/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Lo que más sorprende de la era Trump es ver cómo, pieza a pieza, lo que parecía una sólida democracia en Estados Unidos se va desvaneciendo. Construida hace justamente ahora doscientos cincuenta años, la democracia norteamericana no ha ofrecido ninguna resistencia importante frente al embate del movimiento MAGA. De forma similar a lo que ocurrió en Alemania en los años treinta, cuando la República de Weimar —quizás el sistema democrático mas avanzado de su tiempo— desapareció, ella también, sin ofrecer resistencia, hoy vemos derrumbarse el país de la Estatua de la Libertad. Parece que las democracias surgidas del siglo de la Ilustración son resistentes a los embates externos, pero no pueden sostenerse cuando el ataque procede de su propio vientre. Difíciles de construir, con luchas, con el sacrificio de muchos, con el empuje de masas enardecidas, sin embargo se disuelven como un terrón de azúcar en un vaso de agua. Cuando ocurrió esto mismo en Alemania, la gente se preguntaba cómo era posible que un pueblo tan culto como el alemán hubiera sido seducido por una banda criminal como los esbirros del partido nazi. En aquel entonces, es preciso recordarlo, Hitler fue ascendido a la cancillería por la fuerza de millones de votos.
Nadie pudo discutir su triunfo electoral y, una vez en el poder, en pocos meses, la democrática Republica de Weimar se transformó en una máquina terrible, autocrática, al servicio de la fuerza. Se reprimió duramente a las izquierdas, se hacían redadas en las calles contra sindicalistas, judíos e izquierdistas; se desarrolló una máquina de propaganda hasta entonces desconocida y la poderosa red de emisoras alemanas quedó al servicio de los nuevos dueños; desapareció la prensa libre y las otrora orgullosas universidades alemanas, auténticos templos del saber, tuvieron que admitir a comisarios políticos nazis en sus claustros que controlaron los nombramientos de profesorado, excluyeron a sus adversarios, impidieron a los estudiantes de izquierda y a los judíos ir a clase y finalmente los que quedaron fueron dóciles al poder y muchos intelectuales se marcharon a otros países, como le sucedió a Einstein. Finalmente, reforzó de forma contundente la Reichswehr, para transformarla en la Wehrmacht.
Y cuando la gente que no estaba de acuerdo con los nuevos métodos de poder quiso reaccionar, ya no pudo, porque los centros de decisión no estaban bajo su control. Después de la guerra, cuando los fascismos fueron aplastados militarmente —que no ideológicamente—, mucha gente venida de América interrogaba a los estudiosos e intelectuales alemanes, diciendo: «¿Ustedes no se dieron cuenta? ¿No veían lo que ocurría? ¿Por qué no detuvieron este horror antes?». Y ellos no tenían respuestas. Mudos y avergonzados, cargaron con la culpa hasta hoy.
Si yo fuera alemán de aquella generación, les diría a los intelectuales norteamericanos de entonces y de ahora: «¿Lo ven? ¡No era tan fácil pararlos!».
Tampoco es fácil hallar diferencias entre aquel movimiento de los años treinta del siglo veinte y los años veinte del siglo actual. También los mandatarios norteamericanos de hoy han sido auspiciados por la fuerza de los votos de forma incontestable; también reprimen duramente a sus oponentes políticos de la izquierda; también hay redadas policiales con detenciones masivas, con campos de concentración en el Salvador y en otros siniestros lugares; también se depuran universidades, museos y centros culturales; también las grandes cadenas de televisión y la prensa están siendo controlados; así mismo, los magos que dominan las redes sociales están trabajando para imponer la nueva visión del mundo y también hay fuga de cerebros. Hoy como entonces, parece que nadie pueda detener al movimiento MAGA, tanto más bárbaro que su predecesor. Y hoy como ayer, el movimiento tiene imitadores que quieren seguir la estela. Entonces fueron personajes como Horthy en Hungría, Piłsudski en Polonia, Metaxas en Grecia, Léon Degrelle en Bélgica, Dollfuss en Austria y otros que no cito.
Ante estos precedentes, es lógico preguntarnos: ¿qué es lo que falla en estos sistemas democráticos? ¿Será que, una vez que se alcanzan, las generaciones siguientes pierden la memoria de lo que costó construirlos? ¿Será que, en el fondo, no son tan sólidos como parecen? ¿Será que la voluntad popular es muy fácil de engañar? ¿Renacerá bajo nuevas fórmulas o estamos condenados a vivir en Un mundo feliz como el que imaginó Aldous Huxley?

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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Usted habla muy acertadamente de las semejanzas entre Hitler y Trump y entre la caída de Weimar y el asalto a los centros de poder en usa o el ataque a los principios demócratas constitucionales de los padres de Norteamérica
Por fortuna, y de momento, también hay diferencias importantes
Las económicas, entre un país arruinado y una población desesperada que iba a comprar el pan con kilos de billetes, como en la Alemania de los años anteriores a la guerra, mientras USA es un país rico con un nivel de vida alto
Las personales, entre un fanático loco que ni él mismo sabía lo que quería, aparte de eliminar a judíos, gitanos, comunistas, etc, por razones absurdas y estúpidas
Y un hombre de negocios cuyas manifestaciones contra los emigrantes obedecen más a una estrategia electoral que al odio. De hecho el propio Trump así como muchas compañias emplean en sus empresas a inmigrantes, como no podría ser menos, tal y como sucede en toda Europa, sin que sea posible prescindir de una mano de obra cuyos trabajos rehuyen los oriundos
Es una cuestión de grado, y no solamente de posicion
Gracias por tu comentario. Però Alemania, en el año 1934 era un país rico, que habia superado la inflación, con una burguesia poderosa. Y Hitler no era un lloco; sabia perfectamente lo que queria: «Alemania por encima de todo» . Este era su lema.
Gracias por la respuesta