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Las deidades solares y la izquierda española

Un artículo de Fran Liñeira sobre el Ragnarok que abate a las fuerzas progresistas, en demanda de dioses nuevos y con la esperanza de que «a las buenas gentes que defienden la ternura, la justicia, la belleza, la libertad y la igualdad no les esté vetado el milagro del cíclico despertar».

/ por Fran Liñeira /

1. Épocas solares y espejismos

Los noventa fueron una época decididamente solar, como una comunión en julio en la que encontramos trajes picando y sudores etílicos, pero también pachangueíllo, alegría y posibilidad. Una época, aquella, de energías a punto de concretarse y del inicio feliz de nuestros males presentes. Una época en la que muchos hemos nacido bajo el signo del astro rey, que nos susurraba que con nuestro mérito alcanzaríamos cualquier cosa, que el progreso no tenía fin y que el pasado no se repetiría. Una época, en fin, mentirosa, y monstruosa, y probablemente gloriosa, y deformada según el tiempo va pasando y la tergiversa. Una época potente, un nido de cosas que podrían haber sido. Si analizamos Pastillas para no soñar (que podría subtitularse Me meto, ¿y qué?), la canción del falso madrileño de Úbeda, Varona y García de Diego, se revelan las líneas básicas de uno de los ideales clave del momento. A saber: tentaciones deliciosas, consumo alegre de sustancias, humo de los clubs, velocidad ilimitada, canallitas, libertad positiva antes que seguridad, individualismo antes que responsabilidad. Madrid DF en 2024, vamos. Y, sin embargo, esa característica solar no tiene solo acepciones negativas. Hay un hálito de potencia y gozo en los noventa (o en la imagen colectiva que ha quedado de los noventa, que tanto monta) que falta de forma hiriente en la izquierda institucional.

Las deidades solares funcionan como una buena metáfora para los líderes que necesitaríamos: Saule, en la tradición lituana y letona, es representada bailando y tarda en amanecer porque consuela antes a los huérfanos. Áine, en Irlanda, se asocia con la abundancia, el verano y la soberanía. Shamash, en Mesopotamia, se asocia con el sol y la justicia. También con la adivinación, porque ver la totalidad es comprender;1 y ver solo una parte no es comprender. Baldr, en las Eddas, es dios de levedad, pureza, renacimiento y verano. Apuesto, generoso y bueno. Personajes solares, todos ellos, que encarnan conceptos asociados a lo luminoso, lo justo, lo potente. Elrond semielfo, a quien cualquier líder intelectual debería aspirar a parecerse, es descrito por Tolkien, y no por casualidad, como «tan amable como el verano».

Elrond, y todas las deidades solares, estarían a gusto en el espíritu de los noventa. Quizá no, como desgraciadamente sabemos, en su realidad. Hoy, no obstante, los dioses solares, alegres y perfectos, están de capa caída. Ya no estamos en una época así, si es que fue más que un espejismo: Ra de la cabeza de halcón cede la preeminencia entre los dioses egipcios a Osiris, juez de los muertos, y eso más o menos nos ha pasado. Es esta una época liminal, que existe entre claroscuros y en la que los días se cuentan por siglos. Es esta una época, quizá, menos alegre, y, seguro, más condenada. No tan rabiosa como depresiva. Es este un momento de límites, de fronteras, de movimientos subterráneos. Es un momento en el que un escándalo tapa el bloqueo de la legislación (la dupla Errejón-impuesto a la banca) y en el que la Internacional de la paranoia se esfuerza en movilizar las pasiones más bajas y en anular cualquier atisbo de comunicación compartida, incluso durante calamidades. En la segunda victoria de Trump se esconde una legitimación de la vileza y la mentira y un vacío aterrador de autoridades (sean ideas, instituciones o personas). El cielo vacío.

No es una época de grandes dioses celestes, sino de embaucadores, de faetones, de criaturas crepusculares, de hostias como panes. Vagamos como recién salidos de un naufragio de sangre, que diría Lorca. O entrando en uno. Seguro que, con matices, compartimos este diagnóstico: todo se resquebraja, el centro no aguanta, el cielo está vacío. El Parlamento cerrado y las declaraciones paradas durante los primeros días de la catástrofe valenciana muestran claramente esta separación entre cielo y tierra. Querríamos dioses y diosas solares: líderes alegres, sabias, justas. Con honrosas excepciones, no las tenemos. Me temo que pocos tuvimos.

En la izquierda institucional de Hespaña no se han dado por enterados. Siguen proyectando que representan épocas solares e ideales de justicia y abundancia cuando, en realidad, es más preciso decir que representan liminalidad y crepúsculos. Tras el periodo 2014-2024, en el que ciertos vapores nostálgicos nos hicieron pensar que sí se puede y que ahora república y que sumamos, estas organizaciones se han revelado como espejismos. Semilla de algo, quizá, y corpóreo en su momento, puede; pero en el presente, origen y fin de la historia, son un espejismo. Lo decía Jaime Miquel el otro día: a ver si el espacio saca 15 diputadas en unas hipotéticas generales. Las situaciones en municipios y parlamentos autonómicos son, en muchos casos, para echarse a llorar. En las bases ya ni entro.

Los dioses en la izquierda han sido, con todo dicho y hecho, dioses crepusculares, no solares: por eso son fallidos, graves, serios y taciturnos, más épicos que líricos, más pretendidamente trágicos que risueños, más inalcanzables que campechanos. Algo tenían, sin embargo, de esa sensación de posibilidad y también de ese individualismo propios de los noventa. Todo, hoy, arruinado y deshecho en gran medida, a pesar de los ministerios. Las redes, que entre otros factores impulsaron a esta hornada de líderes, los ven ahora convertidos en meras marionetas pesoeadas, en rojotrumpistas de baratillo o en inanes invitados de piedra. Fantasmas de lo que podrían haber sido, monstruos feéricos regidos por sus propias reglas, sombras que la luz y los taquígrafos deshacen. Los protagonistas políticos de los últimos años están ante su ocaso.


2. Ragnarok

Parece que lo vivimos cada dos meses. Una batalla final de la que, ahora sí, sale el engendro definitivo, el anillo que dominará a toda la izquierda poscomunista hespañola. Siguiendo con el tema, en las Eddas, el Ragnarok es el fin de los dioses nórdicos. Es un evento largamente profetizado en el que el sol y la luna son devorados y las deidades celestes son vencidas por los dioses de la tierra, liminales y monstruosos. El último Ragnarok castizo no ha sido solo el asunto terrible de Errejón,2 sino, sobre todo, la patética confederación de buitres, medias tintas y linchamientos que lo han seguido. También el morbo y el puritanismo de baratillo, también una legislatura agónica y también las cazas de brujas que lo han precedido: Alberto Garzón, ministro y líder en tesituras dificilísimas, no merecía el tratamiento público que tuvo. Sigue siendo una de las voces más lúcidas del panorama, y está, sin embargo, condenado temporalmente al ostracismo. IU tardará en recuperarse de algunas de las decisiones que se han tomado en su seno, si es que se recupera. Mientras, los dioses solares se van revelando como meros meteoritos y caen a tierra, arrasando con todo.

Durante los primeros días de la DANA, el silencio atronador en el campo político que encabeza Sumar solo fue empeorado por los intentos cuasitrumpistas de Podemos por revolver el río, a ver si había ganancia. Mirémoslo con ojos limpios, de quienes no están al minuto y resultado de las idas y venidas de unos y otros: cuando los dioses no diosean, ¿para qué sirven? ¿A quién hablan sus palabras, a quién convencen? ¿Cuántos de sus exvotantes darán su confianza a Óscar Puente, a Montero o a Sánchez a partir de ahora? ¿Cuántos, al rey manchado de lodo que sufre con su pueblo?3 ¿Cuántos adeptos nuevos se pueden atraer con estas estrategias, y de qué tipo? Un cambio de nombre no resolverá esto.

Los seguidores a destiempo de los dioses celestes, como IU, Podemos o Sumar, hablan en términos alquímicos, solo accesibles a los iniciados en el misterio. Oraciones como «solo el pueblo salva al pueblo», «nos manifestaremos como hicimos ayer», «le voy a dar un dato» o «cierre al salir», e incluso sintagmas como «los cuidados» o «subjetividad tóxica» se vuelven pronto un lenguaje autorreferencial que convierte el plomo de la incerteza en el oro de la exactitud ideológica. Y de la parodia, camaradas. Y de la parodia. Una cultura política que aspire a revivir con la primavera o con el amanecer debe ser dúctil, en cierta medida, y volverse otra cosa, sobre todo si quiere traer una época solar de posibilidades y energías. El sano reciclaje de líderes (ora en un sitio, ora en otro) debería estar a la orden del día. El discurso debe evolucionar con el movimiento de los cuerpos celestes, debe caminar entre umbrales, debe apuntar a una estética solar y debería defender la acción de gobierno, cuando toque, sin hipérboles. No se trata de vencer. Se trata de convencer. Se trata de convencer. Se trata de convencer.

Solo los iniciados en el misterio entienden que de un mismo libro sagrado ideológico nazcan quinientas sectas divididas por la adherencia al dios que toque. Pero no solo es un problema de unidad: el hiperindividualismo se concreta en este campo en la expresión de un relato vital propio como base de la militancia política. Todos empeñados en gestionar una marca personal. Lo personal es político y lo político es márquetin, así que la biografía se convierte en publicidad. Dioses, chamanes o iniciados: este veneno permea la organización institucional de la izquierda en todos sus niveles.

Vayamos más allá, después del abismo. El ocaso de estos dioses debería implicar una refundición de temas, particularmente en política exterior, de líderes («todos dentro», decía Maíllo: más bien «todos fuera»), de discurso y de modos de militancia. Las redes sociales, y quienes las han gestionado, han reventado cualquier atisbo de comunicación pública saludable o de cibermilitancia. Twitter-Musk es un lodazal dificilísimo de vadear. El tiktok político, un nido de manipulaciones o de vergüenza ajena. La IA y los multimillonarios megalómanos pronto convertirán Internet en un simulacro mentiroso de la realidad (más). Las estrategias canalrederas llegan a los iniciados, y ya ni eso. El discurso necesita chapa y pintura si la aspiración es convencer a más gente de la belleza y pertinencia de las ideas bellas y pertinentes. O, al menos, de que no apoyen por activa o por pasiva a putos nazis. Independientemente de su contexto y resultado, hay que observar el sacrificio ritual que ha tenido lugar en el Partido Demócrata estadounidense. Observar y tomar nota.

Y si el continente está complicado, el contenido ya ni hablemos. Hace falta cambiar el léxico. Frases como «hacer pedagogía»,4 «organización popular»5 o «salir juntos de esta» dan alipori. Al desecharlas, deséchese también a negacionistas, militantes profesionales y buscacuartos. En los partidos progresistas hay, y a calderadas. Seguro que quien lea esto tiene en la cabeza a unos cuantos. Obsérvese cómo juegan con la verdad algunos exdirigentes trileros, que con una mano alimentan sus negocios y con otra enturbian el campo de juego.


3. Hablando entre las ruinas

No quisiera acabar sin reconocer que hay muchas personas, líneas argumentales y acciones legislativas valiosas. La crítica no quita lo valiente. Es mucho lo que se ha conseguido. Para mantenerlo, tras un ocaso, hace falta una buena poda. Y debiera ser ya, si se quiere ayudar a que la polis mundial sobreviva o crezca sana en plena crisis climática. Quien no aporte a la poda, aportará a la victoria de la ultraderecha en un contexto internacional favorable. A ineptos soberbios dirigiendo catástrofes. Ya va a ser suficientemente complicado.

La lucha entre el autoritarismo y la corresponsabilidad es la lucha de nuestro tiempo. El deseo de un cirujano de hierro atraviesa a todas las capas de la sociedad; también las ganas de que alguien solucione esto de una vez por los medios que sean, la conciencia de lo jodido que está el país, la comunidad internacional, el mundo. No es sencillo actuar. La indefensión aprendida y la pereza, propias de la época de las redes sociales y la guerrilla de información, acentúan el ansia, muy legítima, de irse al monte y dejar que todo arda, o de que alguien nos salve. Esta es una de las muchas explicaciones para la abstención terrible del electorado que votó a Biden en 2020 y no lo hizo ahora. El continuismo no funciona si continúas hacia el abismo.

El anhelo de autoritarismo no se da solo en la derecha. No estoy seguro de que tenga sentido hablar de «izquierda» o «derecha» en el mundo en el que ya estamos, en las ruinas que habitamos. Difícilmente es casual la explosión de los productos culturales alrededor de superhéroes de las últimas décadas. Ya han pasado de novedad a base ideológica: queremos botas que nos pisen, manos que nos salven, lenguas que nos iluminen y nos digan qué carallo hacemos con el mundo.

Puede parecer, entonces, si la lucha es entre autoritarismo y corresponsabilidad, que pedir dioses nuevos es, como poco, extremadamente ingenuo y, como mucho, directamente fascista.6 Pienso que no. Pienso que necesitamos sabias, y heroínas, y santas, y cualquier tipo de liderazgo basado en auctoritas y no solo en potestas. No uno, sino muchos. Ojalá bastase, como escribía Espinar estos días, con enunciar un «vamos a necesitar estar juntos». Tras los lutos de estas semanas espeluznantes, y sabiendo que la democracia liberal puede no sobrevivir a cuatro años de trumpismo ideológicamente maduro, toca apoyarse, sí, pero también levantarse y, como los protagonistas de The Road, tratar de salvar la llama de lo bueno. El triunfo de los antagonistas de la historia ha sido, en gran medida, por la abstención de los buenos. Esto se debe, entre otras cosas, a un nodo de discursos, propuestas e ideas que no han conseguido convencer suficientemente a los votantes, incluso con la amenaza del tecnofascismo a las puertas.

No estamos en un mundo ideal. En uno ideal, quizá no requeriríamos dioses. El trono del cielo estaría ocupado por todos, todas, todes, y de la tierra manarían leche y miel. Por desgracia, no vivimos en ese mundo, y los liderazgos, de todo tipo, son necesarios. El sol, la noche y el cielo reclaman cuerpos para sus tronos vacíos. Dioses y humanos, de primera y quinta fila, emocionales, técnicos y tácticos. ¡Qué hermosa sería una sociedad otra, y qué lástima que solo podamos empujar hacia ella, rezando por ser la última piedrecita que provoque la avalancha! No queda más que dar sepultura al ciclo. No queda más que colgarse ocho días (¡y solo ocho!) en el árbol, como Odín, para encontrar la sabiduría. No queda más que abrazar la época monstruosa, liminal, entretenida, catastrófica que estamos viviendo y aportar para que las deidades que toquen la abracen también. Ojalá tener, en este mundo que viene, dioses solares, alegres, limpios, justas, esperanzadas.

Dicen las Eddas que, tras el final, vendrán Baldr, el más bello y sabio, y Hödr, el inocente engañado, y se sentarán con otros dioses y hablarán sobre lo que ha pasado. Encontrarán los escudos dorados de los dioses muertos y, con otro sol y otra luna, vendrá una desconocida tierra nueva. Pero el principio es hablar entre las ruinas. Estamos, ojalá, en esas. Esperemos que, parafraseando a Membrine, a las buenas gentes que defienden la ternura, la justicia, la belleza, la libertad y la igualdad no les esté vetado el milagro del cíclico despertar. En la forma que sea.


1 Para los dioses: nosotros estamos condenados a meras aproximaciones.

2 En el que lo importante es, o debería ser, la restitución de las víctimas, y no la reputación de Sumar, Más Madrid o Podemos.

3 Lo que es, lo que parece, lo que se cuenta no coinciden, pero las buenas historias se quedan.

4 De un cinismo salvaje: los políticos comunican o convencen, bien, mal, de forma más o menos ética y más o menos efectiva. Pedagogía hacen (algunos) maestros.

5 Un poco polémico, lo sé: el problema no es el significado, inobjetable, sino el significante.

6 En este sentido, es estremecedor aplicar los presupuestos del ur-fascismo de Eco a algunas de las corrientes izquierdistas: vida para la lucha, gusto por los héroes, un cierto deseo de muerte, el elitismo aristocrático y, sí, también machismo y homofobia.


Fran Liñeira (Compostela, 1992) es investigador, escritor y docente. Estudió una serie de cosas, la mayoría nutritivas, otras no tanto. Lee con interés a muertos y muertas, pero no desprecia a los vivos. Ha publicado artículos en torno a la crítica cultural y la literatura especulativa en Contrapunto o Amberes. Actualmente prepara una tesis sobre fantasía, mitología e ideología en La Rueda del Tiempo.


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