/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /
Una atalaya óptima para observar la mecánica del imperialismo clásico es, sin duda, la joya de la corona británica: la India.
«La conexión entre el comienzo de la transferencia de riqueza hindú a Inglaterra y la rápida potenciación de las industrias británicas no fue casual, sino causal […] posiblemente desde los principios del mundo, ninguna inversión haya obtenido beneficios comparables a los cosechados por el despojo de la India. […] sus efectos […] sobre la revolución industrial parecen haber sido instantáneos» (Digby, cit. en Frank: La acumulación mundial, 1482-1789).
¡Vaya! Se ve que algunos descreídos ponen en entredicho que la revolución industrial fuera el resultado inevitable de la colusión de innovaciones tecnológicas, audaces emprendedores e instituciones volcadas en el interés nacional. ¡Con lo bonito que era el cuento! Claro, pensándolo un poco, a lo mejor eran necesarios fuertes caudales iniciales. Y ¿de dónde salían? ¿De la chistera de un mago? No: más bien de «aquello que los economistas denominan «acumulación previa u originaria», pero que debería llamarse expropiación originaria» (Marx: Salario, precio y ganancia).
Desde la apropiación forzosa de tierras comunales y la desposesión de los campesinos hasta la trata de esclavos, pasando por el robo con violencia y la descarada piratería, cualquier cosa era lícita con tal de que el beneficio fuera sabroso. Esto no es mera consecuencia de la maldad humana, sino de la lógica de un sistema cuyo fin último es el acaparamiento ilimitado de capital.
Aunque portugueses y holandeses intentaron implantarse antes que ellos, fueron franceses y británicos los que, a la postre, se disputaron el control del Indostán. La rivalidad entre ambos países, a través de sus correspondientes Compañías de las Indias, acabó decidiéndose a favor de Gran Bretaña. Fueron fundamentales la victoria de Clive en Plassey (1757) frente a los soberanos de Bengala, aliados de los franceses, y la derrota de estos en la guerra de los Siete Años.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII y durante el XIX, los británicos continuaron su expansión por el subcontinente. Usando la táctica del «divide y vencerás», fragmentaron el país en Estados sobre los que ejercieron un protectorado avasallador, y territorios directamente gestionados por ellos. La Corona y las fuerzas económicas a las que servía terminaron por lanzar una OPA hostil contra la Compañía de las Indias Orientales, que fue disuelta en 1858. La administración pasó al Estado, y en 1876 la reina Victoria añadió a sus títulos el de Emperatriz de la India.
En ese periodo se intensificó la explotación de las riquezas del país. Su economía entera fue reconducida para ponerla a los pies de las necesidades e intereses de la metrópoli. Al igual que Lobezno, el imperialismo británico bien podría decir: «Soy el mejor en lo que hago… pero lo que hago no es muy agradable». Las rebeliones periódicas fueron aplastadas con suma crudeza, siendo la más famosa la de los cipayos (soldados nativos), que culminó en un baño de sangre. «Un historiador ha afirmado que los británicos masacraron a unos diez millones de personas después del motín de 1857 […] pero casi todos los expertos están de acuerdo en que la cifra verdadera es diez veces menor» (Morris: Guerra: ¿para qué sirve?). O sea que, tras esa sublevación, la cifra de muertos habría sido de apenas un millón. Ah, bueno…
Por otro lado, la tutela extranjera contribuyó al alcance devastador de epidemias y, sobre todo, hambrunas. Se calcula que entre la Gran Hambre de Bengala (1769-70) y la que asoló la India en 1899-1900, murieron de inanición decenas de millones de indios.
Se podría pensar que tan nefastas secuelas fueron ajenas a la presencia británica. Sin embargo, hay que reparar en el efecto de una gestión y una orientación mercantil para las cuales el bienestar de los nativos no es la preocupación prioritaria. Trastornaron radicalmente la estructura económica india:
«Primeramente […] transformando a la India del importador neto de capital europeo que había sido (a través del saldo en metálico de sus excedentes de exportación) durante siglos, en un exportador neto de capital a Europa, después, durante los siglos XIX y XX, transformándola de un país manufacturero exportador (también durante siglos) en un mercado para las industrias en desarrollo del capitalismo europeo» (Frank: o. cit.).
Todo ello ya bajo el caritativo manto de la Corona. Pues en tiempos de la Compañía, la rapiña pura y dura era la norma. En 1773, un periodista londinense apuntaba: «Indios torturados para confesar el paradero de sus tesoros […] ciudades, pueblos y aldeas saqueados y destruidos, jaghires y provincias empeñados, nababs destronados y asesinados. Esos son los pasatiempos y la religión de la compañía y de los que la sirven» (cit. en Morris: op. cit.).

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Editorial Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Ediciones Trea, 2024), El serano (El Viejo Topo, revista de Ediciones de Intervención Cultural), La primavera y el titán (Marciano Sonoro Ediciones, 2024) y Antígona vive (una invitación a la tragedia ática). Publica textos en El Cuaderno digital, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo.
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