Poéticas

Un poemario de los márgenes

'Pasajeros de andén', de Pedro Luis Menéndez, es «un poemario diáfano, redondo en su construcción», acotado temáticamente al otoño. Una reseña de Maru Bernal.

/ una reseña de Maru Bernal /

Pasajeros de andén es un poemario diáfano, redondo en su construcción, de una coherencia magistral que discurre por entero en los márgenes, esas coordenadas precisas de tiempo y espacio que el autor se ha impuesto a sí mismo para delimitar el andén y seguir dándole impulso al viaje.

Un poemario acotado principalmente en el espacio temporal del otoño. Desde ahí es posible observar, quieto, casi inmóvil, la sombra alargada del último invierno. Un poemario de esquinas y rincones, limitado por el viento y el agua, los límites exactos de la nada. El poeta es ese «ángel caído al borde de su nada» que traza en cada uno de sus versos la rayuela de los días. Nos muestra cada esquina, cada rincón, cada toque de queda en ese niño que fue y ya no es, que cruza por detrás del viento, por detrás del agua, en un noviembre infinito que se diluye por los rincones. La niebla esconde el temblor, aleja el miedo de las voces que se confunden en su «Hotel de paso» metáfora de la vida, como también se confunden «los años, los viajes, los recuerdos que caen en un cajón para perderse y no ser ya sino silencio oscuro». Unos versos que esconden «Secretos», como afirma el poeta: «No escondo en los bolsillos más de lo necesario, una luna pequeña, una pieza de puzle, una llave que cierra lo que antes abría, pañuelos y monedas gastadas por el tacto; y un rincón de sospecha, una esquina que dobla la patria de lo oculto…».

Sueños desquiciados, arrugas, caídas, noches, ausencias, costumbres, versos y más versos para taponar esas grietas que aparecen sin remedio, para sostener el frágil edificio de los años. En la trilogía de poemas sobre «Céline» en los que se presiente ese Viaje al fin de la noche que todos habremos de emprender algún día, asoma también la nostalgia del pasado. Pedro Luis Menéndez nos confiesa que «los lugares perdidos siempre vencen; qué no daríamos por regresar a aquella noche en la que todo era orígenes o lluvia», lo que fuimos y ya no somos.

Conservamos, sin embargo, en sus poemas, refugios precarios; «los pobres enterramos los deseos que asoman entre las grietas, sabemos mirarlos de soslayo, quedarnos quietos». Es esta una imagen que nos lleva al título del poemario, esos pasajeros de andén, figuritas inmóviles de la maqueta que observan desde los estrechos confines de sus límites el paso incesante de los trenes, trenes que una vez tomaron, que ya han perdido o en los que jamás se atrevieron a subir.

En «Escenario» vuelve a aludir a esos límites precisos que conforman nuestra vida y que a veces vienen determinados por los demás, haciéndonos retroceder o avanzar en una dirección o en otra a tenor de otros límites, los suyos. Cada uno tiene sus propios límites y a veces resulta difícil traspasarlos: «has marcado con tiza mi posición exacta y entonces he entendido: procura no salirte de la línea». El poeta recoge su pasado frente al estupor del viento, arrastra sus «paisajes sin sosiego», se detiene conmovido a observar su propia infancia en ese «niño en una esquina que mira el mundo» y se ratifica a sí mismo con orgullo, «sabes quién eres, cualquier otro camino sería traición». Esta es una de sus pocas certezas, otra es la confianza absoluta en «las luces del otoño y sus confines».

Aferrarse al otoño, persistir en la belleza de la vida, en la bondad «del otro lado de la lluvia que golpea los deseos mansos», en el pulso firme de su mano trazando la rayuela de los versos. «¿Recordaré este otoño?», se pregunta Pedro Luis Menéndez. Es plenamente consciente de la llegada del invierno, un invierno al que va a reclamarle sus últimas monedas, porque tal vez, «solo tal vez, quizás o todavía podamos entreabrirnos hacia el mundo si las palabras viven en una tarde verde y sin remedio». Y ahí están sus versos, impulsados por el viento, pulidos por el agua, «otra manera de convocar el vértigo para cuando no quede más frontera que la última noche». El otoño como frontera se revela firme en sus luces y en sus sombras, sujeta la mano que dibuja geografías espaciales y temporales que ya no se encuentran en los mapas. Hay que redefinir otras nuevas o volver a delinear las antiguas, hay que aprender a «mirar al cielo sin saber por qué. Persistir».

Algunos títulos de sus últimos poemas evocan esa persistencia: «Afán», «Reloj de arena», «El miedo», «Sin abrigo», «Noviembre», «Pozo». Reconocemos en el poeta a ese «peregrino que recoge luces» con la serenidad del que ya no tiene necesidad alguna de «fingir teatros sin tramoyas», del viajero curtido por la vida que se enfrenta a las grietas del tiempo y de la pérdida con la confianza puesta en el agua y en el viento, esas dos variables que determinan su norte.

«El agua, ya no azul, tan plata», hermosa metáfora del paso de los años. El viento que sigue impulsando los días, viento en el que «busca las seis vidas perdidas en la noria», todos los rincones y cada una de las esquinas en las que se adivina «esta palabra quieta a punto de nacer».

 La rayuela de sus versos, el deslumbramiento de los márgenes.


Selección de poemas

Hotel de paso

En penumbra las voces se confunden.
También los años, los viajes, los recuerdos
que caen en un cajón para perderse
y no ser ya sino silencio oscuro.

En un armario pobre, un saldo
de restos de almacén,
las horas
que transcurren van cerrando
los dedos
en torno a las mentiras que persisten,
humanidades viejas,
papeles arrugados,
lunas frías.
En un hotel de paso,
en su montaña de noches sin cobijo,
te sientas a mirar y no ves
nada, mientras la sombra va ocupando
la cavidad creciente de otro miedo,
frontera de tu carne.

Afán

Guardo las instrucciones
el tiempo necesario para que se reconozcan
en sus pasos, esos que se definen
por volverse, si alegres,
otra forma de sentir que lates,
una manera de saberte
aquí, en este otoño denso de crudeza,
como un afán,
un peregrino que recoge luces
y piensa: todo está bien, quizás,
tal vez me lea, todo está bien,
quizás, tal vez me ame.

O alguna vez, quizás, tal vez
sí deseara hacerlo.

Reloj de arena

He escondido tu vida
en un rincón pequeño
de un sábado cualquiera.

Tal vez llegamos tarde
a los juegos del beso.

Es tan sólo posible
que la piel no responda
y las caricias sean
un gesto sin presencia
real, una impostura.

Mejor dejar la calle a los que llegan,
son un tropel que corre sin desmayo.

Mejor retroceder a los noviembres,
ser estatuas de sal,
matar al niño.

Y no fingir teatros sin tramoyas.

Noviembre

Una mujer se sienta frente a ti.
El frío no ha llegado a este noviembre
que asciende por sus piernas
cruzadas, mientras huyes
a través del cristal
de todo aquello que te reduce
a lo que ya no eres,
una cueva sin más tesoro que su vacío.

El brillo de sus botas te recuerda otras calles
y un vendaval de piel en cada madrugada.

Era entonces y allí. Ahora recortas
estas líneas en forma de poema
para ocultar la prosa que se esconde
en el brillo de sus piernas, tan ajenas
al viaje, tan perdidas.


Pasajeros de andén
Pedro Luis Menéndez
Difácil, 2025
62 páginas
10 €

Maru Bernal (Barcelona, 1964), licenciada en filología clásica por la Universidad de Salamanca y forma parte del colectivo poético Genialogías. Ha sido actriz, dramaturga y directora de Eos Theatron, grupo que fundó en 2010. Actualmente se dedica por completo a la escritura. Ha publicado los libros de poemas Hendiendo el aire & Suturas del alma (2022), No todos volvimos de Troya, XXV Premio Ciudad de Salamanca (2022), Rumores yámbicos, LXI Certamen Amantes de Teruel (2024). Acaba de ver la luz su ensayo La belleza de lo trágico (2025).


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