El runrún interior

El runrún interior (162)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre un posible «modo de producción algorítmico» o el carácter obsoleto de la huelga general como forma de movilización.

/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (161)

Lunes, 13/10/2025. Día de huelga general por Palestina. Me parece un error, porque se va a seguir muy poco. Ya es difícil hacer una buena huelga por un tema laboral; cuánto más lo será hacerla por una injusticia tan flagrante como distante. Supongo, además, que el reciente acuerdo de paz tire para atrás a todavía más gente. No es que los palestinos vayan a dejar de sufrir injusticias aberrantes, pero no me cuesta imaginarme a mucha gente diciendo: «Si la guerra ya se acabó, ¿qué es lo que reclamáis? ¿Qué sentido tiene que yo me arriesgue a problemas en el curro pidiendo el fin de algo que ya se terminó?».

Charlo de todo esto con un amigo sindicalista. Me dice que ya está teniendo problemas para movilizar a gente solo para los paros parciales de UGT y Comisiones; «y no porque les parezca poca cosa, sino porque pasan de perder pasta de la nómina. La gente puede ser muy solidaria con el tema, pero ir a un conflicto laboral gordo con pérdida de salario, en tu puesto de trabajo, por algo que no tiene ninguna relación con nada de tu puesto de trabajo, pues o tienes unas redes hipermovilizadas en todos los centros de trabajo o es receta segura para el fracaso general».

Nunca lo digo en voz muy alta, pero me parece que la huelga general, incluso cuando tiene reivindicaciones estrictamente laborales, es una herramienta desgraciadamente obsoleta, que perjudica más de lo que beneficia cuando se convoca, porque ya siempre fracasa, y entonces transmite una imagen de debilidad. Se trata de una herencia de un mundo que ya no existe, pero nos gusta el recreacionismo histórico.

Hace unos días, charlando con un amigo asturianista, se acordaba de lo impresionó que se quedó, a finales de los noventa, el día que Comisiones y UGT pasaron a apoyar explícitamente la cooficialidad del asturiano, dieron a sus militantes la consigna de ir a la manifestación anual y, de repente, la marcha se engrosó con el doble o triple de gente que el año anterior. Aparecieron por allí miles de personas nuevas que nunca habían participado. Eran trabajadores. Comisiones, solo en Industria, tenía ocho mil militantes. Pero eso, esa cosa masiva y disciplinada, ya es, ya digo, otro mundo. Uno en el que también había un «hoy por ti, mañana por mí» que ha dejado igualmente de existir. Los del naval iban a lo de los insumisos y entonces los insumisos iban a lo del naval. Los siderúrgicos iban a lo del asturiano y entonces los del asturiano iban a lo de los siderúrgicos. Ese engarce de luchas que tan bien se refleja en la película inglesa Pride, sobre el apoyo del incipiente movimiento LGTBI a la huelga minera contra Thatcher en la Gran Bretaña de los ochenta, y cómo los gais consiguieron disolver con ello el desprecio que les dispensaban los mineros, que entonces acabaron apareciendo en el desfile del Orgullo con sus viejos estandartes, en una de las escenas más emocionantes que yo he visto en una pantalla de cine.

Ahora no es así. Ahora uno lanza equis consigna y exige a la gente que acuda, pero no les ofrece realmente ir luego a sus propias cosas, preocuparse por sus problemas. Se trata de llamamientos al altruismo y la moralidad (y a problemas en el curro) sin ninguna contraprestación. Mi amigo sindicalista me da la razón. «Claro, la solidaridad es una abstracción. Las realidades físicas, materiales (no de obrerismo vulgar) construidas con una relación personal, de red, de trabajo directo y de interacción con toda esa gente es lo que le da a esa solidaridad abstracta una entidad real. ¿Has hecho antes? ¿Hablas o tienes relación con esa gente a la que llamas a la solidaridad?».

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Titular de El País: «Poco después del suicidio de una alumna, le dijo con una sonrisa a una estudiante que se levantó para ir al baño: “No vayas a saltar”. Este y otros comentarios provocaron una recogida de firmas contra él. Las mil y una polémicas del juez Peinado». Jueces: el problema número uno de este país. A bastante distancia del segundo.


Martes, 14/10/2025. En las noches de insomnio somos bestias acorraladas por nuestra propia vigilia, angustiados prisioneros del despertar.


Miércoles, 15/10/2025. Nikolái Valentínov le fue en una ocasión a Lenin con el cuento de que jamás iba al médico, porque no podía permitírselo. Contaría más tarde que: «Lenin me miró asqueado (no se me ocurre una palabra mejor), como se miraría a una persona sucia o que apestara. «Eso demuestra falta de cultura», me reprochó. «Es un comportamiento digno de un pueblerino. Hay que valorar y cuidar la salud. Es una bendición gozar de fortaleza física y de bienestar, tener el poder de resistir, y, además, para el revolucionario, es un deber».


Jueves, 16/10/2025. De paseo por el casco histórico de Pamplona, me detengo en algo que me llama la atención: unas duchas públicas. Cualquiera puede entrar y ducharse por un euro, con el que te dan una pequeña pastilla de jabón, una esponjita y una toalla. Me supongo que es algo puesto en marcha recientemente por el actual Gobierno municipal, una coalición de izquierdas encabezada por EH Bildu; y me parece y lo celebro como un servicio público tan sencillo como imaginativo y osado, creado a contracorriente de este tiempo de privatizaciones, y que estaría bien que se copiara en otros lugares. Pero cuando se lo comento a mis amigos pamploneses, me cuentan que se trata, no de una novedad, sino todo lo contrario: una reliquia de principios del siglo XX que sobrevive en el XXI, pero a duras penas, y nadie espera que perdure mucho tiempo. Me paso el resto del día pensando en mi sorpresa y en esta contradicción: que cosas centenarias nos puedan parecer, hoy, innovaciones audaces. ¿Qué nos parecerían en 2025 las fuentes o las bibliotecas públicas, si no existiesen y alguien las propusiese?

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Decía Clarín que no hace falta leer determinados libros para criticarlos, igual que no hace falta ver a un burro detrás de una tapia para saber que está ahí: basta con oírlo rebuznar. Estirando la metáfora, el Premio Planeta sería una macrogranja de pollinos. Escuchas los rebuznos y hueles los purines a kilómetros.

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Veo compartir en las redes extractos de la novela de Juan del Val, flamante Premio Planeta. Un millón de euros se va a llevar el tío por escribir así:

«Eli apaga la luz y se mete por debajo de las sábanas. Luis se concentra cuando Eli le busca el pene con los labios, con su lengua, intentando ponerlo duro, lo suficiente al menos para poder sentirlo dentro de ella. La erección de Luis es más mecánica que apasionada, pero sentir cómo crece dentro de su boca excita a Eli. Moja dos de sus dedos con saliva para lubricarse, hace falta algo de ayuda, pero hoy no utilizará ninguna crema lubricante. Eso les quita las ganas a los dos, a ella más por lo que significa. Hoy no hará falta. Eli entiende que es el momento y se  pone encima de Luis, que la mira desde abajo. Ella prefiere no quitarse la camiseta. Sus tetas son demasiado flácidas, no ayuda que sean tan grandes. Sus tetas volvían loco a Luis cuando además de grandes no estaban muertas. Luis piensa en Carolina y en su cuerpo joven, en la fresa mordida tatuada en su culo. En sus pechos redondos, de pezones pequeños y oscuros, en su vientre liso y […]».

Qué cosa atroz. «Esa prosa sí que necesita lubricante», dice Sergio Sánchez Collantes. «Me encantaría leer a alguno que hablase de huevos colganderos y de que no se le levantaba ni con un gato hidráulico, pero ellos siempre son seres deseantes y deseables y por supuesto potentes», dice María Pérez.

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Moriche sobre lo del Planeta: «Lo que más me desagrada de todo este reiterado asunto mugriento del Planeta es el descrédito con que salpica a un arte tan mayor, tan noble y tan difícil, con una misión cultural tan importante, como debería ser la literatura popular y de evasión para el público no especializado».


Viernes, 17/10/2025. Leo describir la siguiente escena real, acaecida en Estados Unidos. Una activista graba a un agente de policía que está reprimiendo una manifestación en la que participa, y lo retransmite en directo en Instagram, tal y como permite legalmente la Primera Enmienda. El policía saca de repente su propio smartphone y reproduce con él una famosa canción pop. Parece surrealista, pero es una reacción completamente racional: el agente sabe que cualquier vídeo que reproduzca música es automáticamente eliminado de Instagram. La escena encapsula como pocas este momento nuestro de la historia humana: su conflictividad, el papel de lo digital y de las redes sociales, el menguante poder del derecho público contra el creciente poder de la ley privada… Tiempos interesantes, tiempos perturbadores, en los que hay que arar con bueyes muy raros y hacer el cesto con mimbres desconcertantes. Es lo que hay.

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Taina Bucher habla de la «amenaza de la invisibilidad»: en el mundo contemporáneo, a diferencia de en el panóptico benthamiano, donde se castigaba a los presos haciéndolos constantemente visibles, el totalitarismo cibernáutico nos castiga invisibilizándonos. Los usuarios de plataformas, esclavos del algoritmo, temen perder la visibilidad, y entonces hacen lo que haga falta por mantenerla, como hicieron lo necesario para obtenerla.

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Dice Isabel Díaz Ayuso que tenemos un «gobierno sanchevique». Eso de sanchevique es genial. Qué ingeniosos son los hijos de puta.


Sábado, 18/10/2025. ¿Se podría hablar, en puridad marxista, de un naciente «modo de producción algorítmico»? Lo pienso leyendo una investigación muy interesante —aún no publicada, y que por eso no cito— sobre los entresijos de la vida laboral de los riders, a partir de entrevistas a repartidores españoles, italianos, mexicanos y chinos. La peculiar estructura empresarial de la llamada economía colaborativa es conocida: falsos autónomos que se compran su propio material de trabajo y a quienes explota un jefe invisible; una app que distribuye tareas, turnos y pedidos, y con la que cada uno se relaciona individualmente. No hay horarios, no hay una sede, no hay una nómina, no hay un encuentro personal diario entre currantes. Hay muchísima explotación, una plusvalía obscena, pero merece la pena discutir si a eso se le puede dar el mismo nombre —capitalismo, «modo de producción capitalista»— que a lo que pasaba en las fábricas de la revolución industrial. ¿En qué momento el barco de Teseo, al que se le van cambiando las piezas una por una, deja de ser el barco de Teseo?

Todo modo de producción genera, también, formas de protesta características. Hay interesantes mecanismos de resistencia y de lucha desarrollándose en el interior del leviatán algorítmico. Recuerdan, adaptadas a la era digital, a cosas que pasaban en los albores de la revolución industrial, en el tiempo de los luditas. Un ejemplo: las apps nunca instituyen un chat para que los empleados interactúen entre sí, sino solamente uno en el que puedan trasladar ruegos individuales a la empresa. Esta fomenta la competición entre sus trabajadores, que aprenden a pelearse y a ser estajanovistas para conseguir los mejores turnos. Pero algunos riders con conocimientos de informática crean chats propios y semisecretos —que la empresa trata de ahogar— para establecer contacto con sus compañeros. Y una vez creados, sirven para todo tipo de cosas: desde acordar un apagón coordinado a modo de huelga digital —ya ha pasado algunas veces— hasta compartir memes y chascarrillos sobre la empresa o satirizando la vida rider. También para intercambiar información sobre atajos, bicis de segunda mano, tiendas de repuestos baratos o instrucciones para falsificar el caro certificado sanitario que las plataformas piden en China. Y también para repartirse los turnos de forma más democrática. Son, en fin, un sindicato. Uno digital, pero que desempeña la misma función múltiple que los analógicos: forjar un colectivo unido, lo mismo en el apoyo mutuo (también moral, psíquico) que para la protesta.

El sindicalismo no ha muerto aunque agonicen los sindicatos clásicos, sino que renace bajo nuevas formas, como siempre lo ha hecho. El viejo topo sigue excavando su túnel eterno. Los riders tienen conciencia de clase y la emplean contra sus patronos igual que los obreros de la revolución industrial. Estos no necesitaban leerse El capital ni comprender el capitalismo para luchar con mucha eficacia contra él, y con los trabajadores del modo de producción algorítmico ocurre lo mismo. Me resulta curioso leer a los investigadores contar que sus entrevistados —sobre todo los de México y la India— no suelen estar familiarizados con la noción de algoritmo, a pesar de la habilidad con la que llegan a predecirlo, comprenderlo, burlarlo y trampearlo en su beneficio. Descubren ángulos muertos de su control, bugs de la app, triquiñuelas cibernéticas para hacer al algoritmo enviarles a las mejores zonas a las mejores horas o hasta quedarse con un pedido sin que les descubran ni les despidan. Esto no es lucha colectiva, no es sindicalismo, pero yo veo en ello la fase Robin Hood o Curro Jiménez —el bandolero legítimo, el pícaro entendible— de algo más grande y colectivo.

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Tengo en mi estudio una reproducción (técnica) del Angelus Novus de Paul Klee —convertido por Walter Benjamin en el «Ángel de la Historia», con sus ojos asustados por la «ruina tras ruina» del pasado— enmarcada, que hoy se ha caído y se ha roto. He pasado un rato largo barriendo los pedazos. La catástrofe del ángel de la catástrofe. Me gustaría saber qué pensaría Benjamin de la escena.


Domingo, 19/10/2025. Leo que Anatole France y Charles Péguy solían reivindicar el papel que, en su formación, tuvieron ciertas novelitas baratas que eran muy populares en la Francia de finales del siglo XIX. En otras ocasiones he leído y oído a autores españoles hacer la misma reivindicación de las novelas del oeste y otros productos menospreciados como literatura de baja calidad. También a poetas meritorios contar que su primer contacto con la poesía fueron las canciones de Joaquín Sabina, a novelistas y columnistas haciendo el mismo reconocimiento de Arturo Pérez-Reverte, o a psicólogos haciéndoselo a Jorge Bucay, autor de unos cursis superventas de la autoayuda. El viaje de la sofisticación, sus largas escaleras, comienzan en un escalón pegado al suelo. A mí no me gusta caer en el populismo de negar que existan una alta y una baja cultura, o una alta y una baja literatura.

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Me gusta el billetín de hoy de Pedro de Silva en La Nueva España. Dice así:

«TIRANÍA DEL PRESENTE

La desaparición de la historia nos pisa de tal modo los talones que la velocidad y cortedad de las noticias (y, por tanto, de los propios acontecimientos, que no viven sin ellas) las dejan sin antecedentes que las expiquen y les den sentido. En el fondo todo viene de la crisis de la noticia-papel, de la facilidad de montarlas y difundirlas sin reflexión ni reposo, de su extinción al apagar la pantalla, del dominio del mensaje breve, regido por la ley del impacto, o sea, del choque, con forma de puño o bala y su etiología natural en el disparo. El día en que la vigilia de los equipos de cierre, el ritmo y horario de las rotativas, la logística del transporte y la distribución, con el madrugador despertar de los quioscos, fueron sustituidos por la rauda y fugaz tiranía de las redes, todo un mundo factual empezó a nacer y esfumarse antes de que pudiéramos hacernos cargo de él cabalmente».


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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3 comments on “El runrún interior (162)

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  2. Vengo a este blog semanalmente como quien asiste al partido de su equipo. Gracias Pablo por este espacio.

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