La verdad del cuentista

Brujomanía

La caza de brujas «raramente se evoca, y, si se hace, es para presentarla como una enajenación social transitoria felizmente derrotada por la razón y el progreso. Esta visión radicalmente falsa traiciona la memoria de las víctimas. Fue una campaña de terrorismo institucional que allanó el camino de la sumisión, obediencia ciega y disciplina ante las diversas encarnaciones de los potentados de la Tierra, aplastando de paso todo intento de resistencia». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /

La locura de las brujas en la Europa de la Edad Moderna ofrece un ejemplo más de cómo la presión exterior, fácilmente interiorizada, da lugar a la invención de una verdad del sujeto. En este caso, se pretende obtener una declaración: «soy un brujo» o, más bien, «soy una bruja». En 1631 el jesuita Spee escribía: «La tortura llena nuestra tierra de Alemania de brujas […] Y no solamente en Alemania, sino en toda nación que la emplee […] Si no todos hemos confesado ser brujos, es porque no hemos sido torturados».

Palabras muy razonables. Bajo tortura, cualquiera es capaz de «confesar» cualquier cosa. Pero no siempre se llegaba a esos extremos. Con interrogatorios exhaustivos y agotadores de los que no estaba ausente la amenaza de tormento, los cazabrujas podían igualmente alcanzar sus objetivos.

Lo alucinante de la persecución y masacre de brujas es el modo en que los delirios de jueces e inquisidores, sus fantasías más descabelladas, terminaban, a fuerza de reiteración, por aparecer en boca de los imputados. Si posesión había, era la de los acusadores sobre la conciencia, la mente y el ser todo de aquellos desgraciados. «No puede negarse […] una relación de causa a efecto entre las obsesiones de los inquisidores de todas la categorías y ciertas oleadas de ejecuciones de brujos, brujas y otros secuaces de Satán. Los jueces crearon frecuentemente a los culpables» (Delumeau: El miedo en Occidente).

Las neurosis y la patología social de los prebostes las pagaron, con graves sufrimientos y a menudo con su vida, personas en su mayoría pobres y marginales. Bandadas de psicópatas y sociópatas se abatieron sobre campos y pueblos de la Europa de la época, provocando catástrofes a las que jamás se ha rendido la debida justicia. En muchas ocasiones, los reos no hacían más que confirmar con su asentimiento los delitos supuestamente perpetrados. O repetían lo dicho por los jueces, no sin añadirles floridos detalles de su cosecha que a veces eran rechazados por no ajustarse a lo que dictaba la demonología oficial.

No hacía falta estar bajo el hechizo de los expertos para sentir que se había asistido a fenómenos portentosos, participado en extrañas ceremonias o que se había intervenido en o sido testigo de determinados actos. La predicación que impartían curas y frailes, semana tras semana, sobre los peligros demoniacos y los horrores de la brujería marcaban a fuego las impresionables mentes de sus desdichados feligreses. En Inglaterra, por ejemplo, hubo personas que fueron por sí mismas en busca de los jueces para acusarse. Otras confesaron espontáneamente un comercio estupefaciente con espíritus malignos. También otras, negando la evidencia, se obstinaron en confesar crímenes que no habían cometido (ibídem).

A lo largo de siglos la presencia del diablo, los hechiceros y las brujas fue una constante de la vida europea, sobre todo, aunque no exclusivamente, en el medio rural. La paranoia no afectaba únicamente a sujetos particularmente vulnerables. Jean Bodin, uno de los creadores de la teoría política moderna e intelectual de alcurnia, escribió extensos tratados sobre demonología y fue incluso a sus horas juez de brujas. Sin embargo, no era tan complicado ver que las obsesiones de las autoridades competentes, civiles y eclesiásticas, y de sus sicarios originaban y alimentaban las periódicas oleadas de brujería que invadían nuestro continente y más allá. Pensemos en el famoso proceso de las brujas de Salem (Massachusetts), dramatizado por Arthur Miller. Caro Baroja señala la ardua labor del inquisidor Alonso de Salazar y Frías para aportar un mínimo de cordura a ese escenario de fantasías desbocadas e imaginería delirante.

Salazar tuvo que luchar denodadamente con sus colegas y con gran parte de la opinión pública también aleccionada, sugestionada, por predicadores que hablaban según los libros clásicos. En los memoriales da una importancia extraordinaria a la sugestión colectiva producida por los sermones (Las brujas y su mundo).

Salazar narra cómo, en la comarca navarra de Olagüe, la predicación de un fraile produjo una oleada de credulidad ciega. El primer edicto de gracia, en el cual se describían con minucia los fenómenos habituales relacionados con la brujería, dio lugar a que numerosas jóvenes atestiguaran y hasta confesaran su participación en vuelos y aquelarres.

Los estereotipos misóginos ligados al espectro de la bruja siguieron vivitos y coleando mucho tiempo después de que las brasas de las últimas hogueras europeas se extinguieran. Todo lo que suena a independencia, sexualidad o saberes autónomos puede ser acreedor al sambenito. Desde el arquetipo de la femme fatale a los improperios dedicados a las sufragistas de ayer o las feministas de hoy, las conexiones entre algunas mentalidades contemporáneas y las de los tiempos más oscuros están a la vista. No es raro ver motejadas de brujas a mujeres de edad, en especial si son pobres o sin hogar. El uso de la palabra con tintes de descalificación política o social tiene una larga tradición que llega a nuestros días.

Recordemos el caso de las pétroleuses durante la Comuna, uno de tantos cuentos de terror con que la aburrida burguesía se asustaba ella solita en aquel París de 1871. En sus arrebatos febriles, legiones de ancianas harapientas deambulaban por las calles con recipientes repletos de queroseno, dispuestas a quemar cuanto pillaran por delante.

No puede haber demasiada duda de que los modelos de las historias o imágenes morbosas que utilizó la prensa burguesa para crear el mito de las pétroleuses hayan sido tomadas del repertorio de la caza de brujas (Federici: Calibán y la bruja).

Por supuesto, las incendiarias resultaron estar hechas de la misma materia que las armas de destrucción masiva de Sadam. Sin embargo, «en las áreas ocupadas por el ejército de Versalles, bastaba con que una mujer fuera pobre y mal vestida, y que llevara un cesto, una caja o una botella de leche, para que fuera sospechosa» (Thomas: The women incendiaries). La moderna burguesía y sus aparatos coercitivos heredaron la atávica maquinaria represiva de las distintas iglesias y aristocracias. Algunos cambios cosméticos no anulan esta apreciación.

Los delirios de los atrapabrujas sobre copulaciones demoníacas, machos cabríos bípedos, vuelos sin motor y aquelarres de tres estrellas Michelin pueden provocar la risa hoy. Pero la distancia no debe ocultar que el pavor asociado a la persecución prestó grandes servicios a los nuevos poderes que se estaban instalando. En su punto de mira estaban, conscientemente o no, una serie de saberes femeninos. Su colaboración fue crucial en el éxito de la ofensiva patriarcal para expropiar a las mujeres el control de su sexualidad, el dominio de su poder reproductor y sus conocimientos empíricos sobre el cuerpo y la salud.

Aquella locura estaba íntimamente relacionada con «el proceso de degradación social que sufrieron las mujeres con la llegada del capitalismo» (Federici: o. cit.). La brujomanía cubrió objetivos sociales altamente beneficiosos para las clases dirigentes. Desviaba la responsabilidad de sus exacciones hacia dianas lejanas, encauzando las iras populares y enfocándolas a chivos expiatorios vulnerables, en general personas mayores, pobres e indefensas. Así quedaban a salvo los culpables reales de los males de unas comunidades cuyo fanatismo e ignorancia les permitían además regodearse en su crueldad. «¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obra de las brujas» (Harris: Vacas, cerdos, guerras y brujas). Esta canción de cuna servía para dormir el malestar de los desheredados. Idéntica estrategia ha seguido usándose hasta ahora mismo, sustituyendo de cuando en cuando el blanco inocente de la cólera de las masas. El ambiente de sospecha generalizada, la desconfianza en el seno de la gente común y el horror ante las consecuencias de cualquier denuncia sembraron la división en la comunidad, y los efectos fueron demoledores. «La manía de la brujería dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protesta. […] evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. […] Era la bola mágica de las clases privilegiadas y poderosas de la sociedad».

Esta masacre monstruosa sacrificó a decenas de miles de seres humanos. Raramente se evoca, y, si se hace, es para presentarla como una enajenación social transitoria felizmente derrotada por la razón y el progreso. Esta visión radicalmente falsa traiciona la memoria de las víctimas. Fue una campaña de terrorismo institucional que allanó el camino de la sumisión, obediencia ciega y disciplina ante las diversas encarnaciones de los potentados de la Tierra, aplastando de paso todo intento de resistencia.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.


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