Los últimos días de la humanidad Noticias de ningún lugar

En el bando de los chimpancés

Michel Suárez prosigue su serie sobre el delirio tecnooptimista de estos tiempos crepusculares escogiendo bando en la disyuntiva que propone Kevin Warwick, impulsor del Proyecto Cíborg. Si es cierto que «así como los humanos nos separamos de nuestros primos chimpancés hace años, los cíborgs se separarán de los humanos», y que «aquellos que permanezcan como humanos probablemente se conviertan en una subespecie [y] serán efectivamente los chimpancés del futuro», él prefiere seguir siendo un simio, sin chips implantados, pero manteniendo la ética, esa vieja aguafiestas.

/ Los últimos días de la humanidad / Michel Suárez /

I

La gran convergencia

Desde la primera modernidad, la idea de perfección ha atormentado los sueños de una humanidad obesionada por el progreso material y moral. La nómina de progresistas en la República de las Letras aumentó hasta hacerse inagotable. Un aristotélico del siglo XVI, Pietro Pomponazzi, por citar solo un nombre, incidía en la necesidad de que los hombres se reformasen «como seres activos, morales. La perfección no constituye una perfección metafórica, sino una actividad de perfección, la tarea del hombre es moral».

El transhumanismo es la culminación de esta fantasía de perfección amputada de su dimensión moral.

Gracias a la «gran convergencia» (la interconexión de nanotecnología, biotecnología, informática y ciencias cognitivas), estamos en disposición de «crear» «seres humanos» sin defectos ni dilemas morales. Ajenos a la relación entre fines y medios, los transhumanistas proponen dejar atrás a una humanidad avergonzada por sus limitaciones biológicas, reducidas a un funesto recuerdo gracias la hibridación hombre-máquina. ¿Cuál es el mérito de un hombre que enferma y muere? Ninguno.

Rousseau hablaba del grandioso y bello especáculo de

«ver al hombre salir por así decir de la nada por sus propios esfuerzos; disipar, por las luces de su Razón, las tinieblas en que lo envuelve la naturaleza; elevarse por encima de sí mismo: alzarse por el espíritu hasta las regiones celestes; recorrer con pasos de gigante, como el Sol, la vasta extensión del universo; y, lo que es todavía más difícil, penetrar en sí mismo para estudiar ahí el hombre y conocer su naturaleza, los deberes y el fin».

Ahora no se trata ya de «penetrar en sí mismo para estudiar» las profundidades del ser, sino de refundarnos como especie soltando el lastre de la animalidad y entender que es un estorbo para nuestro desarrollo.


II

Las últimas criaturas del bienestar democrático votan y consumen con entusiasmo mientras se ultima su extinción

Como es probable que no haya quedado claro, me gustaría señalar una vez más el peligro de subestimar la enorme perturbación civilizadora asociada a la exaltación tecnocientífica de los transhumanistas. Los argumentos de estos visionarios que se creen marcados por los trazos del genio son temerarios y alarmantes, pero extrañamente persuasivos. Como era de esperar, un público cebado con aplicaciones, consolas, eventos deportivos, loterías, apuestas, elecciones, «findes», «vacas» y diversión a raudales no dispone de mucho tiempo para cavilaciones sobre el futuro de la humanidad. Soterrado por un embrutecimiento digital sin freno, el debate sobre el transhumanismo es sistemáticamente aplazado ante la indiferencia de una ciudadanía embobada por un bienestar tontorrón y colaboracionista. ¿No es una ironía lacerante que, despojada de pasiones políticas, la misma humanidad impresionada por la última majadería electrónica no experimente ni siquiera un leve malestar ante su abolición como especie?

La indulgencia con que son recibidos los discursos sobre cíborgs, hibridación y mudanza planetaria evidencia una incomprensión absoluta de su trascendencia. Constituyen la cima de un racionalismo industrial que pasó de producir cadáveres en serie a crear híbridos locos por vivir en Marte. Contiene en sí todo el espíritu de nuestro tiempo. Es el terreno donde se juega toda la cuestión social.



III

Los benefactores híbridos

La simple posibilidad de que la humanidad salga perdiendo con sus alucinaciones no es una hipótesis para los transhumanistas, dotados de una envidiable capacidad para imaginar una existencia cada vez más estúpida, perturbadora e imprudente. «Todos reconocerán que las virtudes más estimadas son la prudencia y la justicia», pensaba, sin motivo, Isócrates. Aconsejar prudencia a estos geeks arrogantes es perder el tiempo, puesto que la prudencia hace tiempo que no existe en ningún lugar. Y qué decir de la justicia…

Sorprendentemente, quienes ridiculizan los límites humanos poseen fama de benefactores, no de necios. Y eso que a nadie se le oculta que, a medida que estrechan el cerco sobre nuestra acomplejada especie, aumentan su fortuna y su poder. ¿A quién rinden cuentas estos fanáticos por definición, dispuestos a sacrificar todo lo que nos hace humanos? Únicamente a su narcisismo y su megalomanía. «Es un proceso irreversible», amenazan; «cuando terminemos el proceso, la humanidad tal como la conocemos no podrá aspirar ni a salvar los muebles». Por extraño que parezca, estos absurdos se celebran efusivamente.


IV

Todo son ganancias

Los discursos cargados de confianza sobre la «gran convergencia» se caracterizan por su rotundidad. Son presentados de forma tan inconfundiblemente positiva, tan abrumadoramente emancipadora y benéfica, que desacreditan de inmediato a quien se atreva a exponer la más mínima objeción. Los manipuladores de la credulidad popular garantizan avances increíbles en todos los órdenes. Las nuevas tecnologías permitirán una relación de «enorme realismo» entre máquinas, robots y humanos. Favorecerán un estallido de creatividad e imaginación, como esos ordenadores capaces de interpretar una partitura igual que «un humano y de pintar un cuadro sobre un lienzo siguiendo el estilo de autores ilustres». En breve, también diremos adiós a la fatigosa tarea de conducir gracias a una compleja red de cámaras, GPS, sensores y un sistema de interconexión con otros vehículos, que dotarán a los coches de una autonomía superior a la de los tripulantes, transformados en acomodados pasajeros. Pero la más beneficiada de este portentoso avance tecnocientífico será la industria militar, que podrá a disposición de ejércitos nacionales, milicias, mafias y otros grupos terroristas «vehículos de combate autónomos en conflictos reales para reducir las bajas humanas».



V

Transhumanos compasivos

Sin embargo, es en el plano clínico donde sus apóstoles fundan la naturaleza compasiva del transhumanismo. El «filósofo» sueco (aquí son todos filósofos) Nick Bostrom, fundador del Instituto para la Ética y las Tecnologias Emergentes y director del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, ofrece esta definición del transhumanismo: «Un movimiento cultural, intelectual y científico que afirma la deuda moral para mejorar las capacidades físicas e intelectuales de la especie humana, y para aplicar al hombre las nuevas tecnologías que puedan eliminar los aspectos indeseados y no necesarios de la condición humana: el sufrimiento, las enfermedades, la vejez e incluso su condición mortal». Dicho más claramente, el transhumanismo es un movimiento eugenésico que aspira a «crear» indivíduos programados (cíborgs), corregir o evitar los «errores» (enfermedades) de la naturaleza y hacer frente a la contingencia (caducidad) de la vida humana.

Mal pertrechados para enfrentar una vida de perpetua competición con nuestras creaciones, ¿por qué no unirnos a ellas para optimizar el rendimiento, la visión, la capacidad auditiva, la memoria, la resistencia? «No podremos ser más inteligentes que una supercomputadora. Por lo tanto, si no puedes vencerla, únete a ella», afirma Elon Musk, que ha puesto en marcha Neuralink, una tentativa de paliar la insultante inferioridad del hombre frente a las máquinas. Se trata de una tecnología de interfaz neuronal que resolverá «muchas enfermedades relacionadas con el cerebro», como el autismo y la esquizofrenia. La estimulación profunda del cerebro gracias a implantes electrónicos también tendrá un gran impacto en el tratamiento del párkinson, la epilepsia e incluso la depresión. El Nucleus 7 de Apple, por su parte, permitirá a las personas con sordera escuchar música mediante un chip implantado en el oído.

La clave —asevera Kevin Warwick, profesor de cibernética de la Universidad de Coventry— «está en el cerebro, ya que hay enfermedades que afectan a partes de tu cuerpo que pueden no ser necesarias, pero el cerebro es lo realmente importante». «La inteligencia artificial tiene en cuenta centenares de dimensiones, el cerebro humano solo tres dimensiones. Esto marca una diferencia gigantesca», prosigue Warwick. Esta diferencia es tan gigantesca que hasta los humanos más incrédulos sienten nacer la duda. Y es que, entre sus múltiples usos, la Inteligencia Artificial serviría para realizar diagnósticos médicos en base al historial clínico acumulado de los pacientes en un tiempo mínimo.

En fin, parece que estamos a un paso de que la hibridación ponga fin al dolor, al sufrimiento y a la muerte. «Si puedes hacer que tu cerebro siga vivo sin tu cuerpo, entonces se abren posibilidades para que puedas ser inmortal», concluye un eufórico Warwick. ¿No se trata de un avance asombroso, de un consuelo inimaginable? ¿Acaso el empeño de los transhumanistas no revela una genuina preocupación por el bienestar humano? ¿Cómo vamos a desperdiciar esta oportunidad de enmendar de una vez por todas nuestra decadente animalidad?


VI

La eterna aguafiestas

A pesar de presentar la cuestión de la abolición humana de forma tan seductora y halagüeña, los transhumanistas han tropezado con la resistencia de gentes que se horripilan con sus proyectos y auguran consecuencias fatales. El principal argumento, explica un irritado Kevin Warwick, «es que existen grandes problemas éticos con el simple hecho de realizar una cirugía cerebral en una persona sana». Para este innovador, que no acierta a comprender las objeciones al «simple hecho» de practicar cirugías cerebrales a una persona sana, la ética es apenas un residuo de superstición que debe ser eliminado. «Si la estimulación electrónica del cerebro es ya posible, ¿por qué no se ha puesto aún en práctica a gran escala?», cuestiona.

«Desgraciadamente, se podría aplicar a personas que mejorarían, pero no podemos. Las reglas éticas y sociales no avanzan tan rápido como la ciencia. Es muy difícil realizar este tipo de experimentos con personas, porque para implantar los electrodos tiene que haber una aprobación ética», se lamenta. «El progreso dependerá de la sociedad, de la ética. Puede ser mañana o podemos tardar cien años. En los años noventa se avanzó mucho, pero actualmente estamos siendo más conservadores».

La ética, esa vieja aguafiestas que protegía a la humanidad de sí misma, de sus impulsos ciegos, no es más que un estorbo para el señor Warwick. Esto es fácil de entender. Al demandar un debate riguroso y transparente sobre actual grado de audacia tecnocientífico, entorpece y ralentiza sus delirios futuristas.



VII

Invasiones subcutáneas

A Kevin Warwick los remilgos de la ética le traen sin cuidado. Si modificamos la vida humana, la ética deberá renunciar a sus privilegios. Y amenaza: «Si quieren vivir sin ningún chip implantado en su cuerpo, sepan que existirán humanos superiores que controlarán la tecnología con sus cerebros. Sí, asusta», dice, con la boca pequeña. Hasta tal punto se regocija con el advenimiento de «una nueva subespecie, el humano cíborg», que afirma estar «muy a favor de esta invasión»: «a mí me implantaron cien electrodos en el cerebro». Eso sí, no esconde ciertas dudas: «Hasta que no pruebas un implante, no sabes cómo va a funcionar realmente», no sabes «cómo va a funcionar, si va a hacerlo de forma correcta o no. Solo con la experimentación puedes saber cómo funcionará».

En efecto, Warwick es un hombre, por ahora, sin complejos. Predicando con el ejemplo, a finales de los noventa se hizo implantar mediante cirugías chips y electrodos en su cerebro. Su esposa, Irenea Warwick, que no le va a la zaga, se incrustó un chip en el brazo para demostrar que la tecnología está en disposición de conectar los estímulos cerebrales de dos humanos. A partir de su propia experiencia, explican que el miedo ante la implantación de tecnología en el organismo humano no está justificado. «Tengo muchas ganas de que me pongan nuevos implantes», confiesa este pionero con una ingenuidad infantil. «Pienso que dentro de diez o veinte años se podrán implantes que nos harán mucho más inteligentes».


VIII

¿Quiere usted ser un chimpancé?

Warwick esparce su credo transhumanista generosamente financiado por la banca y los grandes formadores de opinión. Convidado por el BBVA y La Vanguardia, expuso sus ideas en Esade, una escuela de negocios y derecho, cuyo objetivo es «empoderar a futuros líderes a través de programas formativos centrados en las nuevas tecnologias y su implementación en el mundo empresarial para generar un impacto positivo en el mundo». «Empoderar», «futuros líderes», «generar un impacto positivo en el mundo»… ¡Unos objetivos preciosos! ¿Y cómo justifica Kevin Warwick su Proyecto Cíborg? Abra bien los ojos, lector: «Así como los humanos nos separamos de nuestros primos chimpancés hace años, los cíborgs se separarán de los humanos. Aquellos que permanezcan como humanos probablemente se conviertan en una subespecie. Serán efectivamente los chimpancés del futuro».

Ya le advertí que esta gente no se anda con bromas. Y además habrá que hacer las maletas porque, como alerta Elon Musk, la Tierra ya no da más de sí y debemos preparar el traslado a Marte antes de la extinción total. ¿Ser o no ser? ¡Qué tontería, señor Shakespeare! Ahora, son los aprendices de brujo como Warwick quienes reformulan las cuestiones esenciales de la existencia: ¡Hibridación o extinción! ¡Ciborg o chimpancé ! Ya ve usted, el progreso era esto… Francamente, si aún estoy a tiempo de elegir, me quedo con nuestros queridos primos.


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Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.


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