Rescates

Humor en el franquismo: la obra de Mercedes Ballesteros

Álvaro Acebes «rescata» a una de las autoras de la emblemática La Codorniz, autora también de obras como 'Taller', en el que la autora se adentra en el mundo de las trabajadoras de un taller de costura.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Un 8 de junio de 1941 se publicó el número inicial de La Codorniz. En aquella primera portada una oronda señora se encuentra en un parque a un señor con barba y le dice: «¡Caramba, don Jerónimo! Está usted muy cambiado». A lo que el otro responde: «Es que yo no soy don Jerónimo». «Pues más a mi favor», replica ella. Con ese chiste emprendía el vuelo una de las revistas humorísticas más longevas de este país y, al decir de muchos, uno de los acontecimientos culturales más destacados del primer franquismo. Fundada por Miguel Mihura y heredera de La Ametralladora, otro semanario que había surgido en plena guerra y estaba destinado a los soldados del bando nacional, La Codorniz se presentaba como una revista inocente y bienintencionada, con su humor absurdo y disparatado, y que no tenía otra intención que la de insuflar un poco de optimismo en la maltrecha sociedad de posguerra. Claro que ese era solo el punto de partida, porque si hacemos caso de unas declaraciones posteriores de Mihura («el humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera», dice en sus memorias), es probable que en ese entonces la revista hubiera encontrado más obstáculos que la escasez de papel que estuvo a punto de impedir su inicio. Lo decía Carmen Martín Gaite en ese estudio admirable que es Usos amorosos de la posguerra española: «por la ventana de La Codorniz entró el aire saludable y desmitificador que poco a poco fue limpiando de telarañas trascendentales la mente de los jóvenes de posguerra». Inolvidable es aquella portada en la que se les ocurrió parodiar las cabeceras de la prensa de la época, como la del periódico Arriba, que transformaron en Abajo, sustituyendo el yugo y las flechas por un plato y cinco cucharas. El rapapolvo y la multa fueron de campeonato.

No obstante, habrá quien diga que muchos de los audaces chistes de La Codorniz no eran tan atrevidos como se nos ha hecho pensar y que la crítica no llegaba más allá de comentarios ingeniosos sobre el precio de la compra o el retraso en los horarios de los tranvías, pero hay que reconocer que aquella era una publicación moderna, la primera verdaderamente moderna y de vanguardia que veía la luz en un país sometido a la voluntad del ejército y al recato y la austeridad que proclamaba el nacionalcatolicismo. No es de extrañar que el éxito que alcanzó entre la juventud pusiera de los nervios a más de uno, inquietos ante el humor aparentemente ligero e impertinente de una revista que, dentro de los estrechos márgenes de la censura, se mostraba empeñada en socavar a golpes de ironía y surrealismo unos cuantos dogmas, reírse de etiquetas y lenguajes y tomarse a chufla valores y costumbres. Una revolución estética y una denuncia de la estupidez reinante. «La revista más audaz para el lector más inteligente», rezaba el conocido subtítulo que encabezó la revista desde 1951. En una antología que anda por casa veo una fotografía de un jovencísimo Fernando Perdiguero —Óscar Pin para los lectores— leyendo en una gira por provincias fragmentos de La Codorniz ante la severa mirada de autoridades civiles y eclesiásticas y la ominosa presencia de los cuadros de Franco y José Antonio. Ya ven que bromas, las justas.

Se ha escrito mucho acerca de los diversos colaboradores que tuvo La Codorniz a lo largo de unas cuantas décadas hasta su cierre definitivo en 1978, causado por los problemas financieros, las distintas sanciones administrativas o la aparición de revistas mucho más atrevidas y en sintonía con los nuevos tiempos (la gente cambia de humor como quien cambia de chaqueta, eso es así) como Hermano Lobo o Por Favor, y que la fueron arrinconando. Los nombres de Mihura, Tono, López Rubio, Edgar Neville, Fernández Flórez, Mingote, Gila, Álvaro de Laiglesia, Chumy Chúmez, Azcona, El Roto o Ángel Palomino salen en todos los recuentos de redactores y dibujantes con que contó el semanario en sus distintas fases y en donde, oh sorpresa, llegaron a publicar personajes tan oscuros como el censor Robles Piquer, el cuñadísimo de Fraga, u otros que empezaban a dar sus primeros pasos, tal es el caso de una jovencísima Rosa Montero. Menos habitual es referirse a otras figuras codornicescas de aquella primera etapa como Conchita Montes, traductora, inventora de los dameros malditos y excelente actriz, musa de Neville y mujer de armas tomar, y Mercedes Ballesteros Gaibrois, que participó bajo distintos pseudónimos en casi todos los números de La Codorniz hasta su clausura. Del caso de esta última les quería hablar y ya me dirán luego si no les parece injusto que su nombre haya sido soslayado. El hecho de ser una autora popular ―para algunos eso de la cantidad rima mal con la calidad― y que se movió con soltura en todos los géneros, capaz de cultivar la poesía, la biografía, el teatro y la novela, o el de haberse visto relegada sin demasiadas explicaciones al cajón de los humoristas, donde casi siempre son las figuras masculinas las reivindicadas, no ha jugado a su favor. Pero es que, en su obra, junto a los textos más alegres y disparatados, se encuentran piezas de carácter social que no tienen nada que envidiar a las que estaban haciendo los escritores del 50. Un misterio, vaya. O una señal de cómo funcionan los cánones literarios, donde suelen ser las mujeres las que más rápido desaparecen.

Mercedes Ballesteros contaba con unos antecedentes ilustres. Nació en Madrid en 1913 y sus padres fueron los historiadores Antonio Ballesteros y Mercedes Gaibrois, primera mujer en ingresar en la Academia de Historia. Tuvo una educación de señorita de bien, viajó por distintos países, estudió Filosofía y Letras, publicó dos libros de poesía, hizo de traductora para algunas editoriales y se casó en 1932 con el periodista, dramaturgo y director de cine Claudio de la Torre. Todo eso antes de cumplir los veinte años. El estallido de la guerra llevó al matrimonio a Canarias y las penurias económicas propiciaron la fundación de un proyecto editorial, La Novela Ideal, en el que todo quedaba en familia. Como directores y socios capitalistas, el propio Claudio y sus padres; a cargo de la redacción, Mercedes Ballesteros y Josefina de la Torre, hermana menor del dramaturgo. La Novela Ideal fue una colección de literatura popular y de evasión, destinada a todos los lectores y donde igual se publicaban poemas y breves escenas teatrales que una novela rosa o de misterio. Pero claro: eso del hágalo usted mismo y escribir obras de fácil consumo tenía entonces escaso prestigio. Ninguna de las jóvenes autoras quiso firmar con su nombre aquellas historias escritas a toda velocidad y que no tenían más fin que el crematístico. Para los relatos románticos, Ballesteros eligió el muy sofisticado pseudónimo de «Sylvia Visconti», mientras que en los policíacos se decidió por el masculino de «Rocq Morris», tal vez para evitar suscitar los prejuicios de los lectores. En unas y otras ficciones, los mismos mimbres: ambientes lujosos, localizaciones en ciudades extranjeras, algo de humor y rocambolescas intrigas basadas en todos los tópicos de ambos géneros y que a menudo rozaban la parodia. Como les decía, ninguna pretensión literaria, solo el entretenimiento del público.

Aquellos textos, junto con las obras de teatro que escribió con su marido, como Quiero ver al doctor, hicieron de Mercedes Ballesteros una escritora muy conocida y llamaron la atención de La Codorniz. A mediados de los cuarenta la revista había cambiado de director y ahora las riendas las llevaba un señorito como Álvaro de Laiglesia, quien tenía un concepto diferente de humor, alejado del absurdo y la fantasía de Mihura y mucho más apegado a lo real. A pesar de las polémicas entre ambos, el autor de Tres sombreros de copa continuó en la nómina de redactores y abrió un consultorio sentimental bajo el nombre de «El conde de Pepe» para el que necesitaba alguien que le diera la réplica. Surgió así la «Baronesa Alberta», pseudónimo con el que Ballesteros colaboraría desde 1945 con la revista, pero que, a la larga, se convirtió en un personaje central de sus páginas, una especie de alter ego con el que la autora ofrecía una visión muy particular del acontecer diario de la España del medio siglo. Puede decirse sin temor a exagerar que sus artículos comprenden toda una filosofía sobre lo pequeño y lo cotidiano y en ellos la Baronesa lo mismo daba consejos sobre la moda femenina, el servicio doméstico, los horarios de los trenes y los noviazgos que se interesaba por los alquileres, la maternidad, la subida de los precios de la compra, las fiestas de Navidad o el acceso de las mujeres a la lectura. A aquellos tentados de tacharlos de convencionales o de señalar que no iban más allá de una suave crítica de los usos y costumbres de la época, más o menos irónica, casi siempre conformista y centrada en la incipiente burguesía del régimen, convendría recordarles el momento en que se publicaron esos textos, con una censura que ponía múltiples escollos, y a lo que se añadía el rancio catecismo de la Sección Femenina y su defensa de la mujer como «ángel del hogar». Pese a su ideología conservadora, Mercedes Ballesteros mostraba en sus artículos un talante díscolo, en la línea de otras autoras como Mercedes Formica y Carmen de Icaza, y una mirada llena de agudeza y perspicacia para desmitificar unos cuantos tópicos y fórmulas de la realidad social de entonces y tratar asuntos que, ojo a la ironía que encabezaba la sección, «pocos filósofos, pertrechados con las barbas más sólidas, se atreven a abordar». Basta revisar viejos números de La Codorniz y volúmenes como Así es la vida (1953) o Este mundo (1955) para comprobar que en esas piezas breves, a medio camino entre la caricatura y la estampa costumbrista, descaradas e irreverentes, no solo se discutían con inteligencia y humor temas que en la vida pública normalmente se velaban, sino que, entre bromas y veras, asomaba también un ataque a los roles y funciones sociales que imponía una sociedad machista y retrógrada.

Pero es una verdad universal eso de que las élites culturales suelen tratar con desprecio las obras humorísticas y puede que esa desconsideración esté detrás del cambio de estilo y tono que se refleja en otras de sus obras. Resulta significativo, además, que Ballesteros, cuyos textos de carácter cómico habían aparecido con el pseudónimo que la había hecho famosa en las páginas de La Codorniz, pasase a publicar luego con su verdadero nombre novelas de tema social, como queriendo establecer una clara separación entre ambas facetas de su producción narrativa. De poco le sirvió. Aunque quedó finalista del Nadal en su segunda convocatoria con una obra que jamás se editó o cosechó un par de éxitos en el teatro, la autora no vería publicada su primera novela, Eclipse de tierra, hasta mediados de los cincuenta. Al igual que La cometa y el eco, que llegó poco después, son narraciones a años luz del tremendismo que imperaba entonces y más bien centradas en el mundo de la infancia y en los problemas de la mujer en la sociedad del momento. Pasaron prácticamente desapercibidas y no creo que se sorprendan si les digo que pocas veces se alude a ella en los manuales de literatura. Lo mismo le ha ocurrido a las que llegaron en los años siguientes: Taller, Mi hermano y yo por esos mundos, La sed o El chico. No haberse integrado en ningún grupo generacional, el peso que tuvo su papel como escritora humorística o que se ninguneara el sentido crítico de sus narraciones por venir de una mujer de posición acomodada y claramente conservadora pueden estar detrás de su injusto olvido. La llegada de nuevos procedimientos a partir de los sesenta acabó por orillarla definitivamente y la prueba es la distancia que fue mediando entre sus publicaciones. Su último libro, Pasaron por aquí, apareció ya en los años ochenta, casi diez años después del anterior, y son una especie de memorias donde Ballesteros se dedicó a repasar con una prosa delicadísima toda su trayectoria. A nadie le importó aquel testimonio.

Como ven, existen diversas razones para explicar el escaso reconocimiento que ha tenido la obra de Mercedes Ballesteros, quien murió en el más absoluto olvido en 1995. No obstante, yo vuelvo a ella de vez en cuando y se me escapan las carcajadas cuando leo algunos de los artículos que firmaba la Baronesa Alberta en La Codorniz o esos otros reunidos en El Personal, ya mediados los setenta, y con los que intentó repetir los triunfos que había obtenido previamente. De entre sus narraciones, ninguna como Taller, publicada en 1960 y que fue adaptada a las tablas un par de años después. En ella la autora madrileña desplegó toda su capacidad para la observación de un ámbito social al adentrarse en el mundo de las trabajadoras de un taller de costura, un universo enteramente femenino y que, solo por eso, ya es una rareza en la narrativa de entonces. Además del estilo ligero y fluido, el humor suave o la estructura episódica, próxima por la naturalidad y sencillez de sus situaciones a los presupuestos del neorrealismo italiano, el acierto de la novela reside en que Ballesteros, en lugar de decantarse por una única figura, toma como protagonista un personaje colectivo y se detiene a examinar las distintas circunstancias e historias de las muchachas que se mueven en el taller de doña Concha: las cuitas con el novio, los problemas en casa y las cargas familiares, el autoritarismo del padre o el marido, las estrecheces económicas, las fatigas de la jornada o simplemente el deseo de encontrar un lugar en el mundo.

De ese estudio surge algo más que una variada galería de tipos humanos. Destaca, por encima de todo, el informe de experiencias, frustraciones y anhelos que comunican esas mujeres, conscientes de unas barreras sociales, de sus dificultades para formarse o aprender lejos de la tutela de un hombre. Todo ello acaba por dibujar un complejo retrato femenino de la España que estaba punto de entrar en el desarrollismo y donde, sin caer en un tono sórdido o truculencias, asoman tabúes como el aborto, la prostitución o las limitaciones de la mujer para conseguir una educación. «Los libros son ocupación de holgazanes. Y más en una mujer, que a lo primero que tiene que mirar es a su casa», dice el padre de una de esas jóvenes. Cualquiera que lea Taller observará que un espíritu de rebelión y orgullo anima varias escenas, pero, lo que es mejor, comprobará que ese mundo se nos sigue ofreciendo vivo y palpitante, ejemplo de una escritura preocupada por ofrecer un testimonio de lo cotidiano.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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2 comments on “Humor en el franquismo: la obra de Mercedes Ballesteros

  1. jmferrandezverdu@hotmail.com

    De todos sus rescates, este me parece el de la autora de más talento. Tengo varios libros suyos que compré de segunda mano pero que por esas cosas de la vida no había leído, y al leer su magnífico artículo sobre ella, he hojeado algunos relatos y me parecen dignos de un Chéjov y mejores aún que los de Aldecoa y otros autores de cuentos de los escasos que hay en la literatura española, si exceptuamos a los sudamericanos, Borges, García Márquez, Rulfo…
    Posee el humor que ha hecho grandes a gente como Cervantes, Kafka, Hasek o Bukowski
    Dice usted en su artículo

    <<>>

    Pues bien, esas mismas élites culturales alaban hasta la cursilería, aunque justamente, a Don Quijote y no tienen suficientes adjetivos para su encomio y encumbramiento.
    Lo más gracioso de todo es que parecen no darse cuenta de que si algo hizo y hace a Don Quijote y a Sancho lo grandes que son como personajes literarios es que son profundamente cómicos e hilarantes.
    ¿Quién habría leído las mil quinientas páginas del Quijote si no fuera por el humor que destila? ¿Quién sería Cervantes en la historia de la literatura sin el Quijote? Un buen escritor, pero no la cumbre que es.

  2. jmferrandezverdu@hotmail.com

    Lo que quería resaltar de su artículo, y que no ha salido en mi comentario, es lo que dice al principio del sexto párrafo:

    «Pero es una verdad universal eso de que las élites culturales suelen tratar con desprecio las obras humorísticas…»

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