El runrún interior

El runrún interior (161)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre dos recuerdos que remiten a la complejidad de la psique humana y de los caminos de la libertad o la curiosa gestión vecinal, en una aldea de Ourense, de la llegada de un agresor sexual y asesino múltiple, tras cumplir su condena.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (160)

Imagen destacada: un dibujo de Ravi Gundal

Lunes, 6/10/2025. Ocurrió hace tiempo, pero me acuerdo de aquella escena con frecuencia. Fue en unas jornadas de formación de las juventudes comunistas a las que me invitaron a conferenciar, y adonde también invitaron a mi amigo J. No recuerdo bien las cosas que dijo J.; solo me acuerdo genéricamente de que habló de la necesidad de combatir el marxismo vulgar y la teleología socialista. Es un error pensar —razonó— que las contradicciones internas del capitalismo lleven necesariamente a la revolución; a una nueva etapa de la sucesión mecánica de modos de producción: del esclavismo al feudalismo, de este al capitalismo, de este al socialismo, de este al comunismo. Nada está escrito en las estrellas. Ni el socialismo, ni tampoco el que la revolución acabe con los males y opresiones todos del mundo, porque el socialismo también puede ser machista, racista, etcétera, etcétera. J. explicó que los marxistas debemos ser heterodoxos, creativos, iconoclastas también de lo nuestro, hacer revoluciones dentro de la revolución; que los grandes revolucionarios siempre fueron así. Con la inmensa erudición que le caracteriza, justificó estas ideas con un caudal de ejemplos históricos que las respaldan; que demuestran que nadie hizo nunca nada en la historia siendo ortodoxo, ni siguiendo fielmente las leyes de la vulgata, sino que todos los grandes revolucionarios a los que admiramos fueron personas de acción, improvisadoras y audaces, a las que por lo demás no debemos imitar miméticamente, sino tomarlas como inspiración para hallar soluciones propias, adaptadas al análisis concreto de nuestra realidad concreta.

Entre el público había unos chavales que habían venido del País Vasco, y a los que yo ya había visto ir poniendo mala cara a las cosas que decía J. Cuando llegó el turno de preguntas, uno de ellos levantó la mano. Era un chico pelirrojo y de aspecto frágil: muy flaco, muy pálido, con una especie de permanente cara de susto. Alzó un brazo tembloroso y, cuando se le invitó a hablar, lo hizo con un tono tenue y monocorde, y tartamudeando un poquito. Manifestó su desacuerdo con el camarada conferenciante. La charla había sido interesante, concedió, pero plena de errores, porque era sabido que la lucha de clases solamente podía resolverse con una revolución necesariamente violenta, sucedida por la guerra civil revolucionaria; y después de la victoria de la clase proletaria, con la dictadura del proletariado, una fase de opresión inversa sobre la derrotada burguesía, tras el aplastamiento de cuyos últimos restos vendría el comunismo, una sociedad ya definitivamente igualitaria, que aboliría al fin el Estado.

La vulgata, en fin. Pero una vulgata particularmente cómica o —tampoco seamos crueles— llamativa en una persona así. Tampoco recuerdo las palabras exactas con las que aquel tipo recitó estos principios, pero sí que pronunció un par de veces la palabra «violencia», y cierto regodeo truculento en la que traería la guerra civil. Yo trataba de imaginarme a este ser humano tenue, quebradizo, entre tempestades de acero, en una trinchera, o asaltando un palacio. Y ojo: no necesariamente era incapaz de imaginármelo de otro modo que aterrado, cagándose en los pantalones, muriendo el primero. En la historia, a veces, se han producido extrañas transustanciaciones y el apocado en la paz se ha vuelto, en la guerra, una fría máquina de matar. O de ordenar que otros maten desde un temible despacho.

Aquel mismo día me contaron otra historia: la de cierto cargo del PCE que ejemplifica la contradicción inversa. Este es un comunista grande, sanote y rudo, guapo y decidido, el más ruidoso en las manifestaciones, la voz cantante allí donde lo pongas. Un hombre de ideas radicales y firmes, bastante folclórico, prosoviético a machamartillo, enemigo de la posmodernidad, fustigador inmisericorde de la socialdemocracia timorata y el papanatismo liberal. Sin embargo, cuando ha acudido como representante de Izquierda Unida a negociaciones con el PSOE, ha sorprendido a sus camaradas por su súbito achicamiento. No regatea, no tensa la cuerda, dice que sí a todo, acepta sin rechistar las primeras propuestas socialistas. Dejaron de enviarlo a esas reuniones, porque otros menos exaltados que él conseguían más cosas. A veces, sí, los enclenques se vuelven fuertes, y los fuertes enclenques. Nunca sabemos cómo vamos a ser en el campo de batalla (y una sala de reuniones también puede ser un campo de batalla), qué haría de nosotros una situación de vida o muerte, una era de extremos. Ojalá jamás lleguemos a saberlo.


Martes, 7/10/2025. Me topo con una concentración proisraelí en la plaza de la Escandalera, en Oviedo, con una pancarta alusiva al aniversario de los ataques de Hamás, y a sus rehenes. Banderas israelíes, una de España, otra de Asturias, una arcoíris con la estrella de David sobreimpresa en blanco, cuatro gatos, mucha policía, nadie haciendo aprecio. Uno de los cuatro gatos es Javier Jové, diputado autonómico de Vox.

*

Me gusta este poema de Nel Morán, que leo en su poemario Na lluz claro:

Zarro los güeyos
esperando la lluz
oscuro del silenciu,
esperando la vida
del home solitariu
que vive dientro min.
Zarro los güeyos,
solo los güeyos zarro.

*

Pedro salió del armario de una manera muy peculiar, en el colegio mayor. Fue llamando a su cuarto, uno por uno, a todos sus amigos. «Lee lo que está escrito ahí, por favor», les fue diciendo. Ahí era una mesa con un ordenador portátil y un documento de Word abierto en el que se leía: «Querido amigo o amiga, tengo que contarte una cosa importante. Hay algo de mí que ya no puedo ocultarte por más tiempo. Estoy enamorado. Pero la persona de la que estoy enamorado no vive en la habitación 115 [donde se alojaba Alma, su entonces novia], sino en la 213». En la 213 vivía Fernando.

Me lo cuenta años después uno de aquellos amigos, amigo mío también, a quien le he preguntado qué fue de aquellos colegas suyos, a los que yo conocí. Y me habla asimismo del cambio radical que, después de aquello, se operó en Pedro. Empezó a vestirse de otra manera, a hablar de otra manera, a ser otra persona en todos los aspectos. Había sido un chico sobrio, vestido de tonos grises, oscuros. No era reservado, sino risueño y extrovertido; ligaba mucho. Lo hacía sin la rijosidad picapedrera, el proceder baboso, de otros colegas de mi amigo; era más respetuoso con las mujeres. Pero no tenía pluma alguna, ni atisbos de ningún tormento interior. A Alma, con quien llevaba saliendo un par de años, le chocó la revelación; tampoco ella había atisbado nada, y nadie más que ella lo hubiera atisbado, en detalles de la intimidad compartida —como el sexo— desconocidos para los demás. Parecía disfrutar mucho de su vida. Nada permitía adivinar al Pedro alternativo que llevaba dentro de sí, y que después emergió: un muchacho con no poca, sino muchísima pluma, que empezó a vestirse con ropa extravagante de colores chillones.

Me asaltan muchas preguntas que mi amigo no sabe responderme, porque Pedro no tardó en distanciarse de ellos, y le perdieron la pista. He escrito que no se le apreciaba ningún tormento interior, pero ¿lo tenía? Su manera alambicada, oblicua, de salir del armario (una especie de salida sin salir o de salida pasiva; un juego de pistas para que los demás abrieran la puerta, en vez de abrirla él), me hace pensar que sí. Pero quizás no lo tenía. Sin duda sí una inquietud, una duda, algún desasosiego, pero ¿por qué necesariamente un tormento? Yo sé que hay homosexuales que descubren su homosexualidad más o menos tardíamente, siendo ellos los primeros sorprendidos, tras años de atracción no fingida por las mujeres. No siempre hay un individuo auténtico encerrado dentro de uno falso; a veces lo que ocurre es que cambiamos de autenticidad, y un individuo auténtico se transforma en otro igual de verdadero. Los seres humanos somos así de complejos, y de Pedro me pregunto también si aquella ropa estridente era la que siempre había querido ponerse o fue una fase; una forma de enfatizar y enfatizarse a sí mismo su nueva identidad, de fortalecerla, en la etapa zozobrante de los primeros pasos, tras la cual regresaría el vestuario parco, o uno menos parco que el anterior, pero también menos llamativo que el posterior. Sea como fuere, qué torcidos son los renglones de la libertad.


Miércoles, 8/10/2025. Haciendo cola en una librería de Astorga, escucho a una señora mayor, delante de mí, preguntar por «el libro de Mario Conde». Le interesa mucho el estoicismo, dice al hombre, también mayor, que va con ella. La librera le dice que no tienen nada de Conde. Ella dice que lo ha visto en el escaparate, y van a mirar. Se dan cuenta de que el libro era de Pedro J. Ramírez. La señora se lo compra. «A este se lo quitaron del medio por decir la verdad», comenta.

*

Me hacen gracia esas invocaciones que tanto nos gusta hacer a la gente de la cultura, sobre la importancia enorme de lo que hacemos. La poesía cargada de futuro, «sin música el mundo sería un error», los libros que cambiaron el mundo, etcétera. Yo siento que todo lo que hago es perfectamente inútil y prescindible; si acaso una gota más en una ola que rugiría y se movería igual si no lo hiciera o ni siquiera una gota de la ola, sino una partícula arrastrada por ella. Lo siento sin dolor, con tranquilidad. Escribo porque me gusta y me apetece hacerlo y porque, si equis personas compran tu libro o leen tu columna y les entretiene un rato o aprenden algo con él/ella, ya está bien. Pero ¿importante, crucial, algo que cambia el mundo? No creo que sea así ni siquiera por acumulación. El mundo lo cambian otras cosas, otras personas, y lo demás es espuma.


Jueves, 9/10/2025. Veo a Pau Gasol en la portada de una revista y los siguientes titular y subtitular: «“Que el éxito no te cambie como persona”. Un gigante del deporte lleno de valores humanos». Me cae bien Gasol, pero tantos «valores humanos» no tendrá si acepta que lo enaltezcan de este modo.


Viernes, 10/10/2025. Decía Hofmannstahl que «todo marcha hacia delante, aunque de una manera dolorosa e insignificante».

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Cuando Ricardo Darín estaba rodando 1985 —la espléndida película argentina sobre los Juicios a las Juntas, en la que representa al fiscal Julio César Strassera—, en un momento dado se le acercó un matrimonio, durante un descanso. El hombre le dijo: «Yo fui compañero de colegio de Strassera, fuimos amigos. No te parecés en nada, pero estás igual». No parecerse en nada, pero estar igual: he aquí la magia misteriosa de la buena actuación.

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Emite Donald Trump un comunicado sobre la celebración del Columbus Day, el Día de Colón. Dice así:

«Hoy nuestra Nación honra al legendario Cristóbal Colón, el héroe americano originario, un gigante de la civilización occidental y uno de los hombres más valientes y visionarios que jamás haya caminado sobre la faz de la Tierra. Este Día de Colón, honramos su vida con reverencia y gratitud, y nos comprometemos a reivindicar su extraordinario legado de fe, coraje, perseverancia y virtud frente a los pirómanos de izquierda que han buscado destruir su nombre y deshonrar su memoria».

Aparte de otras consideraciones, qué insoportable me resulta esta retórica, su pura forma; qué cosa insufriblemente espídica. Ese derroche de adjetivos despampanantes, esos énfasis alucinados, ese efectismo cutre. Como dice mi amigo, J., «es como si la prosa llevase la misma cantidad de bótox y ácido hialurónico que la persona promedio del círculo de confianza de Trump». Es al formato escrito lo que, al audiovisual, son esos reels estridentes que también hacen, con imágenes grisáceas de ejércitos vikingos y espartanos, voz grave de general de batalla crepuscular y rótulos chillones. Qué fea es esta gente, qué feo es todo lo que hacen, qué culto fanático a la fealdad.

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Leo que a Yvonne Venegas, la hermana gemela de Julieta Venegas, le suelen pedir fotos y autógrafos. Les dice: «No soy Julieta, soy su hermana gemela». Y le suelen contestar: «Me tomo una foto contigo y digo que eres Julieta». Me recuerda a algo que me contó J. —otro J.—, de cuando trabajaba en una tienda del Barça. Un hombre fue a comprar una camiseta de Messi y preguntó si Messi podía firmársela. Quería regalársela a su hijo. Mi amigo se quedó descolocado, pero salió del paso: «Messi, euh, no está aquí, nunca viene por aquí. Pero si vas a la salida de un entrenamiento igual puedes conseguir que te la firme…». El hombre se quedó pensativo. «¿Y si la firmas tú y le digo a mi hijo que es la firma de Messi?». Y mi amigo se la firmó.

*

Leo esto en alguna parte y es una de esas veces en las que te quedas prendado de una frase, de su forma, del brillo propio que posee sin necesidad de saber exactamente de qué va: «Ella habla del tema con una prudencia cargada de preocupación, como si cada palabra pudiera destrozar universos dolorosamente construidos».

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Julieta Venegas fue al psicoanalista una vez, y le dijo que sentía que su vida era un constante y estresante dar vueltas a platos sobre palos, angustiada por la posibilidad de que alguno se cayese. El psicólogo le dijo: «¿Alguna vez probó ver qué pasa si los platitos se caen?».

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Publica Nahuel González, diputado de Sumar, el siguiente tuit, acompañado de una foto suya con la camiseta de la que habla, una elástica de aspecto futbolero, con la leyenda «Palestina lliure»: «Veo que a sionistas y taurinos les fascinó la camiseta que llevé el martes (más de 4.000 comentarios). La podéis conseguir a través del amic Ubeefe. El 50% de los beneficios va destinado a la lucha por Palestina en València y a la gente del BDS País Valencià». La causa es noble, pero las formas me repelen. Un diputado nunca debería ser un hombre anuncio, anuncie lo que anuncie. Qué harto estoy de los políticos influencer.

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Jónatham F. Moriche: «Es fascinante cuánta ciencia social, opinión periodística y estrategia política se siguen haciendo como si el telón de fondo de la estructura material e institucional y la subjetividad de masas hegemónica fuesen los mismos que hace veinte años. Nada útil puede saberse ni hacerse así».


Sábado, 11/11/2025. Leo en El País un reportaje un agresor sexual y asesino múltiple septuagenario, valenciano, que, tras cumplir condena (pasó cuatro décadas en la cárcel, en dos etapas), se trasladó a una aldea de Ourense, cerca de Celanova, donde ocupa una infravivienda de la que apenas sale, y en la que vive en condiciones míseras: tiene la salud muy mermada, y necesita un andador para caminar, aunque también conduce un coche sin carné, con el que baja a Celanova una vez a la semana, a comprar latas de conservas en el Dia. Me llama mucho la atención cómo cuenta el artículo que se han relacionado los vecinos con él. Al principio, ignorantes de quién era el nuevo habitante de la aldea, se volcaron en ayudarlo. Le llevaban tuppers de comida, le subían la compra y acordaron comprarle entre todos una nevera y un microondas. Pero justo antes de hacer la colecta, pensaron que quizás el ayuntamiento corriera con los gastos, al tratarse de una persona sin recursos. Y fue entonces cuando se destapó todo.

La historia es atroz: las víctimas de Gali son un pastor zaragozano al que mató a hachazos en 1982, una niña de once a la que violó y ahogó en una bañera en 1984 —tras lo cual participó en las batidas en su búsqueda— y una mujer de 58 años a la que estranguló en 2005, tras lo cual la dejó tirada en una cuneta mientras se iba a tomar una copa. Pero, cuando se enteraron de todo esto, lo único que hicieron los vecinos de la aldea ourensana fue dejar de ayudarle. Ni lo insultan, ni lo agreden, ni se han convertido en una turba linchadora: simplemente no lo saludan ni se ocupan de él. No es cierto que haya «alarma social» en el pueblo, como han corrido a pregonar los medios amarillistas. «No nos gusta, pero estamos tranquilos. Es un esqueleto, está escacharrado, no vale para nada», dice un vecino a Silvia R. Pontevedra, la periodista que firma la pieza. «Lo que nos amarga no es él, que está inútil total y es inofensivo. Lo que nos amargan son las cámaras, que no nos dejan en paz», se queja otro. «Hay que dejarlo vivir», sentencia otra. «No se come a nadie, ya no puede hacerlo», recalcan otros. Un psicólogo confirma que, efectivamente, la posibilidad de que vuelva a hacer daño es muy baja: a esa edad y en esas condiciones, la pura biología hace que la testosterona caiga brutalmente y que la impulsividad neurótica, las emociones desatadas, la ira y el rencor remitan.

A mí este vecindario y su gestión de un asunto tan delicado me parece de una sensatez extraordinaria; un virtuoso término medio entre la ley de Lynch y un buenismo inverosímil; entre la candidez y la crueldad. Estos gallegos dan a este hombre exactamente lo que se merece: el repudio de unos crímenes tan horrendos que no pueden perdonarse, pero también la oportunidad de pasar tranquilo sus últimos años; una acogida pasiva que equilibra perfectamente la ética y la justicia. En este mundo repleto de gente disparatada por un lado o el otro —disparatadamente naíf, disparatadamente brutal—, yo pondría a estos admirables humanistas involuntarios a redactar leyes y constituciones, a decidir indultos, a presidir el poder judicial. No sé si nos iría mejor, pero, desde luego, no nos iría peor.

*

Decía Jon Fosse, leo: «Yo no intento expresarme cuando escribo. Intento escapar de mí mismo. […] Si fuera una persona feliz, feliz con mi teléfono móvil, sintiéndome bien y afortunado, no creo que escribiera».

Dice Leila Guerrero: «La escritura es una coartada. Una tapadera del profundo deseo de eyectarme de mí misma, de sumirme en un mundo donde yo no esté. Cuando la escritura no fluye, cuando no logro embarcarme en esa navegación hacia la nada, me inundo de mí, de la forma confusa que tengo de estar viva».

Decía Joan Didion: «Escribo enteramente para averiguar lo que estoy pensando, lo que estoy mirando, lo que veo y lo que significa. Lo que quiero y lo que temo».

Me siento identificado con los tres.

*

Qué brillante este párrafo de Leila Guerriero, qué inquietante, qué cierto:

«Cruzo la avenida pensando que entre la gente que me rodea muchos habrán votado a Milei. Me obligo a pensar que también habrá votantes de los otros candidatos, pero solo los de Milei me parecen bombas ocultas esperando el momento de estallar, aun cuando hay, entre ellos, muchos que siempre me han parecido víctimas de la desigualdad y el deterioro social. Sin embargo, ahora me habita un solo pensamiento: dónde están, cómo me voy a dar cuenta. Son cosas que uno no piensa acerca de la gente desfavorecida, sino de un enemigo».

*

Experiencias recientes que me han demostrado que estamos incluso peor de lo que parece me llevan a pensar en lo crucial que es que demos una gran batalla por la ciencia. Por las vacunas, por la lógica, y hasta por la Tierra redonda. Nos va —literalmente— la vida en ello. Yo, últimamente, ya no sé por dónde me van a venir los tortazos a este respecto. Ya no hay espacios de confianza, de seguridad en que estás hablando con personas racionales. De repente te encuentras discutiendo los mínimos de la razón con la gente de la que menos lo esperarías. Pero, más allá de burlarnos de los cucubananas, no estamos dando esa batalla. Pensamos que son cuatro aventados y que no hace falta darla; lo pensamos igual que creemos que seguimos para casi todo en el mundo de hace treinta años. Ya no existe. Y no son cuatro, son muchísimos. Hay que devolverle la emoción a la razón; restituirle la épica. Cuando pensamos en vacunas, pensamos en burocracia, rutina, salas de espera, normalidad. Pero la vacuna fue un invento increíble; y la erradicación de enfermedades, una empresa homérica, y una conquista de clase. Hay que cargar las tintas de esa épica; de la inteligencia deslumbrante de Jenner o el heroísmo de la Expedición Balmis. O, pensando en los terraplanistas, en la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano. Resignificarla. Ensalzarla en términos no nacionalistas, sino humanistas.


Domingo, 12/11/2025. «Europa tenía el Panteón griego, los dioses se amaban, se odiaban, y todo eso lo abandonaron para abrazar una fe de parábolas que dice que no tendrás otro Dios más que a mí. Unen Iglesia y Estado, y tenemos las tiranías que hay». Se lo dijo una vez María Kodama a Jorge Luis Borges. No sé si le doy la razón o no.

El runrún interior (162)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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