La escritura encubierta

Ramón Tamames y las peripecias de Anita Ozores

Ricardo Labra comenta una inclasificable novela clariniana del político y economista.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

Fotografía destacada de Daniel Arjona

No solo de las obras de contrastada calidad literaria, de aquellas que pueden considerarse canónicas, dentro de un género o determinada época, se sustraen sustantivas lecciones y enseñanzas; sino que también se pueden discernir y columbrar valiosos conocimientos —en algunas cuestiones con mayor eficacia, por su enjundia y veracidad— en las obras menos afortunadas, descompuestas y desdichadas de la literatura.

Las obras maestras suelen mostrar con excelsitud los propósitos y hallazgos de sus autores, además de los recursos y procedimientos estilísticos empleados para que un artefacto lingüístico se transforme en una obra de arte. Sus autores, aunque no se compartan sus creencias o sus visiones de la realidad, siempre cuentan, desde su compleja madurez, con el cómplice asentimiento del lector; es decir, un ateo, un no creyente, puede conmoverse leyendo un poema que refleje el tormento de una crisis religiosa; o un urbanícola de este siglo, reírse y consternarse al mismo tiempo por la caballeresca suerte del loco más cuerdo de nuestra literatura. Asentimos con Alfonso Costafreda cuando interpela a Dios tras la muerte de su padre, y asentimos con Miguel de Cervantes cuando nos hace reír o llorar con las angosturas del universo por el que transita su Caballero de la Triste Figura.  En cambio, los esperpentos literarios y las obras funestas solo muestran, en estado puro, las desmesuras y distorsiones de los ególatras despropósitos de sus autores; su desajustado y grotesco ego. Debido a ello, si en la mesura de los buenos escritores se aprende lo que se debe hacer en el esforzado oficio de la literatura, en la desmesura de los malos escribidores se aprende lo que nunca se debe hacer, y, sobre todo, como advirtió Cioran, a encadenar el ego con doble cadena, sin dejar de someterlo a permanente vigilancia.

Los bibliófilos suelen tener, en su vasta biblioteca, unos solapados anaqueles para resguardar sus tesoros bibliográficos. El conjunto de los libros que cobijan estos estantes recónditos suele ser bastante heterodoxo y heteróclito, ya que el mismo suele responder al valor que a cada libro le otorga su poseedor, por lo que entre ellos se entreveran los siglos y los géneros literarios. Pues bien, no hace demasiado tiempo que visité la biblioteca de un secreto y consumado bibliófilo, quien como personal agasajo tuvo la gentileza de mostrarme los que contenían sus libros más preciados. En uno estaban los contados incunables que poseía, junto a algunas primeras ediciones de los escritores finiseculares y de los poetas del 27, pero lo que centró mi atención fue el otro anaquel que mi amable anfitrión motejó como el de los «abortos literarios». Y es que este amante de lo impreso busca con denuedo los libros que categorialmente tilda de «abortos literarios», volúmenes de todas las materias y géneros que se caracterizan por su desmesura, por su desproporción y, sobre todo, por el desorbitado ego de sus desdichados autores. Al parecer, según mi consumado bibliófilo, estos libros resultan tan difíciles de encontrar como una primera edición de Poeta en Nueva York, por lo que me confesó que le alegraba tanto encontrarse con uno de ellos, para incrementar su colección, como hacerse con una valiosa primera edición de un autor consagrado.

Y la verdad, tal y como me indicaba mi culto interlocutor, es que esos libros suelen desencadenar una dolorosa hilaridad, sobre todo en los literatos, ya que cualquier escritor cabal se ve reflejado en ellos, en mayor o en menor grado. Este paradójico efecto los convierte en libros purgativos y depurativos, en tratados de lo que no se debe hacer, en antídotos contra lo patético y lo ridículo. Libros, en suma, que reflejan, mejor que cualquier negativo, las miserias y las pretenciosas necedades humanas.

La novela del ilustre economista, historiador y político Ramón Tamames La segunda vida de Anita Ozores dista de ser un «aborto literario», por lo que nunca formará parte del anaquel del selecto bibliófilo que los atesora con formol en su biblioteca; y tampoco, aunque en este caso pueda tener ciertas concomitancias, con los libros de un anaquel imaginario que pudiera salvaguardar los —menos interesantes, por su recurrente proliferación— despropósitos literarios.

La tarea emprendida por tan inusitado escritor, aunque sean inveteradas sus ínfulas literarias, es de las consideradas de alto riesgo, y de las que solo suelen acometer, con más arrojo que lucidez, los escritores neófitos. Sorprende por ello que Ramón Tamames, un economista de prestigio, haya emprendido tamaña quijotesca empresa, y conste que no lo digo por el célebre antecedente que puede darse con el Quijote de Avellaneda, autor que se mostró más prevenido que nuestro ilustre economista, al ocultar taimadamente  su verdadero nombre —por mucho Alonso Fernández que pusiera—  para no salir  zaherido de su descabellada iniciativa; aunque Avellaneda, todo hay que decirlo, compuso un Quijote más a la altura del Quijote cervantino que la Anita Ozores de Tamames respecto al modelo clariniano.

Ramón Tamames recurre a un manuscrito encontrado en un monasterio de clarisas, de una recóndita serranía de la diócesis de Toledo, cuya autoría se demuestra de Ana Ozores, sor Vetusta, en el que cuenta su vida después de su caída sobre el pavimento de la catedral y del viscoso beso de Celedonio. La novela se transforma desde su comienzo en una suerte de folletín y de novela bizantina, con la partida de Vetusta de Ana Ozores, que se va embarazada, sorpréndase el lector, de Álvaro Mesía, y sus romanescas andanzas intelectuales por Madrid y el universo intelectual parisino.

Pero no vayamos tan deprisa, ya que una de las pretensiones de Ramón Tamames, además de demostrar a los lectores sus profundos conocimientos históricos, es la de liberar a Anita Ozores del estrecho y asfixiante ámbito vetustense; si bien, curiosamente, bajo su pluma, Madrid aparece como una ciudad mucho más pequeña y provinciana que la amurallada recreación clariniana.

Ana Ozores se transforma en una especie de paso de Semana Santa, de hierática figura de cartón piedra, que asiste y contempla los más variados sucesos de la España finisecular. Ana Ozores no solo establece una estrecha amistad con la Reina Regente —Regenta y Regente—, María Cristina de Habsburgo-Lorena, sino que está a punto de modificar la posición política de Cánovas respecto al destino de los territorios españoles de ultramar, y de cuyo asesinato en las termas de Santa Águeda es insólita testigo. Por si todo esto fuera poco, Ana Ozores tiene tiempo de criar a su hijo, de tomar nuevas nupcias con otro Víctor, en este caso con don Víctor de Montignac, de sumar a su pasional historia amorosa otro adulterio con el intelectual y catedrático Lorenzo de Acevedo y de construirse, tanto en España como en Francia, una reputada fama de intelectual como corresponsal de diferentes periódicos, para, finalmente, concluir su periplo vital profesando de monja; todo ello entreverado de folletinescas peripecias.

Pero lo peor de la novela de Ramón Tamames es que no se puede olvidar —y en este caso resulta ciertamente dolorosa su evocación— la novela de Leopoldo Alas Clarín. La simplicidad escritural de las páginas de La otra vida de Anita Ozores contrasta con las complejidades estilísticas de La Regenta, de la magna obra del hacedor de Guimarán, ya que Anita Ozores se convierte en las manos de Tamames en un personaje epidérmico, muy alejado del arquetipo femenino clariniano, perfilado a través de unos procedimientos estilísticos que quedan muy lejos del alcance, y tal vez de la comprensión, del ilustre economista devenido en temerario escritor. Además, la novela resulta perturbadoramente reaccionaria, al pervertir por completo los planteamientos clarinianos. En La Regenta, entre otros destacados aspectos, prevalece la crítica anticlerical, por lo que resulta esperpéntico que Anita Ozores termine profesando en un convento de monjas clarisas, por mucho que haya ofrecido ese sacrificio a Dios a cambio de la vida de su hijo. Un final, desde luego, acorde con la novela.

Ramón Tamames, con su bizantina y folletinesca recreación de Anita Ozores, desmonta el socorrido tópico —prodigado también por algunos escritores poco avisados— de que en la novela cabe todo; pues bien, La segunda vida de Anita Ozores demuestra, como ejemplo sumario, que en la novela no cabe todo.


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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