/ por Fran Liñeira /
[Fotografía destacada de Gage Skidmore]
y adapta al breve espacio de tu vida / una esperanza larga
(Horacio, Oda XI)
Ordo amoris
Grandes tiempos para la literatura. J.D. Vance, el autor de Elegía campesina, es vicepresidente de los Estados Unidos. Esta novela, como no podía ser de otra manera, es una memoria ficcionalizada, nostálgica y autojustificativa, una versión narrativa del programa electoral de un Trump o de un Abascal. En Elegía campesina, el vice reafirma a la clase trabajadora blanca como sujeto político a partir de su decadencia e impotencia. Vance, al que ya se le veía el plumero, como a alguna de las izquierdas que piensan que el trabajo nos hará libres, subraya en la novela un claro antagonismo racial («a los latinos, negros, asiáticos les va mejor») y se empeña en la afirmación de que la movilidad social no va tanto de organización económica y voluntad política como de esfuerzo individual. Otro día ya hablaremos de esfuerzo y política educativa. Hoy señalo esto porque Vance, al que la prensa trata como un impotente más en la esfera de Trump, es una figura mucho más matizada, mucho más espiritual y mucho más peligrosa de lo que parece. Y no es improbable que, mors vincit omnia, sea el 48.º presidente del imperio necrófilo de los Estados Unidos.
Aunque esté de perfil bajo estos días, por el eco retumbante de las primeras semanas de Trump en la Casa Blanca, Vance ha dado una entrevista a Fox News (jugando, por tanto, en casa) en la que declaró:
«Es como de la vieja escuela, y creo que es un concepto muy cristiano, por cierto, que amas a tu familia, luego a tu vecino, luego a tu comunidad, luego a tus compatriotas y luego, después de eso, puedes centrarte en priorizar al resto del mundo. Gran parte de la extrema izquierda ha invertido esto: parecen odiar a los ciudadanos de su propio país y preocuparse más de gente ajena a sus propias fronteras. Esta no es manera de llevar una sociedad. Y pienso que la profunda diferencia que Donald Trump conlleva para los ciudadanos de este país es el concepto simple de que America First no significa odiar a nadie más, sino que significa que tienes liderazgo. El presidente Trump ha sido muy claro sobre esto y pone los intereses de los ciudadanos americanos primero, de la misma manera en que el primer ministro británico debe preocuparse de los británicos, y el francés de los franceses. Tenemos un presidente que se preocupa de forma primaria por los americanos y este es un cambio muy bienvenido».
Confrontado por las raíces básicamente tribales de esta reflexión desde el punto de vista teológico, el vicepresidente ha contestado pidiendo que busquemos ordo amoris en la red y de que la jerarquía de obligaciones morales es de sentido común. De paso, le clava a Rory Steward un «qué tonto eres» e intenta distinguirse de las élites de los últimos cuarenta y cinco años (1980-2025).

Uno, excristiano pero afecto al papa Francisco, no es el más adecuado para rebatir la teología, y lanzarse citas bíblicas a la cara no es manera de debatir salvo que te apellides Bartlet, pero creo que es útil retomar algo de lo que dicen las Escrituras al respecto de la idea de amor entre las gentes para darnos cuenta del nivel de aberración en el que nos movemos. Sin mucho orden: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», Juan 15:12; «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», Mateo 22:39; «Bueno es Jehová para con todos», Salmo 145:9; «Para Dios no hay acepción de personas», Romanos 2:11; «[El amor] no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor», 1 Corintios 13:5; «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan», Mateo 5:44.
Seguramente podría buscar más, pero para qué. Es evidente que «súbele los aranceles a Canadá y ponte a deportar porque America First» no se escribió en arameo: es descubrimiento contemporáneo. Vance, cristiano converso, podría parecer un alquimista: ha transformado al amor divino que se expresa en la atención a los vulnerables y diferentes en un yo-mí-me-conmigo irresponsable. Y mientras, Agustín de Hipona, que codificó el ordo amoris1 y reflexionó sobre él en Ciudad de Dios, y que era muy suyo, dejó escrito que «las posesiones a mayores de las personas ricas son las necesidades de las pobres. Cuando posees más de lo que necesitas, lo que posees pertenece a otros» y «está claro que cualquier persona debe ser considerada nuestro vecino». Así que bueno. Tampoco vamos a venirnos arriba justificándonos en los concilios de Cartago, pero en manos de esta peña la Biblia es más un arma que un conjunto de libros o un instrumento sapiencial. Los adversarios de la humanidad cabalgan pudriendo nuestros mejores instintos y envenenando las praderas que hollan. Porque esto es lo que son: adversarios de un futuro bueno, enemigos de las nietas de nuestras nietas.
Ternura
Esta contestación de Vance ha tenido el efecto, bastante fascinante, de tener a estos bots y votantes discutiendo sobre teología, nacionalismo, amor y Agustín de Hipona durante unos días. Salió también a la palestra el puñetero mapa de colocación moral por ideología, que es como un monstruo de la parálisis del sueño, en términos de rigor y en cuanto a que, cuando uno se despierta, todavía está ahí.

Este estudio, que intenta relacionar moral e ideología, fue publicado por Waytz, Iyer, Young, Haidt y Graham en nature communications en 2019, y consistió en pedir a los 130 participantes (64 progresistas, 31 moderados y 36 conservadores), con una edad mediana de 36 años, que eligiesen la extensión de su «círculo moral»: vamos, que dijeran si se preocupaban más por «toda su familia inmediata» o por «todas las cosas que existen», con 16 puntos intermedios.
En las limitaciones de este (por lo demás, interesante) estudio no me meto, las menciono nada más: sesgos en el muestreo, problemas al medir la autopercepción frente a recolección de pruebas, un número de participantes limitado, inconcreción de la tarea… Dan igual de todas formas; ya se ha generado un meme con el que los internautas ridiculizan a los ingenuos que nos atrevemos a preocuparnos por gente de todos los continentes (nivel 9/16) o por todos los mamíferos (10/16).
Comento esto como anécdota, para desbulizar un poco el ambiente, y porque pienso que varias de las claves ideológicas de este trumpismo que quiere tomar el mundo como una (cuarta) ola están contenidas en las declaraciones de Vance. Ya no solo estamos hablando del horror, la desinformación, la corrupción, el esperpento: la internacional reaccionaria tiene objetivos más ambiciosos y avanza dispuesta a capturar los espíritus. No es casual la presencia de un componente explícitamente religioso en su discurso. El uso del estudio de Graham y el resto es tan solo la versión más cientifista del mismo argumento, uno cuya tesis viene a ser: solo me preocupo por los míos porque es lo natural o preocuparme solo por los que tengo cerca es un mandato divino. Al expandirlo y construir política a partir de este argumento, lo van convirtiendo en más aceptable, hasta que llegue a ser sentido común.
Si no somos capaces de argumentar contra sus palabras no vamos a convencer a nadie de nada, porque forman parte del núcleo de dos de las preguntas de la era: ¿vale la pena el diálogo honesto e informado entre muchos (todos, todas, todes) para gobernar? Y ¿puede la libertad individual incluir la ternura con los otros? El texto daría mucho que comentar desde lo que Ángel de la Cruz llama la crisis instrumental de la democracia: los autoritarios mandan y ordenan, el voto a ellos sirve; el diálogo, el acuerdo y la empatía parecen ineficaces y lentos.
Hay que esperar contra toda esperanza, porque todavía nada está perdido, aunque mucho perdido esté, y porque merece la pena no dejarse caer en esta larga noche de piedra. Debemos plantear una respuesta a Vance y a estas preguntas que configure un horizonte concreto: una alternativa que no puede ser menos que profundamente espiritual, firmemente universalista y técnicamente acabadísima. Ahí es nada. Además, tiene que molar, y que convencer. Tiene que evitar el pedagogismo («ven p’acá, que te explico, ser inferior»), y también la abstracción inactiva; y debe ser empática, y enfrentar verdades durísimas siendo bella, bondadosa y explicando la realidad.
Siento añadir que ninguno de los relatos que están circulando en las organizaciones democráticas en Hespaña cumple estos requisitos. Siento añadir que, a grandes rasgos, estos relatos se dividen entre «déjame que busque mi refugio» y «todo va bien, quizá haga falta algún ajuste». Siento —mucho— añadir que pocos —muy pocos— se hacen cargo de que las instituciones2 pueden asegurarse de que la seguridad material nos permita el lujo de la ternura y la belleza, y de ayudar a que las actitudes de la ciudadanía tiendan al universalismo y al conflicto sano en lugar de al atomismo y la lucha intestina.
Para rebatir a Vance,3 cuyas palabras explicitan el argumento que está en el núcleo de muchos de los imitadores de Trump, vamos a partir de la base de que todo el mundo puede ser persuadido con las palabras adecuadas y de que el gobierno de muchos es más efectivo y ético que el gobierno de unos pocos. Es mucho pedir, lo sé: cuánto apetece creer que todo el mundo es masa estúpida; cuánto, que venga alguien y que nos quite esta responsabilidad de arreglar un mundo roto. Extendemos a todos los géneros la escalofriante afirmación de Sylvia Plath en Daddy: «every woman adores a Fascist / the boot in the face, the brute / brute heart of a brute like you». Querría dejar de hacerme cargo, pero no quiero una bota en la cara, y seguro que quien me esté leyendo tampoco. No hay una cosa sin la otra, no hay tiranía buena, así que no nos engañemos y arremanguémonos.
Vance, y por tanto Abascal, o Ayuso, o Musk, dice que nos preocupamos antes de los que tenemos más cerca, y que así deberían ser los estados. Esto es cierto y no es cierto. Es cierto para él y los suyos, que lo dicen y lo viven: podemos dar por seguro que, antes que por personas que no conocen, se van a preocupar por sí mismos. Efectivamente: pasa una DANA y acabo de comer en el restaurante, o de hacer mis cosas, antes de ponerme a solucionar el asunto. Porque no me afecta y, por tanto, cumplo el mandato divino del orden de los amores. Prefiero preocuparme de los míos, así que le doy negocio a Elon, le pido a Google que cambie el nombre del golfo de México porque necesito mostrar dominación, quemo bosques y horado el suelo porque me preocupan más los que tengo cerca (familia, amigos, camaradas de clase) que a quienes afecte la contaminación, ahora o mañana. Elimino a quienes me investigan; recorto financiación para aquellos que son más débiles o vulnerables, como la gente trans, porque, como no se parecen a mí ni los tengo cerca, me la sudan. Me pongo un buen chiringuito, o se lo pongo a mi pareja, porque en mi ordo amoris yo estoy en el centro. Pongo unos aranceles de puta madre a los países que tengo al lado porque las consecuencias negativas no me tocan a mí. Sí, el orden del amor para el trumpismo está claro: primero uno, luego los pocos y luego todos nosotros.
Pero en un sentido más estricto, más verdadero, más certero, la afirmación de Vance no es verdad. Preocuparnos más de los que tenemos más cerca (una hija, un padre, una amiga, el tendero, la directora del insti de los chavales, el centro de salud cerca de casa) no es malo. Es instintivo, sí. Como también lo es el instinto de ayuda. Y, sin embargo, las instituciones no son personas; son el instrumento que utilizamos para salvar las limitaciones de las personas. Tenemos instituciones, precisamente, para potenciar lo bueno que tenemos, como la ternura que naturalmente sentimos por los que tenemos cerca, como el apoyo, y para llevarlos a todo el mundo en todas partes. Para dirimir conflictos mientras acogemos a muchos nosotros dentro de una misma organización, porque la vida es ancha y podría ser terrible, pero somos criaturas cooperativas. Es evidente que estamos conectados de formas sutiles y misteriosas: el planeta que compartimos, la ternura, la belleza. Es evidente que, si Estados Unidos estropea el planeta, o los flujos de información, o Twitter, no es solo cosa suya. Así que preocuparnos de todos es un imperativo ético, pero también una necesidad práctica. Los problemas globales requieren soluciones en las que el grupo más grande posible (i.e. toda la humanidad) coopere: debemos generar las instituciones que lo permitan. Es imperativo que el ordo amoris sea abarcador. Así salimos de las cuevas: así saldremos de esta.
No nos acordaremos de las diferencias entre naciones cuando nuestros hijos sean todos peregrinos intentando sobrevivir en páramos desolados. ¿Exagero? Miren cómo va a quedar la cosa en cuarenta años de Reinosa para abajo. Hasta el PSOE, chill de cojones por naturaleza, está moviendo alfiles y peones en sus estructuras. No, Vance no tiene razón, y el problema actual de los Estados viene más de los parásitos que nos chantajean a todos (los monopolios, los caraduras, los perros de los ricos y sus amos), que en el reparto equitativo de derechos y cargas. Pienso que debemos repetir esto muchas veces, pero también que debemos creérnoslo y vivirlo. ¿Difícil? Ya. La bondad es considerablemente más compleja, profunda y difícil que su contrario.
El sentimiento de propósito, calma y sentido que aportan los movimientos adversarios no tiene paralelo en ninguna otra manifestación ideológica en este momento. Observen a los antivacunas («tu escepticismo hacia los gobiernos y tu miedo respecto a tu salud y la de los tuyos están fundados»), terraplanistas («tus observaciones son tan válidas como las de cualquiera») y machista («para la masculinidad tradicional no tienes que cambiar: eres suficiente»). En la izquierda son auténticos expertos en la crítica, pero, como señala jksteinberge, se les da de culo hacer sentir al otro aceptado, confortado, cálido. A sus organizaciones les cuesta incluir al otro en su ordo amoris, irónicamente; pueden ser universalistas en la teoría, pero no serlo en la ternura. Subrayen esto: los fascistas ganan porque han hecho una casa emocionalmente segura y acogedora para un montón de gente. Cosa que tiene mérito, hay que admitirlo, mientras montas un campo de concentración en Guantánamo.
Solarpunk
El futuro, como dice Ángel de la Cruz, es concreto: pónganse a abrir clubes sociales, culturales y deportivos, a organizar actividades en la naturaleza, guarderías, bares. Las protestas también, ciertamente, pero las manifestaciones, concentraciones, performances y talleres sobre Trotski tienen un público limitado. Y reiterativo. Que se queden, pero son comida de fin de semana. La comida de diario tiene que ser la concreción de la ideología que se predica, que en este caso es un ordo amoris que intenta llegar lo más lejos posible: cuidar del que tienes delante como si su carne fuera tu carne. Erraremos, probablemente; no lo conseguiremos, seguramente. Pero en el intento está la gracia (divina).
Ojalá un movimiento solarpunk de masas. De clérigos que canten con nostálgica maravilla la naturaleza que vamos a recuperar y reintegrar. De ciudades peatonales a rebosar de pequeñas tiendas con carácter rodeadas de campos y animales paciendo libres. De redes de información libres. De una tecnología al servicio de las personas. De carpinteras y libreras de barrio. De trabajos amenos, amables y, sobre todo, breves. De tiempo para vivir, no para descansar agotados.
Ojalá un movimiento que cante a la seguridad de que cualquier inconveniente (una tubería rota, una enfermedad, un apagón) no tendrá más consecuencias que la molestia de solucionarlo. Un movimiento que prometa que habrá tiempo de aventurarse, de salir del refugio y dejarse arrastrar por el caos vital. Un movimiento de cines al aire libre y enclaustrados, y de escuelas artísticas y deportivas, porque la IA y otras tecnologías nos dejan tiempo para ser humanos. De medios de comunicación veraces, entretenidos, pero no adictivos. Sin publicidad. Un mundo sin publicidad, sin llamadas a deshoras ni guerrilla psicológica.
Ojalá pintar en la ciudadanía la posibilidad de un mundo sin yayos sufriendo solos, sin hijos que tengan que elegir entre trabajar o cuidar de sus mayores, sin emigraciones forzosas porque no hay curro de lo tuyo; pero de trenes en los que perderse si es de cada uno el deseo. Un mundo de libros, libros y más libros, que en cualquier formato es otra palabra para amor.
Ojalá un movimiento al que dé energía el sol, el calor de la tierra, el mar, y no la gasolina y el humo. Ojalá grandes proyectos colectivos (explorar el universo, crear grandes y pequeños monumentos, llegar a la pobreza cero, recuperar el mundo natural perdido) que puedan realizarse porque nadie ha sido dejado atrás. Ojalá llegar a casa a mediodía, tomar un café, hablar suavemente con los vecinos, ir a la playa o al monte, y no temer al día siguiente. Ojalá coger una mochila y perderse, no como lujo para unos pocos, sino como derecho para muchos. El gozo se volverá a unir con la labor, los medios con los fines, el esfuerzo con la recompensa, los días con el sentido.
Todos esos ojalás no son fantasiadas. Son asuntos perfectamente posibles, que la mayoría de los que vivimos aún podríamos ver antes de marcharnos—ten coraje, nadie es inmortal—y, más importante, de los que Vance y sus ideas sobre la limitación del amor son contrarios. Ellos nos quieren pequeñitos, aislados, limitando nuestra capacidad de dar y recibir ternura. Quieren que nos arrastremos y cavemos pequeños refugios de hurones, mientras el cambio climático nos arrasa y ellos viven como reyes de una tierra desolada.
Toda creación humana puede deshacerse por medios humanos: también el bienestar. Ellos, los adversarios de la humanidad, recogen antiguas palabras sagradas para pintar con ellas las marionetas con las que nos engañan. No les dejemos. La humanidad es muchas, pero también es una. Quizá nosotros no podamos, ni queramos, evadirnos del ordo amoris, pero para eso pueden estar nuestras instituciones: no solo para ordenarnos, sino para querernos. Para crear, de cualquier forma, una red entre todos que sea paciente, amable, que no envidie, que no presuma. Que no deshonre al resto ni solo busque autojustificarse, que no llegue a la ira fácilmente y que perdone las equivocaciones. Redes e instituciones que no se deleiten con la crueldad, con el cinismo, sino que se engalanen con la bondad. Que siempre protejan, que siempre confíen, que siempre esperen, que siempre perseveren.
Así en la imaginación como en la tierra.
1 Oponiéndolo, por cierto, a la razón: el amor, y no otra cosa, sería la pieza clave del buen vivir.
2 Gobierno, periódicos, bancos, bares, institutos
3 Y rebatirlo como es verdaderamente útil: no comentando ad infinitum la última cosa terrible que han dicho o hecho los adversarios de la humanidad, sino poniendo blanco sobre negro por qué otra opción es mejor.

Fran Liñeira (Compostela, 1992) es investigador, escritor y docente. Estudió una serie de cosas, la mayoría nutritivas, otras no tanto. Lee con interés a muertos y muertas, pero no desprecia a los vivos. Ha publicado artículos en torno a la crítica cultural y la literatura especulativa en Contrapunto o Amberes. Actualmente prepara una tesis sobre fantasía, mitología e ideología en La Rueda del Tiempo.
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