/ por Álvaro Acebes Arias /
[Este mes de agosto se cumplirá el aniversario del fallecimiento de Rafael Chirbes. A diez años de su desaparición y tras las obligadas preguntas por el lugar que ocupa el escritor valenciano en la narrativa española reciente, su obra continúa ofreciéndose como un excelente observatorio desde el que mirar un presente lleno de interrogantes o plantear propuestas de futuro.]
Para llegar a la casa de Rafael Chirbes en Beniarbeig hay que subir por un caminito escarpado y estrecho, apenas asfaltado, que parte del cementerio del pueblo y discurre entre pequeñas fincas, jardines y huertas plagadas de limoneros, olivos, aguacates, naranjos y nísperos, en una explosión de color que arrastra consigo aires frescos y vegetales. Situada en la falda de un monte, en plena sierra de Segària, a unos pocos kilómetros del mar y muy cerca del marjal donde transcurre su novela En la orilla, la casa en que vivió Chirbes los últimos dieciséis años de su vida alberga hoy su fundación, dirigida por sus sobrinos.

Es la segunda vez que vengo aquí. La primera fue en el verano de 2019, cuando estaba empezando una tesis doctoral sobre el escritor valenciano. Ahora, con el trabajo terminado, regreso para dejar un ejemplar entre los fondos de la fundación. En ella se guarda todo el legado del escritor, desde sus objetos personales, con recuerdos traídos de sus viajes, fotografías familiares, las plumas y cuadernos en que escribió sus diarios o colecciones de películas y discos, a una impresionante biblioteca que fue, seguramente, el mejor de los refugios. Cerca de ocho mil volúmenes de los más diversos temas que se reparten por toda la casa, muchos de ellos dedicados, y que son la carta de presentación de un lector compulsivo, meticuloso y sagaz, que leía haciendo subrayados, anotaciones y comentarios. Lo dijo en una de las entradas de sus diarios: «Literatura es lo que han hecho los demás y yo leo con admiración. Muchas veces hasta con pasión. Lo que yo hago es subirme al trapecio lleno de miedo». Ahí, entre los personajes de Galdós, Aub, Proust, Döblin, Flaubert o Balzac, los autores que releía sin parar y que ocupan un puesto de honor en las estanterías de su despacho, se cobijaba Chirbes. La literatura como herramienta con la que interpretar y descifrar la realidad. También como abrigo.

Chirbes se instaló en esta casita de dos plantas a finales de 1999. Había vivido hasta entonces en Valverde de Burguillos, un pequeño pueblo de Badajoz, adonde llegó huyendo de aquel Madrid eufórico y feliz, cada vez más extraño, y en el que el socialismo había sustituido la americana de pana y la tortilla de patatas por el traje de sport y los vinos con retrogusto. El escritor regresó a Valencia porque quería estar más cerca de su familia y porque necesitaba un lugar tranquilo, alejado del barullo del litoral levantino, donde encontrar la paz y el aislamiento que le permitieran escribir. Después de pasar en Extremadura más de una década, había terminado harto del mundo sórdido, corrupto e hipócrita del ibarrismo y no sé si ya intuía que las corruptelas y proyectos de enriquecimiento que había dejado atrás se los iba a encontrar ahora trasplantados a la costa. Me atrevo a pensar que, por más que hubiera entrevisto aquella realidad terrible o tuviera noticias de lo que ocurría por sus amigos y familiares, Chirbes debió de quedarse perplejo al observar los bancales a merced de las grúas, los pinares y viñedos de moscatel calcinados para construir urbanizaciones, las casas de veraneo arracimadas por las llanuras, los pequeños edificios del puerto sustituidos por bloques de apartamentos, grandes hoteles, centros comerciales y muelles deportivos, convertidos en parada obligatoria para grandes yates y contenedores de turistas. Toda la región sumida en una actividad frenética y cuya veloz e imparable transformación al escritor tuvo que causarle inquietud. Para Chirbes, los cambios sobre esa orografía, que constituía no solo una memoria personal, sino también una forma de unidad y sentido, no respondían únicamente a la avidez de unas determinadas empresas y a la especulación y corrupción urbanística, sino que tenían mucho que ver con la complicidad de sus habitantes y el abandono de estos a una mentalidad materialista y adocenada.

Mientras estaba en su casa de Beniarbeig, podía imaginarme a Chirbes examinando con pesimismo ese panorama desolador, asomado al balcón del segundo piso, lo que él llamaba «el palacio de invierno», y donde se recluía cuando anhelaba la tibieza del sol. Alguien, seguramente el propio escritor, había instalado en la terraza un pequeño telescopio, puede que con el fin de ver mejor los cambios que se iban produciendo en la hiperdesarrollada geografía de Dénia y sus alrededores, que cada vez tenían menos que ver con el patio andalusí que él recordaba de su infancia. La transformación, sin embargo, era bien visible y sin necesidad de aumentos. Mientras rumiaba el asco y el desconcierto, al autor de Crematorio le debía llegar con un aliento dulzón el hedor de la voracidad, la rapiña y los efectos de las políticas del PP valenciano (los Camps, Zaplana y Fabra de turno), pero también adivinaba en aquel paisaje esquilmado la mugre espesa de unos antecedentes que hablaban de no pocas renuncias y servidumbres. El litoral como reflejo de algo que había ocurrido en todo el país. Un lugar en el que unos y otros habían metido mano para enriquecerse, convertido en escenario para corruptos y especuladores, y sobre cuyo mapa se trazaban los contornos de una derrota insalvable cuyas causas había que rastrear en el tiempo.

Manolo, el sobrino de Chirbes, me contó la primera vez que vine a la fundación que en Beniarbeig casi nadie sabía que su tío era escritor. Chirbes solía bajar al pueblo, charlaba con todo el mundo, discutía con sus paisanos sobre política y compartía con ellos su desazón, pero también contaba chistes, hacía bromas y podía pasarse horas enredando con madridistas y culés en la barra del bar. Una estampa que contrasta con esa imagen amarga y pesimista que parecen querer transmitirnos sus libros. Me la confirmó el dueño de uno de los pocos restaurantes que hay en el pueblo al describirme a un hombre sencillo y jovial al que, sobre todo, le gustaba hablar de sus viajes, contar dónde había estado y lo que había visto. Aunque en Beniarbeig encontró un hogar, el escritor, en realidad, procedía de Tavernes de Valldigna, una pequeña población agraria al sur de Valencia, donde nació en 1949. Manolo me dijo también que, entre todos los premios que le dieron a Chirbes, el que más ilusión le hizo fue aquel en que le nombraban hijo predilecto de su pueblo. El escritor se emocionó hasta las lágrimas al ver en el salón del ayuntamiento a la familia y unos cuantos amigos. La placa está ahora sobre un mueble de la planta inferior de la casa, junto a un par de retratos familiares y otros premios que se han podido ir reuniendo. No ha sido tarea fácil. Chirbes acostumbraba a llevárselos a su madre y luego se desentendía de ellos, cuando no los perdía.

El verdadero apellido de la familia paterna, originaria del pueblo de Algemesí, era Girbés, pero cuando el padre del escritor fue a inscribirlo en el registro civil, el secretario del ayuntamiento lo convirtió en Chirbes. Huérfano de un peón ferroviario, el niño Chirbes fue enviado a estudiar interno en colegios de Ávila y León. La separación de los paisajes familiares y su contraste con la severidad y el rigor de los centros en que estuvo, donde la vida discurría a toque de silbato, bajo los preceptos del ideario nacionalcatólico y en una lengua que no era la suya, debió de imprimir en él una sensación de desarraigo y soledad. Luego llegaría Salamanca, donde hizo el bachillerato superior y, a continuación, Madrid. Allí se matriculó en historia porque le pareció que, frente a la literatura, esta «ponía lastre a las cosas, las situaba a ras de suelo». Estamos a finales de los sesenta. Tiempos revueltos en las universidades españolas, en los que los estudiantes desafían al régimen. En aquellos años Chirbes se involucra en política, asiste a ateneos, seminarios y reuniones clandestinas, lee todo lo que cae en sus manos (los clásicos, siempre Galdós y Balzac, y también Lukács, Vilar y Braudel) y recorre los barrios más desfavorecidos de Madrid, las colonias de chabolas del Cerro del Tío Pío, Entrevías o las de Palomeras en Vallecas, acompañando a otros jóvenes estudiantes y miembros de sindicatos que cumplían allí una labor social. Viaja a París, donde subsiste gracias a un trabajo como limpiador en las oficinas del periódico Herald Tribune, y en 1971, poco después de haber comenzado a militar en un pequeño grupo maoísta, es detenido por asociación ilícita tras una redada en su casa. No era la primera vez que visitaba la Dirección General de Seguridad, pero en esta ocasión el juez del TOP Jaime Mariscal de Gante (el padre de la que luego sería ministra de Justicia con Aznar) lo envía a Carabanchel. Gracias a un indulto relacionado con el escándalo Matesa, le conmutan la pena al cabo de cuatro meses por la del servicio militar en Valencia. A diferencia de muchos que luego explotarán su paso por la cárcel como credencial antifranquista, Chirbes nunca presumirá de ello.
El escritor se licenció en historia en 1973 y casi enseguida comenzó a trabajar de librero y a colaborar en diversas revistas culturales y políticas (Ozono, Reseña, El Viejo Topo, La Calle). El desencanto ante la deriva que iba tomando el proceso transicional lo empujaron en 1979 a hacer las maletas y trasladarse a Marruecos. Chirbes pasaría allí dos años, instalado en Sefrou, una localidad cercana a Fez y en cuya universidad dio clases de literatura. De aquellos ambientes marroquíes saldría más tarde Mimoun, la primera de sus novelas. La publicó en 1988, cuando ya llevaba unos años viviendo en Madrid, empleado en la revista gastronómica Sobremesa, y gracias a la intervención de su amiga Carmen Martín Gaite. Tras ese título, que fue finalista del premio Herralde de Anagrama, vendrían En la lucha final (1991), La buena letra (1992), Los disparos del cazador (1994), La larga marcha (1996), La caída de Madrid (2000), Los viejos amigos (2003), Crematorio (2007), En la orilla (2013) y, ya de forma póstuma, Paris-Austerlitz (2016). Entre novela y novela, un par de libros de libros de viajes, Mediterráneos (1997) y El viajero sedentario (2004), y otros dos de ensayos literarios, El novelista perplejo (2002) y Por cuenta propia (2010). A los Diarios, publicados en tres volúmenes, hubo que esperar un poco más, cuando ya hacía seis años que el escritor había fallecido. Un retraso que tuvo mucho de voladura controlada.

No es exagerado pensar en esas diez novelas como unos modernos Episodios Nacionales. Creo que a Rafael Chirbes, admirador y deudor de la obra de Galdós, le habría complacido esta idea. A mediados de los setenta, cuando participaba en un seminario organizado por el profesor Carlos Blanco Aguinaga, había aprendido que la literatura que verdaderamente importa es la que cumple con la vieja regla de que los libros tienen un adentro y un afuera. Aquello que decía Balzac acerca de la misión del novelista: describir la presión atmosférica de su época, la situación espiritual, las distintas corrientes y fuerzas que se mueven en un escenario social. Ir de lo íntimo a lo público, ligar lo individual con lo colectivo. La literatura, presentada así, lejos de ser un consuelo, podía convertirse en un vehículo de conocimiento. Chirbes aplicó las enseñanzas de su maestro («el sabio que me enseñó a leer», dice el título del obituario que escribió mucho tiempo después) a lo largo de toda su trayectoria y las resumió años más tarde en su teoría de la «estrategia del boomerang»: la novela como un instrumento con el que mirar al pasado para explicar y descifrar los materiales con que se está construyendo el presente. Una escritura que se salía de lo literario y encontraba su razón de ser en el mundo que estaba fuera de ella, descifrando los materiales con que este se construye e identificando sus fisuras.

Frente a los posmodernos y complacientes escaparates de prosperidad y progreso, las obras de Chirbes descorrían las cortinas y nos forzaban a contemplar el paisaje de deseos, tensiones, intereses ocultos y violencias soterradas con que se había constituido el mito democrático. Novelar es ante todo saber mirar, decía el escritor. Claro que para eso hace falta saber cuál es el lugar desde donde se mira. Las vistas desde el balcón de su despacho podían ofrecer algunas pistas, pues, más allá del bosque de grúas, los chalés con piscina, todoterreno y monovolúmenes aparcados enfrente y el espectáculo de crecimiento desaforado que veía ante sí, Chirbes intuía un rastro que conducía, primero, a aquello que dijo un ministro socialista de que la España de los ochenta era el país europeo donde más fácil resultaba hacerse rico, conectaba después con los pactos e intercambios de poder que unieron a la vieja casta franquista con las élites emergentes en una cena donde los primeros platos fueron la clase obrera y la lucha de clases, y proseguía por cuarenta años de victoria hasta desembocar en el lodazal de la guerra civil. Rafael Chirbes entendió a la primera de dónde veníamos y en ninguna de sus novelas renunció a mostrar ese continuum histórico. Tanto lujo, tanta modernidad y tanta fiesta solo podían surgir de la desmemoria ―«la buena letra es el disfraz de las mentiras», dice una de sus mejores novelas; nunca se cansó de repetirlo―, de un olvido que hablaba de un fracaso colectivo y de una disolución moral en la que hemos sido víctimas y colaboradores silenciosos. La literatura como sismógrafo del tiempo, pero también como retrato de las sensibilidades de una época.

En la España feliz de los noventa, la de los fastos de la Expo del 92 y las Olimpiadas los libros de Chirbes pasaron desapercibidos. El escritor ponía en el centro del relato a su propia generación —Haro Tecglen la denominó «generación bífida», aquella en la que un ministro y un yonqui habían compartido el pupitre—, que es casi tanto como decir que se ponía él mismo. Lo dijo en alguna parte de sus diarios: «Si tú no sufres, ¿cómo quieres que sufra tu lector? Si tú no te emocionas escribiendo, ¿cómo quieres que se emocione tu lector? Si tú no te preocupas por conocer, ¿cómo quieres que se preocupe por conocer tu lector?». Chirbes, siguiendo el magisterio de Fernando de Rojas en La Celestina, desmontaba códigos y lenguajes, reducía las supuestas bondades de la cultura a poco más que una contraseña o una marca de clase con la que asegurarse el ascenso social e incluso se metía en la piel de los otros, la de los triunfadores y los arribistas sin escrúpulos, como hizo en Los disparos del cazador o La caída de Madrid y con efectos todavía más devastadores en Crematorio. El modelo en estos casos era el Torquemada de Galdós. Los especuladores y usureros de la generación previa, quienes se habían manchado las manos de sangre para comprar la inocencia de los hijos, también eran víctimas de la hipocresía y el cinismo de los nuevos tiempos. Chirbes, hijo de vencidos y represaliados, se indignaba con ellos y, tras el espectáculo de esa lucha caníbal entre generaciones, dejaba entrever un incómodo y asfixiante retrato de renuncias y conversiones, de acomodos a un espejismo de bienestar, saqueos a la memoria y traiciones a unos ideales y principios. No, claro que entonces aquellas novelas no podían gustar. Eran un acta de acusación que nos ponía frente a un reflejo en el que preferíamos no mirarnos.

Pero, de repente, todo aquel esplendor saltó por los aires, llegó la crisis y, después de la aparición de Crematorio, a Chirbes le brindaron todos los elogios, reconocimientos y parabienes que no le habían concedido antes. Le empezaron también a caer los premios (y hasta una serie que está entre lo mejor que ha hecho la televisión de este país) y el escritor, ante tanta atención, arrugaba la nariz. ¿Se había equivocado? ¿Es que sus libros, tan ásperos y descarnados, escritos siempre a contracorriente, habían sido aceptados o era aquello algo pasajero, solo consecuencia de los nuevos tiempos y que ahora soplaban a su favor? Una consagración tardía y aún más inexplicable si pensamos en la recepción que el escritor había tenido en el extranjero, sobre todo en Alemania, donde desde sus primeras obras era considerado un autor capital de las letras europeas. Deberíamos preguntarnos por qué Crematorio y después En la orilla obtuvieron de repente el favor del público, por qué de repente Chirbes se convirtió en un escritor de éxito en la España de la crisis, celebrado por la crítica y protagonista de trabajos académicos. Podría señalarse, como intuía el escritor, la necesidad de respuestas ante un panorama saturado de interrogantes o la avidez con que se recibió un discurso contestario que parecía emitir un diagnóstico sobre los estragos de la orgía inmobiliaria y la especulación urbanística. Entonces se quiso ver al autor valenciano como una especie de profeta, alguien que había sido capaz de adivinar el desastre que se avecinaba. Chirbes rabiaba y maldecía cada vez que alguien (muchas veces sin haber leído su obra más allá de los dos últimos títulos) le venía con eso de que él era el novelista de la crisis. Él no quería ser cronista de nada y mucho menos que le adjudicaran un papel de vidente o se empeñaran en ver su obra como radiografía de un momento concreto de la historia de España. En su trayectoria la crisis estaba desde el principio, pues toda ella, desde la lejana Mimoun, era un continuado ejercicio de impugnación y desenmascaramiento moral.

Aquel fue uno de los grandes intentos de domesticarlo. Antes había habido otros, como cuando declararon que sus novelas eran sociales —como si una novela pudiera ser otra cosa― o que se trataba de un narrador adscrito a la corriente de la memoria: «al igual que Goebbels, si yo oigo la palabra memoria, saco la pistola», decía el escritor, muy crítico con el oportunismo de una izquierda que solo cuando estuvo fuera del poder se apresuró a reivindicar los nombres de quienes llevaban décadas olvidados en las cunetas. Lo contó en un texto titulado «¿Quién se come a Max Aub?». En veinte años de democracia nadie se había acordado del autor de los Campos, enviado desde los tiempos de la guerra a la leprosería literaria, pero de repente se inauguraba una fundación con la intervención del mismísimo Aznar ―en el acto estaba la hija de Aub, que inmediatamente pidió al presidente que no se confundiera: su padre había sido toda su vida rojo y republicano― y la izquierda se encolerizaba porque consideraba aquello un deliberado intento por apropiarse de uno de los suyos. Chirbes se indignaba con el cinismo y la mezquindad de Aznar y compañía, pero todavía más ante la hipocresía y los descarados esfuerzos que otros hacían para comprar ahora una legitimidad que se había malgastado en años de bonanza y de creernos un país moderno y europeo. Aub no era de los suyos, no podía serlo ni pertenecía a nadie, y si su obra y su figura no soportaban las etiquetas es porque era un gigante tan grande que estaba por encima de unos y otros. «¿Qué les parece la pieza cobrada, señores? Es Max Aub. Ustedes homenajéenlo, intenten comérselo, que no saben lo que están haciendo», concluía aquel texto.

Han pasado diez años de la muerte de Rafael Chirbes. No sé si ha ocurrido con él lo mismo que con Max Aub, si también ha sido víctima de unos intentos por domar y neutralizar su legado. ¿Se leen hoy novelas como La larga marcha, Los viejos amigos o Los disparos del cazador? ¿Siguen vigentes sus ideas? ¿Quién se come a Rafael Chirbes? A la muerte de un escritor, tras los oportunos homenajes e inciensos en prensa (en los de Chirbes no faltaron los inevitables tópicos sobre su papel como cronista del fenómeno de la crisis) y un fugaz regreso a las librerías, suele suceder que la obra, ya más que amortizada por público y mercado, pasa al ámbito académico, que es lo mismo que decir que entra en una especie de purgatorio. Con un poco de suerte, el autor sale de ahí periódicamente, convertido en oportuna cita o referencia para encabezar un texto de urgencia sobre el extraño presente en que nos encontramos (efectos de la DANA en Valencia, casos de corrupción, crímenes sobre el paisaje natural, etcétera), o queda petrificado como figura reseñable de la cultura local (estuve en una librería de Benidorm la segunda vez que fui a Valencia; solo dos de los libros de Chirbes, ninguno de Aub). ¿Ha sido ese el destino del escritor valenciano?
No sé tampoco si Chirbes dejó discípulos. Diría que no, que, aunque hay un empeño por buscarle herederos, la narrativa actual transita por distintos senderos y que su obra, difícilmente encasillable o flexible a otros modelos, continúa mostrando una radical individualidad. Creo, en cualquier caso, que las novelas de Chirbes y todo su legado, por más que se disimulen sus aristas más problemáticas o se haya olvidado su enorme vigencia, aún contienen respuestas. No tanto sobre nuestra situación actual, que también, sino acerca de los futuros que nos guardan. Muchas veces me sorprendo pensando en qué habría dicho el autor de Crematorio sobre el orden incierto y amargo de este mundo que padecemos y los interrogantes que nos plantea. Uno extraña su agudo bisturí y esa lucidez con que fue capaz de dinamitar consensos y lenguajes comunes para obligarnos a mirar desde otra perspectiva.

Lo he pensado muchas veces al volver a sus novelas, a sus libros de viajes o a sus ensayos, y lo pensé cuando pude leer por primera vez sus impresionantes y estremecedores diarios. Lo hice durante la primera visita a su casa de Beniarbeig. Seis gruesos cuadernos de anillas, transcritos por él mismo a partir de las decenas de libretas Moleskine que llevaba a todas partes y en donde anotaba impresiones de lectura, opiniones sobre la actualidad o comentarios sobre sus viajes. Un semillero de ocurrencias, juicios y valoraciones que al principio fue haciendo al tuntún y al desgaire (los tituló A ratos perdidos, como si así quisiera subrayar ese carácter), quizás para compensar el fracaso de no poder escribir, pero que, a pesar de su desorden o tal vez por ello, acabaron adquiriendo una entidad propia hasta convertirse en un medio de dialogar consigo mismo, un interlocutor en el que confiar y con quien confesarse (una idea tomada de su muy querida y admirada Martín Gaite) y, por encima de todo, en una manera de liberarse de muchas cosas que lo atormentaban y cuyo peso se aligeraba solo con el mero hecho de escribirlas. Lo dice en alguna parte de esas páginas: «los cuadernos que escribo a vuelapluma, si bien no me salvan el alma (irremisiblemente perdida), me proporcionan una sensación de plenitud que me hace buena falta».

No soy capaz de describir el temblor y la emoción con que cogí esos cuadernos por primera vez, que leí en jornadas maratonianas de doce o catorce horas y sabiendo que me encontraba ante un material único y de enorme valor. Sí que les puedo contar, en cambio, que la curiosidad inicial fue virando poco a poco hacia una sensación de usurpada intimidad, como si yo estuviera violando un secreto. En el despacho del escritor, rodeado de miles de libros y en el que aún perduraba el olor a tabaco, aquellos cuadernos donde estaba un Chirbes desconocido, apenas entrevisto en las novelas que había leído, adquirieron de pronto una materialidad casi física, devolviéndome la impresión de que había una presencia cercana que me susurraba en el oído. No creo que fuera superstición, pero en aquellas casi dos semanas que pasé en Beniarbeig hubo un lugar donde nunca quise sentarme. Se trataba del sillón de la mesa de trabajo de Chirbes. Una cuestión de respeto, nada más.
Me impresionó la radical sinceridad que palpitaba en aquellas páginas, la idea de sufrimiento que transmitían y el modo en que se presentaban las frustraciones íntimas de un hombre torturado por muchos demonios. También la exigencia para consigo mismo y su trabajo y, por supuesto, la asombrosa sagacidad y viveza con que desentrañaba la actualidad social y política o volvía sobre aquellas cosas que le hacían amar la vida: la familia y los amigos, la pintura, algunas ciudades del mundo, la música, los libros que más admiraba. ¿Fue feliz Rafael Chirbes? No tengo respuesta para esa pregunta y tampoco me atrevo a sugerir ninguna, porque no creo que nos corresponda a ninguno de nosotros hacer un cuadro psicológico del hombre que fue Rafael Chirbes. Creo, eso sí, que en muchos aspectos sintió que había fracasado y que no había cumplido con muchos de sus anhelos. Tal vez este sea un privilegio que está al alcance de muy pocos. Pero también creo que esas derrotas personales, por más que el escritor a veces se mostrara tan crítico y despiadado, no alcanzaron a su obra, una de las más sólidas y extraordinarias de la literatura española de los últimos años.

Rafael Chirbes falleció un 15 de agosto de 2015. Los últimos momentos de su enfermedad los pasó entre unos pocos amigos y familiares. No quiso que lo ingresaran en un hospital y eligió morir en su casa. Me da por pensar que, en esa elección, se adivina un eco de aquellos versos de Rilke ―«Oh, Señor, concede a cada cual su propia muerte»― que había incluido en su primera novela, Mimoun. Poco antes de conocer el diagnóstico de su enfermedad, realizó la última anotación de estos diarios, fechada en un 28 de junio. En ella, el escritor evoca un desgraciado amor de juventud y un penoso intento de suicidio con un tubo de aspirinas con el que solo consiguió una «acidez de estómago espantosa» y una vergüenza que le duró semanas. A continuación, relata su visita al hospital, la inquietud de su médico ante unos análisis y, frente a las alarmas, concluye resignado que «no tengo muchas ganas de vivir que digamos, y calculo que no es mal momento, antes de que empiecen las limitaciones de verdad, las dependencias ajenas. Lo que sea y cuando sea, con tal de que no resulte desagradable». Tras esas palabras, sin embargo, asoma inmediatamente la inquietud por la suerte que correrán sus animales, su casa. ¿Qué será de todo? Y entonces el miedo, el deseo de que el diagnóstico final «ojalá no sea lo que llevo meses imaginando».
Leí esas últimas líneas conmovido hasta el fondo del alma. Llevaba más de diez horas enfrascado en la lectura de los diarios, metido en su despacho, con el sonido de fondo de los árboles y pájaros del jardín y escuchando la voz de Chirbes. Cuando alcé la vista, vi su escritorio, su sillón. Creo que él estaba allí también. Luego rompí a llorar.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Estimado compañero, no es fácil trasmitir de forma tan abierta el cariño que sientes por tan excelente persona. Lo logras. Una persona tan excelente se merecía tanta atención y entusiasmo com o el que le pones a tu escrito. Felicidades. Guillermo Quintás.
Muchísimas gracias, Guillermo. Me alegro mucho de que te haya gustado. Un fuerte abrazo
He leído tu artículo con placer y emoción. Qué suerte estar tan cerca de la obra de alguien que se admira.
Mil gracias por tus palabras, Antonio. Un abrazo fuerte
Muy buen artículo, emocionante, sensible, sincero, sentido, sobre un gran escritor del que lamentamos su pérdida y olvido, como tantos otros que con tus artículos has sabido recuperar con acierto y emoción. Enhorabuena por tu trabajo y tu buen hacer. Todo lo que he leído tuyo, siempre es interesante, y aciertas sobremanera llegando a la esencia del personaje que describes. Tu cariño y valoración a Rafael Chirbes es admirable y valioso, en breves líneas se siente la humanidad de un gran escritor.
Un fuerte abrazo, Álvaro.
Luis Olmo
Muchísimas gracias por tus comentarios, Luis. Me alegro mucho de que te haya gustado. ¡Larga vida y recuerdo a Chirbes! Un fuerte abrazo
Un recorrido emocionante a lo largo de la vida de Rafael Chirbes; al principio, en una prosa casi poética que más que crítica literaria es literatura; después, con la precisión de los conceptos que laten mil veces porque mil veces están amarrados a la vida. Gracias por esta aproximación a Rafael Chirbes, un autor con el que uno desearía familiarizarse; el esfuerzo de Álvaro Acebes tiene mucho que ver en ello.
Conocí a Álvaro en el instituto Andrés Laguna de Segovia: allí compartimos docencia, él desde la literatura, yo desde la filosofía. Recuerdo que Raúl Torices dijo de él que era un profesor escandalosamente joven; que hacía palpitar a sus alumnos convirtiendo la literatura en vida; yo pude leer un texto suyo donde ya latía el escritor que saldrá a la luz algún día. Un crítico bregado en las tareas humildes, cuanto más humildes más soberbias, desde la profundidad de las cosas sencillas (llamo profundo a lo que es sesudo cuando se aborda desde la sencillez); gracias, Álvaro, por este regalo que nos brindas.