/ por Pablo Batalla Cueto /
Miércoles, 10/7/2024. Inenarrable editorial de El Español: «Es verdad que los seis mil menas de Canarias no debieron haber llegado a España, pero puesto que están aquí merecen una oportunidad. Abascal dice que traerán “robos, violaciones y machetazos”. Pero tal vez dentro de unos años alguno de ellos robe el balón que viole la integridad de la meta contraria con un machetazo que nos haga soñar como los de Lamine o Nico». Qué decir.
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En las novelas y películas buenas, las escenas y mensajes potentes se sugieren, se sutilizan, en vez de explicitarse. Con los discursos políticos, ocurre lo mismo. Subrayar machaconamente —como estos días está haciendo la izquierda— la negritud de Lamine Yamal y Nico Williams, aunque la intención sea buena, es cutre —y racista— e ineficaz. Además de ser de mejor gusto, el mensaje que quiere transmitirse (normalizar la diversidad) se hace más potente si simplemente se hace eso: normalizarlos; hablar de ellos y su historia con la misma naturalidad con que se hable de Unai Simón, Merino o Le Normand.
Lo dice Raquel Peláez: «A veces hay gente que está TAN TAN TAN TAN TAN ORGULLOSA de no ser racista que casi parece racista».
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L’Équipe, el gran diario deportivo francés, llevó a portada ayer el titular «No pasarán», así, en español, en referencia al deseo de que les Bleus ganaran las semifinales de la Eurocopa a España. Finalmente, ganó la Roja, y algún escritorzuelo de derechas ha convertido acá el «Ya hemos pasao» de Celia Gámez en 1939 en título de su columna de hoy. Escribe David Benayas que «el daño que ha hecho lo del “no pasarán” de L’Équipe a la memoria de la resistencia republicana es enorme. Si la respuesta desde España es “ya hemos pasao” y va asociado a una victoria de la Selección española, ya tenemos a una generación de chavales que van a asociar un lema franquista a una vivencia colectiva importante como es la victoria de España sobre la imbatible Francia en un torneo deportivo. Y más si gana España en la final».
Jueves, 11/7/2024. Lamine Yamal tiene pinta de ser majísimo, y es muy bonito su orgullo barrial, que exhibe celebrando sus goles esbozando con las manos los tres últimos números del código postal de Rocafonda, su barrio de Mataró. Hay quien en la izquierda se extasía ante ello, pero a mí me parece que no hay que perder de vista que es perfectamente funcional al discurso meritocrático, que puede usarlo como la demostración —que no es— de que con esfuerzo todo es posible y el ascensor social funciona. Ni que, si un día a Lamine Yamal se le sube la fama a la cabeza y deja de ser majísimo, podrá conservar ese orgullo de barrio, como lo tienen tantos futbolistas indeseables con respecto a la favela, la villa miseria o el barrio humilde en el que se criaron. El orgullo de barrio no dice per se nada bueno ni malo de una persona, ni tiene un contenido político —o siquiera protopolítico— predeterminado. Se puede tener orgullo de barrio profesando cualquier ideología, e incluso la más crudamente neoliberal. Lo tiene Dani Alves, bolsonarista, condenado por violación, que en una ocasión decía: «Mi nombre es favela y ahí tengo mis raíces», pero también que las favelas son sinónimo «de una historia feliz de verdadera humildad, de gente simple y de corazón grande y que pueden llegar hacia donde quieren».
Viernes, 12/7/2024. Vox abandona todos los gobiernos autonómicos en los que participaba, en protesta por el reparto de menores no acompañados alojados en Canarias por todas las comunidades. Uno nunca sabe, pero no lo veo inteligente. Este odio nazi a los menas me parece una cosa muy de nicho. No creo que la mayor parte del electorado voxista vigente o potencial apruebe que sea algo tan crucial como para romper gobiernos y provocar inestabilidad. Pueden arañarle algún voto a Alvise (y tampoco muchos, creo yo), pero perder muchos más por el lado de los que quieren que Vox sea el PP a las cuatro de la mañana y no un partido fascista puro y duro. Lo que esa gente va a ver son gobiernos de derecha debilitados, a la izquierda contenta, quizá incluso alguna elección anticipada (y la gente está ya muy harta de elecciones cada dos por tres), y todo por un quítame allá unas docenas de menas. No creo que les chifle.
De modo más general, salvo el poder todo es ilusión, y tenerlo y renunciar voluntariamente a él, aunque sea a una pequeña parte de él, es de parguelas y de aventados, y ningún electorado lo premiaría mayoritariamente. Pero veremos a ver. Lo que es seguro es que ya se están produciendo disensos internos y deserciones, de consejeros que quieren seguir siéndolo. Y eso me hace pensar en otra posibilidad: la parte que este movimiento puede tener de maniobra buxadista para purgar el partido de espinosistas: los que ahí dentro quieren que Vox sea, no las JONS de Ramiro Ledesma, sino un PP radicalizado, embrutecido, pero partido de Estado y de las instituciones del setenta y ocho al fin y al cabo.
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Describía Carmen Martín Gaite a Pilar Primo de Rivera en Usos amorosos de la postguerra española, y me parece genial, como mujer «de mirada más obsesiva que espabilada, pues la pólvora se demostró que no la había descubierto».
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Germán Huici: «Creer en algo sintiendo que es cierto, pero en un plano diferente del cotidiano, es religión. Creer en algo sin tener claro si es cierto, pero mateniendo esa diferenciación de planos, es fe o dogma. Creer en algo sin difrenciar esos planos es otra cosa (tal vez superstición)».
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El orgullo obrero solo es saludable cuando quiere acabar con la clase obrera (al acabar con todas las clases). Y el orgullo de barrio humilde solo lo es cuando quiere terminar con la humildad de los barrios. Los orgullos que dulcifican o desproblematizan la desigualdad son fascistas o prefascistas.
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Dice Santiago G. Escobar, al hilo de un artículo de Rosa Montero sobre la importancia de leer, que «los libros no salvan a quienes previamente no estaban salvados de ser infames. No son ninguna cura contra el egoísmo o el mal, del mismo modo que un documental sobre Srebrenica no despierta la empatía allí donde no la hay. La lectura sólo hace bien al que ya predicaba el bien». Sí: la lectura es gimnasia; gimnasia mental. Pero puedes hacer gimnasia para correr una maratón solidaria o para ser el más mazao de tu escuadra de neonazis cadeneros.
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Dice Julián Lucero que «cada tanto hay que chequear que no te esté arrastrando la oscuridad».
Sábado, 13/7/2024. Jean Baudrillard: «La historia que se repite se convierte en farsa. La farsa que se repite se convierte en historia». Iván de la Nuez: «La guerra cultural consiste en convertir cada icono en un clavo ardiendo al que agarrarse y cada clavo ardiendo en un icono al que venerar».
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Leído por ahí: se ha escrito más ficción en Excel que en Word.
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Ezequiel Adamovsky: «Llevamos doscientos años de una ideología que nos dice que seamos lo más egoístas posible. Cien años de publicidad que dice que el que no compra no es nada. Cuarenta y cinco de un discurso que dice que no hay alternativa. Y quince de algoritmos que te hacen odiar a todos. ¡Sorpresa! El mundo está en llamas».
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El franquismo fue la conversión en régimen de los traumas histéricos de una casta pusilánime después de tres años de pavor y camuflaje en las ciudades de la España revolucionaria; un miedo que todavía hoy explica muchas cosas. Como recoge Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la postguerra española, era ver nada menos que una melena suelta y echarse a temblar:
«Pero lo que se veía generalmente muy mal era “soltarse el pelo”, expresión que metafóricamente se empleaba también para aludir a cualquier actitud de desmesura, de romper diques. En la cabeza de una chica honesta, cuantas más horquillas, mejor. La mujer desgreñada o desmelenada traía, además, recuerdos de una época de desgobierno: “Esas terribles melenas —dice un texto—, que cayendo por la espalda y los hombros te dan cierto parecido con un horrible tipo femenino lleno de recuerdos de una época trágica que, si debemos tenerla siempre presente, no debe ser precisamente tu peinado el llamado a recordárnosla”».
Domingo, 14/7/2024. Se ha fijado Germán Huici: en el mitin en el que dispararon a Trump, los espectadores se quedaron mirando como pasmarotes. Alguno sacó un móvil para grabar. Escribe Germán: «Imagina haber llegado a tal grado de espectacularización, haber asumido tu posición como espectador permanente hasta tal punto, que ves cómo disparan a tu ídolo y no haces nada. No huyes, no socorres, no te levantas. A lo sumo, sacas el móvil y grabas».
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En la sórdida Argentina de Milei, pacientes electrodependientes han tenido que ir al Congreso a pedir entre lágrimas que no los apaguen. El Gobierno no contesta las solicitudes de renovación, hay cortes de luz y se recortan prestaciones diciéndoseles que «no son vitales». Al respecto comenta Germán Huici: «El capitalismo trajo más cosas malas que buenas. El plan, ahora, es depurarlo de esas cosas buenas para dejar un infierno inmaculado».
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Se teoriza que el atentado contra Trump haya sido, en realidad, un autoatentado, una pantomima para ganar popularidad. Yo no lo creo. Me parece a mí que, si Trump organizara un autoatentado, se aseguraría de que el supuesto terrorista se llamara Mohamed ibn Yihad o que fuera una trans vegana no binaria racializada con acondroplasia. No un votante registrado del Partido Republicano. Sencillamente, shit happens, la violencia existe y en un país con un acceso tan fácil a las armas, lo raro es que no se produzcan atentados constantemente. Personalmente me inclino por pensar que ni siquiera la motivación haya sido política, sino que se trata de un fan enajenado como el que mató a John Lennon.
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Uno realmente piensa que no existe gente tan caricaturesca, pero juro que he escuchado esto a un facha del bar del pueblo mientras celebrábamos la victoria de España en la final de la Eurocopa, y el comentarista ha dicho que Lamine Yamal es de padre marroquí y madre ecuatoguineana: «Vaya mezcla, ¡y encima catalán!».
Lunes, 15/7/2024. Sergio C. Fanjul: «Qué triste morir cuando se atenta contra alguien famoso. El que recibió el disparo de Trump, los guardaespaldas de Aldo Moro o Carrero Blanco, los banderilleros anarquistas de Lorca, los ladrones de Jesucristo. Nadie le da mucha importancia a tu muerte. Hay clases».
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Llama la atención lo ardorosa que fue la discusión sobre la resignificación del patriotismo español hace diez años y la naturalidad con la que vemos ahora a dirigentes de la izquierda tuitear al calor de la victoria en la Eurocopa «viva España» (Irene Montero) o una rojigualda no pasteurizada, sino explícitamente monárquica (Sumar). No digo que me parezca fatal. Tampoco me entusiasma. Sobre este asunto, soy bastante agnóstico: si la intención es buena (y en este caso lo es), que cada cual se vista con los símbolos que quiera; y obsesionarse con el folclore republicano me parece cansino y limitante. Pero.
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Leído en Twitter: el gran reemplazo de verdad es el de vecinos por turistas, pero ese no parece preocupar a ningún partido.
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Indignación por el saludo ostentosamente despreciativo de Dani Carvajal («facha y subnormal», se le canta desde alguna grada) a Pedro Sánchez en la recepción en la Moncloa. Se echa las manos a la cabeza alguno de los izquierdistas que ha celebrado con euforia pasada de vueltas el maravilloso mensaje de diversidad que transmite una Selección cuyas estrellas son de origen africano. Pero es que la tan celebrada diversidad es eso; el rico tapiz de maneras de ser español es Lamine Yamal, pero también Carvajal. Es un poco como aquello de la «guerra entre hermanos»: no, no éramos hermanos de Juan Yagüe.
Yo quería que ganara la Selección, he visto los partidos, los he disfrutado, he celebrado las victorias, porque soy español y me gusta el fútbol, porque una vez al año no hace daño relajarse y entregarse a un gran abrazo colectivo y, pues yo qué sé: porque sí. Pero a la hora de entresacar un discurso político de ahí, pienso que hay que no venirse demasiado arriba y no perder de vista que jugamos en territorio comanche. Que se puede exprimir aquello para sacarle algún jugo de discurso izquierdista, no es que no se pueda, pero que el discurso político natural y fácil que emerja de un triunfo de la Selección siempre va a ser un nacionalismo interclasista para cuyo viaje no hacen falta alforjas. Eso no quiere decir ser marcianos sociales que renieguen de un fenómeno popular como este; solo no obsesionarse con politizarlo todo, con entresacar y vocear un catecismo de cualquier cosa que pase, porque luego llega Paco con las rebajas.
Hay más cosas así. Cosas a las que, si te esfuerzas, puedes extraerles discurso de izquierdas, pero que la derecha no tiene que esforzarse nada para extraerles discurso suyo, porque rezuma solo. Es una pelea que siempre va a ser desigual, un billar inclinado.
Martes, 16/7/2024. La Consejería de Igualdad de Andalucía lanza una nueva campaña contra las agresiones sexuales: un tapavasos para proteger tu bebida y que no te echen nada en ella. Un poco como aquella propuesta de Vox en Gijón: prevenir los suicidios en el cerro de Santa Catalina poniendo una valla. El bombero-torero tenía mejores ideas.
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Gonzalo Torné: «El futbol es un interés tan general y extenso que en realidad no dice nada sobre un país. Cada uno ve lo quiere, refleja al que está delante. Es un conjunto vacío».
También Gonzalo Torné: «Las novelas no siempre son prolongaciones de la moral de sus escritores. De hecho ni siquiera los actos son una prolongación de nuestra moral. Uno no elige ser valiente o cobarde ni sabe cómo se comportará en una situación extrema. La acción es a menudo una sorpresa del carácter».
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Leído en Twitter, a un tuitero llamado Miguel: «Ese apaño que le haces al coche para que te siga siendo más o menos funcional, que te permite postergar la derrama de uno nuevo y que cada cierto tiempo falla y vuelves a parchear confiando en que tarde lo máximo posible en volver a darte otro disgusto, pues así veo a Sumar».
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Cuando una sociedad se vuelve conservadora, hay señales. En Gijón, una en la que dos amigos me hicieron reparar ayer es la proliferación de estatuas realistas, cosa por la que siempre se caracterizó Oviedo y que contrastaba con la escultórica abstracta gijonesa. Si no se me escapa alguna, las últimas estatuas que se han hecho en Gijón son todas realistas: Manolo Preciado, Rambal y ahora un adefesio inenarrable en honor a Arturo Fernández (que es lo que tiene la escultura realista: como el escultor no sea muy bueno, échate a temblar). Es muy significativo. Antes, incluso cuando se homenajeaba a un personaje concreto, e incluso cuando era un señor de derechas, no se hacía una efigie realista, sino una evocación abstracta o minimalista, como el homenaje a Francisco Carantoña del paseo de Begoña: la mera silueta del que fuera director de El Comercio. Ahora ocurre exactamente lo contrario: incluso cuando se erige una escultura que pudiéramos decir de izquierdas, como la de Rambal (un travesti homosexual asesinado en los setenta) en Cimavilla, se hace realista. Conservador, por supuesto, no necesariamente es sinónimo de derechista Hay una manera conservadora de ser de izquierdas y hay una manera progresista de ser de derechas. El conservadurismo, en realidad, no es una ideología, sino una cosmovisión, una disposición de ánimo, una antropología.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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«Hay una manera conservadora de ser de izquierdas y hay una manera progresista de ser de derechas. El conservadurismo, en realidad, no es una ideología, sino una cosmovisión, una disposición de ánimo, una antropología.»
Excelente.
(Para tu futuro libro de aforismos).
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