Noticias de ningún lugar

Los jardineros eugenésicos

Michel Suárez publica la tercera parte de su serie sobre el delirio transhumanista: un proyecto siniestro que ya se ha puesto a «echar el fardo humano por la borda».

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I

El ser humano es un animal lamentable, pero tiene solución

Al igual que muchos de sus amigos de Silicon Valley, Marc Andreessen, autor del Manifiesto tecnooptimista, pasó buena parte de su juventud en garajes suburbanos rodeado de ordenadores, cables y teclados. Del subsuelo escaló vertiginosamente a las alturas del poder tecnológico, económico y político sin haber pisado apenas la calle. Tiene, pues, «poco mundo». Tal vez por eso piensa que solo el interés, el rendimiento, la optimización y la eficacia deberían guiar las decisiones de los seres humanos. Y digo «deberían» porque estos animales son tercos y no siempre se conducen razonablemente. ¿Qué es un humano para un tecnooptimista? Nada bueno, me temo. En el mejor de los casos, un milagro a medias. Valiéndose de su gran inteligencia y de una férrea voluntad de conquista, logró someter la naturaleza a sus caprichos. Sin embargo, su equipaje biológico es frágil, caduco, mejorable. Además, con más frecuencia de la deseable, las pasiones esclavizan su juicio y gobiernan sus sentidos.

El ser humano es a un tiempo grandioso y lamentable, de acuerdo, pero tranquilos: excepto para los luditas, que son unos carcas, hay buenas noticias: «Creemos que la tecnología abre el espacio de lo que puede significar ser humano», asegura Andresseen. Claro, amigos, ¿no lo veis? Es la tecnología, no el espíritu, la llamada a redefinir la humana condición. Dada su poca fiabilidad, ¿por qué motivo deberíamos dejar en manos de los hombres decisiones que atañen a su futuro como especie?


II

La cultura de jardín

Desde la primera modernidad, el lado heroico-tecnocientífico de la humanidad allanó el camino hacia la superación de las imposiciones del medio físico. Conquistar la naturaleza fue el primer paso hacia su emancipación; el segundo, actualmente en curso, es la creación de un entorno artificial. ¿Cómo se construye este orden artifical posthumano? Reduciendo al individuo a unidad de biomasa dúctil y susceptible de ser moldeada científicamente. ¿Y cuál es el objetivo que anima esta manipulación? «Estar siempre alerta para mejorar la especie» (Thiel). La misión autoimpuesta por los transhumanistas, que, desde luego, no se andan con engaños, es ambiciosa: muy pronto, gracias a los implantes, los hombres estarán listos para ser reprogramados como si de un software se tratase.

En Modernidad y Holocausto, una obra crucial para la comprensión del totalitarismo tecnocrático, Zygmunt Bauman concluye que uno de los fines de la modernidad industrial es el diseño de «una vida ideal y una perfecta administración de las condiciones humanas». En otras palabras, una «cultura de jardín» planificada por jardineros que desconfían sistemáticamente de la espontaneidad y ansían «un orden mejor y necesariamente artificial». Siguiendo el razonamiento de Bauman, podemos afirmar que la meta del transhumanismo, y de la inteligencia artificial, es la creación de un jardín eugenésico cuidado por jardineros que desconfían de la espontaneidad humana y ansían un «orden mejor» por razones tan irreprochables como aterradoras.


III

Los jardineros eugenésicos

¿Qué nobles propósitos mueven a los jardineros eugenésicos? Dejemos que sea Peter Thiel, uno de los jardineros jefes, quien nos lo explique: «Eliminar la enfermedad […] ralentizar el envejecimiento, contener la muerte, liberarse del trabajo, reproducir artificialmente lo humano (y más ampliamente la vida), abandonar la tierra». En resumen: acrecentar el bienestar físico, huir del planeta y acabar con el sueño eterno. ¿No hemos oído esto antes? En La Nueva Atlántida, Francis Bacon, uno de los precursores de Silicon Valley, anotó: «[…] tenemos un agua que llamamos Agua del Paraiso, remedio soberano para conservar la salud y prolongar la vida». Pero lo que en 1626 eran devaneos literarios, ahora es una realidad al alcance de la mano. ¿Qué puede excitar más el entusiasmo popular que la idea de retardar, o incluso abolir, la muerte?

Convencidos de que los avances de la tecnociencia obedecen a una intención benechora («trabajamos por el bien de la humanidad»), ni siquiera los prudentes desconfían. No obstante, los continuos llamados de los jardineros eugenésicos a «mejorar el cuerpo humano» delatan un llamativo odio por sí mismos y sus congéneres. Como además de truculentos son previsores, para combatir el escepticismo hacen creer que sus fantasías redundarán en interés de todos. Ansiosos por demostrar que estos delirios de eternidad y bienestar perpetuo no son puras alucinaciones, algunos jardineros se han puesto manos a la obra. Es el caso de J. Craig Venter, Peter Diamantis y Robert J. Hariri, creadores de Human Longevity, una empresa dedicada a la secuenciación del genoma de tumores. Según afirman, la manipulación del genoma permitirá precisar el dignástico, detectar riesgos ocultos, optimizar el «bienestar científico» y un día, quién sabe, prologar indefinidamente la vida.

Alterar y manipular las fuentes de la vida perfila un escalofriante escenario ético que exigiría un profundo debate político. A pesar de ello, ninguno de estos jardineros plantea cuestiones que les lleven la contraria. Además de valerse de la demagogia para doblegar la desconfianza pública, también hacen caso omiso de las leyes. Pensemos en la isla piloto diseñada y financiada hace casi una década por Peter Thiel en aguas de la Polinesia francesa. La isla, ubicada en un área denominada «zona económica especial», un eufemismo para burlar la legislación, fue construida para acoger ensayos genéticos con seres humanos voluntarios.

Este tipo de iniciativas revelan mucha ambición, pero poca prudencia. Los jardineros jamás se preguntan: «¿lo que proponemos es deseable? ¿Es posible que nuestros proyectos entrañen un alto riesgo para la libertad? ¿Podrían dar pie a un gobierno mundial totalitario?». ¿Un gobierno mundial totalitario, dice usted? No lo digo yo, sino el propio Peter Thiel. «Existe un riesgo existencial que, en mi opinión, es tan importante como todos estos riesgos tecnológicos relacionados con la guerra nuclear, las armas biológicas incontrolables y la IA militarizada con sistemas de armas autónomos: el riesgo de un gobierno mundial totalitario». «Si menciono este riesgo es porque me parece que la solución implícita a todos los demás tipos de riesgos existenciales consiste en recurrir a una especie de Estado mundial muy poco democrático que regule estrictamente y ponga fin a estas tecnologías», una idea, por cierto, tremendamente seductora para Thiel.  

«Probablemente hay muchas cosas como esta sobre las que existe un miedo bastante vago»; «tenemos tanto miedo que ni siquiera podemos hablar de ello de forma coherente», confiesa este experto propagador de miedos y fundador de Palantir Technologies, empresa de espionaje militar utilizado con fines de control social por las agencias estatales de seguridad, que está haciendo añicos el concepto de vida privada. Mejor dicho, las migajas de privacidad que sobraron desde que Mark Zuckerberg, acusado de traficar con la intimidad de sus clientes en Facebook, argumentó con su habitual jactancia que, en la sociedad digital, la normativa sobre confidencialidad debía «evolucionar con los tiempos».


IV

Amamos los hombres del futuro

Veamos ahora qué opina otro jardinero sobre el futuro de la humanidad. En su teoría del «largoplacismo radical», William MacAskill, profesor de filosofía y mentor intelectual de Elon Musk, afirma que si se modificara genéticamente a los seres humanos para aumentar sus capacidades se podría mantener el ritmo de crecimiento tecnológico con una población menos numerosa. Por este motivo, es imprescindible que una pequeña parte de la población disponga de todos los recursos necesarios para un reinicio. Según el escocés, los individuos más golpeados por las desigualdades (pobres, migrantes, enfermos, dependientes, población improductiva, ancianos y «chimpancés», es decir, quienes se nieguen a convertirse en criaturas asistidas por tecnología) constituyen un fardo social que lastra el desarrollo tecnológico. Para MacAskill, los posthumanos interplanetarios que están a la vuelta de la esquina son más importantes que los hombres y mujeres que habitan, aquí y ahora, esta desdichada Tierra.


V

Echar el fardo humano por la borda

Las conclusiones de estas estúpidas y criminales teorías son aterradoras. La más evidente es que un contingente variable a escala mundial de seres humanos se ha vuelto superfluo. ¿Qué hacer para librarse de ese peso muerto y garantizar la supervivencia a largo plazo de seres modificados genéticamente? Las propuestas son de lo más variopintas. Por suerte, no siempre es necesario recurrir a la violencia policial y militar. Según revela un informe académico, se prevé que los recortes aprobados a principios de 2025 en la dotación presupuestaria de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), una organización «criminal» (Musk), «dirigida por lunáticos fanáticos» (Trump), dejarán un saldo de unos catorce millones de muertos adicionales en continentes a la deriva como África o Asia antes de 2030.

En los países industrializados, la medida más conservadora, aunque admirablemente eficaz, consiste en interrumpir las ayudas públicas a la población en riesgo de exclusión en nombre de la “austeridad”. El caso más explícito es, una vez más, el estadounidense, donde el Departamento de eficiencia gubernamental (DOGE), creado por la administración Trump a instancias de Elon Musk, ha procedido a la demolición controlada de la seguridad social (Madicare, Medicaid).

Los 7291 ancianos (humanos no rentables) descartados por vía administrativa en la Comunidad de Madrid durante la pandemia de covid y los incontables palestinos eliminados por el Estado de Israel con ayuda de inteligencia artifical, espionaje informático, robótica y drones son dos notables ejemplos de la eficacia gestora de un mundo hiperrracional cultivado por jardineros eugenésicos.


VI

Malas hierbas

«Para los que iniciaron y administraron el genocidio moderno», sostiene Bauman, «la sociedad es susceptible de planificación y de un diseño deliberado. Por la sociedad se puede y se debe hacer algo más que modificar un detalle o varios, hacer algunas mejoras aquí y allá o curar algunas de sus inoportunas dolencias». Los jardineros eugenésicos del siglo XXI abrazan plenamente este plan de regeneración humana. Están decididos a «rehacer la sociedad y obligarla a que se ajuste a un plan global y creado científicamente». Su meta es crear una sociedad «mejor» que la existente, y para ello se verán obligados a tomar de decisiones dolorosas (socialdarwinistas). Superado el trauma, restará un mundo «mejor, más eficiente, moral y hermoso».

Ahora bien, los jardineros se cuidan mucho de admitir que será también un mundo «dócil en manos de sus dirigentes, ordenado y controlado». Carl Amery, en Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, otra obra esencial, fue uno de los poquísimos en percibir el riesgo radical de sustituir la política por el gobierno de la tecnocracia. «Cuando se trate de la definición de los que sobran, será fácil llegar a un consenso entre las clases dirigentes, las clases articuladoras de las modernas sociedades del bienestar, en el instante en que los restantes se perciban como una amenaza concreta del nivel de vida actual». Los restantes serán, de hecho, ya son, los chivos expiatorios de la burocracia tecnocientífica. «Había que eliminarlos por razones de herencia genética o ideológica»; «no se podía cambiar su naturaleza», alegarán los jardineros, tras arrancar las malas hierbas.


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Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.


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1 comment on “Los jardineros eugenésicos

  1. José Miguel

    Me impresionó tu análisis. Realmente el mundo que dibujaste da miedo.
    Gracias

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