Creación

Moscas

Corren los años cincuenta y los exiliados españoles Jesús Hernández y Felipe Muñoz Arconada conversan en un café mexicano sobre la desventura de la «España peregrina», el asesinato de Trotski por Ramón Mercader o la traición de un personaje conocido como «El Rubio». Un cuento de Fernando Hernández Sánchez.

/ por Fernando Hernández Sánchez /

—¿Qué estoy haciendo aquí? —se pregunta mientras palpa el bolsillo derecho de su americana. El frío contacto con el calibre 22 le procura una sensación protectora inversa a la de su liviano peso. Mientras juguetea con la palanca del seguro, frunce el ceño y achica los ojos tras los gruesos cristales de sus gafas de miope observando en su aproximación al hombre que recibió la orden de liquidarlo aquí, en México, o por mano interpuesta en Francia, de camino a Belgrado. Todavía se sorprende de haber aceptado esa extraña invitación, hecha llegar a través de una intrincada cadena de intermediarios a la que no parece ajeno el novelista Juan Rejano, pero que ha evitado cautelosamente al cartelista Josep Renau. Conoce a ambos desde la guerra y sabe el temple de la coraza ortodoxa de cada cual.

El sol de media tarde cae sobre la cúpula de cobre del monumento a la Revolución. Visto desde La Habana, el resol desdibuja el fuste de las columnas que ondulan cual vistas a través de vidrio soplado. Los dos hombres ocupan una mesa al fondo del café, donde el palique de la parroquia y sus vocablos sueltos son solo un runrún de fondo: «Se debe», «licenciado», «condominio», «Franco», «mañana», «abajo», «socialistas», «el coronel», «quizás», «puerto», «allá» … Se agradece el frescor del damero de baldosas recién baldeado. La cortina de macarrones de madera pintados de colores variopintos tintinea como un collar de semillas al paso de cada nuevo cliente. Las moscas aprovechan para colarse y buscar el frescor deslizante del mostrador de cinc, de los veladores de mármol y de las escupideras de loza.

El camarero, chaquetilla blanca, alamares verdes en los hombros, botones de latón, paño al antebrazo izquierdo, bandeja manejada con arte malabar sobrevolando su cabeza trae las consumiciones: un anís seco y un café solo, oscuro y denso como betún de Judea, y un coñac que su destinatario gira en la copa hasta hacerlo lagrimear. Las moscas acuden al reclamo del aroma dulzón. De vez en cuando, alguien agita mecánicamente una mano, casi con desdén, seguro del vano resultado de un gesto inútil que ni las hiere, ni las ahuyenta. Como mucho, los insectos hacen un quiebro, desaparecen por un instante y vuelven, pertinaces, pacientes, molestos. Los más listos esquivan las tiras pegajosas que cuelgan del techo, donde los torpes agonizan sin duelo.

—Coñac Lepanto. No lo cataba desde la guerra. El duque de Alba tenía una buena bodega en el palacio de Liria bombardeado por sus amigos. Mucho mejor que el asaltaparapetos de Brunete. Llegan cosas buenas de España desde que ronda por aquí ese cabrón falangista de Salvador Vallina. Pretenden rendirnos por nostalgia y eso no hay tesón que lo resista. Venga, Jesús, brindemos: ¡el año que viene, en Madrid!

Hernández no corresponde. Inclina su copa hacia sí y mira con mal disimulado fastidio a su interlocutor:

—Déjalo ya, Arconada. El año que viene seguiremos aquí, cada vez más viejos, cada vez más derrotados, cada vez más nadie.  

—Eres un cenizo, camarada. Acabaste contagiado del pesimismo congénito de Indalecio Prieto, tu némesis. Dame al menos una oportunidad de recobrar nuestra vieja relación antes de mi marcha.

Jesús Hernández, exdirector de Mundo Obrero, exdiputado por Córdoba, exministro de Instrucción Pública, excomisario del Grupo de Ejércitos del Centro, ex de tantas cosas desde 1920, excepto de la condición de hombre de acción, está intentando entender las razones de este hasta hace poco improbable encuentro. Lleva sobre sí el estigma del renegado, del adherente a la herejía del mariscal Tito y el sino fatal de quien habiéndolo sido casi todo cayó al abismo de la nada. Tres años atrás, el ostracismo aguardaba a quien simplemente le devolviese los buenos días. Solo un puñado de amigos le han conservado lealtad: los Hierro Muriel, los Colinas, aquellos a quienes unen recuerdos comunes de los tiempos de las Milicias de la Cultura o de la salvación de las obras maestras del Prado.

Como si ya nada le importara, remueve la cucharilla con soniquete de viático. Felipe Muñoz Arconada, nimbado también de un dilatado currículo —afiliado a las Juventudes Comunistas en 1929, cofundador de la JSU, secretario provincial de Madrid, miembro del Comité Central del PCE, periodista— sabe que su interlocutor acostumbra a portar una pipa desde los quince años, cuando se graduó con honores en la escuela bilbaína de Óscar Pérez Solís y José Bullejos. Son muchos años compartiendo camino.

—¿Qué te ha hecho cambiar de actitud? —inquiere Hernández—. ¿Te han limpiado el comedero en la delegación del partido? Seguro que ha sido cosa de Wenceslao Roces. Era de esperar. Al fin y al cabo, tú sólo escribiste ese panfleto de España, colonia yanki y él tradujo El Capital del original alemán: todavía hay clases…

Arconada apura un trago y esquiva la puya:

—A estas alturas ¿qué más da? Aunque reñidos, nos lleva la misma marea. Mira para lo que hemos quedado, Jesús. ¿Quién le iba a decir a García Oliver, el rey de la pistola obrera de Barcelona elevado a ministro de Justicia, que iba a acabar recauchutando neumáticos en la Vulcano? ¿O que tú, «el ministro de la juventud» de nuestra machacona propaganda, te ganarías la vida vendiendo café en la covacha de un mercado, trapicheando con coches de segunda mano o escribiendo para la embajada yugoslava informes que nadie lee y a nadie importan?

—Quizás podríamos haber invitado a esta tenida de cuadros caídos a Pedro Martínez Cartón y a Enrique Castro Delgado.

—Cartón se ha dado a la escritura de cuentos infantiles y Castro emprendió, por fin, el camino de Damasco. Está en la ruina y solo se fía de su perro lobo. Gorkín y el Congreso para la Libertad de Cultura se hartaron de pagarle sus destilados de rencor a precio de galón de petróleo de Veracruz. Las querellas de nuestra guerra ya no venden. Anda implorando la intercesión de los gachupines para su regreso a la patria. Acabará vomitando bilis en algún periódico de Falange.

—Veremos. Ya sabes lo del clásico: «El traidor no es menester siendo la traición pasada».

Arconada saborea su respuesta, poniendo en cada palabra la dosis justa de mala leche para que estalle con efecto retardado:

—No todos son iguales: mira el pobre Ramón, sufriendo padecimientos y pudriéndose con disciplina bolchevique en el «Palacio Negro» de Lecumberri por no delatar.

A Hernández no alcanza a conmoverle la suerte carcelaria de Mercader, el falso súbdito norteamericano o belga que logró engatusar al entorno de Trotski, introducirse en su círculo íntimo de Coyoacán y cumplir su misión de hundirle al viejo medio palmo de acero en el cráneo. Lo mismo que habría hecho con él, de esa u otra manera, cuando lo expulsaron del partido, si no fuera porque le unía una cierta amistad con su madre, Caridad del Río, Klava en la nómina de los servicios soviéticos. A Hernández le encomendaron, entre otros asuntos, la tarea de cubrir a la rezidentura de la NKGB en la organización de la fuga de Mercader, la Operación Gnomo. Todo acabó yéndose al garete por culpa de una cascada de chapuzas. Mala suerte, Frank Jacson, Jacques Monard, Jaime Ramón Mercader del Río: triunfaste donde fracasó David Alfaro Siqueiros, el coronelazo, que solo acertó a dejar la casa como un colador después de una ensalada de tiros. Pero él se escapó y a ti te pillaron.

—No me hagas llorar, Arconada. Su celda es un cafetín en el que no paran las visitas. Últimamente se arrulla con el suéter regalo de esa actriz manchega que lo frecuenta. Mientras tanto, está aprendiendo a reparar aparatos de radio y al menos saldrá con un empleo decente. Si Lombardo Toledano logra que lo saquen antes, su hazaña solo le habrá servido para obtener la medalla de Héroe de la Unión Soviética, lucirla en la solapa y saltarse la cola en una charcutería de Moscú.

Hernández apura el pocillo de café y rebaña la costra de azúcar pegada en el fondo de la minúscula taza antes de proseguir:

—Y todo ¿para qué? ¡Cuánta energía malbaratada en excomuniones! Los rebeldes de Kronstadt, los mencheviques de Mártov, el socialfascismo, los trotskistas, los kulaks, el partido industrial, el centro zinovietista-bujarinista, el POUM, la conspiración del mariscal Tujachevski, el anatema contra los músicos formalistas —¡pobre Shostakóvich, voluntario en la brigada de bomberos del conservatorio de Leningrado durante el cerco!—, el cosmopolitismo judío, los perros titistas, el complot de las batas blancas…  ¡Todos traidores! Tenía razón la viuda de Bujarin: habría que preguntarse si en vez de creer que todos traicionaron a Stalin, no fue él quien traicionó a todos.

A Arconada le molesta sentirse señalado:

—No juegues a la virgen necia, Jesús. Hasta que llegaste en el 44 pretendiendo ser el sucesor de Pepe Díaz, tú también creías que más vale equivocarse con el Partido que acertar contra él.

—Es verdad. Y puedes añadir al debe el aplauso al pacto germanosoviético con el cadáver de nuestra República aún caliente. O que nos callamos cuando iban desapareciendo uno a uno los bolcheviques de la primera hornada. Y fingimos no saber cuando Krivitski y Orlov relataron los tejemanejes de sus agentes en el asesinato de Nin…

—¡Krivitski y Orlov son dos hijos de puta!

—Cierto, pero no lo son Arthur Koestler, Ignazio Silone, Franz Borkenau y tantos otros talentos desperdiciados de la generación combustible a los que acabamos empujando a las imprentas del enemigo.

Una mosca se pasea por una patilla de las gafas, llega hasta la lente y se para en medio, insolente, quizás fascinada por el reflejo deformado que capta con sus catorce ojos compuestos, hasta que el dueño se las quita, exhala un breve aliento y frota un pañuelo de algodón para borrar las minúsculas huellas de sus patas. Las moscas, ya se sabe, frecuentan la inmundicia y la descomposición.

La traición como justificación confortable, piensa Hernández mientras se cala los anteojos. Cualquiera puede ser el traidor de otro: los que escaparon a las redadas, los que alcanzaron la frontera, los que se quebraron bajo la tortura, los que redimieron condena merced al fallecimiento de un papa. También es verdad que, por lo general, la lealtad luce poco. La coherencia aburre, la doblez fascina. La creencia en la traición es el lenitivo que suaviza los errores propios y magnifica los ajenos. Pero es insuficiente cuando los auténticos traidores logran colarse por los agujeros de la malla de seguridad tejida por la propia organización. O lo que es peor: cuando cuentan con su aval. La pregunta le quema en los labios:

—¿Por qué no denunciaste al Rubio? Tú le conocías. Max Aub escribió sobre él. Alguien de los nuestros, quizás Tuñón de Lara, le puso sobre aviso.

—No es tan sencillo. ¿Quién sabe dónde está la raya a partir de la que hay que empezar a sospechar? La mayor parte del tiempo fue un tipo ejemplar. «El Rubio». Le llamaban así por su pelo de color tan claro que parecía albino ¿Quién le motejó? ¿Yo mismo, mi hermano César o algún condiscípulo de los Escolapios de San Antón? El Rubio, con entradas profundas y casi sin cejas. El tipo que no podía salir a la calle sin gafas ahumadas. Detestaba el alias, le hacía destacar demasiado en un mundo de morenos acharolados, él, que siempre procuró disimular su estigma primigenio con tinte, gomina y retoque. El don que le había otorgado el registro civil para borrar un rastro documental comprometido gracias a nombre y apellidos tan vulgares —Luis González Sánchez— se lo negó la naturaleza con el pelo albar, la piel encerada, casi traslúcida, y unos ojos que hería la luz del día.

Luis, el de la tienda de tejidos de la calle Atocha, el hijo único de padres viejos, llegado cuando ya no se le esperaba, el que parecía predestinado a regentar el negocio heredado o a redimir a sus progenitores de la estrechez pequeñoburguesa sacándose el peritaje en la Escuela de Comercio. Futuro inspector de tasas y tributos, el colmo para el vástago de cualquier familia aspirante a la clase media. El chico que empezó a trabajar como meritorio en el Banco de Bilbao mientras cursaba estudios nocturnos en la academia Reus, donde otros preparaban oposiciones a policía. El Rubio, que apareció, un día de julio, como tantos otros, en el local del radio oeste, la camisa blanca sucia y arremangada, oliendo a sudor y pólvora y exhibiendo de manera ostentosa en el hombro derecho los cardenales del retroceso del máuser que pregonaban «yo estuve en el cuartel de la Montaña». Chico listo: una baraja de carnés y un pico de oro le facultaron para permanecer en la retaguardia como instructor de cuadros de la JSU. Ya sabes, Jesús: de los imprescindibles. Emboscados, les llamaban otros. Se apuntó al movimiento Alerta para enseñar a los chavales a guiar a la gente a los refugios antiaéreos, y al Socorro Rojo Internacional, y a los Amigos de Unión Soviética… Me tomaría otra copa, pero no quisiera que pensaras que estoy engordando la cuenta de los bodegueros jerezanos.

—No te preocupes. Los franceses abrieron la frontera en el 48 porque sus niños necesitaban naranjas españolas y, como dijo Bidault, el ministro de Exteriores, las naranjas no son fascistas.

—Veremos cosas peores: a Franco redimido por las Naciones Unidas.

—O estrechando la mano del vencedor del Eje en Normandía con la misma que apretó la de Hitler en Hendaya.

Las moscas siguen con su juego enfadoso, persiguiéndose y posándose, ahora en la frente, ahora en el brazo. Si alguien dormitara con la boca abierta, explorarían el interior de esa húmeda gruta de estalactitas y estalagmitas marfileñas con curiosidad espeleológica. Algo a evitar por el interesado, habida cuenta de la materia fecal en la que se han podido posar sus tres pares de patas velludas.

—Aún no me has dicho dónde vas.

—A cualquier democracia popular, salvo a Checoslovaquia. Desde que le defenestraron, Vicente Uribe vegeta en Praga y está de un humor del demonio. Su mujer añora Monterrey, el calor y los geranios, no soporta el color gris blindaje del cielo centroeuropeo. Es deprimente. Hay tierras que parecen condenadas a carecer de sol y a ocultar sus miserias en la espesura de los bosques de abedules. ¿Tú crees que habrá moscas en Praga, Jesús?

—No tantas como en España, seguro. Ni tan negras, ni tan bien alimentadas. Las moscas acuden a tres reclamos: el del dulce, el de la putrefacción y el de la sangre. Y de todos ellos da buenas añadas nuestra tierra.

Arconada chasquea la lengua tras un nuevo trago y pone la palma de la mano sobre la boca de la copa. Uno de los insectos queda atrapado y patina por las paredes húmedas. Mientras lo observa, sigue evocando:

—El Rubio fue secretario general del Círculo Estudiantil Lenin y responsable de agitprop del radio oeste. Pero, por más que busco, no le ubico en las imágenes de las grandes jornadas. Nadie puede ponerle cara en la foto de la plana mayor de la JSU reunida con el general Miaja en la sede de la Junta de Defensa, en noviembre, con el enemigo a las puertas. Tú andabas por ahí, arengando a los prisioneros italianos cogidos en el Cerro Rojo de Getafe. No está en los mítines monstruo del Monumental. He de reconocer que yo fui uno de los que le avaló. Alguien que lo conocía me lo reprochó entonces. Al parecer, nunca militó en la FUE antes de la guerra. Es más: el que me lo dijo lo recordaba como esquirol en las huelgas estudiantiles. El Rubio decía: estuve aquí o allá, que si con Modesto, que en Teruel, que en el Segre… ¿Quién sabe? Echa cuenta de los pasos de los doscientos mil que estuvieron en las milicias, en el norte, en el este o en la zona centro-sur. Buen provecho les hizo a algunos la quema de los archivos antes de que cayera Barcelona. Y luego, la retirada, aquella marea humana derrotada rompiendo en desorden sobre las playas francesas: Barcarés, Argelés, Saint-Cyprien…

—¿Y en los campos nadie se dio cuenta? Decían que salía y entraba como Pedro por su casa.

—Se le perdió la pista. Cuando los alemanes derrotaron a Francia, muchos estaban en las compañías de trabajo o en la legión extranjera. Yo partí a República Dominicana en el vapor Lasalle y no supe más hasta el 47.

Suenan solemnes las campanadas de un reloj de pared. Las siete de la tarde.

—Dicen que en el 44 reapareció en la antigua zona libre, en una granja, liado con una alsaciana y, al parecer, también con su hija. Traficando con cartillas de racionamiento y con una portentosa habilidad para escapar de las redadas de la Gestapo y de la Milicia de Vichy. Imagina: un rotspanier, un sale espagnol esquivando la detención dos veces en quince días.

Hernández se remueve en la silla. El cúmulo de indicios le provoca una sensación de incomodidad física.

—No lo entiendo. Vosotros, que llegasteis a sospechar que los supervivientes de Mauthausen se habían convertido en kapos, que Jesús Monzón era un espía del Intelligence Serviceporque fumaba cigarrillos Benson o que yo había sido enviado al partido por la policía como agente provocador cuando tenía catorce años, ¿nunca tuvisteis pruebas en su contra?

—Si alguien albergó dudas, no dijo nada. Y las recomendaciones vinieron de arriba. Yo no estaba allí. Hizo los cursos de la escuela de Toulouse con aprovechamiento, pasó al interior despedido por la crème de la crème —así me lo contó Jesús Izcaray, muy amante de las zarzuelas y de las expresiones castizas— y, una vez en España, entregó todo lo que conocía. Él y el Peque, ese tal José Tomás Planas, un aragonés simpático, menudo, bajito, jovial y con una cara aniñada que no se compadecía con su edad. Otro chaval con una carrera limpia, obediente, fiel, de los que no tenían una idea propia, nunca planteaban dudas ni daban problemas. Dos de la troika dirigente trabajando para la bofia y el Mundo Obrero, impreso en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, ¿te imaginas? Fue como ir sacando cerezas de una canasta. Se pueden pronunciar los nombres de los detenidos y sus penas con la cadencia de un rosario o, para nuestro caso, de una cadena de montaje. En seis meses, detuvieron a más de dos mil, a cuarenta y seis les cayó una pepa y el resto sumó mil ochocientos años de trena.

—Casi una maldición bíblica: su sombra os perseguirá por setenta generaciones. Os redujeron a la cárcel, el exilio o el cementerio.

La mosca encapsulada logra escapar de la copa y se pavonea recorriendo el mármol del velador. Arconada sigue con la yema del índice el rastro húmedo dejado por el insecto.

—¿Y no podíais haberles eliminado entonces? Teníais la gente y los medios. Y si no, los podíais mandar desde Francia.

—¿Y te crees que no lo intentamos? Lo que ocurrió es que quedamos en cuadro y, además, solos. Te recuerdo, camarada, que el resto de la emigración nos reprochaba nuestro empecinamiento en la lucha armada. Había quien se conformaba con que las columnas blindadas de Patton rompiesen sobre el país, aunque solo fuera para colocar la corona en las sienes del pretendiente de Estoril. Según ellos, nuestros procedimientos políticos estaban desprovistos de la necesaria dimensión moral. Y lo decían los mismos que nos denunciaban a los prefectos franceses por participar en las huelgas del puerto de Marsella o de las cuencas mineras del Paso de Calais.

—No me jodas, Arconada. Era una simple cuestión de seguridad. Se escaparon impunes. Destrozaron todo lo que teníais en el país y a buen seguro seguirán haciéndolo en el futuro, si pueden.

—El futuro… ¿quién sabe? Los errores del pasado son percances que hay que reinterpretar en la trama de un relato coherente. Si nuestros dirigentes se equivocaron, les cabe el descargo de haberlo hecho ocupando un puesto de combate en la vanguardia y no desde la resignación en la tertulia de un casino de emigrados. Además, ¿dónde andarán esos dos pájaros? Puede que hayan sido exfiltrados a la República Dominicana de Trujillo, la Cuba de Batista, la Guatemala de Carlos Castillo o el Paraguay de Stroessner. Franco tiene aventajados discípulos en América, donde se cotizan bien los especialistas en trabajos sucios.

Un golpe certero y seco les sorprende. La mosca que ha estado rondando todo el rato a Arconada acaba de ser derribada por el camarero con un certero golpe de bayeta. Después, la aplasta con la punta del zapato, sonríe y marcha a otros menesteres. Se hace un silencio, lo justo para que lleguen hasta ellos retazos inconexos de la conversación que en otra mesa cercana mantienen un abogado cubano y un médico argentino: «armas», «yate», «tripulación», «Granma»… Unos dispuestos a abrir nuevas eras, y otros que no aciertan a clausurarlas.

Es ya de noche y los dos hombres se separan con breves y frías fórmulas de despedida. Abandonan el café por separado. No volverán a verse.

Jesús Hernández publicará un año después Yo fui un ministro de Stalin y sobrevivirá a trancas y barrancas firmando artículos en periódicos del Distrito Federal bajo los seudónimos de Ventura y Juan de Sevilla.

Felipe Muñoz Arconada se instalará en Budapest, donde se mostrará indulgente con la revolución de Imre Nagy y se opondrá a la intervención soviética que la aplaste. Sufrirá una nueva sanción disciplinaria y podrá comprobar de primera mano que en Hungría también había moscas.

Ramón Mercader será liberado en 1960 y se instalará en la URSS con su esposa, Roquelia Mendoza. Su hija le obligará a prenderse en la solapa la máxima condecoración soviética —«la chatarra», decía medio en broma— para evitar las interminables colas en los almacenes moscovitas. Aún habrán de pasar unos años para que pudra tierra en el cementerio de Kúntsevo, en la parcela reservada a los agentes distinguidos, al lado de Kim Philby. Cuando Castro Delgado, Jorge Manrique para los lectores de Ya y El Español, muera de cáncer en 1965 en su chalet de Hoyo de Manzanares, Mercader comentará en su círculo: «Lo que siento es no haberlo matado yo». Genio y figura.

* * *

Veinte años después, un hombre aguarda en un zaguán a que afloje la lluvia que cae sobre San Sebastián. Sostiene con la mano izquierda un paraguas plegable negro, más útil para ocultar el rostro que para protegerse del jarreo. La derecha se hunde buscando la axila bajo la gabardina para palpar la Whalter con un cartucho de 9 mm montado en la recámara. El taxi no puede tardar. La emisora de la compañía interfiere la frecuencia de la policía y confirma que el objetivo se halla en camino. Recoger a un noctámbulo, dice la voz de la centralita, en el paseo de la Concha con la avenida de Zumalacárregui.

El conductor es el blanco: de mediana edad, complexión normal, ningún rasgo destacable. Un confidente le ha señalado como simpatizante nacionalista. La información corre desde Madrid por la ruta de las ratas. En los estratos más profundos de los servicios se ha decidido apurar la copa de la venganza por la voladura del almirante. La acción debe ser rápida: parar el vehículo, montarse detrás, indicar al conductor cualquier dirección, la estación de Andoain, por ejemplo, y descerrajarle un tiro en la nuca. Mañana, alguien llamará al Correo desde una cabina y reivindicará el atentado en nombre de la Triple A.

El soplo lo ha dado el limpiabotas de El Supremo, el bar que está frente al palacio de las Salesas. Un aragonés campechano, de pequeña estatura y cara aniñada, vivaracho, servicial, que sabe ganarse a los abogados de los procesados por el Tribunal de Orden Público con el ofrecimiento de llevarles bocadillos y traer recados. Su menuda figura se desenvuelve con familiaridad en aquel dédalo de sótanos y calabozos, a los mártires de cuyas puertas acostumbra a asomarse para ver si reconoce a alguien. Por otro lado, el bar es una mina para alguien con oídos entrenados en el arte de cribar conversaciones al vuelo: «la petición del fiscal», «propaganda ilícita», «la ETA», «prevenid a Fulano», «cuando ocurra lo inevitable», «1.001», «Billy el Niño», «habeas corpus», «piso franco», «amnistía»… Con lo que saca de los clientes y las propinas, Tomasín complementa los pagos variables del fondo de reptiles.

El tipo que permanece a la espera profiere una maldición: acaba de pisar una mierda de perro. Arrastra el zapato sobre un charco para limpiar la suela, dejando tras de sí un rastro de huellas húmedas y sucias. Al abrigo de un dintel, enciende un mechero y consulta el reloj por encima de las gafas ahumadas que porta incluso de noche. Se pasa la mano por la cabeza mojada, desde las profundas entradas hasta la nuca, alisando el cabello blanco, casi albino. Al borde de la jubilación, piensa que debería abandonar el trabajo al descubierto: su fisonomía es demasiado notoria. Un día podría tener un disgusto. Pero en la división creen que no hay nadie como él para este tipo de tareas. La experiencia es un grado.

Todavía no hay claras del día y hace frío. De un bolsillo interior saca una petaca y da un trago de coñac para calentarse. Lepanto, musita. ¿Cuándo fue la última vez? El haz de luz de los faros circunflejos de un 1.500 negro acaba de enfilar la calle desierta.


Fernando Hernández Sánchez es historiador y profesor titular de la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de la Asociación de Historiadores del Presente y colaborador del Centro de Investigaciones Históricas de la Democracia Española. Preside la Asociación Entresiglos 20-21: Historia, Memoria y Didáctica, dedicada a la investigación sobre la enseñanza escolar de la historia reciente. Sus investigaciones versan sobre la historia del movimiento comunista en España. Es autor de Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la Guerra Civil, disidente en el exilio (2007), Los años del plomo: la reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953) (2015), La frontera salvaje: un frente sombrío de la guerra contra Franco (2018) o El torbellino rojo: auge y caída del Partido Comunista de España (2022). Colaboró en el volumen En el combate por la historia dirigido por Ángel Viñas (2012).


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1 comment on “Moscas

  1. Javier Balboa

    Un poco «totun revolitum,+-«pero el zumo que ya solo reconocen umos pocos que encajamos estos «golpes»,como viejos peleaDores.

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