/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
El descubrimiento de América ha sido objeto de juicios encontrados. Para unos fue la mayor hazaña de la historia; para otros, un brutal genocidio. Sin embargo, cuando se leen los escritos de Pedro Mártir de Anglería —en italiano, Pietro Martire d’Anghiera—, aquel humanista que vivía apasionadamente las noticias que llegaban a la corte itinerante de los Reyes Católicos sobre las nuevas y extrañas tierras que se descubrían, uno se da cuenta de cómo aquel descubrimiento iba abriendo la mente de muchos. Era fascinante para quien lo hubiese vivido darse cuenta de las nuevas especies de plantas, las extrañas costumbres de los indígenas y tantas maravillas que no podian imaginar. Fue este erudito italiano quien escribió De Orde Novo decades (Las décadas del Nuevo Mundo), que dedicó, entre otros, al papa León X. Allí nos cuenta cómo se recibían las noticias en la Corte de los Reyes y habla de la fundación, por Colón, de la primera ciudad europea en América: La Isabela.
Yo no pude visitar los restos arqueológicos de La Isabela. El asentamiento esté lejos de la capital de la actual República Dominicana y mi viaje a la isla no era de placer, sino por motivos de trabajo académico. Me supo mal la impotencia de no poder desplazarme. La nueva ciudad se fundó en el segundo viaje del Almirante a las ignotas tierras americanas. En efecto, después de descubierta por los navegantes la ruta hacia Occidente, la Corona decidió mandar una gran armada colonizadora que posibilitase la construcción de una nueva ciudad en la costa de lo que se creía que era la India. Se recaudaron fondos —unos 17.500.000 maravedíes — y se armó en Sevilla una gran flota de 17 naves que se incrementó con otras seis salidas de Vizcaya —cuyo costo fue de otros 5.800.000 maravedíes—, cargada de soldados fuertemente armados. Hay que decir que esta segunda expedición al mundo recién descubierto tuvo muchos voluntarios: todo el mundo quería ir, dispuestos a sacar tajada de lo que se suponía que se convertiría en un negocio extraordinario.
La gran flota partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493. Realizó una escala en las Islas Canarias, en donde el almirante adquirió diversos productos, entre ellos una piara de cerdas preñadas que una vez desembarcadas diseminaron esta raza en el Nuevo Mundo. También cargaron caña de azúcar, cabras, ovejas, gallinas y grandes cantidades de semillas de melón, sandía, naranjo y limonero. De esta forma, bien provistos, armados y avituallados, cruzaron el Océano hasta alcanzar la costa dominicana actual, descubriendo con pavor que los hombres que Colón había dejado en la isla en el viaje anterior había muerto. Por ello, se decidió elegir otro lugar para desembarcar —recuérdese que ellos imaginaban que estaban en la India—, pero estaban todos agotados despues de tres meses de viaje y tenían prisa por tocar tierra. El lugar elegido, ciertamente, no era el mejor, pero aquel sábado 21 de diciembre de 1493 desembarcó en lo que se denominó La Isabela un contingente de 1200 personas, entre las que se hallaban escuderos montados a caballo con armadura ligera, artesanos, pescadores, labradores, leguleyos, sacerdotes y aventureros de toda clase. Todos iban a sueldo de la Corona, ya que esta expedición se financió de las arcas reales. Iban a fundar una ciudad europea en un mundo para ellos nuevo: así, levantaron una Iglesia con su cementerio, una casa fortificada para el Almirante y su séquito, un almacén real donde guardar todos los pertrechos (la alhóndiga), un polvorín y, naturalmente, las casas de los colonos. Todo ello se levantó en lo alto de un promontorio, siempre teniendo presente la defensa de la ciudad. Pero esta estaba pensada para una posible flota portuguesa, sus rivales enemigos más encarnizados. Y sin embargo, los problemas fueron otros. Los indígenas al principio les ayudaron, les suministraron comida, pero los españoles no estaban acostumbrados a comer aquellos extraños productos. Querían comer lo mismo que en la Península, y ello era imposible. Aguantaron las penurias porque esperaban hallar oro, enriquecerse y regresar. Pero tampoco fue así. Los indios taínos no podian suministrar comida para 1200 personas. El hambre empezó a azotar la ciudad y también las enfermedades tropicales, para las cuales no tenían defensas biológicas.
Colón dio instrucciones para tratar bien a los indios, ya que dependía de ellos, puesto que las plantas traídas no florecían fácilmente en sus nuevos hábitats y, ante la falta de oro, los colonos empezaron a fijarse en los indígenas, a los que empezaron a cazar para esclavizarlos y venderlos en los mercados españoles de esclavos. Los reyes habían prohibido esta práctica, pero La Isabela estaba muy lejos de Castilla. De esta forma, en marzo de 1494 empezaron a organizar expediciones militares hacia el interior de la isla para sojuzgar a la población. Un contingente de medio millar de soldados se dedicó a esta tarea, fundó fuertes en el interior de La Española —que así llamaron a esta tierra— y el 17 de febrero de 1495 se embarcó el primer contingente de 550 esclavos hacia España. La mercancía humana sustituía al oro. Los reyes, cuando fueron informados, hicieron devolver los esclavos como personas libres a su isla, pero el daño ya estaba hecho. Y cuando se hallaron nuevas tierras —estas sí, con oro—, los colonos se fueron… y la primera ciudad de América se despobló y quedó cubierta de vegetación y fantasmas. Como dice el refrán, «la avaricia rompe el saco». De esta forma, la mayor hazaña realizada por la humanidad, que surgió con grandes expectativas, se tiñó de sangre y se empezó a malograr, hasta hoy.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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