/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /
I
Una vida distribuyendo juego
No recuerdo periodos de mi vida sin la compañía de una pelota. En tiempos de juventud jugué ininterrumpidamente al futbol durante más de veinte años, y aún hoy continúo calzándome las botas, inexcusablemente negras, con un fervor inexplicable. Ni la decadencia física ni las exigencias de la vida adulta lograron extinguir la pasión infantil de aquellos días ya lejanos, en los que filtrar la bola entre la defensa rival y dejar solo a un compañero ante dos jerséis de lana tricotada a modo de portería era la mayor de las felicidades. Dar ese «último pase», un gesto de precisión, fantasía y generosidad, sigue provocándome una sensación de plenitud única.
Al igual que Pier Paolo Pasolini, «sobre este punto, me he quedado en el idealismo del instituto, cuándo jugar el balón era la cosa más bella del mundo». «Con catorce años empecé a jugar», recordaba el gran Paolo; «todas las tardes que pasé jugando al balón en los prados de Caprara (jugaba seis y siete horas seguidas, sin interrupciones: extremo izquierda) fueron indudablemente las tardes más bellas de mi vida. Solo con pensarlo se me hace casi un nudo en la garganta».
Conozco muy bien ese entusiasmo, premio más que suficiente para los que practican este juego; y lo conozco gracias a lo que, en su momento, por carecer del talento necesario, me pareció un fracaso: no convertirme en profesional. Mi relación con el juego fue, y continúa siendo, tan estrictamente diletante que, de hecho, podría decirse nunca salí del barrio. Mis primeras imágenes conscientes son las de un niño persiguiendo el balón en una playa o en un barrio de la Pola; el último equipo donde jugué regularmente, mediada la treintena, tenía su sede en el popular Pavão-Pavãozinho, la favela de Río majestuosamente suspendida sobre Copacabana e Ipanema.
Siempre de medio centro, el «mejor puesto», ya que distribuye el juego, y «distribuir el juego es todo el fútbol» (Albert Camus), con la camiseta por dentro del pantalón, tácticamente errático y con un exagerado sentido estético, reconozco, con enorme satisfacción, que competir me ponía enfermo. Desde muy pequeño, mi actitud en relación al juego (y a la vida: ¿cuál es la diferencia?), fue la de un espíritu seducido por la belleza de las formas: eliminar a un rival con un toque inesperado, un desplazamiento al pie, un túnel, un control de espuela. ¿Me creeréis si os digo que, después de perder tres a cero, regresaba a casa feliz por haber ejecutado con precisión una rabona de diez metros?


II
Los valores del deporte
Os preguntaréis a qué viene esta perorata romántica sobre el fútbol, opio del pueblo, cebo consumista y pasión alienante de los imbéciles. Lo siento, pero en este punto no puedo daros la razón; y menos aún puedo disculpar vuestro engaño, que reside en la habitual confusión entre juego —cuyo impulso, dice Schiller, aspira, como la música, a abolir el tiempo, y deporte—, dominio del negocio y la tecnocracia. Que este hermoso juego es hoy una industria sarnosa ya no lo niega ni el más obtuso de los forofos. Tras la pantalla de los «valores» que supuestamente promueve (respeto, disciplina, solidaridad, tolerancia, trabajo en equipo, espíritu de superación…) en aras de «un mundo mejor» el fútbol como deporte es el reino del trabajo, del sacrificio masoquista, las masas histéricas y el crimen organizado. Bastan cinco minutos en un estadio cualquiera —de primera división o de primera regional, es indiferente— para entender en qué consisten la «diversión», el «juego limpio» y los «valores del deporte».
El propio Pasolini, que jugó sin interrupción hasta su asesinato, a los cincuenta y tres años, no dejó de denunciar esas «manos que van amontonando los enormes beneficios de la pasión de cada domingo». Desde su muerte, en 1975, el fútbol profesional se ha convertido en una ciénaga capitalista donde chapotean el odio tribal, la violencia, la competitividad, el dopaje, el racismo, el sexismo, el chauvinismo y el dinero. El negocio, que mercantiliza los placeres y monetiza la diversión, ha devorado lo que un día fue popular y gratuito.
Por su parte, los futbolistas profesionales, privados del gozo esporádico de jugar por jugar, son trabajadores a tiempo completo cuya labor consiste en «alcanzar objetivos». No juegan: compiten. Con un ojo en la clasificación y otro en un calendario saturado de partidos, se visten de corto cuando mandan la patronal, los jerarcas federativos, los patrocinadores y la televisión. Su cometido es ganar y, como en cualquier otro trabajo, al final de cada temporada son llamados a rendir cuentas. ¿Alguien se imagina a un jugador entonando, complacido, el «¡ganamos, perdimos, igual nos divertimos!» después de llevar una buena tunda?
Como las derrotas nunca son absolutas, pervive en el deporte profesional un resquicio del juego desinteresado, pero el rendimiento y los resultados amenazan con colonizado todo. Puesto que el negocio futbolístico solo contempla la victoria a cualquier precio, no sorprende el variopinto repertorio de malas artes que despliegan los «jugadores» en el césped. ¡Incluso pierden tiempo deliberadamente cuando tienen ventaja en el marcador! ¿Qué clase de diversión es esta en la que se renuncia a jugar porque el fin, ganar, justifica los medios, el juego? Observad a los niños en el patio del colegio: ¿acaso racanean, engañan, pierden tiempo? ¿Acaso recurren a la astucia, a la marrullería, a la simulación? Oh, desdichadas criaturas, aprovechad esos breves años de inocencia antes de que el «otro fútbol», merecedor de los mayores elogios por parte de padres, aficionados, prensa y entrenadores, os arrebate, de una vez y para siempre, vuestra encantadora ingenuidad.

III
Ganarse la vida
El fútbol, decía, es un trabajo. Y el valor del trabajo se aprende, primeramente, en la escuela, fábrica de adultos prematuros y futuros asalariados. Con sus inspectores, directores, jefes de estudios, gestores, pedagogos, ministros y pantallas, la institución escolar, en maravillosa sintonía con el signo de los tiempos, predica la amoralidad del ocio y advierte sobre los peligros de la autonomía. ¿No decía Polibio que el origen y causa única de las revoluciones es el mucho tiempo de ocio y de relajación?
Templo de la disciplina y el productivismo, la escuela pone deberes, evalúa el rendimiento y autoriza el juego entre dos sirenas. Encierra para enseñar (Iván Illich), y una infancia de encierro es una infancia echada a perder para la libertad. Fröbel, pedagogo sensible, escribió: «jugar es la más elevada expresión del desarrollo humano en el niño, puesto que constituye la única expresión de lo que está en su alma». ¿Y cómo responde la escuela, cualquier escuela, frente a esta verdad elemental? Ahoga de raíz cualquier impulso lúdico y recuerda al niño que existir no es gratis, que el derecho a vivir hay que ganárselo y que nadie regala nada. Y mientras los desengañan, deslizan por sus infantiles cuellos la soga del trabajo.
De esto, obviamente, no oiréis quejarse a nadie en la tele, o donde sea que os «mantengáis informados». ¿Meritocracia? Toda vuestra, amigos del salario. Recordad, niños: como advirtieron los fascistas patrios, la vida es milicia, no un patio de recreo.


IV
Ingenieros y tecnócratas contra el juego
Esta aberrante sociedad industrial que inculca a los niños la cultura del masoquismo productivista y consumista ha dado la bienvenida a un tipo de locura sin precedentes: la consagración del método científico como única forma deseable de vida. Hasta no hace mucho, este grosero racionalismo, plenamente vigente en las esferas serias (laboral, educativa y sanitaria) aún no había logrado invadir el juego. Pero la sociedad digital del siglo XXI ha barrido los últimos prejuicios, expandiendo el dominio racional al fútbol. De este modo, el más popular de los juegos se ha transformado en deporte, un proceso similar al giro tecnocrático registrado en la política. «Ustedes no tienen derecho a disfrutar sin mi concurso», dice el tecnócrata, mientras cuela la minería de datos en el fútbol.
Como me tacharéis de exagerado, os enumeraré algunas de las novedades introducidas en la Copa del Mundo disputada en Catar, reconocida tierra de libertades, para ver si así consigo disipar vuestra ingenuidad. Según informa la prensa especializada, con motivo del evento mundialista se desarrolló el «balón más avanzado aerodinámicamente», al que se le incorporó «un dispositivo que permite detectar, de forma semiautomática, los fuera de juego». De momento, y a la espera de nuevos avances, dicho dispositivo «requiere de la confirmación de una persona, en este caso un árbitro».
El balón aerodinámico contiene «un dispositivo de Kinexon, elemento clave en el seguimiento del rendimiento en otros deportes. El pequeño elemento pesa apenas catorce gramos y contiene dos sensores que funcionan de forma simultánea». El primer sensor de banda ultra ancha «sirve para obtener información precisa en tiempo real de la posición del balón»; el segundo «detecta los movimientos de un objeto en el espacio, es decir capta el movimiento en tres dimensiones».
Cada vez que un jugador golpea el balón o este detecta «un contacto con alguna superficie, el sistema recoge 500 frames por segundo. La información es enviada desde los sensores al LPS, un sistema compuesto por antenas instaladas alrededor del terreno de juego que usan la información de forma inmediata». Así, por ejemplo, si un balón sale del terreno de juego y se utiliza otro, «el sistema lo remplaza automáticamente sin la intervención de una persona». El sensor de la pelota «está enlazado a cámaras ópticas de seguimiento», una tecnología conocida como «Ojo de Halcón». Las cámaras «captan y siguen la pelota, y a cada jugador, cincuenta veces por segundo».
Todas estas innovaciones facilitan que el VAR reciba «desde un software de inteligencia artificial una alerta automática de los fuera de juego. De esta forma la IA evita las pérdidas de tiempo con una simple confirmación de los árbitros. Por otro lado, también permite la generación de modelos 3D para que los espectadores puedan ver lo que se decide». No obstante, para que estas maravillas funcionen es necesario cargar los balones, como «cualquier otro aparato electrónico, ya que sin carga eléctrica sus sensores de posición y movimiento no funcionan».
El balón estrenado en 2022 es apenas el primer paso para la consolidación del análisis de datos en el fútbol, una «herramienta valiosísima» que permitirá «detectar las velocidades y posiciones, tanto del balón como de los jugadores en vivo», aportando una información «muy útil en los análisis tácticos de los jugadores y equipos».
Balones aerodinámicos, balones con sensores, análisis de datos, «cámaras ópticas de seguimiento», «Ojo de Halcón», cálculo semiautomático de fueras de juego, «modelos 3D», inteligencia artificial… ¿Qué me decís ahora? ¿Queréis mayor prueba de locura? Pero la metástasis tecnológica no afecta sólo al material. También los entrenadores se han rodeado de un universo digital-estadístico —analistas, aplicaciones, «asistentes tecnológicos»…— encargado de colectar datos con el fin de anticipar y optimizar el desempeño del jugador. En la economía del clic, el entrenador es, más que nunca, un técnico; un gestor de datos sobre pases efectuados, remates defectuosos, kilómetros recorridos y gasto de calorías.
La tecnología, que pone orden en los asuntos humanos, ha reclamado igualmente su papel como dispensadora de justicia deportiva. El videoarbitraje, creación infernal que detecta fueras de juego por un centímetro, además de congelar la emoción, ha alimentado de forma delirante las teorías conspiratorias, multiplicando las polémicas que prometía erradicar. Cualquier error del árbitro provoca la intervención de un tecnócrata ubicado no se sabe dónde, y el juego, como la vida, se reduce a recibir órdenes de una máquina. Es la naturaleza misma del progreso: en nombre de la perfectibilidad humana, un juego que no requiere grandes medios (apenas una pelota; ¡he jugado partidos callejeros con una lata!) se racionaliza, es decir, se tecnifica, se complejiza y se burocratiza. Y entonces deja de ser un juego.
«¡Pero no podemos oponernos al progreso! ¡Cualquier innovación es siempre para mejor si se usa bien!». Pero, ¿cómo? ¿También aquí os escudáis en el libre albedrío tecnológico? Me gustaría que me explicaseis por qué extraña razón la humanidad se empeña en usar «mal» sus creaciones. «No nos parece bueno nada de lo que se puede hacer un mal uso», advertía Séneca. Y yo os lo he dicho muchas veces: cuando hablamos de sistema técnico, con sus premisas políticas, ideológicas, históricas, y científicas, el «doble uso» es una quimera tan falsa como tranquilizadora que harías bien en abandonar.
Toda esta parafernalia, me parece a mi, es bastante escandalosa y me pone furioso. Ninguna máquina aportará más justicia ni más felicidad a la existencia. Y por mucho que se planifique, se organice y se automatice el comportamiento de los jugadores, el talento puro se alzará, irremediablemente, sobre el método científico.

V
Jugar, vivir
«Todos saben que me gusta jugar al fútbol, y por eso siempre hay alguien que me llama. Voy solo a jugar. Para mí, el arte es juego, así como también, de algún modo, el juego es arte», declaraba Pasolini.
Ah, Paolo, mi querido Paolo, imagino lo que pensarías de este mundo de ingenieros paranoicos obsesionados con el rendimiento. Sin embargo, a pesar de lo mucho que aprecio tu sagacidad, hay un asunto en el que me veo obligado a desmarcarme de ti; me refiero a esa sorprendente idea tuya de que una mujer jugando al fútbol «es un desagradable mimetismo un tanto simiesco». Las mujeres no son, en absoluto, «negadas para el fútbol», como creías. ¿Por qué reservar exclusivamente a los hombres el placer de jugar? ¿Cómo pudiste abrazar esa idea tan equivocada, tan deplorable?
La verdaderamente negada para el juego es la sociedad industrial que con tanto acierto criticaste y su factoría escolar. Si la escuela es un viaje acelerado al mundo de los adultos y las obligaciones profesionales, el fútbol es un regreso a las horas felices de los recreos. Por eso, en mi galería de futbolistas favoritos figuran nombres que vivieron un eterno recreo. Pienso en Garrincha, «a alegria do povo», todo un campeón del mundo escabulléndose del hotel de Flamengo donde se concentraba la selección brasileña para ir a jugar, ¡descalzo!, el tradicional Madrid-Barcelona que sus amigos celebraban en los pedregosos arrabales de Pau Grande, la miserable villa donde creció y de la que, en realidad, nunca se fue. Pienso también en Mágico González, jugando mal a propósito el día en que unos directivos del Atalanta italiano viajaron a Cádiz para contratarlo: renunció a una fortuna porque en Bérgamo no hacía sol ni había pescado frito.
Por mi parte, estoy muy agradecido a todos los equipos que me acogieron y a los compañeros con los que compartí calle y vestuario. Con todo, reconozco que me hubiera encantado ponerme la camiseta del Futbol Club Kronstadt de San Francisco, de La Patrulla Anti Fronteras de Austin o del Fútbol Club Bakunin. De haber vivido en otra época, los años treinta, por ejemplo, habría sido un privilegio pertenecer al Club Deportivo Júpiter del Poblenou. Y hablando de cosas improbables, ¿os he contado alguna vez el más encantador de mis sueños recurrentes? Regreso a la escuela; me aburro mortalmente. El tibio sol de una hermosa mañana de otoño penetra por un estrecho ventanal; como todavía no se han inventado los malditos sopladores de hojas, los prados alfombrados de los alrededores son una tentación irresistible. Ansiosos por salir a jugar al fútbol, mis amigos y yo damos la clase por terminada, pero cuando nos dirigimos hacia la puerta una comitiva de adultos se interpone en nuestro camino:
—[NIÑOS]: ¡Queremos jugar!
—[BURÓCRATAS, PEDAGOGOS, PADRES, ETCÉTERA]: En la vida hay un momento para todo, para jugar y para trabajar, sobre todo para trabajar. Naturalmente, no tenéis ni voz ni voto para decidir estos momentos. Unos mandan y otros obedecen, y más si son niños como vosotros: este es el principio fundamental del Estado de Derecho y la sociedad democrática que con tanto sacrificio hemos construido entre todos, bla, bla, bla…
—¡Sois unos cabrones!
—¡Castigados sin jugar!
—¡Nos las pagaréis!
Después, en una escena calcada de Cero en conducta, del maestro Jean Vigo, trepamos a un tejado y obsequiamos con una lluvia de piedras a curas, policías, jueces, militares, políticos, alcaldes, pedagogos del ministerio, tecnócratas, ingenieros, informáticos, analistas de sistemas, urbanistas, árbitros de la sala VOR, tertulianos deportivos, presidentes de las federaciones territoriales de fútbol y demás autoridades. Mientras los increpamos, huimos cantando por las azoteas colindantes. Al llegar a tierra firme nos dividimos en dos equipos y jugamos hasta que cae la noche. No volvemos a clase y soy feliz. Como el Mágico, como Garrincha.
Fotografía de portada:
Fútbol en la playa de San Lorenzo de Gijón.
Constantino Suárez, septiembre de 1936.

Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.
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Se puede decir mejor pero no de forma más bella.
In memoriam a Neeskens (portento de centrocampista) y todos sus compañeros de la selección naranja, que tanto nos hicieron disfrutar con su fútbol integral.
Ohhhh, dan ganas de saltar del butacón y rematar ese centro medido que nos ha lanzado el autor. Esas tardes jugando en los descampados del barrio con un balón en los pies y un pedazo de pan con chocolate en la mano… ¡Si pudieramos regatear las adversidades con caños y fantasias! ¡Qué poco de futbol queda en el Deporte Futbolistico! Gracias al autor por recordarlo.