/ por Pedro Luis Menéndez /
¿Son las interioridades del mundo literario tan crueles y duras como parecen? ¿Podremos algún día vivir sin etiquetas, sin fajas que marcan la dirección al lector: thriller, negro, noir, policiaca? ¿Esto que llamamos «literatura de verdad» necesita del paso del tiempo para ser filtrada en su auténtica calidad más allá de las modas o del marketing? De esto y de bastantes cosas más vamos a hablar con Carlota Suárez en este otoño de un norte luminoso, tal vez impropio, a muchos kilómetros de la desolación del levante español. Carlota Suárez ha publicado con anterioridad dos libros de cuentos y dos novelas: Tinta, una muerte inexplicable y La tumba del rey. Recientemente ha aparecido en Harper Collins su Muerte en el Meridiano, un homenaje explícito, o no tanto, al mundo ya clásico de Agatha Christie. Su protagonista, una escritora que triunfa en ventas y en premios, ambiciosa y competitiva, se mueve en un mundo de secretos, intrigas y puñaladas traperas. Carlota Suárez defiende su adicción al café, al chocolate y a la tinta y se define como una lectora insaciable y una escritora meticulosa, convencida de que leer y publicar son verbos independientes. Para quienes deseen escucharla con asiduidad mantiene una sección semanal en el programa La Buena Tarde de la RPA (Radio del Principado de Asturias) sobre actualidad literaria. Con un café delante, con una buena tableta de chocolate y con las dosis de tinta adecuadas, nos plantamos en una tarde tranquila a hablar de este mundo libresco, y algo brotará —aunque pueda ser no muy correcto políticamente— de su submundo.

Y puestos a ello, podemos empezar fuerte: ¿es posible nadar sin enfangarse las aletas?
Claro que sí. A los políticos, por ejemplo, se les da genial surcar la superficie mientras los problemas reales se cuecen abajo. Una siempre puede quedarse en la zona que entendemos como segura y no arriesgarse a profundizar y tocar un gramo de barro. Pero, ¿qué gracia tendría? A mí, personalmente, me gusta saltar en los charcos desde pequeña y no me importa mojarme. Además, prefiero rodearme de personas que expresan sus opiniones reales, aunque no coincidan con las mías, que de quien opta por el «todo bien, gracias». De los primeros aprendo; los segundos, bueno… Son solo decorado.
Novela negra, de suspense, de cadáveres imprescindibles, ¿te mueves bien en ese territorio?
Quiero pensar queme muevo bien en el territorio de las buenas historias, sea con o sin cadáveres. No creo que la esencia de una novela dependa de abarrotar el escenario de muertos o de imprimirle a la trama un ritmo vertiginoso o llenarla de giros inesperados. Para mí, lo importante es lo que la narración deja en el lector, las preguntas que siembra. La novela negra tiene una tradición de denuncia social que me gusta usar como herramienta, pero no me pongo límites ni etiquetas. Si hay que dejar un cadáver en el camino, se deja, pero no me gustaría que eso definiese mi estilo. Antes que destacar en el género, quiero invitar a la reflexión.
Alguna vez has comentado la necesidad de tener bien atada toda la historia antes de empezar su escritura. ¿Puedes comentarnos algo de tu técnica?
Esto me recuerda a la típica pregunta de si eres escritora de mapa o de brújula, y, la verdad: no creo que nadie sea una cosa u otra. Cuando llega el momento de escribir, tengo claro el principio, el final y qué temas van a empujar la historia, pero no construyo corsés. Mis personajes vienen con biografía, historia familiar y hasta alergias, aunque solo aparezcan en tres páginas. Sé quiénes son, qué piensan, de dónde vienen y qué defenderían con uñas y dientes. Tienen libertad de movimiento dentro de la historia y si alguno se sale del guion es porque está bien construido y le resulta natural hacerlo. Me gusta que me sorprendan, siempre y cuando no pierdan el rumbo general. Por otro lado, no entiendo el temor a la página en blanco; la historia ya lleva tiempo armándose en mi cabeza antes de sentarme al teclado. El capítulo final es el primero que pongo en negro sobre blanco. Con esto no pretendo controlarlo todo, sino asegurarme de que el lector no se sienta engañado. Escribir un texto largo, como puede ser una novela, es una mezcla de planificación y flexibilidad, porque las mejores historias necesitan estructura, pero también personajes que puedan respirar y la conviertan en la verdad inventada que acabará siendo.

Carlota Suárez
Harpercollins, 2024
304 páginas
20,90 €
Otro de los temas del que hemos hablado con frecuencia es el de los egos literarios. ¿Cómo llevas esa especie de competición que en realidad está totalmente condicionado por el mercado?
El ego es como una polilla dando vueltas alrededor de una lámpara, que todos la vemos, pero nadie admitimos querer tocar. Un ego bien amaestrado, como definía mi admirado Alexis Ravelo el suyo, es útil. Un ego desmedido, sin embargo, es sin duda una maldición que lleva al que lo posee a quedarse con lo mismo de siempre, creyendo que ya no tiene nada que aprender. Cuando uno cree saberlo todo, se vuelve incapaz de crecer o sorprenderse; ahí empieza el declive. El egocentrismo no es un problema exclusivo de los escritores, pero en este gremio parece que abunda. Supongo que el hecho de que cada libro compita por un minuto de atención o unos centímetros de escaparate nos obliga a estar en guardia y, a veces, nos convence de que somos el centro del universo. Mi condición de lectora ávida me vacuna, quizás, contra este mal. Leer te hace comprender que siempre habrá autores extraordinarios que te enseñarán, te sorprenderán y te dejarán con la boca abierta. Mientras tanto, el mercado nos lleva a caminar sobre la cuerda floja, ya que la demanda de novedades nos mete en una suerte de carrera de relevos, donde no hay mucho tiempo para detenerse y simplemente disfrutar del proceso. Honestamente, si un escritor no es capaz de olvidar su ego por un rato y aceptar que puede mejorar, el verdadero afectado no será el lector, sino él mismo.
¿Y el asunto de las redes sociales? Porque en este momento parece que todo funciona a través de ellas. ¿Resulta posible asumirlo con cierta mirada crítica?
Las redes sociales son un escaparate útil. Yo las uso para compartir mi trabajo, pero también me hacen pensar en esa frase de «dime de qué presumes y te diré de qué careces». Claro que tengo una mirada crítica, aunque no reniego de ellas; simplemente, creo que hay que usarlas sin perder de vista que son una herramienta y no un escenario donde representar tu vida ideal. Me gusta pensar que si tienes algo valioso que contar, no necesitas disfrazarlo con filtros ni efectos. Por otro lado, parece que ahora el éxito pasa por acumular megustas y seguidores como si fueran premios literarios. Nos meten en la cabeza que si no existes en redes, no existes. Pero a mí me interesa más que los lectores conecten con la historia que escribo que con mis selfis. Creo que se puede estar en redes sin venderse al algoritmo; lo difícil, claro, es no caer en esa tentación de la popularidad. Así que, mientras tanto, yo sigo promocionando lo que hago, pero sin convertirme en una versión editada de mí misma.
Volviendo a Muerte en el Meridiano, desde mi primera lectura he tenido la impresión de que el juego real de la novela está más en envolver con un formato determinado la historia profunda que se oculta en sus páginas. ¿Qué historia nació primero, la de dentro o la de fuera? ¿Cómo lograste integrarlas, incluyendo decisiones necesarias sobre las distintas voces narrativas?
Como suele ocurrir en la vida real, la de dentro nació primero. Andrea Sabugo se instaló en mi mente con todo su bagaje y su cinismo a cuestas, reclamando protagonismo, pero también con sus sombras, decidida a contar su historia. Porque Muerte en el meridiano está escrita en primera persona, siendo Andrea quien cuenta la historia. Esto es siempre un riesgo, porque los lectores tienden a confundir a la autora con la narradora y, en este caso, con el personaje. Pero no me planteé un narrador omnisciente ni otra voz narrativa, porque esta historia pide que la cuente Andrea Sabugo. Su forma de narrar refleja su espectro autista y su personalidad mucho mejor que cualquier descripción. Sus fantasmas y su forma de ver el mundo conforman el núcleo de la novela, pero para darle vida necesitaba un contexto donde esos fantasmas pudieran entrar en acción. Y aquí tenemos a la de fuera, homenajeando a Diez negritos en la isla de Santa Lucía, donde se celebra el Festival Meridiano Cero, que le dan a la Andrea adulta el escenario perfecto para mostrarse tal como es y a esta juntaletras las herramientas adecuadas para sembrar inquietudes entre los lectores. Además, incluí algunos párrafos en segunda persona, donde un observador nos cuenta lo que ve. La identidad de este narrador es un misterio que solo se revela al final, añadiendo otra capa de intriga. Integrar ambas tramas fue muy natural, ya que el presente de Andrea es un reflejo de todo lo que ha vivido. Estructurar la novela en dos tiempos me permitió unir las piezas, dejando que el lector vea a Andrea en acción y, al mismo tiempo, descubra qué la llevó a ser así. Al final, la novela es un paquete completo: la envoltura es el misterio, pero lo que importa es lo que late en el fondo.
Sé que siempre has sido una incondicional de Cortázar y sus cronopios. ¿Mantienes esa admiración con los años? ¿En qué otras lecturas te mueves, solo género negro y adláteres?
Alcancé mi condición de cronopia a base de lecturas, imaginación y tiempo. Cortázar me marcó profundamente y admiro su valentía, su capacidad de escribir sin corsés ni ataduras al mercado, explorando lo que realmente le fascinaba. Julio Cortázar es un modelo de libertad creativa; escribió lo que le dio la gana, sin preocuparse por etiquetas ni moldes, y eso sigue inspirándome a día de hoy. Me fascina su habilidad para contar mentiras tan bien hiladas que te hacen dudar de la realidad, esa avidez por jugar con el lector y llevarlo al borde de la razón. Cada vez que lo releo, que es casi a diario, vuelvo a sentir la chispa de lo impredecible y lo auténtico. No leo etiquetas, sino historias que llaman mi atención. Últimamente me tienen atrapada las obras de Delphine De Vigan, David Foenkinos y Jon Bilbao. Cada uno aporta algo diferente, una mirada que deja poso. También me he enganchado a la serie Bergman de Hjorth y Rosenfeldt, con el psicólogo Sebastian Bergman como prota, un ejemplo de lectura entretenida y adictiva, en el terreno del thriller psicológico. Alterno lecturas muy variadas y no tengo preferencias de género, aunque sí elijo a ciertos autores antes que a otros. Pero no solo tengo escritores fetiche, también hay quienes un día escriben algo que me fascina, y al año siguiente publican un libro que me parece un horror. Tal es el caso de John Le Carré o Amélie Nothomb. De esta última, me gustó mucho Los aerostatos; me produjo unas ganas incontenibles de releer a los clásicos. Busco lecturas que me sugieren algo más allá de la historia y me hagan sentir.
No has sido una escritora con prisa para publicar, y sigues sin serlo. ¿En qué proyecto o proyectos estás trabajando ahora?
Es cierto, no tengo prisa. Para mí, escribir es un placer en sí mismo, un espacio de libertad donde no me siento obligada a nada más que a disfrutar. Vivimos en un mercado editorial donde cada mes se publican más novedades de las que cualquiera podría abarcar. Hay libreros que se ven obligados a devolver cajas de libros ¡sin abrir! y las mesas de novedades están tan llenas de tramas similares que a veces abres una novela y parece que ya has leído la de al lado. En mi caso, tengo claro que publicar y escribir son verbos independientes y creo que solo merece la pena publicar cuando puedes aportar algo diferente. Contarte lo que estoy escribiendo le da un plano de realidad para el que no estoy lista en este momento, pero te adelanto que, tras dos novelas en el archipiélago canario, estoy de vuelta en Asturias. Eso sí, disfrutando del proceso de la escritura y del placer de la lectura. Quizá cuando cerremos esta entrevista te deje alguna pista más sobre el proyecto pero, de momento, prefiero que se quede en mi mesa de trabajo, hasta el próximo café… con chocolate, por supuesto.

Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958). Cofundador de la histórica colección de poesía Aeda en 1978, ha publicado poesía y prosa con largos silencios temporales hasta 2018, en que retoma una actividad literaria más continuada que se inicia con el libro de prosas cortas Postales desde el balcón. Sus más recientes libros de poemas son La vida menguante (2019), Ciudad varada (2020) y Cantos (1979-2022), este último una recopilación de sus poemas extensos. Con La madriguera (2023) obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo. En 2024 acaba de publicar enCajadas, un híbrido entre relatos y novela. Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La Buena Tarde de la Radio del Principado de Asturias.
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