Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (64)

Del murmullo del mundo rescata en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago un pequeño nido tirado en el suelo, la trivialidad facilona que se ha adueñado del tabernáculo político o cómo los hijos nunca se van del todo de casa.

textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Piel)

Levemente, la dulzura de septiembre se va empotrando en todo sin querer con esa misma discreta rozadura de las insinuaciones. Como si por todas partes nos estuviese esperando un temblor de uvas.


Ignora la pedrada: será entonces la piedra la que esquive al alma. Y no al revés.


Con la puntualidad del comerciante que acude a abrir su establecimiento, la mendiga rumana se dirige cada sábado a su sede, en la puerta del hipermercado. Va vestida con mucho decoro, con un par de pendientes añadidos muy vistosos. Y eso es lo que más conmueve de esta mujer que apenas conozco (sé que es viuda, sé que está atravesando un cáncer, sé que hasta el año de la pandemia trabajaba como cuidadora en domicilios). Limpia y bien arreglada, tal vez con lo mejor que tiene, va a cumplir con su jornada como un oficio más. Procura mantener la dignidad incluso en esa condición extrema de la menesterosidad, no le hace falta vestirse a propósito con otros ropajes para hacer sentir a los demás que es una mendiga de verdad. Puedo imaginar lo que piensan algunos al verla hablando por el móvil (tiene dos hijos en casa; la niña con serios problemas de conducta), porque a los mendigos se les exige una especie de autenticidad terminal en todos los aspectos. Si visten parecido a nosotros, corremos el riesgo de asustarnos, de caer en la cuenta de qué cerca estamos (mon semblable, mon frère) de llegar a ser como ellos. Y es que es así: el aspecto de esta mujer nos está avisando de que estamos rodeados de mendigos a los que no reconocemos porque visten como nosotros, fuman, conducen, se rodean de objetos similares a los nuestros. Pero esta mujer, con su atuendo, desafía nuestra necesidad de no sentirnos responsables de su estado. Hay quien guardará la limosna al verla así, tan parecida a cualquier vecino, y preferirá entregarla a otro más creíble, con más traza de harapiento. Para acertar de lleno.



Al salir de casa, un pequeño nido tirado en el suelo. Habrá caído del árbol por algún golpe de viento. Mi corazón se inunda de pájaros fríos.


La trivialidad facilona también ha desembarcado hace tiempo en el tabernáculo político: el discurso se ha sustituido por el eslogan, los argumentos por la mera imagen de quien los proclama, lo meditado por la ocurrencia (por lo general, programada de antemano), la inteligencia crítica por la sugestión. Y no hay mucho más.


Antes de levantarse, oír campanas. ¿Y dónde suenan? ¿De dónde vienen? No saberlo hace todavía más gustoso el postre del sueño. Algo así ocurre con la poesía. Aparece de repente en un sinsaber que nos arrebata, nos pone de frente al lenguaje como delante de un patrimonio extraño. ¿De dónde sale? ¿Y cómo ha llegado hasta aquí? Igual que estas campanas. «Has oído campanas y no sabes dónde», decíamos antes para indicar a alguien que no se enteraba muy bien de lo que estaba contando. El que pregunta «dónde», ese es el poeta.


El ajetreo de los hipermercados. Sus nombres atrevidos: Alcampo o El Árbol, con esa evocación tramposa de un mundo natural que nos podría esperar allí dentro (ya puestos, prefiero ese otro nombre, Carrefour, que a las claras nos avisa de ese callejón —sin salida— que puede ser todo hipermercado). Las negociaciones minuciosas de las parejas jóvenes sopesando los productos antes de arrojarlos a la cesta. Los movimientos urgentes de quienes reponen cuanto antes las mercancías, como para no provocar desazón al público ante su falta momentánea en los estantes. Los vehículos de vocación lunar, con munición aún embalada, avanzando con pericia por los pasillos para que sepamos que nada ha de agotarse en este reino de la abundancia. La reaparición de ciertos productos que habíamos desechado anteriormente pero que vuelven a asaltarnos en una esquina como atracadores de guante blanco, en esa programación de las apetencias que es el trazado general de un lugar así. Las menudencias obligatorias (chicles, pilas, chocolate, preservativos) que nos esperan en la demora de las colas en las cajas y pueden añadirse a la cesta a última hora porque ni pesan ni ocupan. Los itinerarios entre pasillos, deliberadamente delineados para alargar la ceremonia de la seducción sobre todo en los niños, a los que se hace entrar en estas superficies (se dice superficie como se dice volumen para designar un libro: imposición de las magnitudes sobre los contenidos) a fin de desvelarles que el mundo, ay, es un paraíso apabullante de posibilidades: cientos de yogures de todas las clases (¡incluso naturales!), tipos y tipos de leche, cereales numerosos para los desayunos…, una educación para el exceso, que les presentamos para hacerles suponer que ellos nunca carecerán de nada. Como dice Annie Ernaux en su libro sobre estos espacios, «en el mundo del hipermercado y de la economía neoliberal, querer a los niños es comprarles lo máximo posible». Cuando uno sale de estos espacios atiborrados, la caricia primera de la intemperie recuerda con cierto alivio nuestro pacto con la incertidumbre.



Al igual que cuando se marchan ya nunca volverán del todo a casa, tampoco los hijos que se han ido a vivir su vida quieren irse del todo. Y siempre dejan rastros suyos (libros, prendas viejas, fetiches de su infancia) allí, en la vivienda donde crecieron, que ya no es la suya, como para decirnos que siguen por allí. «¿Cuándo te vas a llevar esto, que está estorbando?», les decimos. Y ellos remolonean y contestan a su modo que ya lo harán, que de momento lo dejemos ahí, donde está. Lo que para nosotros es un estorbo para ellos es un lazo que aún los une a la protección del pasado donde se sentían seguros, en segunda línea. Hay que entenderlo así.



Chismorreo de pájaros ocultos en los árboles del atardecer. Nadie los ve. Solo existe su canto. Así el poeta.


Llega la lluvia por la tarde, después de meses sin verla ni esperarla. En casa abrimos los ventanales como para invitarla a entrar. Es solamente un chubasco pero, como siempre, el hecho de llover ya impone quietud en el ambiente. Ropas sustituidas por otras, niños y ancianos retenidos en las casas, animales sin nombre que sucumben bajo el primer fango de las cunetas. Es otro ritmo, es otra luz. Pronto llegará el tiempo de los oficios a cubierto y de las mangas largas. Las catedrales se irán poniendo húmedas y algo inmoderado se entrometerá en todos los zapatos. Entonces nos estremeceremos como si estuviésemos tomando la primera cucharada de un medicamento frío.


Ocurre todo en una mañana de sábado. Sobre el jaleo del mercadillo público, un joven ha salido al balcón con una mesa precaria de tijera, que despliega para colocarse ante sí el teatro del desayuno. Son más de las once pero él lleva aún la ropa del sueño (camiseta y pantalón corto) y los cabellos desenfrenados; cruza las piernas muy estiradas, con lentitud episcopal, y sorbe el café despreocupadamente contemplando de lejos el hervor comercial de la plaza. Entonces llega ella. Muy joven también. Se ha apañado el pelo con un moño de mañana, va descalza y lleva un camisón corto a medio muslo, a buen seguro la ropa con la que ha dormido junto a él. Va directa a darle un beso, un beso que detiene un poco más en la flor de los labios. Pienso que es un beso de complicidad. El último estallido de una noche de amor. Él lo recibe impávido, casi como si lo sorteara. La muchacha se mete dentro pero enseguida vuelve con su café, se sienta en la silla y anuda los muslos mientras mira el tenderete más cercano, donde esperamos todos a comprar fruta. Asisto a ese contraste entre la intimidad y el ajetreo, todo tan junto y todo tan lejano. Vuelvo a mirarlos. Parecen desentendidos uno de la otra. O quizás es que sepan que eso de abajo es la vida, la vida y su entramado semanal que les está esperando. Oyen los pregones altisonantes de los hortelanos en sus puestos; saben que no son avisos dirigidos a ellos. Prisa, tumultos, vocerío de números. Las sirenas de Ulises. Recién levantados, ellos lo escuchan todo como una invitación. O como una advertencia. Siguen desayunando lentamente, hermosos y ajenos como ángeles que cuidan de algo indefinible. Miran con desdén todo lo que ahí abajo está sucediendo. Lo ignoran. No quieren participar de ello. Así defienden su felicidad. Todavía.



(con Camilo, José Ángel, Rafa y Zacarías)

Hicimos juntos aquella travesía de la juventud, golpeados por una intensidad de pensiones frías y noches empapeladas de palabras envueltas en el humo del tabaco. ¿Por qué oscuros itinerarios, que nosotros no sabemos, te desprendiste tú hace tiempo de todas las pantallas del pasado y seguiste solo, tú solo hacia adelante así, eligiendo el aura de los desaparecidos? Qué tarde lo supimos los demás. Qué agria manera inútil de convocarte aquí con este recado fuera de hora, cuando ya has alcanzado, amigo, las láminas heladas de la Nada. Valeriano, adiós.



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Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.


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1 comment on “Los cuadernos pálidos (64)

  1. Agustín Villalba

    «mon semblable, mon frêre»…. frère

    «Carrefour, que a las claras nos avisa de ese callejón —sin salida— que puede ser todo hipermercado»… Carrefour significa cruce de caminos.

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