/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Dolores Medio falleció en Oviedo el 16 de diciembre de 1996, el mismo día en que cumplía 85 años y se presentaba en su ciudad la novela Celda común, inédita durante casi treinta años. Al destino, ya lo dijo Borges, le agradan las simetrías. Otra cosa es que estas tengan algún significado especial más allá del de recordarnos que todo en esta vida está gobernado por una suerte caprichosa que nos hace tan frágiles como vulnerables. Algo de esto sabía la propia Dolores Medio, cuya biografía incluye no pocos accidentes, aunque no estoy muy seguro de si la invisibilidad que rodeó la escritura en sus últimos años guarda relación con el azar o con el destino (ese otro azar que se pone túnicas griegas). Diría, más bien, que en ello tienen un considerable peso unas dinámicas culturales concretas, las mismas que fueron poniendo en jaque la obra de todos aquellos escritores que no supieron o no quisieron sumarse a la efervescencia esteticista y a la juguetería literaria que llegó a España en los sesenta. Fue Salinas el que escribió eso de «qué fácil es perderse en una recta». Pues algo así le ocurrió a Dolores Medio. La solución a esa voluntad por mantenerse dentro de unos esquemas ajenos a la literatura con coturnos que se reclamaba desde las altas instituciones literarias fue un progresivo declive y luego el olvido. Así hasta hoy.
Nadie hubiera pensado que ese fuera a ser el final de la ganadora del Premio Nadal de 1952. Dolores Medio tenía poco más de cuarenta años cuando se hizo con el galardón más codiciado de la narrativa española por una novela titulada Nosotros, los Rivero. Era una desconocida y la tercera mujer que lo conseguía después de Carmen Laforet y Elena Quiroga y no se enteró de la noticia hasta que un periodista del Abc se presentó en su casa de Madrid a las dos de la madrugada para darle un susto de muerte y, de paso, hacerle una entrevista. Que hoy sucediera algo así, que un reportero llame a la puerta de un escritor en mitad de la noche para conseguir una exclusiva porque ha recibido tal o cual premio, nos parece una marcianada, pero es que en los años cincuenta el Nadal no era cualquier cosa. El libro fue un gran éxito, tal vez porque en ese retrato de Oviedo que cubría las primeras décadas del siglo XX hasta la revolución del 34 resultaba fácil reconocer unos antecedentes. No solo por la deuda con la novela de Clarín, que se identifica desde el inicio cuando la narradora evoca una ciudad dormida y cuyo mensaje crítico sobre los hábitos hipócritas y las aspiraciones de la clase media es puesto al día, sino porque en el discurrir de la vida de Lena Rivero, la protagonista, y en el reflejo de los ambientes por los que esta se mueve había cierto aire de familia con el de otras ciudades de provincia. Hubo que esperar unos cuantos años más para que Oviedo encontrara, después de Clarín y de Dolores Medio, a otro escritor capaz de contar sus rincones. Sí: hay libros que más que leerse, se pasean. El último de esos narradores en obligarnos a subir el cuello de la gabardina mientras caminamos bajo el orvallo sería el gran José Avello y su Jugadores de billar, pero esa es otra historia.
La censura, cómo no, hizo de las suyas con Nosotros, los Rivero. El libro estaba a punto de salir, pero para conseguir la autorización gubernativa había que eliminar las simpatías de la escritora hacia la causa socialista, unas cuantas alusiones al poder de la Iglesia que se consideraron inmorales y, sobre todo, un escabroso pasaje en el que Lena sufría una agresión sexual por parte de uno de los amigos de la familia en el interior de la catedral de Oviedo. Como ven, Clarín está por todas partes. La autora nunca habló de este episodio. Qué iba a decir, si era lo habitual. Escribió a la administración, se defendió como pudo y rogó y suplicó hasta el punto de humillarse, pero al final no le quedó otra que hacer una poda completa. El texto que llegó al Nadal contenía, por tanto, abundantes modificaciones. Hasta hace dos días las distintas ediciones de la novela no habían repuesto los pasajes que expurgó la tijera del censor y eso nos debería hacer pensar en el letricidio, según la ajustada denominación de Fernando Larraz, que se produjo en nuestro país durante la dictadura y en cuántos fragmentos de las obras que hemos leído se nos siguen escamoteando hoy por no hacer una adecuada revisión de los textos.
El lector-censor de aquella primera versión de Nosotros, los Rivero se despachó a gusto contra la autora, a la que acusó de inmoral y de inquietudes comunistas. Que si su imaginación era deplorable y pecaba de tenebrismo, sordidez y que sé yo cuántas cosas más. En realidad, lo que había hecho Dolores Medio no era más que sumergirse en sus recuerdos y contar lo que había sido su propia vida hasta entonces. Nacida en un ambiente burgués e hija de un indiano que se arruinó varias veces y murió poco después dejando a la familia en una situación muy precaria, la autora chocó desde muy joven con la rigidez del entorno tradicionalista que encarnaba su madre y empezó a trabajar, compaginando las labores fuera y dentro de casa con los estudios de magisterio. Eran los años previos al estallido de la guerra y aquellos maestros formados en la Institución Libre de Enseñanza no siempre contaban con un buen recibimiento por parte de las autoridades locales. Dolores Medio no fue una excepción cuando empezó a enseñar en las escuelas de distintos pueblos de Asturias. El párroco del pueblo de Nava donde impartía clases la denunció por ataques a la religión y a la patria, así como por hacer propaganda subversiva. Un carácter rebelde y sus ideas feministas y liberales, a las que se añadía el noviazgo con un hombre de familia conservadora, pero pensamiento progresista, y al que había conocido en la facultad, despertaban no pocos recelos y habrían de llegar al conflicto directo cuando Asturias quedó en manos de los nacionales. Como otras muchas maestras republicanas, la escritora asturiana fue apartada de su plaza y vivió la guerra en Oviedo, intentando pasar desapercibida y esquivando las denuncias. Todo ello, así como la historia de la relación con aquel amor juvenil, superviviente de la prisión de Castropol gracias a los esfuerzos y privaciones de la autora y que después de ser excarcelado la dejó plantada, lo contó en uno de sus mejores libros, Diario de una maestra, y aún con más detalle en el primer volumen de sus memorias, Atrapados en la ratonera, publicado al inicio de la década de los ochenta. Sobra decir que aquel, y como ya le ocurriera a su primera novela, fue masacrado por la censura.
Habrá quien ponga pegas a la obra de Dolores Medio diciendo que el realismo social de muchos de sus títulos peca de ingenuo, que su estilo está pasado de moda o que es una escritora que abusa de lo vivido y apenas tiene imaginación. Yo pienso, en cambio, que ese realismo es solo en apariencia superficial. La autora asturiana tenía muy claro lo que quería contar y cómo quería contarlo. Digamos que iba un poco a su aire. Cierto es que no hay en sus novelas el tremendismo, la negrura o el énfasis reivindicativo que asoma en la literatura de la promoción del cincuenta, pero eso no quita para que se muestren con toda nitidez y compromiso crítico los engranajes sociales de su época, revelando sus rasgos más conservadores y problemáticos. En este punto, por otra parte, es importante no olvidar los estropicios (mayores que en la de otros escritores varones de su generación) que la censura causó en buena parte de su producción y que limitaron su denuncia. En cuanto al rechazo a una escritura demodé y folletinesca, se explica si lo ponemos en relación con el mismo desprecio que un autor como Galdós sufrió a lo largo de todo el siglo XX a manos de los paladines del buen gusto. Llegados los setenta, cualquier forma de realismo estaba desprestigiada tanto por los nuevos nombres como por muchos de los que habían militado en las filas de la narrativa social. Los libros de Dolores Medio, como los de López Salinas, Ferres, Olmo y tantos otros, olían a berza; peor, a una suciedad que no tenía que ver solo con cuartos mal ventilados y rellanos con manchas de orín y humedad, sino a una suciedad mental y moral. No es extraño, por tanto, que, en los nuevos ambientes, que se querían modernos a fuerza de defender la autonomía de lo literario sobre la realidad, una escritora como Dolores Medio estuviera condenada a ser invisible. Habría que ver, no obstante, qué ha quedado de todos aquellos experimentos formales, cuyo singular prestigio fue siempre inversamente proporcional al número de lectores. Por último, en lo que toca a la simbiosis entre autobiografía y ficción y la presunta falta de imaginación que hay en su obra, pues qué quieren que les diga. A estas alturas, cuando los escritores hacen cola para entregar a su editor libros sobre traumas varios, esos reproches parecen tan ridículos como injustos. Las novelas de Dolores Medio, con su carga testimonial, hablan con sinceridad y valentía de lo que significaba vivir en un presente miserable que, a pesar de la distancia, se nos hace real, muy real. Fíjense, si no, en Funcionario público, novela centrada en las dificultades de un matrimonio joven agobiado por el problema de la vivienda, o en una de las novelas suyas que prefiero, Bibiana, publicada en 1963, y donde abordó un aspecto que la literatura española ha tendido a soslayar, como es el de la experiencia y la vida de las amas de casa, aquí en permanente lucha por mantener la precaria economía familiar frente a la subida de precios del mercado. Les suenan estos temas, ¿verdad?
No hubo, sin embargo, nada qué hacer. La Causa General abierta contra la narrativa social prosiguió imparable y, como les decía antes, tras estos títulos la estrella literaria de Dolores Medio fue languideciendo, con el abandono del catálogo de los grandes sellos y una atención crítica cada vez más escasa. La autora asturiana, sin embargo, siguió escribiendo y dio el salto a la televisión, realizando las adaptaciones de algunos de sus cuentos. En el Madrid de principios de los sesenta se había convertido en una figura habitual de la bohemia y frecuentaba las tertulias del Café Gijón, vestida con corbata y unas enormes gafas como las de Audrey Hepburn en Dos en la carretera. El público, sin embargo, tenía la imagen de una mujer solitaria y alejada de los grandes focos intelectuales. Cosas de la prensa y de las editoriales, preocupadas también por disimular otras facetas más conflictivas, como sus reivindicaciones feministas o su oposición al régimen. Ambas le costaron la cárcel en 1962, cuando decidió apoyar en Sol las protestas en solidaridad con la huelga de los mineros asturianos. Algo de eso se cuenta en Bibiana, donde la protagonista es detenida por acudir a una manifestación, pero es narrado todavía con más crudeza en Celda común, el libro del que les hablaba al principio, y que tuvo que esperar treinta años a ser publicado. Un mes y pico estuvo la escritora en la prisión de Las Ventas, acompañada de prostitutas, ladronas y asesinas, y todo porque no aceptó pagar la multa que le puso el comisario de turno. Ni el partido comunista ni ninguna otra organización quisieron hacerse cargo de la fianza.
Celda común es, por cierto, una de las mejores obras de Dolores Medio y también una de los más desconocidas. Para empezar, ofrece un retrato certero de lo que significaba la reclusión en las cárceles del tardofranquismo: el miedo, la vulnerabilidad, el sentimiento de desposesión y soledad ante la perspectiva de verse introducido en un mundo nuevo y distinto donde el tiempo se mide de otra manera. Junto a ello, la voluntad por sobrevivir a ese espacio hostil sin desertar de unos ideales. Las presas comunes, dice Dolores Medio, no se mezclaban con las politiconas, de las que recelaban. La novela, escrita mediante breves y rápidos diálogos, gira en torno a esa difícil convivencia, que va pasando lentamente del desconcierto y la desconfianza a la solidaridad y la camaradería. En este sentido, el mayor acierto de Celda común es que la narradora que describe la inmundicia, el olor insoportable y la ley de la selva que impera en prisión nunca juzga a esas mujeres vapuleadas por la vida. Más bien hace un esfuerzo por dejar a un lado sus prejuicios y comprender su situación y, así, la novela se convierte en denuncia de una sociedad machista, cruel e injusta que se aprovecha y condena a las mujeres que ejercen la prostitución, pero no a los hombres que se sirven de ella.
En la primera entrevista que Dolores Medio concedió tras ganar el Nadal, dijo que con el dinero del premio pensaba crear una revista femenina. No cumplió su propósito. Décadas después, y cuando ya había vuelto a Oviedo, costeó una fundación que buscaba dar a conocer autores noveles. La obligaron a cambiar el nombre, Fundación Principado de Asturias, para que no se confundiera con la de los Borbones. En aquellos últimos años solía pasear por Oviedo con un carro de la compra lleno de libros de su biblioteca que iba dejando por rincones de la ciudad, a la espera de que encontraran lectores.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Tendría yo 12 ó 14 años cuando pasaron por televisión «Nosotros los Rivero». Era la novela de la semana. Después de comer, durante media hora, pasaban todos los días una novela que duraba una semana (algunas, como «Crimen y castigo», duraron dos); cada capítulo duraba media hora. A mí me impresionó «Nosotros los Rivero», fue una de las que más me gustaron y siempre he guardado un recuerdo anónimo de ella; anónimo… hasta que Álvaro Acebes me la ha traído del olvido. Gracias, Álvaro, por ese rescate.
Muchísimas gracias por tus palabras, Mariano. Me alegro de que el texto te haya gustado y espero que te incite a volver sobre la autora
Enhorabuena por tan buen artículo.