/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
La relación de amistad de Armando Palacio Valdés y Leopoldo Alas Clarín es más conocida por sus luces que por sus sombras. En el relato de su amistad prevalecen sus precursores sueños literarios, compartidos en Oviedo y en sus veraneos y cortejos por Candás, así como sus festejadas veleidades críticas en Madrid, en torno a la vitriólica tertulia del Bilis Club. Una amistad que recorre sus vidas y en la que en alguna de sus etapas Armando Palacio Valdés tuvo que ejercer la diplomática función de valedor de las cuitas mundanas de Alas Clarín.
En sus inicios literarios, no es que Palacio Valdés fuera el más precoz de los dos literatos, pero sí el primero que alcanzó cierta fama de escritor, por anteceder en sus publicaciones a Leopoldo Alas Clarín, motivo por el cual, en su conjunta compilación crítica sobre La literatura en 1881, el entrialguín preceda al hacedor de Guimarán. En aquellas fechas, Palacio Valdés contaba en su bibliografía con los siguientes títulos: Los oradores del Ateneo, Novelistas contemporáneos, Nuevo viaje al Parnaso, Tres cuentos (en colaboración) y El señorito Octavio; mientras que Leopoldo Alas Clarín apenas disponía en su haber de su tesis —El Derecho y la Moralidad— y de sus Solos de Clarín.
No obstante, en estos artículos críticos ya puede observarse una notable diferencia entre los dos autores, percibiéndose claramente una mayor consistencia en el enfoque crítico clariniano, mucho más atento a lo que acontecía en Europa. Por ejemplo, Palacio Valdés apenas entra en la cuestión palpitante del momento: la zolesca influencia del naturalismo francés en la narrativa española, mientras que Alas Clarín lo aborda con lucidez en diferentes artículos.
La relación entre escritores siempre es complicada al entrecruzarse en ella diferentes intereses que a veces se contraponen, dificultando sus equilibrios. Se puede estimar mucho a un amigo, pero, si además es escritor, también puede darse el caso de que no se aprecie en igual medida su escritura. En estas morbosas situaciones, motivadas por tan disímiles sentimientos, siempre resulta difícil mantener los contrapesos emocionales que exige la amistad, debido a que la mayoría de los escritores no suelen perdonar que se subestime su literatura, por mucho que se les manifieste un verdadero afecto.
Alas Clarín apreció más al amigo que al escritor, como dejó claro en la carta que envió en 1884 a Benito Pérez Galdós, antes de publicarse el primer tomo de La Regenta, en el que describe con objetivo distanciamiento las cualidades de Armando Palacio Valdés como novelista:
«los únicos novelistas son usted [Galdós] y Pereda y de la parte contraria Alarcón y algo Valera […] Armando [Palacio Valdés] tiene muchas cualidades de novelista, pero le faltan otras y entre ellas la salud necesaria para estudiar mucho, penetrar la vida, las ideas, dar valor interior a sus cuadros: sin esto se hacen cosas bonitas, pero no basta. Esto mirando las cosas desde muy arriba; ahora comparando a Armando con Picón, Navarrete, etc. me parece un águila; no sé si me cegará la pasión».
En este fragmento puede comprobarse que a Leopoldo Alas no le cegaba la amistad, o mejor, que sabía diferenciar muy bien una cosa de otra: el afecto a Palacio Valdés y el valor de su literatura; de hecho, las apreciaciones que hace privadamente a Galdós sobre el autor de El señorito Octavio se muestran sumamente acertadas desde la perspectiva del tiempo. Ciertamente, a Palacio Valdés, como luego se encargó el mismo de refrendar a lo largo de su vasta obra, le faltaba profundidad para perfilar los velados entresijos de sus personajes; y, como bien percibió Alas Clarín, con esas epidérmicas cualidades solo se puede hacer como mucho «cosas bonitas, pero [con eso] no basta» para ser un gran escritor.
Estas desapasionadas apreciaciones tenían que transparentarse en su relación con Armando Palacio Valdés. El entrialguín supo sobrellevar con cierta resignación la indisimulable tibieza de Alas Clarín hacia su obra, pero no pudo evitar su resentimiento en su Testamento literario (1929), una vez muerto Alas Clarín y estando su legado literario, La Regenta incluida, en la almoneda del olvido. Para ello, escribe un pequeño preámbulo, señalando que tiene compañeros «que les importa poco ser estimados, con tal que los admiren. Por el contrario, yo he preferido siempre la estimación personal al renombre. Si me admirasen como escritor y me temiesen o despreciasen como hombre, la gloria me causaría horror». Preámbulo que le sirve para ejemplificar contrastivamente esos dos tipos de amistad que señala, la que pretende la estimación personal y la que solo busca la vanidad literaria, encarnando la primera Tomás Tuero y la segunda Leopoldo Alas Clarín; de este último declara que:
«No fue un humorista en el sentido verdadero de la palabra. Para ello le faltaba la piedad. Fue un hijo de Voltaire, emperador y rey del persiflage, como lo han sido Heine y Larra. Fue al mismo tiempo un crítico de gran relieve, aunque su influencia sobre las letras patrias no ha sido tan feliz como debiera a causa de su falta de ponderación. Era extremoso y apasionado en sus juicios. Tuvo siempre ídolos, a los cuales no permitía que se tocase. Cuando uno de estos aparecía, se echaba boca abajo como los fanáticos indios y dejaba que las ruedas de su carro le triturasen los huesos. En cambio, enseñaba casi siempre los dientes a los escritores noveles. Por estos apasionamientos fue tan odiado cuando vivió, que, por defenderle, más de una vez nos hemos visto los amigos expuestos a lances desagradables».
Esta despiadada andanada caricaturesca con la que Armando Palacio Valdés retrata a Alas Clarín demuestra que el entrialguín no solo pretendía la estimación personal de su amigo —nunca puesta en duda por el catedrático de Oviedo—, sino, sobre todo, la valoración literaria del «crítico de gran relieve» que nunca obtuvo en el grado deseado; de ahí su póstumo resarcimiento.
A Palacio Valdés —como a la mayoría de los escritores españoles— tuvo que pillarle por sorpresa la publicación de La Regenta, y, aunque puede que nunca haya sido tan consciente como Pérez Galdós de su valía literaria, también intentó darle su réplica en El maestrante, aunque con menor fortuna que el escritor canario con su Fortunata y Jacinta. La influencia de Alas Clarín incluso se deja notar en La aldea perdida, debido a que el sustantivo tema de la industrialización de Asturias, a través del carbón y de las vías que este mineral abría a otras industrias y empresas había sido desarrollado pioneramente en La Regenta (cap. XV) y en Su único hijo: donde se refleja, por mediación de los Valcárcel y de los Koener, la traslación de capitales de la aristocracia y de los terratenientes asturianos hacia los sectores industriales; aunque la influencia más evidente en la afamada novela valdesiana se encuentre en la descripción que Alas Clarín hace de Matalerejo, el pueblo minero originario de Paula Raíces y de Fermín de Pas. Un pueblo que a todas luces parece corresponderse con El Entrego, la tierra originaria de los García-Argüelles. No obstante, como es obvio —y además sería objeto de otro comentario—, la diferencia en el tratamiento de la industrialización de Asturias difiere sustantivamente en los dos autores.
El maestrante forma parte del reducido elenco de las grandes novelas de Oviedo, aunque ello no impide que pueda considerarse, al menos en sus primeras intenciones, como una contrafigura de La Regenta. En los títulos de ambas novelas ya se observa cierto paralelismo: La regenta / El maestrante. Si Leopoldo Alas Clarín inicia su novela a comienzos del otoño con «el viento Sur, caliente y perezoso» empujando «las nubes blanquecinas», Armando Palacio Valdés inicia la suya presentando su Lancia (la Vetusta clariniana) en «las entrañas mismas del invierno […] y soplando un viento del noroeste recio y empapado de lluvia», por lo que con «dificultad se encontraba alma viviente». Esta descripción sirve a su autor para contraponer, enmendadoramente, el inicio de La Regenta —«La heroica ciudad dormía la siesta»— con un revelador aserto: «No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño».
Pero, paradójicamente, a pesar de sus esfuerzos por presentarnos una Lancia más abierta que la Vetusta clariniana, la trama argumental de El maestrante se urde en una ciudad todavía más sombría, cerrada y prejuiciosa que la de La Regenta. Armando Palacio Valdés no logra salirse de los arquetipos y estereotipos clarinianos, que vuelven a surcar las páginas de El maestrante en medio de una atmósfera todavía más enrarecida e irrespirable que en la fementida Vetusta. Ejemplo de ello es el viejo palacio de Quiñones de León, por cuyos salones desfila una buena representación de la decadente sociedad lanciana.
La novela presenta dos hilos que entretejen la urdimbre de su trama argumental. El primero de ellos se centra en el adulterio del conde de Onís y de Amalia, la mujer de don Pedro Quiñones, configurado conflictivamente en torno a un doble eje amoroso entre el conde de Onís y la bella Fernanda Estrada Rosa, hija del más rico banquero y negociante de la ciudad. Quizá lo más significativo de este triángulo amoroso se encuentre en la caracterización de Amalia como auténtica femme fatale y elemento catalizador de las peripecias de la novela, que el autor convierte en una antiheroína alejada de los prototipos femeninos decimonónicos. Una mujer en la que Armando Palacio Valdés recrea a la malvada Lilith, dotándola de las tópicas cualidades con las que tradicionalmente el patriarcado ha venido perfilando los rasgos de las mujeres que contravienen sus reglas sociales. El maestrante, siguiendo este primer hilo conductor, no deja de ser un estrecho remedo del universo vetustense, con acentos más folclóricos y bufonescos, como evidencia el trazo grueso de ciertos personajes, desde el zafio Manín, criado o mayordomo de don Pedro, a los pintorescos contertulios y compañeros de juego de la aristocrática mansión de los Quiñones. Debido a ello, como derivada secundaria de la trama, también se recrea en sus páginas la subrepticia confrontación entre las viejas estirpes de la ciudad y las nuevas clases sociales emergentes: una vía frustrada, a todas luces, de esperanza y renovación.
El segundo hilo que entreteje la trama de la novela adquiere una mayor relevancia, no solo argumental sino sociológica e historiográfica, al centrarse en los malos tratos padecidos por la niña Josefina, fruto del amor espurio entre Luis de Onís y Amalia de Quiñones. Un tema abordado hasta la fecha de manera tangencial en nuestra literatura, desde El lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache a algunas novelas de Galdós, como Marianela (1878), La desheredada (1881) y Miau (1888), por lo que Armando Palacio Valdés tiene la vitola de ser el escritor que con mayor discernimiento abordó este silenciado drama del maltrato infantil. El desarrollo de la degradación padecida por la niña Josefina como consecuencia de su deshumanización, a través de la violencia instrumental que sobre ella ejerce su madre para doblegar y someter a su padre —don Luis, el conde de Onís—, eleva la novela a otras costas de interés que exceden la propia trama novelesca, transmutando a sus personajes principales: la femme fatale en una filicida Medea, y al sumiso don Juan en un atribulado padre.
Palacio Valdés, a pesar de la inclinación reaccionaria de sus últimos años, reviste una compleja personalidad, como agudamente señala Álvaro Ruiz de la Peña en su prólogo de la edición Austral de La aldea perdida, por lo que resultaría pueril «mantener su obra literaria dentro de los rígidos límites de la moral católica. Parece, por tanto, escasamente justo seguir hablando de Palacio Valdés como uno de los escritores reaccionarios de la España anterior a la guerra civil».
En El maestrante, quizá mejor que en cualquier otra de sus novelas, pueden verse las complejidades y contradicciones del pensamiento valdesiano. En la enrarecida atmósfera de sus clarinianas páginas describe una sociedad más despiadada y rancia que la que puede entreverse en los fragmentos más ásperos de La Regenta, como cuando señala la aviesa propensión de los habitantes de Lancia por la alevosa murmuración: «¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban entre aquellos maldicientes!», hasta llegar a convertir a toda la ciudad en cómplice del martirio de la niña Josefina, símbolo de la pureza y de la ingenuidad.
Entonces, cabe preguntarse por qué este amargo retrato no levantó ningún aire de protesta en Oviedo —ni del cálido Sur ni del destemplado noroeste—, o por qué tuvo una recepción tan distinta a La Regenta y no ha dejado apenas rencorosa huella entre sus habitantes. Quizá para responder a estos interrogantes haya que volver de nuevo a las impresiones vertidas por Alas Clarín en su carta a Pérez Galdós, debido a que la novela adolece de cierta falta de profundidad en sus personajes y de una acusada liviandad en algunas de sus bucólicas descripciones que preludian las que el entrialguín desarrollará con prodigalidad en La aldea perdida.
El maestrante no deja de ser un esqueje mermado de La Regenta. El propio Palacio Valdés evoca en el capítulo IX de su novela el relato clariniano de El diablo en Semana Santa, precursor de la obra maestra del hacedor de Guimarán: «Satanás, que amaneció de humor campechano, envió a Lancia al más travieso y juguetón de los demonios con intención de despertarla». En este capítulo Palacio Valdés vuelve a entrar en contradicción con sus intentos iniciales de mostrarnos una ciudad despierta, y otra vez vuelve a mostrarse, como tantos autores que lo siguieron, incapaz de sustraerse a los clarividentes arquetipos y estereotipos clarinianos.
El maestrante, no por ello deja de ser una de las grandes novelas de Oviedo y también de nuestro doblemente nominado al Premio Nobel.

Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.
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