Mapas de incertidumbre

Cómo combatir la «eficracia» autoritaria

La defensa de la democracia y el combate contra cualquier forma de avance reaccionario debe darse en tres ámbitos principales: el instrumental, el identitario y el de las expectativas, reflexiona Ángel de la Cruz en su primer artículo en EL CUADERNO.

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Artículo originalmente publicado en el blog de Ángel de la Cruz,
el 3 de febrero de 2025

El triunfo de Trump fue una noticia pésima para la democracia, la libertad y los derechos de la gente. Sin embargo, no todas sus consecuencias son negativas: en los últimos meses se está escribiendo mucho sobre el avance de la «tecnoligarquía» y la necesidad de defender la democracia. En un artículo publicado en El País, Lilith Verstrynge asegura que «la democracia requiere resultados efectivos, pero sobre todo horizontes de sentido y la creencia de que quien está al frente va a ser capaz de acercarnos a ellos». Como me parece un buen punto de partida, voy a intentar complementar su tesis.

Podemos englobar las crisis de la democracia en dos categorías principales: la instrumental y la identitaria. Con «crisis instrumental» nos referimos a su debilitamiento como herramienta útil en múltiples niveles, entre ellos el material o el representativo. La idea de que la democracia es el mejor sistema para que la gente canalice sus demandas y viva mejor lleva décadas debilitándose.

Décadas, sin exagerar. La gestión neoliberal de la crisis de 2008 situó una pendiente resbaladiza por la que se deslizaron los Trump y los Musk. Mucho antes, Peter Mair escribió con aires proféticos que «debido a la creciente debilidad de la democracia de los partidos, y a la indiferencia hacia ella, ahora nos encontramos que se nos ofrecen como escenarios alternativos el populismo y el experto supuestamente no político».

Trump representa mejor que nadie esta mezcla de populismo, tecnocracia y autoritarismo que podemos sintetizar como eficracia autoritaria: la sustitución de la intermediación política tradicional por una oligarquía que, ya sin trabas de ningún tipo, va a poner orden y a cuadrar las cuentas. Mientras Pedro Sánchez perdía el decreto Ómnibus y necesitaba «buscar votos debajo de las piedras», Trump firmaba decretos a diestro y siniestro. Votarnos es útil, pasan cosas desde el primer día, sí se puede. Ese es el mensaje. Y entre tanto, altas dosis de entretenimiento para que nadie se aburra.

Curtis Yarvin, uno de los líderes de la neorreacción (NRx), sintetiza la propuesta en una monarquía tecnocrática. No lo sabían entonces y probablemente no se sienten orgullos ahora, pero los neoliberales dogmáticos que eliminaron cualquier posibilidad de profundización democrática y en Europa, por ejemplo, asfixiaron a la Grecia de Alexis Tsipras, engendraron el monstruo. De nuevo Peter Mair: «Si los políticos optan por despojarse de responsabilidad con el pretexto de que lo único que hacen es dirigir una sucursal, y si continúan fingiendo impotencia ante la oficina central de Bruselas, es casi seguro que su estatus disminuirá ante sus votantes. En este sentido puede que la cartelización no sea una garantía segura de éxito a largo plazo».

Por otra parte, la democracia sufre una crisis identitaria. Se han debilitado sus resortes ideológicos y culturales, se ha desgastado el concepto, la idea, la cosmovisión. La democracia está siendo víctima de la crisis de autoridad por motivos evidentes. Se está debilitando la idea de que la democracia es el mejor de los sistemas posibles para que la gente canalice sus demandas y viva mejor, pero también la idea de que la democracia es el sistema más justo. ¿Cómo va a serlo si sus instituciones están trucadas y sus dirigentes corrompidos?

El consenso centrípeto rompió el contrato electoral y ahí empezó la banalización de la política. Más tarde, ahora, se añade una banalización general: en este mundo tan volátil nuestras decisiones son menos importantes en todos los ámbitos. Nuestros trabajos duran poco, los pisos donde vivimos también, todos nuestros vínculos, en resumen. En este contexto, invocar la idea abstracta de democracia frente al fascismo tiene poco efecto. Como analizamos en su momento, el problema en la campaña norteamericana es que el contraste estaba cojo, pues Harris no representaba una alternativa real a los peligros de Trump. Y sin contraste no hay política.

Quienes más sufren la banalización y la ausencia de contraste son los jóvenes, tanto en el ámbito instrumental como en el identitario. Apenas pueden pagar el alquiler y la dictadura les queda lejos. Estos gráficos de Carles Castro y Eliseo Garilleti reflejan con claridad la brecha generacional en términos de cultura política. Carne de cañón de la eficracia autoritaria. No es casualidad que Vox esté calando entre la juventud..

Así las cosas, la defensa de la democracia y el combate contra cualquier forma de avance reaccionario debe darse en tres ámbitos principales: el instrumental, el identitario y el de las expectativas.

Estamos atrapados en un presentismo con trazas de nostalgia. Como escribió Brigitte Giraud, «cuando no se presenta ninguna catástrofe, avanzamos sin mirar atrás, clavamos la vista en la línea del horizonte, de frente. Cuando surge un drama, damos marcha atrás, volvemos para rondar por allí, llevamos a cabo una reconstrucción». Estamos atrapados en el psicodrama porque no somos capaces de ofrecer un nuevo horizonte, un nuevo tiempo.

Howard Leventhal es un psicólogo especializado en el comportamiento y en la salud. Se empeñó en que los alumnos se vacunaran contra el tétanos, pero informarles sobre los peligros de contraer la grave enfermedad no funcionaba. Al final, lo más útil fue darles un mapa muy sencillo en el que estaba marcada la clínica donde tenían que vacunarse. Estaba cerca y ya la conocían, pero con el mapa aquella información de repente tenía sentido. Como debatimos hace unos meses, la amenaza civilizacional es la desigualdad, el reto político es luchar contra la idea reaccionaria de la futilidad y demostrar que la democracia es el mejor sistema para vivir. ¿Está diseñando el Gobierno de coalición un mapa en el que marcar en 2027 la clínica en la que vacunarnos contra el virus de la eficracia autoritaria?

El futuro es concreto.


Ángel de la Cruz es analista político y consultor de comunicación especializado en campañas electorales. En este momento estudia psicología del comportamiento.


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2 comments on “Cómo combatir la «eficracia» autoritaria

  1. Juan Messerschmidt

    Tanto en este artículo como en el de Lilith Verstrynge hay un acercamiento a las causas profundas de la crisis, casi se las roza (podríamos decirles a los autores: “caliente, caliente”), pero luego se pasa de largo ante ellas (“frío, cada vez más frío”). La democracia lleva décadas decepcionando a la ciudadanía. Los partidos, que en ella teóricamente debieran desempeñar el papel de articuladores de la voluntad popular, poseen estructuras muy poco asequibles al ciudadano. Éste, si quiere tener algún influjo en ellas, sea afiliándose al partido, sea participando como simpatizante, debe primero “pasar por el tubo”, un tubo muy estrecho de principios ideológicos, fidelidades personales, intereses (confesables e inconfesables), disciplinas y contradicciones que a menudo lo obligan a comulgar con ruedas de molino. En resumen, los partidos políticos son poco o nada atractivos y el ciudadano prefiere vivir fuera de ellos, incluso de espalda a ellos. Le inspiran una profunda desconfianza, sobre todo si los considera de cerca. Si se trata de votar cada tantos años, haciendo un esfuerzo, puede decidirse por uno o por otro, pero sin entusiasmo. A su vez, los partidos llevan una vida al margen de la ciudadanía, una vida autónoma y autosuficiente. En el mejor de los casos ejercen el principio de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, despotismo ilustrado, o despotismo a secas, pues sus dirigentes no suelen distinguirse por su ilustración.
    Al menos desde el final de la guerra fría la decepción de la democracia se ha intensificado acelerada y exponencialmente. La pérdida de un contrincante ideológico serio, como fue el bloque soviético, facilitó el triunfo del neoliberalismo, ya en marcha desde tiempos de Thatcher y Reagan. La caída del muro de Berlín significó, según Fukuyama, “el fin de la historia” y por lo tanto, el fin de la política. Desde luego, no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que la tesis de un presunto “fin de la historia” (y de la política) era un disparate, pero el concepto caló hondo y se lo difundió e inculcó a las masas, no tanto en el discurso ideológico explícito como, insidiosamente, en las muy influyentes menudencias de la vida cotidiana. La política se volvió secundaria, el ciudadano se retiró bastante a la vida privada. Esto permitió que los partidos se alejaran aún más de sus votantes y que se acercaran cada vez más a grandes grupos de presión, cuyo poder creció considerablemente. Fue el momento en el que silenciosamente se consolidaron las oligarquías y los oligopolios y en el que se simbiotizaron con el poder político. La globalización y el fortalecimiento de organismos supranacionales no sometidos a un control democrático directo, así como la proliferación de tratados de libre comercio, etc. sustrajo a la ciudadanía una buena parte del poder que, en teoría, le garantizaba el sistema democrático. Simultáneamente la vida cotidiana se iba volviendo cada vez más compleja e inestable, pues los cambios tecnológicos, económicos, sociales, etc. se aceleraban vertiginosamente. Una ciudadanía sobrecargada, distraída y agobiada es poco apta para ejercer derechos cívicos: en un estado de ansiedad y de cambio y premura permanentes no quedan energías ni tiempo ni sosiego para hacer política. Si a ello se suma el lavado de cerebro neoliberal destinado a convencernos de que lo que importa es la vida privada, sin vínculos que limiten una presunta libertad individual, es evidente que el tejido social que posibilita la existencia de una democracia queda herido de muerte: factores como familia, vecindario, comunidad religiosa, consciencia de clase, colegialidad laboral y profesional, etc. son debilitados e incluso desactivados. El individuo está cada vez más solo frente al estado y a unos consorcios económico-financieros hipertrofiados.
    En este contexto los gobiernos no trabajan a largo plazo, su horizonte son las próximas elecciones y después de mí el diluvio. Al ciudadano se lo incita a consumir sin fin y se lo obliga a adquirir un siempre creciente número bienes y servicios que se han transformado en necesidades tiránicas. Es un modo discreto de esclavizar sin que la víctima se dé cuenta de que lo es. A esta tensión ininterrumpida se suma, paradójicamente, una tenaz precarización del empleo y la vivienda, que hace crecer la ansiedad a límites intolerables. En estas condiciones, la política se convierte en lujo superfluo o en un mal inevitable. Formalmente la democracia sigue existiendo, pero progresivamente vaciada de contenido. Da lo mismo quién gobierne, el sistema sigue adelante solo, no hace falta un timón, no se puede cambiar de rumbo, la “mano invisible del mercado” hace de piloto automático, el fatalismo y el miedo, sistemáticamente inculcados, lo dominan todo.
    La reacción de la izquierda, que intenta sobrevivir al alud neoliberal, es errática. Se ha lanzado al “wokismo” racial, de género, histórico, etc. Las tradicionales inquietudes del feminismo clásico, que hoy pasa por reaccionario y que tenían una base reivindicativa muy amplia, son dejadas atrás. ¿Ha habido alguna vez en la historia un movimiento de masas para el que la transexualidad, la homosexualidad, el lenguaje inclusivo, el día del orgullo gay, las memorias históricas, etc. hayan sido asuntos acuciantes y prioritarios? Yo diría que no… Esta “oferta” de la izquierda, asumida por gran parte de la derecha más o menos “progresista”, no responde a una demanda popular mayoritaria, sino a los intereses de minorías apoyadas en unas teorías puramente especulativas y surgidas de exiguos cenáculos ideológicos. Esta ideología, a su modo, tiene los mismos efectos sociales que el neoliberalismo: disuelve estructuras sociales básicas, fundamentadas en hechos biológicos e históricos, crea inseguridad y añade una pesadísima piedra más a la carga de agobio que sobrelleva el ciudadano.
    En medio de esta realidad estresante no es nada extraño que una ciudadanía desorientada, atemorizada y ansiosa se eche en brazos de demagogos. Y así llegamos a Trump y a Milei. Se equivoca Lilith Verstrynge al descartar el antiwokismo de Trump como factor importante para su elección. La “guerra cultual” es parte importante del atractivo de Trump, igual que del de Meloni, Le Pen, etc. Una parte muy considerable, transversal y creciente de la ciudadanía quiere estabilidad y solidez, está harta de tener continuamente que asimilar novedades, las que sean, no puede más. Su capacidad de absorción, adaptación y transformación está más que agotada. En general ella misma no es consciente de este agotamiento, pero sus reacciones intuitivas lo ponen en evidencia. Precisamente los más desfavorecidos económicamente son los más estresados. El “wokismo” ataca estructuras históricoculturales o naturales hondísimamente arraigadas, lo que lo convierte en un inmenso factor de estrés social. En eso, al menos, Trump, Milei, Le Pen, Meloni, Orbán y otros ofrecen un respiro.
    Por otra parte, en las elecciones estadounidenses ¿eran los demócratas de verdad una opción mejor? Sin duda Trump representa a unos clanes oligárquicos prácticamente mafiosos, pero ¿acaso no representaban Harris y Biden a otros clanes rivales? ¿Existe una diferencia muy grande entre tener de aliados a Musk, Zuckerberg y Bezos y tener a Gates, Schwab y Soros? ¿Son los intereses de unos y otros clanes tan distintos? Recordemos también los turbios negocios de la familia Biden en Ucrania, por sólo poner un ejemplo. Y hablando de Ucrania, aunque Trump no haya acabado con la guerra en 24 horas como prometió, lo que no puede negarse es que hace uno o dos meses la tensión y el riesgo de enfrentamiento directo entre Rusia y los EE.UU. eran bastante mayores que en el instante presente. También estos factores explican, al menos en parte, su victoria electoral.
    Por lo que respecta al autoritarismo y al desprecio de las reglas democráticas, no parece que la derecha trumpista sea muy diferente de la derecha algo más “progresista” y de lo que queda de la izquierda. Recordemos las medidas tomadas durante la pandemia, prácticamente iguales en casi todo el mundo. Fueron impuestas de modo absolutamente autoritario, sin que hubiera posibilidad de discusión. Es más, se descalificó de modo totalitario, estalinista, a cualquiera que pusiera objeciones a las mismas o simplemente pretendiera discutir sobre ellas. Mientras se suspendían derechos cívicos elementales y se establecían discriminaciones inaceptables, se otorgaba a la OMS un poder inmenso sin legitimación democrática y las multinacionales farmacéuticas desvalijaban las arcas de los estados con la aquiescencia de sus gobiernos, fueran éstos de izquierda o de derecha. Todo esto se hizo en nombre de las recomendaciones de equipos de “expertos”. No hay en la historia mundial ningún precedente de totalitarismo tecnocrático más extremo que el de este experimento social a nivel planetario. Curiosamente Trump no se sumó a esta operación, lo que le ha otorgado un falsa aura de “resistente” y de “luchador por la libertad”. En todo caso el autoritarismo y el desprecio a las reglas de la democracia empezó mucho antes de Trump y no es sólo obra de una derecha radical, sino de casi todo el espectro político. Trump, Milei y Meloni no son la causa, sino el efecto y el síntoma de un proceso iniciado hace décadas y del que todas las ideologías y partidos establecidos son, en mayor o menor medida, culpables. Los grandes actores económicos son los únicos que obtienen de esta situación beneficios descomunales, en forma de riqueza y poder. También la ciudadanía, por su pasividad y su disposición a dejarse manipular, es corresponsable de la actual decadencia del sistema democrático.

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