/ páginas del diario de Avelino Fierro /
Un día casi fatal
Antes de salir a dar un paseo, voy a la habitación de al lado; creo que es la que utiliza Irene cuando pasa días aquí. Hay un escritorio en la esquina con dos estanterías. Todas las habitaciones tienen su biblioteca. Le hemos oído decir a veces a Lolette: «Ya desde mi abuela, nos inculcaron la importancia de la lectura. En la cultura judía eso es esencial. Hay que saberlo todo, conocerlo todo».
En eso, un servidor está muy de acuerdo. Y voy más allá: hay que leer lápiz en mano para hacer anotaciones al margen, pensando siempre que uno puede mejorar aquello que lee. Esta es una afirmación de otro judío, George Steiner, en un libro de entrevistas titulado Una larga conversación de sábado, o algo similar.
He venido aquí para repasar algunas frases de lo escrito durante el viaje en tren. El traqueteo de algunos tramos las hizo muy picudas, ilegibles. Y como ese texto lo pasará Mar al ordenador, quiero que queden reconocibles y con mejor cara.
Aquí hay varias lámparas. Cuatro. Dos para los lados de la cama y dos sobre la mesa. Eso quiere sin duda decir que aquí se duerme, se hace el amor y, como buen judío, quien ocupe esta cama para dos, también lee.
Ayer me dormía leyendo cualquiera de estas frases de Historias del Ampurdán. Cualquiera: «Va oscureciendo. El viento silba en las esquinas, inicia un llanto de criatura, enjuga la luz amarilla de una ventana. El faro de San Vicente se enciende y los rayos de luz dan la vuelta en medio de una soledad majestuosa».
En esta estantería todo produce sosiego —qué imagen tan sedativa la de los libros alineados— y extrañeza: los lomos llevan los títulos en francés. Salvo algunos, como este Orlando de Virginia Woolf que ahora tengo en mis manos. Está al lado de otro más grueso de la misma autora, La traversée des apparences. Ed. Flammarion, 1977. Lo abro y en letras azules aparece impresa la siguiente leyenda: «Proprieté de Radio France», y un sello redondo con lo que sigue: «Radio France. Biblio Centrale. Paris». ¿Se lo regalaría un locutor de la casa a Lolette tras una entrevista? ¿Saldarían los fondos de esa bibliothèque?
Muchos autores son conocidos, otros no: Dominique Bona, Josyane Savigneau, Jeanne Bourin, Adrien Goetz, Lucien Bodard, Catherine Millet. Aunque esta última me quiere sonar… ¿no fue aquella que se desnudó en una autobiografía?
Ayer, en el mercado, era comentario general el vendaval de la semana pasada que impidió el montaje de los puestos; sólo los más arriesgados o necesitados quisieron acampar. Pla tiene páginas hermosas sobre los vientos, al igual que Cunqueiro. Quienes bien escriben son observadores de la meteorología, tienen ahí un asunto que gustan de estirar. Y si recorren la costa, todavía más. Pla dice aquí, en esta última página que voy leyendo, que tiene un bote y una vela latina. «La solución de los problemas del viento y de la vida son una cosa simple y modélica, de una sobriedad definitiva. La vela une el riesgo a la prudencia y el timón os hace sacar un ojo de perdiz».
Prudente hubo de ser el muchacho que ayer me vendía un pantalón corto. No sabría decir si era hindú o marroquí. Hablaba bastante bien, porque ya ha ido aquí a la escuela. «La semana pasada no vine. Había temporal y para ganar 30 o 40 euros, mejor me quedé en casa». Compré ese pantalón azul que tiene buen género, aunque los remates son un poco ásperos y me raspan y hacen que tenga que meter la camisa por dentro. Puede que sea la etiqueta. Le echaré luego un vistazo tijera en mano. Tiene cosido un dibujo en rojo de ese jinete que juega al polo, de la marca —creo— Ralph Lauren. Pero este jamelgo no es exactamente igual; su galope, como si le hubieran hundido demasiado las espuelas en los ijares, es muy desmadejado. Encabritado, diría yo.
Hoy es día de fiesta nacional. En el puente han colocado con una grúa una enorme bandera; están poniendo megafonía. Es pronto. Decidimos recorrer la margen del Ebro —qué imponente, qué hermoso— por una senda preparada para llegar bastante más allá. Hay corredores, paseantes y gente en bicicleta. No es muy ancha. A veces no da de sí y hay que apoyarse en la cerca de madera si vemos venir un grupo de ciclistas.
El único que ha hecho sonar el timbre ha sido un pequeñín que pedalea en familia con sus padres y una hermana mayor. Eso del timbre será un desdoro para los que van con cara de tomárselo en serio, con indumentaria y rictus profesional. Estábamos de vuelta y uno de estos tipos que pedaleaba a nuestras espaldas me golpeó en el costado con el manillar. Él continuó su camino, diciendo algo que puede que fueran unas disculpas y miró hacia atrás. Como no me vio caído en el suelo, siguió. Si se hubiera fijado un poco más podría haber visto que yo seguía en pie, pero girando sobre mí mismo del empellón que me propinó. Levanté la camisa y en el costado izquierdo había nacido un cardenal.
En la farmacia compramos Trombocid y apliqué una buena dosis en aquella tumefacción. El dolor se extendía por la pierna y comencé a cojear. Pero fuimos de nuevo al puente, a ver qué se cocía por allá. Había gente, asistentes endomingados. Alguien sermoneaba desde un pequeño atril. No era una arenga —por el tono, digo— llamando a la insurrección. La mañana era fresca, dulce, ligera y amable. El sol en su punto justo, igual que el aire, todo ello presidido por la mole del Montsià.
Podía apreciarse cómo aquel gentío conformaba otro ser informe, grande, superior, con vida propia, un grumo denso con su latido y respiración. Yo estaba en uno de los extremos, al lado de unas barandillas de obra, junto a la embocadura del puente. No sé por qué comencé a pensar que cualquier incidente en el interior o alrededores de aquel enorme cuajarón podría desencadenar una situación de peligro, en la que los más perjudicados seríamos los que nos hallábamos al borde del abismo. Qué momento de ansiedad, de temor idiota, qué mente la mía entrando en total descontrol.
Luego, cuando todo aquello finalizó, recordé una delicada y parecida situación que vive en el mar de Calafell Carlos Barral, que narra al final del tomo dos de sus memorias y resume en aquella frase que hace tantos años anoté en mi cuaderno: «Terminada la juventud se está a merced del miedo».
Al poco llegó Cecilia, y al verme cojo y amurriado le contamos lo sucedido: los dos incidentes, y le mostré mis heridas.
Ceci no es psicóloga, pero lo borda. Casi todo. «Vamos a cruzar el puente, en el otro margen hay un chiringuito con música, buenos combinados y arroz. Se te pasaré el susto y no le cogerás manía a este puente tan hermoso».
Llegamos allí dejando a un lado un enorme sembrado de verdolaga. Música chil-out, música idiota, de esa que para este momento como el mío viene bien, que ni te trae recuerdos ni te hace pensar. Como aquella muzak para ascensores o para esperar en la consulta del dentista. Vermús y paella. Después, siesta reconfortante. Conseguí dormir. Los ansiolíticos y analgésicos ayudaron.
Por la tarde, el verano tardío, los colores untuosos funcionando bien, como friegas para los temperamentos más inestables y para la reseca piel. Una intensidad nos circundaba con cierta pureza dentro del empalago, como una nurse de pechos grandes que nos meciera en su regazo. Las playas de la zona de Riumar. Lolette nadó hasta la boya bajo la preocupación de todos. Hace esas locuras a diario, con su edad.
Dimos un paseo largo. Los pies en el agua. El sol comenzó a desvariar —qué necesidad—, afinando hasta tal punto en sus rayos que todo aquello se puso a colaborar: nubes, palmeras, peces saltarines para brillar un segundo, pescadores en pose, bañistas, parejas que fingían que se volvían a enamorar. Esta playa tiene su chiringuito. Fuimos allá a esperar la noche. Pedí un Aperol y luego un gin-tonic y algo de picar.
El Dj entre toda la faramalla musical puso alguna canción, como esa de Barry White, «My first, my last, my everything», que te mete el entusiasmo en el cuerpo. Pero todo momento de euforia tiene su vaivén, uno llega muy allá y luego hay que retroceder. Un mosquito de los que guardan bien las tradiciones de la zona, como para conmemorar y finalizar este día de exaltación y festividad, me picó en el cuello. «Directo a la yugular», dije a las mujeres, que rieron a la vez que me miraban compasivamente.
Me daba igual, estaba feliz. La negrura del mar y su inmensidad me estaban llevando a un estado de ataraxia. Miraba las luces de la costa. Lejos, vibraban las de la central de Vandellós. No creí en ningún momento que uno de los reactores se gripase y le diera por explotar. Por fin estaba tranquilo, cansado, algo soñoliento. Sin temor ni dolor. Y las olas leves me acunaban como recuerdos de un viejo amor.

Los vientos y el amor
Toda la noche hemos oído aullar al viento. Y a las ramas de los ailantos y el falso pimentero golpear las ventanas de nuestra habitación. Y el batir de una contraventana. En este caserón regio, formidable y ampuloso es difícil asegurar bien todos los oscilantes para noches como esta. Ya al mediodía, cuando comíamos en la terraza del Casino, en La Rápita, el aire se encabritó. No de manera constante, pero el dueño del restaurante y una camarera cerraron una de las grandes sombrillas que teníamos cerca y le pusieron una cincha como a un caballo de carreras, no fuera a desbocarse y arruinarnos el menú: unas navajas a la plancha (que aquí llaman canyuts) —recomendación de mi editor Ramón Girbau— y otros frutos del mar.
Unas servilletas volaron. Servilletas azulonas, azul Klein. Nos vinieron a recordar que iríamos a los arrozales, a ver las bandadas de aves. Cari dijo que haría más viento al atardecer, que era lo que anunciaba aquella nube puesta como un sombrero sobre el Montsià.
La primera visita fue a la Torre de San Juan. Llegamos por un camino estrecho, en fila india, entre dos fincas de arroz inundadas, todavía sin cosechar. No atendí mucho a las explicaciones de Cecilia. La luz era de una brillante palidez, filtraba todo aquello en un vaporoso tono azulgris.
Frente a la torre, a la que no se podía llegar porque el agua estaba crecida, había un artilugio para colocar el móvil y retratarse. Qué solemne idiotez. Pero entramos por el aro. Hice dos intentos porque no sabía utilizar el temporizador. El resultado fue el que había imaginado: allí estábamos los cinco, una foto de enciclopedia vieja, sonrientes, como ángeles de Tiepolo, sin ninguna peca ni rojez.
Partimos luego hacia las playas del Trabucador. El mar está comiéndose la tierra, las dunas. Ya no hay aporte de sedimentos al Delta desde que se hicieron los pantanos y hemos podido ver cómo en estos años la costa van desnutriéndose, entrando en la delgadez.
Hay enorme animación en la zona. El dios Eolo ha convocado aquí a varios deportistas del viento y del agua. Esquiadores con alas delta se deslizan sobre la superficie; los más expertos hacen sus cabriolas. Tienen aparcadas sus furgonetas cerca. Da la sensación de que viven una vacación perpetua.
Las nubes hermosean la escena. Oscuras en su centro y blanquecinas y brillantes en sus extremos por los rayos que ahora envía el sol, ya decadente. Son como medusas gigantes, pero benéficas, protectoras.
Uno de los deportistas abandona la escena. Fuera del mar es como un mariposón de enormes alas, anaranjado y torpe, nada ágil. Cuando lo tenemos cerca aguantamos la risa: se ha puesto un casco para proteger su cabezón, es de rostro bovino y papada abundante, tristón. No es la imagen de un joven musculado y atrevido. Parece más un payés de los de tartana, butifarra y prolongadas partidas de tresillo; nos ha llenado de ternura.
Después de una mínima discusión entre nuestros amigos, se decide la visita a otros lugares para avistar aves. Es el momento en que las bandadas se moverán para ir a sus dormitorios. El viento arrecia, y al rizarse el agua se hace difícil la visión desde el mirador. Unos flamencos pastan en la laguna. Comienzan a sobrevolarnos grupos de moritos. Hacen lo que pueden para conservar la formación. Algunos, los más jóvenes o díscolos, se dejan llevar de costado, sin esfuerzo, en algún tramo. Repetimos el avistamiento en otros dos emplazamientos.
En uno de los caminos, Manolo baja del coche a indicarle a Cari las maniobras necesarias para rebasar un tractor que ha quedado medio cruzado, con peligro de que nos caigamos al canal. Hay al lado una gran cosechadora y un Land Rover, pero ninguno de los operarios está en el lugar. Se hace de noche, paramos para fotografiar una barraca y unas esbeltísimas palmeras.
El viento sigue a su aire, sin método; hay rachas furiosas y decaimientos. Manolet cuenta bien cómo son estos aires, qué nombres tienen, cómo se comportan.
Leyendo a Pla también anoto los que aparecen en el relato Un viaje frustrado: maestral (viento noroeste), lebeche (viento sudoeste, ábrego o garbí), tramontana, viento fresco y larguero, y jaloque débil… Son vientos del mar. El escritor cuenta un viaje en laúd con el amigo Hermós, desde Palafruguell a las costas de Francia. Y he leído muy despacio esas maniobras: «Reina una calma blanca. Izamos la escota en lo alto del palo y la embarcación queda a su gobierno. La corriente nos arrastra, lentamente, a través del estrecho de la Meda, golfo de Rosas adentro, a una velocidad prácticamente imperceptible. La embarcación se mece dulcemente…».
¿No se parecen estas tareas tan sutiles y afinadas a las maniobras que tenemos que cuidar y desplegar en el amor? Mirar cómo miran hoy los ojos de la amada, saber si podemos acariciar suavemente sus hombros o su pelo, asirla por la cintura o no.
El viento de estos días preocupa a los agricultores de la zona, tumba las matas de arroz y complica su recolección. Hoy mismo, al regresar ya de anochecida, veíamos alguna cosechadora recorrer el arrozal. Son enormes máquinas, que hacen girar en su frontal esas ruedas que van acunando el sembrado, dejándolo mondo. Llevan muchas luces, focos escrutadores; las vemos aparecer como naves interestelares.
En Amposta encontramos a Ricardo Dasault, arquitecto amigo. Estudió en Barcelona y sus primeros trabajos los tuvo en esta zona. Es un enamorado de los puentes y de los planos de las obras que para la urbanización del Delta diseñaron los familiares franceses de Cecilia –son esos planos de la Real Compañía de Canalización del Ebro, de 1850 y posteriores, la mayoría de los cuales están en la casa de la prima Ana, en cuya planta baja se asentaron las oficinas–, y es también un apasionado de la mano de obra que no se enseña con demasiado detalle en las Escuelas. Los tornillos y esas mínimas artesanías del hierro y de la madera son su pasión. Cuenta que ha reconocido en las obras de la zona del casino un minibulldozer que él arregló en una estancia anterior, hace mucho tiempo. La ñapa que dejó soldada allí estaba, como una cicatriz. Ha sentido mucha emoción.
Su mujer vive ahora en Ginebra. También arquitecta, colabora con un organismo internacional. Hace poco viajó a Bangla Desh, donde recorrió una zona para ver los destrozos de un viento feroz, un tifón.
Ya lo íbamos viendo: el viento, el mar, el amor, entrelazados.
Tomábamos ya en casa un brandy añejo. Desmadejados. Alguien se levantó. «Voy a ver qué ha dejado preparado Paula para mañana; ¿no huele a pollo al curry?». También el amor es una de las causas de la buena cocina. La esperanza de que cocinar con mimo avive la respuesta amorosa de la persona. Así lo describe Pla en esa historia entremetida en Un viaje…, que tiene entre sus personajes a una cocinera de Cadaqués y a Eugenio d’Ors. Y si uno relee la lista de la comida que en su casa les ofrece a Pla y Hermós el señor Víctor Rahola (moluscos de Cabo Creus, arroz de cabeza de mero, salsilla de lubina, queso del país, café y coñac francés) uno siente una emoción similar a la lectura de una carta de la enamorada.
El viento arreció. Hasta los árboles de tronco más grueso del jardín entraron en vibración. Sonó el teléfono de Cecilia, que se apartó unos instantes saliendo al porche. Su silueta a contraluz era todo oscilación, titilación. Cuando entró, contó que su amiga B. había salido de la depresión, había encontrado un nuevo amor. Esa noticia llegó justo cuando más se encolerizaba nuestra ventisca. Uno de los focos de la piscina, que se había soltado, daba tumbos e iluminaba el jardín con ráfagas de celebración.


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012), Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016) y Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas. También ha publicado Estatuas de sal: cartas (2020) y Calendario (2021).
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El autor de este Diario escribe para él, no para el lector, en cuyo lugar no se pone nunca. Lo contrario de lo que hace el siempre interesante y nunca aburrido Pla, al que lee sin preguntarse por qué «funciona» tan bien la prosa del ampurdanés genial.