/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /
I
El rayo trabaja para nosotros
Uno de los rasgos más notables de nuestra civilización digital es que cualquier botarate puede exponer públicamente las mayores majaderías sin pasar por loco. Es el caso de quiromantes como Marc Andreessen, cuyo fanatismo tecnocrático está casi a la altura de su arrogancia y su irresponsabilidad. Andreessen es un especialista en chapurrear a la ligera sobre temas decisivos para el futuro de la humanidad. En su intrepidez, este «antisistema» se atreve con todo, hasta con el sentido de la existencia. ¿Cuál es el fin de la vida?, se pregunta: convertirnos en «superhombres tecnológicos». ¿Y en qué sólido argumento sustenta esta aspiración? En la aventura: «Creemos en la aventura. Emprender el viaje del héroe, rebelarse contra el statu quo, explorar territorios inexplorados, conquistar dragones y traer el botín a casa para nuestra comunidad».
En realidad, la vida como aventura es un reclamo de El Corte Inglés para la nueva temporada otoño-invierno; un vulgar señuelo para idiotas. Pero lo interesante aquí es que nuestro arúspice habla sin tapujos el lenguaje futurista de Marinetti: «Creemos en la grandeza. Admiramos a los grandes tecnólogos e industriales que nos precedieron y aspiramos a que se sientan orgullosos de nosotros hoy».
Estas sandeces melodramáticas habrían podido hacernos reír si el autor tuviese talento y gracia. No es el caso. Sin embargo, haríamos mal en ignorarlas, ya que, tras una retórica grandilocuente, mezcla infantil de ciencia ficción y ethos militarista, asoma el proyecto industrial de conquista de la naturaleza y de sometimiento del hombre por el hombre sobre el que se funda nuestra sociedad digital. «Creemos que somos, hemos sido y siempre seremos los dueños de la tecnología, no dominados por ella. La mentalidad de víctima es una maldición en todos los ámbitos de la vida, incluyendo nuestra relación con la tecnología: innecesaria y contraproducente. No somos víctimas, somos conquistadores». Y como buen conquistador, nuestro panfletista sabe que «la belleza solo existe en la lucha. No hay obra maestra que no tenga un carácter agresivo. La tecnología debe ser un asalto violento a las fuerzas de lo desconocido, para obligarlas a doblegarse ante el hombre». En fin, Andreessen ama la naturaleza y por amor trata de superarla: «No somos primitivos, acobardados ante el rayo. Somos el máximo depredador; el rayo trabaja para nosotros».
II
Ya se nos ocurrirá algo
Con los fenómenos naturales en nómina, el hombre ya puede despreocuparse: no hay «ningún problema material, ya sea creado por la naturaleza o por la tecnología, que no pueda resolverse con más tecnología». Una vez más, el Deus ex machina del solucionismo se las arreglará para resolver los problemas del «mundo real». ¿Y qué hay de los topes de la bioesfera? ¿Afirman acaso los transhumanistas que procesos fácilmente comprobables (pérdida de biodiversidad, alteración del ciclo de agua, agonía de los suelos, calentamiento global, contaminación atmosférica, plastificación) son apenas rumores o conjeturas? Pues no, mire usted por dónde. Andreessen es muy consciente de que «la utilización de los recursos naturales tiene límites claros, tanto reales como políticos». Y haciendo alarde de una campechana ignorancia histórica, asegura que «la tecnología —nuevos conocimientos, nuevas herramientas, lo que los griegos llamaban techne— siempre ha sido la principal fuente de crecimiento, y quizás la única causa del mismo, ya que la tecnología hizo posible tanto el crecimiento de la población como la utilización de los recursos naturales». La tecnología es una «palanca en el mundo».
Naturalmente, esto obliga a dar por sentado que el sentido final de la vida es el crecimiento sin límites. ¿Por qué crecer? Va de suyo. ¡Crecimiento o barbarie! La barbarie es otro nombre del estancamiento, es decir, aburrimiento, subconsumo, miseria, enfermedad y muerte. ¿Que el crecimiento perpetuo contradice a la física, que ignora la termodinámica? ¿Que desata la barbarie cotidiana en el planeta Tierra? «Calma, agoreros», replica Andreessen; y a continuación, esbozando esa sonrisa de quien se guarda un triunfo en la manga, anuncia el gran remedio: mudarse a Marte. «Nuestros descendientes vivirán en las estrellas», afirma, completamente en serio. Me pregunto cómo explicar la inquina de nuestra época hacia la Edad Media, caricaturizada como un tiempo de fanatismo y horrores, mientras nos tragamos alegremente estas alucinaciones.
III
Viaje con nosotros si quiere gozar
El discurso transhumanista constituye un ridículo homenaje a la desmesura y la sinrazón; es una utopía espeluznante basada en la omnipotencia de la tecnología y su ilusoria capacidad para someter a la naturaleza. ¿Qué nos dicen al respecto la literatura académica, el sentido común y nuestros propios sentidos? Que domesticar el rayo tiene implicaciones devastadoras para la vida en el planeta. Con ese irritante tono sentencioso del que suelen echar mano, Andreessen da por concluida la batalla contra natura y conmina a todos aquellos que superen el filtro del darwinismo social a hacer las maletas rumbo a Marte. Lo crea o no, hay gente que se deja seducir por estas fantasías.
IV
Chernóbil no existió
Mientras ultimamos la huida de un planeta esquilmado, necesitamos energía para fabricar cíborgs y mantener encendidos teléfonos, ordenadores, tabletas, casas de apuestas, estadios deportivos, centros lógisticos, call centers, shoppings, conurbaciones, luces de Navidad y demás productos de la democracia y la libertad. No obstante, quienes anuncian las maravillas de un mundo «desmaterializado» pasan de puntillas sobre un pequeño detalle: el hombre híbrido y su smart planet digital exigen un insaciable consumo energético.
Fervientes partidarios de elevar el progreso a religión oficial de la humanidad, los transhumanistas proclaman que la salvación energética pasa por encomendarnos a lo que puede aniquilarnos. Me refiero a la energía nuclear, convertida ahora, por obra y gracia de la propaganda, en una energía abundante, limpia y segura. Cegados por su deseo de asegurar el triunfo del consumismo como eje de la existencia, se despreocupan por cuestiones sin importancia como la gestión de los desechos radiactivos, el desmantelamiento de los reactores, la contaminación del uranio o la enorme cantidad de energía y materiales (acero, hormigón armado, uranio para reactores) requerida para la construcción de los templos del poder nuclear. Y lo más importante: ¿qué garantía hay de que no habrá fugas, «accidentes», «errores»? Lo que en Chernóbil estuvo a punto de decidir nuestro destino como especie, ahora es un recurso milagroso y carente de peligros. ¿Las garantías? ¡Qué importan las garantías! ¡Hagamos borrón y cuenta nueva! ¡Al diablo con la memoria, al diablo con el riesgo! ¡La vida es un casino, apostémoslo todo! ¡No va más!
V
Amargas lágrimas en el jardín del bienestar
La sociedad digital (¿quién en sus cabales rechazaría la sociedad digital, eh, lector?, diga) implica un consumo de electricidad, agua y carburante sin precedentes. Un consumo insostenible. Y criminal, puesto que exige el sacrificio de poblaciones ubicadas en los márgenes del bienestar occidental. Europa, como recordaba Josep Borrell, es un jardín: «Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que la humanidad ha logrado construir». ¿Y el resto? «La mayor parte del resto del mundo es una jungla, y la jungla podría invadir el jardín». Para impedirlo, «los jardineros tendrán que ir a la jungla […] de lo contrario, el resto del mundo nos invadirá de diferentes maneras». ¿Y a qué se han dedicado los jardineros del bienestar, donde todo funciona de maravilla, en junglas como la africana? Principalmente, al recuento de víctimas.
Los pormenores ecológicos y sociales de la actividad de los jardineros (que incluyen el extractivismo de metales raros con ácidos que emponzoñan cursos de agua vitales para la población autóctona; la explotación de una minería de litio o tungsteno devoradora de vidas y causante de catástrofes mayores; la acumulación de venenos, basuras y residuos, por no hablar de guerras, conflictos tribales, violencia, militarización de la infancia, miseria, desesperación y altos índices de suicidios) son ciertamente lamentables. Desde luego que hay víctimas, es inevitable; pensamos en los niños de Níger, reventados por el uranio destinado a las centrales nucleares francesas, y se nos encoge el corazón. Nadie duda de que, en muchas ocasiones, también los jardineros del bienestar se ven obligados a sacar el pañuelo y enjugarse las lágrimas. Pero una vez recompuestos, retoman su misión progresista y trabajan en pos de un horizonte de esperanza, un horizonte en el que la jungla del subdesarrollo se transforme en un jardín de las delicias industrial.
VI
El harakiri de los jardineros
Bien, dejémonos de sarcasmos y hablemos claro: el hombre posthumano y la civilización digital son inviables sin los jardineros borrelianos; se sustentan en gobiernos oligárquicos (Estados occidentales), el trabajo servil (asalariado), la automatización de los procesos productivos (supresión del elemento humano), el neocolonialismo comercial, el control corprativo de los mercados, el racismo, el saqueo de recursos en países remotos, la planificación de Estados fallidos, una mano de obra abundante y barata (a menudo esclava), el desarrollo de la tecnociencia, el militarismo y el crecimiento de la industria del armamento de alta tecnología, gran receptora de minerales y crucial para garantizar el acceso a los mismos. Inducen la violencia física y comercial, la supresión de costumbres locales, lenguas vernáculas y modos de vida tradicionales, la devastación ecológica y la multiplicación de estercoleros humanos. La consolidación del hombre pos humano y la civilización digital supone el harakiri jubiloso y planetario de la humanidad programado por los jardineros del bienestar.

Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.
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