Pensamiento

Sobre la verdad en las sociedades pluralistas

En el siglo XXI hemos asistido no solo al desprestigio de la ciencia, sino que incluso empezamos a dudar de lo que vemos con nuestros propios ojos. Pero ¿qué es la verdad? ¿Qué debe ser en una sociedad no absolutista? Un artículo de Juan Manuel Zaragoza.

/ por Juan Manuel Zaragoza /

En portada: «Árbol de la vida y la verdad», de José Casamayor, en Churriana (Málaga). Fotografía de Daniel Capilla

Enfrentamos el final del primer cuarto del siglo XXI con un interés renovado en la verdad. No faltan razones, desde luego, para hacerlo. Hemos atravesado, durante la última década, un asalto desde posiciones que hemos calificado como negacionistas o conspiranoicas a una serie de consensos que, desde al menos la década de los cuarenta del pasado siglo, conformaban la columna vertebral de nuestras sociedades liberales. Entre ellas, una definición de la verdad como correspondencia con la realidad. ¿Cómo se garantizaba esa correspondencia? Básicamente, mediante dos formas. En los casos sencillos, del tipo «el gato está sobre la alfombra», nos bastaba con comprobar con nuestros propios ojos si el gato estaba, o no, sobre la alfombra. Es lo que se llama, en filosofía, realismo ingenuo. Para casos más complejos, contábamos con la ayuda de una institución a la que confiábamos la labor de distinguir lo verdadero de lo falso: la ciencia.

En el siglo XXI hemos asistido no solo al desprestigio de la ciencia como garante de esa correspondencia, sino que incluso empezamos a dudar de lo que vemos con nuestros propios ojos. Los «hechos alternativos», como los definió una vez Kellyanne Conway —portavoz de Trump en su primer mandato—, en un intento por convencernos de que lo que veíamos frente a nosotros (que la asistencia a la investidura de Obama fue mayor que a la de Trump) no era cierto. Reflexionar sobre la verdad no es, por tanto, una frivolidad, sino que parece un tema apropiado para este 2025 que apenas empieza.

El problema que debemos enfrentar, en todo caso, es que hay dos caminos que, a día de hoy, parecen agotados. El primero es volver a una idea fuerte de verdad, en tanto que esta vendría sustentada por una realidad, indisputada: el «decir de lo que es que es» aristotélico. Se trata, desde luego, de una pulsión comprensible y que es recogida por variados sectores sociales: desde la derecha más reaccionaria (que apela a la ley divina para condenar al aborto) hasta la izquierda más revolucionaria (que apela a la ley natural para condenar el consumo de carne). Confiar en una jerarquía externa (sea Dios o la Madre Tierra) que nos garantice que lo que es se corresponde con lo que percibimos y esto con lo que decimos, siempre es tranquilizador.

El segundo, por mucho que nos parezca contraintuitivo, es aquel que convierte a la ciencia en garante único de la verdad. No solo porque, como hemos visto, su posición se haya visto socavada en los últimos años tanto por el acoso de los negacionistas, como por errores estructurales solo imputables a ella misma (por ejemplo, la crisis de replicabilidad: la dificultad de reproducir experimentos realizados por otros). Sino porque participa de la misma lógica subyacente al primer problema señalado: la Ciencia sería quien nos garantizara la realidad de los hechos.

Lo que reside en el fondo de ambas opciones es que comparten una definición de la verdad como correspondencia («decir de lo que es que es») que no casa bien con las sociedades pluralistas en las que vivimos y en las que, supongo, queremos vivir en el futuro. Una sociedad pluralista requiere una pluralidad de verdades (y de mundos, pero este es otro tema). Y es aquí, en este punto que nos parece contraintuitivo, donde radica el problema a resolver si queremos rescatar el concepto de verdad y ponerlo nuevamente a funcionar. Nuestras instituciones democráticas no están pensadas para aceptar y garantizar la existencia de una pluralidad de verdades. Excepto en un caso: la verdad jurídica.

Nadie niega la existencia de una verdad jurídica que es distinta a otras formas de decir verdad. Y nadie afirma que la existencia de esa forma, distinta y segregada, de veridicción ponga en riesgo la democracia. Si acaso, es su perversión (en forma de lawfare) lo que lo haría. La pregunta es: ¿podemos pensar en instituciones que nos permitan sostener la existencia de diversas formas de verdad, de la misma forma que hacemos con la jurídica? Mi respuesta es que sí, siempre y cuando compartamos un compromiso mínimo: la verdad se construye y, por tanto, es relativa (lo contrario al relativismo, nos recuerda Bruno Latour, es el absolutismo. Y no queremos sociedades absolutistas).

¿Esto quiere decir que todas las verdades son válidas por igual? Por supuesto que no. Hay dos aspectos que señalar aquí: en primer lugar, su ámbito de enunciación. En segundo, la calidad de su construcción. Sobre el primer elemento: la verdad jurídica es cierta en el ámbito legal (y sus efectos serán los que otorgue el sistema político en que se inserte), pero no el ámbito científico (por ejemplo). Así, mientras que la ciencia nos garantizó que el aislamiento y la cuarentena eran las formas más seguras de afrontar el problema causado por el covid-19 y que, por tanto, debería ser aplicada por el gobierno, los juzgados dictaminaron que esa medida no se ajustaba a derecho y que, por tanto, no debería haber sido tomada. Estamos ante dos verdades que apuntan en direcciones distintas. ¿Cómo debemos proceder? Dejando de lado los efectos políticos, parece sensato señalar que en ningún caso los criterios de verdad de un ámbito deben servir para juzgar la veracidad de lo dicho por el otro. Es decir: que el Constitucional señalase la ilegalidad del decreto en que se impuso el confinamiento no niega la validez científica de la medida. Esto parece fácilmente aceptable en este caso (aunque siempre podríamos encontrar declaraciones que afirmen, precisamente, lo que indicamos), pero puede causar problemas en otros planos.

Acordemos que existiese una verdad moral. O, incluso, una verdad religiosa. No entraremos a detallar su contenido; asumamos sin más que son posibles. Según el principio que hemos desarrollado antes, los criterios para definirlas nunca podrán imponerse sobre otros ámbitos. Tampoco entre ellas. O, dicho de otra forma, los criterios de verdad religiosa no deberán aplicarse a los hechos morales. De hacerlo, estaríamos tergiversando ambos ámbitos. De la misma forma que si empleásemos los criterios de verdad jurídica para determinar la verdad o falsedad de un hecho científico. ¿Nos parece esto sencillo? ¿De verdad afirmaremos que resulta simple desligar nuestras interpretaciones morales de un hecho de nuestros principios religiosos? ¿O que dejaremos de usar la ciencia para justificar nuestras posiciones morales? Y, sin embargo, ¿no nos parece razonable? ¿No nos evitaría muchos problemas el intentar desenmarañar ese lío?

Creo, por tanto, que podemos adoptar un primer principio: las formas de decir verdad de los distintos ámbitos (sean estos cuales sean, habrá que identificarlos) sólo son válidas para su propio ámbito, nunca para el resto.

Segundo punto: la calidad de la construcción. Que la verdad de los hechos sea construida implica que podemos evaluar la calidad del proceso constructivo. Así, en el mundo de la judicatura, para determinar que un hecho es verdadero o falso, para culpar o exculpar a un acusado, es necesario un durísimo trabajo por el que se irán aportando elementos que, finalmente, nos permitan llegar a una conclusión. Este trabajo de construcción de un hecho veraz (que el acusado disparó a la víctima) es fundamental, puesto que muchas veces un error en el mismo, por mínimo que sea, puede hacer que lo que ayer era una verdad jurídica, hoy ya no lo sea. Esto pasa, también, para el resto de ámbitos.

Llegamos, así, a un segundo principio: en tanto que la verdad siempre es construida, es necesario, para cada ámbito, determinar los criterios que permiten evaluar si su construcción es sólida. Esto no implica que sea infalible, ojo. Simplemente que se encuentra bien construida y que, de momento, es confiable. Pero tal vez mañana ya no lo sea. Tenemos cientos de ejemplos, tanto en el mundo de las leyes como en el de la ciencia.

Indicaba más arriba que una sociedad pluralista era aquella que posibilitaba la coexistencia de múltiples verdades en su seno y que el problema que enfrentábamos era el de crear instituciones que se hicieran cargo de este pluralismo. Estos dos principios son los mínimos sobre los que construir dichas instituciones, en lo que es, parece una obviedad tener que decirlo, una tarea política.

Surge, entonces, una nueva duda. ¿Existe una verdad política? ¿Tenemos criterios para juzgar la verdad de los hechos políticos? ¿Cuáles serían los criterios que nos permitirían tal cosa? ¿Cuáles son las condiciones de felicidad de la política (tomemos prestado el término de Austin)?

Es necesario contestar a estas preguntas para determinar qué tipo de sociedad queremos que surja de las cenizas de las democracias liberales del siglo XX, una vez que el sueño globalizador del neoliberalismo triunfante de la década de los noventa y primeros 2000 se ha mostrado imposible. ¿Qué mundos podemos construir? ¿Qué formas de organización política nos daremos?

Desde mi punto de vista, la apuesta debe pasar por construir una democracia radical anclada en una ontología [política] pluralista, que sea capaz de garantizar las condiciones materiales de existencia de las mayorías al tiempo que se hace responsable de las condiciones de habitabilidad del planeta. Y en esta tarea, contar con una definición de verdad como la esbozada aquí —que implica la postulación de un pluriverso, a la William James­— resulta, o eso creo, imprescindible.


Juan Manuel Zaragoza (Cartagena, 1977) es investigador posdoctoral en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Murcia, donde desarrolla una investigación acerca de los vínculos entre cambio climático y salud mental.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Sobre la verdad en las sociedades pluralistas

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo