conservadora difiere de la «democracia conservadora» de Hazony, más tradicionalista, y a ambos les horrorizaría el «fascismo o algo peor» de BAP. Pero todas estas figuras quieren derrocar al progresismo e imponer una nueva jerarquía de derechas.

El corazón antiigualitario de la derecha

La aparente nueva radicalidad de la derecha ha desencadenado un comedido examen de conciencia entre los republicanos moderados tanto actuales como antiguos. En el ciclo semanal de los medios de comunicación nunca han faltado los tertulianos que reflexionan en voz alta sobre lo que (aparentemente) le ha ocurrido al Partido Republicano y al movimiento conservador estadounidense en su conjunto. Muchos de ellos tocan una fibra nostálgica y atribuyen la mayor parte de la culpa a Trump y al trumpismo. En Suicide of the West [«El suicidio de Occidente»], Jonah Goldberg admite que la «corrupción» de la derecha no empezó con Trump, pero subraya que este sí que la «aceleró» y dedica la mayor parte de su tiempo a atacar el mal carácter y la grosería del hombre naranja. En su útil guía histórica The right: the hundred year war for American conservatism, Matthew Continetti reconoce que el conservadurismo moderno ha demostrado ser «desagradable» y «vacilante», pero insiste en que puede volver al buen camino «desvinculando al Partido Republicano y al movimiento conservador de Donald Trump». Para estos autores, la pregunta central es cómo hemos pasado de la sólida respetabilidad de Reagan y Bush padre a las teorías de la conspiración que condujeron al asalto al Capitolio y a las especulaciones en torno a una posible segunda guerra civil.

Todo ello se basa en una lectura errada de las convicciones fundamentales de la derecha política, que nunca se ha definido por su responsabilidad o su gestión cautelosa del cambio. En realidad, estas ideas son solo acordes resonantes dentro de una tradición más amplia. El conservadurismo moderado y el liberalismo clásico han sido intelectual y políticamente dominantes en partes del Partido Republicano en varios momentos históricos, pero ese predominio nunca ha sido definitivo, e incluso ocurre que las figuras alineadas con esta perspectiva parezcan algo más radicales si uno se quita las gafas de cristal rosa.

El conservadurismo estadounidense moderno surgió el día que Barry Goldwater, respaldado por la conspirativa John Birch Society y la buena gente de la National Review, declaró que «el extremismo en defensa de la libertad no es un vicio». Los conservadores moderados idolatran ahora a William F. Buckley por su erudición y su polvorienta afectación, pero en su día se autodenominó parte orgullosa de los nuevos radicales y mostró poca intención de conservar el (modesto) Estado del bienestar que había surgido décadas antes del New Deal.Tampoco manifestaba ningún interés en defender los derechos individuales frente al Estado cuando pedía que el Sur «prevaleciera» contra el naciente movimiento por los derechos civiles, al tiempo que desestimaba los argumentos de los «concienzudos igualitaristas». Como decía el propio Buckley,

«La pregunta central que surge —y no es una pregunta parlamentaria, o una pregunta que se responda simplemente consultando un catálogo de los derechos de los ciudadanos estadounidenses, nacidos iguales—, es si los blancos del Sur tienen derecho a tomar las medidas que sean necesarias para prevalecer, política y culturalmente, en áreas en las que no predominan numéricamente. La respuesta aleccionadora es: sí, la comunidad blanca tiene ese derecho porque, por el momento, es la raza avanzada. No es fácil, y es desagradable, esgrimir estadísticas que evidencien la superioridad cultural media de los blancos sobre los negros; pero es un hecho que nos avasalla; uno que no puede ser ocultado por los concienzudos igualitaristas y antropólogos».

Ronald Reagan ha sido casi aclamado, durante mucho tiempo, como un dios del movimiento conservador estadounidense. Pero pocos de sus apologetas mencionan que el gran polemista, que decía que nada era más aterrador que un funcionario del Gobierno que afirmaba estar ahí para ayudarte, también presidió una ola masiva de encarcelamientos. Esto se justificó en parte por las altas tasas de criminalidad estadounidenses, pero analistas como William J. Stuntz han señalado que la respuesta fue muy superior a lo que se necesitaba y probablemente no contribuyó a la disminución de dichas tasas. Al final de los años de Reagan y Bush, había más gente en prisión en la tierra de los libres que en la Unión Soviética, o de hecho en cualquier otro lugar de la Tierra. Esto continuó bajo los gobiernos demócratas posteriores, toda vez que la ventana de Overton de la política contra el crimen se había desplazado firmemente hacia la derecha.

Entonces, si la moderación y la precaución no son esenciales para la derecha, ¿qué lo es? Dedico mucho espacio a argumentar que radica en un rechazo de los ideales modernistas de igualdad y libertad para todos en mi reciente libro The political right and equality [«La derecha política y la igualdad»]. Pero en caso de que algunos lectores no confíen en la palabra de un izquierdista certificado, socialista progresista, la esencia de la derecha política fue bien capturada por F. A. Hayek en su «Por qué no soy conservador». Señala allá que la derecha se define, por encima de todo, por la convicción de que hay «personas reconociblemente superiores» en la sociedad. Y en virtud de ser reconociblemente superiores, merecen más:

«La mentalidad conservadora, en definitiva, entiende que dentro de cada sociedad existen personas patentemente superiores, cuyas valoraciones, posiciones y categorías deben protegerse, correspondiendo a tales excepcionales sujetos un mayor peso en la gestión de los negocios públicos. Los liberales, naturalmente, no niegan que hay personas de superioridad indudable; en modo alguno son igualitaristas. Pero no creen que haya nadie que por sí y ante sí se halle facultado para decidir subjetivamente quiénes, entre los ciudadanos, deban ocupar esos puestos privilegiados. Mientras el conservador tiende a mantener cierta predeterminada jerarquía y desea ejercer la autoridad para defender la posición de aquellos a quienes él personalmente valora, el liberal entiende que ninguna posición otrora conquistada debe ser protegida contra los embates del mercado mediante privilegios, autorizaciones monopolísticas o intervenciones coactivas del Estado. El liberal no desconoce el decisivo papel que ciertas élites desempeñan en el progreso cultural e intelectual de nuestra civilización; pero estima que quienes pretenden ocupar en la sociedad una posición preponderante deben demostrar esa pretendida superioridad acatando las mismas normas que se aplican a los demás».

La perdurable radicalidad de la derecha

Otro héroe conservador, James Fitzjames Stephen, un filósofo británico de principios del siglo XIX, criticaba célebremente, en Libertad, igualdad, fraternidad, la promoción de una libertad desenfrenada hecha por John Stuart Mill en Sobre la libertad:

«[E]l entusiasmo por la libertad […] es difícilmente compatible con algo así como un sentido adecuado de la importancia de la virtud de la obediencia; de la disciplina en su sentido más amplio. La actitud mental engendrada por la glorificación continua del tiempo presente, y de resistencia exitosa frente a una autoridad que se supone usurpadora y tonta, es casi necesariamente fatal para el reconocimiento del hecho de que obedecer a un verdadero superior, someterse a una necesidad real y sacar lo mejor de ella en buena parte, es una de las virtudes más importantes de todas; una virtud absolutamente esencial para la consecución de cualquier cosa grande y duradera».

Esta convicción de que hay varios «superiores auténticos» en la sociedad a los que se debe obediencia es tan crucial para este campo político que marcó incluso a alguien tan comparativamente de centro-derecha como Stephen. Este insistía por ejemplo en la subordinación continua de las mujeres, oponiéndose a los argumentos de Mill en pos de la igualdad de sexos. Afirmaba que era «evidente» que debíamos reconocer «la desigualdad de sexos para los mismos propósitos, si es una desigualdad real». ¿Lo es? He aquí su respuesta:

«Hay algunas aserciones que son difíciles de probar, porque son muy claras, y esta es una de ellas. Las diferencias físicas entre los dos sexos afectan a todas las porciones del cuerpo humano, desde el pelo de la cabeza hasta las plantas de los pies, desde el tamaño y densidad de los huesos hasta la textura del cerebro y el carácter del sistema nervioso. Las personas ingeniosas pueden discutir sobre cualquier cosa, y el señor Mill dice un gran número de cosas sobre las mujeres que, como ya he observado, no discutiré; pero toda la palabrería del mundo nunca desmentirá la proposición de que los hombres son más fuertes que las mujeres en todos los aspectos. Tienen mayor fuerza muscular y nerviosa, mayor fuerza intelectual, mayor vigor de carácter. Esta verdad general, que se ha observado en toda clase de circunstancias y en todas las épocas y países, ha conducido también en todas las épocas y países a una división del trabajo entre hombres y mujeres, cuyo esquema general es tan familiar y universal como el esquema general de las diferencias entre ellos».

Cuando se reconoce que la derecha política se define ante todo por esta resistencia a la igualdad y por la veneración, incluso el culto puro y duro, de las personas «reconocible» o «genuinamente» superiores, desaparece gran parte de la ambigüedad que rodea a la derecha. Pocos comentaristas de la derecha política han hecho un trabajo de captura de sus principios mejor que el de Corey Robin en La mente reaccionaria: el conservadurismo desde Edmund Burke hasta Donald Trump. Robin subraya que la derecha siempre ha surgido como respuesta a los movimientos democráticos e igualitarios de la izquierda, y constituye un proyecto intelectual y político perdurable en pos, bien de la preservación de las jerarquías existentes, bien de su sustitución por jerarquías nuevas que resulten más eficaces. Basándonos en el análisis de Robin, podemos decir que cuando la derecha siente que está en «el asiento del conductor», a menudo adopta un tono de moderación y conservadurismo; pero cuando percibe que los progresistas llevan demasiado tiempo en dicho asiento, sus demandas de un cambio radical e incluso de una élite gobernante nueva y más efectiva pasan a primer plano. A menudo, esto significará encontrar atractivo en cualquier figura o movimiento que comparta el rechazo del igualitarismo moderno.

Bronze Age Pervert resumía hace poco este punto de vista en un conjunto de reflexiones en torno a la elección del presidente argentino Javier Milei. El triunfo mileísta ha sido celebrado por muchos en la derecha, lo que generó desconcierto en los comentaristas incapaces de entender cómo la misma gente que elogiaba el estatismo y el autoritarismo de Trump y Orbán un día podía estar vitoreando a un libertariano al siguiente. Lo cierto es que hay una tensión bastante clara entre los diferentes impulsos y argumentos de la derecha, e incluso entre conservadores y libertarianos; pero BAP hace un comentario que ayuda a explicar la conexión que él percibe entre Trump/Orbán y Milei como figuras que atacan por igual a los enemigos igualitarios de la derecha. La elección de Milei es para BAP una «detención de la lógica democrática» que viene a hacer retroceder «los impuestos avasalladores, las regulaciones en nombre de la justicia social que destruyen todas las empresas y, en última instancia, significan la esclavización de la minoría de los buenos, los inteligentes y los talentosos para proporcionar bienes a la mayoría de tontos, zoquetes y estúpidos». BAP cree, con razón o sin ella, que tanto el trumpismo como Milei ven el mundo dividido entre ganadores y perdedores, y que los perdedores obtienen demasiado dinero gratis bajo la égida progresista. Esa plasticidad moral se ha convertido en característica del trumpismo en su conjunto, vinculado a predicadores evangélicos que hacen esfuerzos verdaderamente heroicos para presentar a un adúltero en serie como el arma secreta de Dios para detener la caída en la degeneración y el libertinaje.

En Estados Unidos, la derecha siente claramente que la izquierda lleva demasiado tiempo en el asiento del conductor y que con el «conservadurismo» moderado ya no basta. La retórica del «orden», típicamente alineada con la defensa del statu quo, adquiere ahora un matiz más metafísico, ya que la derecha exige un retorno o transición a la jerarquía adecuada para detener el declive provocado por el progresismo. Esto puede requerir incluso un cambio de régimen y una refundación, que desafíe la literalidad de la ley, demasiado liberal, en nombre de superiores leyes naturales pero misteriosas, que exigen la preservación de la desigualdad.

Teniendo esto en cuenta, es hora de reconocer que no hay vuelta atrás posible a ese liberal-conservadurismo normal que, para empezar, nunca fue tan normal de los sesenta para acá. La carga de defender los principios liberales de igualdad, libertad y solidaridad para todos está donde siempre estuvo: en las espaldas de los progresistas que ponen un espejo frente al liberalismo y le piden que esté a la altura de esos principios.


Matthew McManus es profesor de la Universidad de Michigan y autor de The rise of post-modern conservatism y The political right and equality, entre otros libros. Actualmente, trabaja en otro que será publicado con el título The political theory of liberal socialism.


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